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Globalización y Postmodernidad
Un desafío para la vida religiosa
Simón Pedro Arnold, osb
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Introducción
En diversas ocasiones hemos tenido la posibilidad de explorar varios aspectos de la civilización que se está forjando en este tiempo de cambio de época. En América Latina numerosas personas intentan hacer una relectura de la globalización y de la postmodernidad desde el lugar específico donde nos tocó vivir.
Dejando de lado los análisis generales, esta vez quiero entrar más en la realidad vivida confusamente por nuestros contemporáneos, y detenerme en algunos aspectos de dicha realidad que me parecen particularmente importantes para el porvenir de la fe, de la Iglesia y de la vida religiosa.
Una experiencia vivida
Si bien es cierto que nuestra época se caracteriza por la intensa movilidad entre una civilización que concluye y otra cuyos límites aún son vagos e imprevisibles (ver nuestra parábola del 'túnel en curva'), no es menos cierto que se trata de una realidad concreta que implica actitudes y comportamientos específicos.
Antes de definirse y de describirse en discurso, toda cultura es primero un estilo de vida. Aunque con sus rasgos específicos, de Tokio a Lima, de Nueva York a Kinshasa se proponen y adoptan el mismo estilo, las mismas aspiraciones y comportamientos similares. ¿Cuál es esta manera postmoderna de vivir, de sentir y de 'aspirar'? Esto es lo que va a ocupar nuestra atención en esta reflexión.
Articulación de los contrarios
Cuando observamos nuestra realidad, un primer hecho llama la atención. En la postmodernidad globalizada cohabitan dos realidades aparentemente opuestas. De un lado, los cambios tecnológicos, especialmente en el dominio de la comunicación, tienden a imponer una racionalidad homogeneizante .
Los recursos de la tecnología producen paisajes sociales, económicos y culturales idénticos o en vía de homogenización rápida en todo el planeta. Pero, al mismo tiempo, la globalización provoca una cultura postmoderna híbrida en la cual los criterios de valores ya no son unívocos sino combinados.
Se trata de una civilización 'patchwork' [de retazos], compuesta y constantemente recompuesta a partir de una combinación infinita de diferencias. El blanco-europeo-occidental ya no es la única norma de valores, al menos en el seno del mundo técnicamente más avanzado. Una gran ciudad del primer mundo es cada vez más un arco iris cultural, religioso, social, etc. Este caos multicolor es cada más aleatorio e imprevisible. Esto sucede desde el encuentro de paz entre el Dalai Lama y Rigoberta Menchú hasta las pasiones raciales en la exYugoeslavia.
La gracia de la tensión
Nuestra civilización representa pues la rica y confortable experiencia de la tensión entre homogeneidad globalizada y cultura postmoderna híbrida. ¿Podemos encontrar una parábola de dicha tensión en los cafés Internet de las ciudades, donde los jóvenes pobres de todas las razas y culturas van a 'navegar' en una aventura lúdica, afectiva y onírica con sus compañeros y compañeras del mundo entero?
Esta dialéctica de una racionalidad tecnológica, soporte de una irracionalidad colectiva híbrida, se puede leer como la expresión de un caos insoportable o como el reflejo de una cultura en proceso permanente de autoconfiguración. Esta segunda visión es la que queremos privilegiar aquí, a la manera de Kairos. Sí, esta tensión dinámica puede ser acogida como una gracia. El Reino es también 'un ya y un aún no' imprevisible y por lo tanto esperado, preparado y por ello incontrolable como el viento.
Optemos pues por descifrar la postmodernidad a partir de esta movilidad y casi 'volatilidad' del Reino.
Una Civilización del Intercambio
Es banal afirmar que la postmodernidad es por excelencia la cultura del intercambio. Se me hará la objeción de que la base de toda cultura es siempre el intercambio. Pero se trata de intercambiar objetos económicos, culturales, ideológicos, etc. La comunicación siempre ha sido un medio. Por el contrario, la postmodernidad privilegia la comunicación por sí misma, haciendo de los objetos comunicados los medios para comunicar.
El intercambio y el nuevo sentido de la verdad
La inversión cultural que acabamos de señalar rápidamente tiene consecuencias insospechadas. Aunque la relación es el objetivo y la realidad mayúscula de nuestra civilización, esto implica la relatividad de todo el resto.
Relatividad de los locutores
En primer lugar, los interlocutores del proceso se hacen cada vez más secundarios e incluso pueden ser simplemente virtuales. El emisor y el receptor son simples instrumentos, pretextos para 'navegar'. El fenómeno de escogencia sucesiva de individuos múltiples y anónimos con quienes corresponder en un proceso cada vez más privatizado (Internet) relativiza el sentido de la manipulación masiva que inquietaba a los investigadores sociales desde hace más de un siglo. Los mecanismos de propaganda y de persuasión deben ser completamente repensados en función, tanto de la multiplicidad infinita de opciones en el marco de lo que se puede aún llamar 'comunicación masiva', como del carácter cada vez más interindividual de la nueva comunicación.
Relatividad del discurso
De la misma manera, los discursos y los mensajes, considerados como 'paquetes' objetivos para transmitir, pierden toda consistencia. McLuhan, hace años, constató que "el Medio es el mensaje". La nueva comunicación despoja al mensaje de su pertinencia. No es sino un pretexto, casi sin importancia, o por lo menos pasajero, para 'navegar', para jugar a la relación anónima y sin proyecto más allá de sí misma.
Primacía del proceso
Al fin de cuentas, la única realidad que subsiste en esta cultura 'caleidoscopio' es el proceso de configuración y de descomposición sucesivas y constantes de relaciones fugaces. Hablamos de cultura 'caleidoscopio' en el sentido de formas en constante transformación. En este proceso, la noción de 'pausa', de 'silencio', de 'distancia contemplativa', de 'meditación' sobre un objeto pierde su sentido. Es el 'panta rei' ('todo fluye') de Heráclito elevado al rango de comportamiento social.
¿Qué es la verdad?
En el paisaje en el cual, como en las dunas al viento, todo se descompone y recompone, la antigua pregunta de Pilatos a Jesús adquiere una nueva actualidad. En todas las civilizaciones la verdad es un requisito o un objetivo para alcanzar. El proceso de reformación de la verdad, aunque subraya su carácter siempre provisional, afirma al mismo tiempo su valor absoluto, progresivamente revelado y esbozado. Esta concepción de la verdad como requisito y como objetivo para alcanzar pierde su significado en una 'cultura caleidoscopio-duna'. ¿Qué pueden pues decir un punto de partida y un punto de llegada en una civilización de proceso por sí mismo? Regresaremos más adelante a este asunto importante para nosotros en la medida en que cuestiona la pertinencia de nociones religiosas tan fundamentales como la doctrina, la ley y la salvación.
La configuración de un pensamiento mestizo
Esta cultura que hemos llamado sucesivamente 'de retazos', 'duna' y 'caleidoscopio', si las condiciones indispensables y los objetivos por alcanzar desaparecen, no crea nada a partir de nada. El proceso permanente de composición, descomposición y recomposición sociocultural conduce los elementos de su configuración hasta las fuentes más variadas. Para comprender este movimiento en sus recursos culturales, sociales y espirituales plurales, me refiero a un trabajo reciente del autor francés Serge Gruzinski. Tomando esencialmente el ejemplo latinoamericano, y trasladándolo a realidades contemporáneas muy diversas, el autor sitúa el mestizaje como una manera de ser, de pensar y de construir la sociedad que escapa prácticamente a todas las categorías de análisis. Retomo aquí algunas de sus intuiciones para aplicarlas a nuestro tema.
El cosmopolitismo
Regresando a la tensión - señalada en la introducción - entre la racionalidad tecnológica homogeneizante y una cultura de lo aleatorio, híbrida y provisional, detengámonos primero en un aspecto de esta tensión. Aunque, como lo dijimos, Nueva York y Kinshasa, Lima y Tokio, tienen en definitiva muchos más elementos comunes que diferencias, esta homogeneidad les viene precisamente de su carácter cosmopolita. La composición de las diversidades raciales, culturales y de sensibilidad, en el marco de una racionalidad tecnoeconómica común reside en el perfume, en el clima, en la riqueza o en la pobreza, es decir, en la dinámica variedad del caleidoscopio y no en la imposición de un modelo. El sari hindú en Toronto, o el poncho de los indígenas del Altiplano peruano, hacen parte de la misma realidad en la cual ningún comportamiento está excluido, con la única condición de que se integre en la racionalidad de la globalización postmoderna.
La noción de lo híbrido
Esta cultura caleidoscopio tampoco es la simple yuxtaposición de comportamientos hermenéuticamente separados. Individual y colectivamente, cada vez más somos seres compuestos e híbridos, constituidos, de una cierta manera, con características de 'especies' diferentes. Nuestro cuerpo es negro cuando danza o corre en un estadio de futbol; somos latinoamericanos cuando se trata de folclor; hindúes por las técnicas de meditación; alemanes por la organización; italianos por el amor; parisienses por la moda; etc.
La identidad pura no existe, y no sólo biológicamente. Somos seres híbridos cuyas identidades híbridas cohabitan pacíficamente cada vez más sin confundirse. Conocemos cual es el registro, el tono de cada tipo de comportamiento.
Eclecticismo y pluralismo
Nuestra identidad híbrida y múltiple no escapa tampoco al movimiento perpetuo de la 'cultura duna'. Nosotros también nos recomponemos hasta lo infinito, sacando continuamente de nuestro 'tesoro-mundo' lo nuevo y lo antiguo. En otras palabras, nuestras identidades combinadas e híbridas son también el fruto de opciones eclécticas. En el supermercado postmoderno escogemos sin cesar nuevas identidades, en particular a través de las modas. Armonías provisionales, disarmonías y rearmonización se realizan en nosotros por asimilación, rechazo y nuevas apropiaciones de las fórmulas más variadas del mundo. Colores, olores, terapias, filosofías, religiones, sentimientos procedentes de China o de Angola, de los Andes o de los desiertos, recrean sin cesar a los individuos y a los grupos 'camaleones' del eclecticismo postmoderno. La rapidez de este movimiento impide, de cierta manera, que las mencionadas armonías sucesivas se cristalicen en un proyecto, así sea poco coherente. El eclecticismo indica precisamente ese permanente recurso a las novedades yuxtapuestas sin posibilidad de una real integración.
El proceso de interculturización
El desafío de la cultura cosmopolita, híbrida y ecléctica es poder alcanzar esta nueva identidad mestiza mundial en la cual los diversos recursos identitarios dispersos lleguen a unirse y a fusionarse en una experiencia de síntesis incluso provisional. Esto es lo que aquí llamamos 'proceso de interculturización'. Pasar de un pensamiento 'éclaté' [en perspectiva fragmentada] a un pensamiento mestizo parece ser el gran proceso de gestación y de creación actual. Es el tiempo de los dolores del alumbramiento de una cultura mestiza y este alumbramiento difícil se manifiesta en los sobresaltos de los diferentes racismos y radicalismos étnicos. Sin embargo, la única salida de esta crisis mundial de identidad no está en el regreso atrás sino en el nacimiento de una identidad nueva, diversa, plural e intercultural, que no sea ni la homogeneización tecnológica globalizada ni la cultura ecléctica 'de retazos'.
Crisis Institucional y Cultura del Movimiento
Desde hace ya mucho tiempo unánimemente hemos reconocido una crisis profunda y duradera de todo el aparato institucional, cualquiera sea su territorio: político, idelógico, académico, espiritual, etc. Sin embargo, si el diagnóstico es común, no es difícil situar con precisión las causas de dicha crisis. Lo que se dijo antes acerca de la tensión entre homogeneización tecnológica y cultura duna-caleidoscopio-retazos quizás abre pistas nuevas para comprender el fenómeno. Intentemos hacerlo aquí.
El monopolio tecnoeconómico
Nuestra civilización no carece de institucionalidad. Constatamos la imposición crecientemente exclusiva de la institución tecnoeconómica. La tecnología y su traducción económica son las únicas instituciones en vigor. Ellas son el marco de referencia, las productoras exclusivas de normas de comportamiento político, social y cultural, los últimos refugios ideológicos y éticos, así como las productoras exclusivas de futuro.
Cuando hablamos de homogeneización planetaria por la tecnoeconomía, indicamos que prácticamente allí se concentra hoy la totalidad de las funciones institutivas de nuestra sociedad. Es a partir de esta confiscación universal de lo institutivo como se debe releer, me parece, la crisis institucional de que estamos tratando.
Una nueva dinámica ético-moral
Recordemos aquí la distinción clásica entre ética y moral. Si la Etica es el sistema de valores al cual un grupo humano se refiere para manejar sus relaciones por medios distintos a la violencia, la Moral se define como el sistema de normas de comportamiento en el cual dichos valores se traducen en un contexto histórico, social y cultural determinado.
Ante el fenómeno de confiscación de la institucionalidad del cual acabamos de hablar, asistimos a una ruptura ética y moral. En efecto, el conjunto de normas de comportamiento es dictado por la institución tecnoeconómica y por sus diversas correas de transmisión como la moda, la escuela y los medios de comunicación. Pero, paradójicamente, esas normas universalmente impuestas no están sostenidas por un sistema coherente de valores éticos. El dominio de la ética hace parte del fenómeno de la 'duna ecléctica', y se transforma en un mercado de valores múltiples, sucesivos y móviles. Asistimos pues a una inversión copernicana: la ética, que tradicionalmente jugaba un papel de referencia estable y absoluto, está sometida a las reglas competitivas del mercado, mientras que las normas de comportamiento, por definición evolutivas e históricas, están absolutizadas por la dictadura tecnoeconómica.
Vamos más lejos. El sentido propio de la referencia ética es lo que ha cambiado profundamente. En las sociedades premodernas e incluso en la modernidad clásica, la ética era el dominio de los valores, es decir, del bien y del mal. En ese sentido, la negociación y la vida son el dominio de la ética, y la violencia y la muerte de la antiética.
En la civilización postmoderna, el juicio ético es más el dominio de la armonía y del bienestar interior del individuo en relación. Vida y muerte, negociación y violencia, no son ya valores o antivalores absolutos sino elementos animadores de la búsqueda permanente de armonía. En una 'cultura duna' los valores éticos hacen parte del movimiento ondulatorio y son objetos de recursos eclécticos ya señalados.
Ideologías versus redes
En la nueva dinámica ético-moral esbozada, todo tipo de ideología que no sea el mercado pierde su pertinencia. Esto es prácticamente lo que quiere decir, en mi opinión, la teoría del fin de la historia. Habríamos llegado a un término y ya no hay necesidad de agentes movilizadores. Se trata solamente de armonizar de manera constante los movimientos del mercado.
Se opera pues un desplazamiento de sentido. Este no se encuentra más en el proyecto y en la promesa de las ideologías con sus respectivas morales de militancia, de compromiso y de sacrificio. Lo que tiene sentido son las redes. Se trata de mantener, de revisar, de recomponer la fluidez de los diversos movimientos sociales, culturales, afectivos, etc., para regresar sin cesar a la armonía recíproca, amenazada por el movimiento de duna y de caleidoscopio. Hemos abandonado los horizontes de referencia ideológica para preocuparnos por las buenas dinámicas del intercambio. Esta inversión lo cambia todo: los horizontes son constantes y estables, incluso si son lejanos (idealismo). Las redes cambian constantemente y son infinitamente inmediatas.
Entre territorios y movimientos
Detrás de todo esto entrevemos el fin de la noción de 'territorio' en todas sus dimensiones. Cada vez es más difícil delimitar espacios específicos. ¿Cuál es el dominio propio de la política o de la religión? ¿Dónde comienza lo cultural y dónde termina la ciencia? El fin de los estados y de las naciones - a pesar de los sobresaltos de los nacionalismos étnicos - no es sino el signo más visible de la caducidad de los espacios propios, cualquiera sea el dominio. Desde hace largo tiempo se habla de la necesidad de interdisciplinariedad y de encadenamientos o de sinergias en todos los dominios. Lo que surgió hoy es mucho más completo. Además, estamos en fase de pasar de una cultura 'territorial' a una cultura 'meteorológica' que solamente podrá dar su opinión sobre las evoluciones de los climas sociales y culturales, políticos y filosóficos con todo el peso aleatorio de ese tipo de aproximación. Perdemos la perspectiva de espacios territoriales para seguir al mundo y a la historia como una pura variación climática. Veamos algunos ejemplos de esta evolución.
La política postmoderna
Con el monopolio planetario de la institucionalidad tecnoeconómica, la política tradicional se convierte en absoleta de manera sorprendente. No solamente la noción de estado nacional y de independencia son inoperantes en el mundo globalizado, además la política de partido y la acción corporativa se vuelven folclóricas en una sociedad de concentración mundial de poder y de desaparición del trabajo humano masivo.
Antes estos esquemas, la política postmoderna se transforma más y más en un show mediático, lúdico y confuso, sin contornos precisos, destinado a crear el clima social necesario para la asimilación de lógicas tecnocráticas, de la realidad institutiva monopolista: Banco Mundial, Fondo Monetario Internacional, etc. Instrumentos políticos mundiales como la ONU se reducen a ser los gestores de la conflictividad social latente en el proceso de homogeneización.
La cultura postmoderna
La desaparición de los territorios se verifica más claramente aun en el dominio de la cultura. La mediatización de la creación artística e intelectual la somete cada vez más a las condiciones de la competitividad y de la rentabilidad del mercado de tiempo libre. Hoy, la cultura es una industria principalmente estadinense y anglosajona. Incluso la creación subterránea y marginal termina por entrar en posesión de la civilización ecléctica y por integrarse a la lógica mercantil.
La religión postmoderna
En nuestro último libro, 'Refundación' (1999), consagramos un capítulo completo a la mística globalizada. En nuestra sociedad, la proposición religiosa toma parte intensamente en la búsqueda de armonía que acapara toda la cuestión de sentido hoy.
En esta composición de armonías sucesivas y de bienestar interior y relacional, el dominio religioso es por excelencia el reino del eclecticismo y de lo caleidoscópico. Lo que importa no son los discursos ni las doctrinas sino las fórmulas para alcanzar el bienestar. La nueva religiosidad llamada New Age [Nueva Era] posee todas las características del patchwork, del caleidoscopio y de la duna postmodernas.
Con todas las inquietudes y todos los desacuerdos que nos animan en cuanto a la postmodernidad, sin embargo esta época es la nuestra, la única ante nosotros, la sola realidad, y en consecuencia la más amable para nosotros.
No responder a sus desafíos nos hace obsoletos, folclóricos o, en el mejor de los casos, referencias arqueológicas admirables, pero sin fecundidad real.
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