Hacia una Teología de la Providencia
desde América Latina

Simón Pedro Arnold, osb
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Introducción

En el contexto latinoamericano, la antigua temática de la Providencia divina recobra una sorprendente actualidad. En efecto, el hecho de encontrarnos en un continente endémicamente confrontado con los problemas de la fragilidad social, económica y cultural, y a la vez profundamente creyente, nos obliga cada día a repensar la relación de gratuidad y de preferencia que Dios tiene para con los pequeños, y a desempolvar el discurso romántico del siglo XIX a propósito del Dios providente.

Hermetismo del tema en la modernidad

Hay que reconocer que pocos temas teológicos y espirituales parecen tan pasados de moda en el contexto cultural de modernidad como la Providencia. Con una mentalidad que deposita su confianza en la autonomía y en el poder absoluto de lo humano, es difícil comprender la necesidad de una intervención cariñosa de Dios en nuestros asuntos. La 'dogmática' científica, en particular, es incapaz de concebir respuestas a problemas humanos que no pasen por su propia racionalidad. El espectro de aquel Deus ex machina que presenta un Dios opuesto a la autonomía y al progreso humano hace repugnante, para una persona moderna, la actitud religiosa de intercesión y de confianza tan espontánea de la religión popular.

Caricaturas providencialistas

A esta objeción modernizante ante el tema de la Providencia, hay que añadir una dificultad más, interna a ciertas prácticas de sectores específicos de la Iglesia. En efecto, en nada ayudan a una reconciliación con la Providencia estos relatos fantasiosos sobre intervenciones milagrosas de Dios en la banalidad cotidiana, y ante todo la atribución a iniciativas extraordinarias de la divinidad de hechos perfectamente explicables e insertos en la simple dinámica de los acontecimientos. Estos relatos de sectores más fanatizados que califico aquí de 'caricaturas providencialistas', lejos de favorecer un reencuentro con la experiencia espiritual del Dios providente, más bien le quitan todo crédito a los ojos de nuestros contemporáneos, empapados de racionalidad científica e histórica.

Una necesaria conversión desde el riesgo de los pobres

El reencuentro con el misterio de la Providencia en la postmodernidad supone una doble conversión. Hoy, la racionalidad moderna se ve gravemente cuestionada desde dos ángulos: por una parte, las reivindicaciones subjetivas de la experiencia del yo no satisfechas por la fría lógica científica, y por otra, la persistencia y el crecimiento de amplias capas de la población excluidas cada vez más de los beneficios de la racionalidad moderna, los pobres. El subjetivismo postmoderno y el cuestionamiento de la pobreza se dan hoy la mano para cuestionar los dogmas de la globalización y exigir un retorno a otras instancias de lectura y de gestión de la historia. En la medida en que aceptamos este doble riesgo, de la reivindicación del sujeto y de los pobres, podremos volver a saborear esta dimensión esencial de nuestra fe cristiana.

Opción por los Pobres y Experiencia de la Providencia

Dejando de lado, por ahora, la cuestión de la subjetividad postmoderna, veamos cómo la opción por los pobres - tan característica de la experiencia espiritual latinoamericana de los últimos treinta años - nos abre pistas nuevas y muy ricas para revivir la experiencia del Dios providente.

La carencia y el riesgo de Dios

Sin prestar el flanco a la crítica modernista que pretende precisamente que la religión como 'opio del pueblo' es una especie de drogadicción compensatoria de las frustraciones colectivas, se puede afirmar que el Dios de Jesús implica, para conocerlo, asumir el riesgo de nuestra carencia constitutiva como criaturas.

Dios, para la fe cristiana, es un riesgo que parte de la experiencia de la fragilidad. Y es precisamente sobre este punto, principalmente, que el humanismo cristiano dista radicalmente de la perspectiva moderna. El evangelio es un reconocimiento y una valoración de la fragilidad y no de la fuerza, de la carencia y no de la plenitud. Y no por eso, como lo afirma Nietzsche, somos una religión de esclavos, opuesta de manera enfermiza al progreso y a la autonomía humana.

Más bien la afirmación de nuestra fragilidad ontológica, confirmada en nuestra mortalidad inevitable, implica un progreso humano construido en la solidaridad más que en el individualismo y una autonomíaa comprendida como responsabilidad recíproca.

La opción por los pobres, que brota de una lectura latinoamericana del evangelio desde las inmensas mayorías de nuestro continente, descubre con las Bienaventuranzas que la carencia humana es el lugar de revelación del sentido humano y la condición para entrar en el riesgo de Dios que llamamos la fe. Este Dios al que se arriesga la fe desde la carencia compartida es precisamente la Providencia.

Una esperanza para vivir

En el contexto creyente latinoamericano, la experiencia de la esperanza contra toda esperanza, según la expresión de Pablo, es seguramente el hecho más sorprendente. Frente a cualquier calamidad personal o colectiva, el hombre y la mujer pobres de este continente sacan de lo más hondo de su ser capacidades infinitas para volver a empezar, convencidos de que mañana será mejor que ayer. Aquí el Dios de la esperanza de Péguy tendría que "asombrar" constantemente. Para los pobres de este rincón de la tierra la vida y la esperanza están siempre íntimamente ligadas. Cuando su mutua implicancia se ve rota por una crisis insuperable, nada vale ya la pena, todo pierde su sentido. Mientras están unidas ninguna tormenta puede acabar con el espíritu de lucha infinita propia de nuestra cultura. Esta densidad de la esperanza latinoamericana es quizás la raíz más vigorosa de la experiencia de la Providencia en nuestro continente.

La inseguridad como condición de fe

La sociedad postmoderna trae consigo una serie creciente de inseguridades. Esta afirmación puede parecer paradójica para una sociedad obsesionada por la seguridad y por proponer alternativas técnicas para cualquier riesgo. Pero la brecha cada vez más ancha y más profunda entre los poquísimos beneficiarios y las multitudes excluidas del sistema, crea más bien amenazas reales o supuestas entre ambos grupos y al interior de cada uno de ellos. En América Latina, si uno no quiere enfrentar el riesgo permanente, no puede ni siquiera salir de su casa. La inseguridad es una constante de la experiencia latinoamericana con sus más y menos según los países, las clases sociales y los contextos políticos, económicos y geográficos o climáticos.

La fe de nuestro pueblo tiene que ver con la audacia de vivir en la inseguridad. La referencia a Dios es aquí fuente de libertad y valentía por la íntima convicción de andar en la presencia de Dios. Esta experiencia de la inseguridad como camino de confianza y libertad es otra de las dimensiones muy ricas de la espiritualidad de la Providencia.

Estar en las manos de los pobres: reaprender la solidaridad

Nunca olvidaré la experiencia del asalto de nuestra casa por un grupo de delincuentes armados en la época más álgida de la violencia en el país. Después de los hechos, nuestros amigos pobres vinieron a consolarnos con palabras de ternura como: 'No se vayan, así es nuestro Perú.' Me acuerdo que, todavía bajo el efecto del susto, nos reunimos en comunidad para ver qué hacer. ¿Quedarse o regresar a Europa? ¿Construir paredes más altas. Poner alambres eléctricos? Todas estas soluciones parecían muy irrisorias ante el embate de la violencia. Finalmente descubrimos que nuestra seguridad era las manos de los pobres, su cercanía, su solidaridad. La pobreza y los pobres eran nuestro baluarte. La Providencia, lo comprendimos entonces, no era otra cosa que la solidaridad con los más débiles, el reposar confiadamente 'en las manos de los pobres'.

'Todo es Gracia'

Detrás de esta experiencia espiritual histórica que acabamos de describir en el contexto latinoamericano de la opción por los pobres, descubrimos con asombrosa limpidez una profunda convicción teológica de nuestro pueblo que tiene que ver con la gracia.

La gracia del 'hoy'

Para comprender la Providencia es necesario sentir la acción inmediata de Dios en la historia humana. Nuestro Dios, como lo afirma el discurso mesiánico inaugural de Jesús en la sinagoga de Nazaret (Lc 4), no es el Dios del pasado, ni siquiera del futuro. Es el Dios eterno, es decir, comprometido en el presente de la humanidad para llevarla a su plenitud. El Reino es 'ya' y 'todavía no', es decir, un hoy en crecimiento. La espiritualidad latinoamericana, profundamente articulada con la cultura y su mentalidad, es una espiritualidad del hoy, de lo inmediato. La proyección hacia el futuro puede ser entre nosotros una utopía movilizadora. Pero la fragilidad impide hacer del futuro el tema de nuestra actuación. Sólo el presente está al alcance del pobre. Asimismo, el pasado no puede servir de pretexto nostálgico para escapar a la batalla de la sobrevivencia que caracteriza el hov. El creyente pobre latinoamericano es hombre del hoy donde cree que Dios tiene compromisos concretos con él en la fragilidad. Así se experimenta día tras día la vida como un regalo no merecido, como una gracia sorprendente. El mismo lenguaje popular subraya esta conciencia de una vida gratuitamente entregada como, por ejemplo, la fórmula común 'Si Dios quiere'. La vida no se posee, se acoge; no es un derecho, es un don para disfrutar.

La teología de la gracia, prácticamente vivida en el hoy, es el fundamento más profundo de la espiritualidad de la Providencia. El disfrutar el hoy como don de Dios explica la formidable capacidad de humanidad de nuestro pueblo (hospitalidad, solidaridad, amistad, etc.) como también sus energías heroicas en lo cotidiano. Nuestro pueblo no es prudente porque no se refiere al futuro. Es heroico porque confía en la gracia del presente que llamaremos aquí la Providencia.

La reversibilidad de los impasses

En la teología práctica de la gracia que vive nuestro pueblo existe, en el fondo, una confianza inquebrantable. Aun en medio de innumerables fracasos. La realidad, a pesar de las apariencias, no es fatal. El pueblo creyente tiene la convicción profunda de que, con Dios, todo es reversible, aquí en la tierra o más allá. Así el pecado tiene su alternativa en el arrepentimiento y en la misericordia. Contrariamente a lo que se pretende, nuestra gente no es simplemente resignada. Si se somete a las coyunturas naturales o sociales que se le imponen, sin embargo piensa siempre que las cosas pueden cambiar. Algo de esto se vive en la ritualidad reparadora de las religiones populares, en el perdón y en la misericordia mutuas entre pobres e, incluso, en el anuncio anticipado de la victoria y de la revancha que constituyen la borrachera y la fiesta con la suntuosidad de sus apariencias (vestidos, hospitalidad) y de sus actitudes (generosidad, reconciliación). Sólo cuando el pobre pierde sus referencias socioculturales de solidaridad se siente tentado a desesperar. Pero su instinto lo empuja a creer siempre en la reversibilidad de las circunstancias, de las personas y de los destinos. De ahí su afición por la suerte y sus indicios. ¿No fue el propio Jesús quien respondía a sus discípulos: "Para Dios nada es imposible"?

La Providencia tiene que ver con lo que el Antiguo Testamento llama los sucesivos "arrepentimientos" de Dios. El Dios bíblico se arrepiente de sus decisiones, aun justas, porque no puede soportar la pérdida definitiva de sus criaturas. Podríamos decir que la Providencia de Dios es su opción por un permanente arrepentimiento sumamente creativo para con la creación entera (ver la decisión de no destruir Nínive en Jonás, o de conservar una pareja de cada especie en el diluvio y de renunciar a destruir la tierra, etc.). Jesús en definitiva es el más maravilloso arrepentimiento de Dios que decide no esperar nuestra conversión para salvarnos. Los que dudan de esta reversibilidad son los que se creen justos, como Jonás, Job, o Abraham con Sodoma y Gomorra, hasta que estos mismos justos tomen conciencia de necesitar, ellos mismos, este "arrepentimiento divino" para poder sobrevivir a su fragilidad y a su impotencia. Hay que ser o volverse humilde para vivir la Providencia.

El 'recomienzo'

De la experiencia del hoy como chance de reversibilidad, brota una dimensión fundamental del misterio de la Providencia: la fe en un 'recomienzo' propio del Dios de la Historia. Hemos dicho que el 'terreno' de Dios no es ni el pasado donde se acumulan cuentas y deudas, ni un futuro donde se acumulan retos y exigencias. Lo de Dios es la eternidad del presente. Es precisamente ahí donde la imaginación divina se muestra inmensamente fecunda. Nuestro Dios es el Dios de la nueva oportunidad siempre ofrecida. Y si nuestros actos tienen a menudo consecuencias irreversibles, no Le impiden inventar para nosotros nuevas alternativas que nos permitan reempezar de nuevo con nuestras cojeras y heridas. Así los recomienzos de Dios no son ilusorios e ingenuos. Es el realismo de la confianza. Veamos a Jacob después del combate nocturno con el Angel, a Pedro renovado después de su negación, a la mujer adúltera no condenada, etc. A cada una y a cada uno se propone una nueva oportunidad que tiene en cuenta el pasado pero que no hipoteca el presente y el futuro. Al revés, Judas no creyó en la posibilidad de cargar con su pecado sin perder la oportunidad de vivir con Jesús. Se desesperó, miró solo la desgracia del pasado. La Providencia es así la maestra de todas las alternativas, un 'banco' infinitamente rico de propuestas nuevas en función de nuestra realidad. El "hombre nuevo" de San Pablo no es una ilusión de retorno a la pureza primitiva. Está a la imagen de Cristo resucitado que enseña sus llagas como pruebas de su victoria.

Gratuidad y responsabilidad: la experiencia de la 'chacra'

Este recorrido a través de la espiritualidad de la gracia en nuestro pueblo podría hacer sospechar que todo aquello lleva a la pasividad. Es lo contrario. La íntima comunión con la gratuidad de Dios suscita, más bien, una agudísima conciencia de la responsabilidad. Si el pobre se sabe objeto del don de Dios, sabe con igual convicción que tiene que acoger este don y hacerlo fructificar. La parábola de la chacra y de la cosecha me parece la demostración más clara de esta reciprocidad entre don gratuito de Dios y responsabilidad del beneficiario. En nuestra zona - el Altiplano peruano - cuando llega septiembre, inmutablemente, cada año, los campesinos empiezan a voltear y a preparar la tierra de sus minúsculos terrenos. Más tarde vendrá la siembra. Se sabe perfectamente que todo depende de la lluvia y del sol, en otras palabras de la benevolencia de Dios y de su lugarteniente la Pachamama, la Madre Tierra. Pero, aun con la confianza en esta benevolencia, de nada les serviría si no hubiera habido preparación. Así también al final de las lluvias, aun si la papa es abundante y bella, hay que cuidar que no se metan los gusanos. Y sobre todo, al final, poco antes de la cosecha, hay que agradecer a Dios y a la Madre Tierra su don por un rito llamado 'challa'.

Esta parábola secular de la responsabilidad humana revela que la Providencia no es unilateral. Su gracia se ve condicionada por la disponibilidad y la preparación. Nada de pasivo en esta acogida de la vida regalada. La gracia, como la lluvia y el sol exige una chacra preparada: sin lluvia ni sol, por gusto trabaja el campesino. Pero sin su trabajo, en vano cae la lluvia y arde el sol.

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