Caminos de Refundación

Simón Pedro Arnold, osb
_____

 

Introducción

La reflexión sobre la inculturación ocupa nuestros debates desde hace varios años. Nos parece hoy que la fase exploratoria de dicha reflexión está suficientemente avanzada como para emprender una nueva etapa más allá de las definiciones. En efecto, si nos quedamos a este nivel, corremos el riesgo de escapar a la exigencia histórica del momento y buscar pretextos para no empezar a entrar en la práctica concreta.

Como la opción por los pobres necesitó pasar por la fase de inserción de nuestras comunidades para evaluar su pertinencia, corregirse y profundizarse, así la refundación tiene necesidad de implementación en lo concreto y en lo práctico.

Nuestro objetivo es avanzar en esta dirección al hablar, ya no tanto de definiciones de la refundación, sino de 'caminos de refundación'.

Más allá de la crisis religiosa: la crisis de sociedad

Una de las tomas de conciencia más recientes y más importantes en la reflexión sobre la refundación de la Vida Religiosa tiene que ver con el marco de referencia. En efecto, constatamos que la temática de refundación está siendo trabajada independiente y simultáneamente en los campos más diversos del acontecer sociocultural. Se habla de refundar la economía, la política y hasta lo humano frente al riesgo cada vez más real de la obsolescencia de las concepciones y de las prácticas en dichos campos.

En lo que a nosotros compete, estamos cada vez más convencidos de que la Vida Religiosa no podrá ser refundada de manera aislada sino que toda verdadera refundación tiene que insertarse en el movimiento global que sacude la sociedad como reacción a la profunda crisis de valores que atraviesa el conjunto del acontecer humano. En un primer momento, por lo tanto, veamos lo que implica utilizar el concepto de refundación en estos campos diversos de lo humano.

¿Refundar la Iglesia?

Algunos autores no dudan en utilizar esta expresión algo discutible (1). De hecho, en sentido estricto es imposible volver a fundar la Iglesia puesto que fue fundada por Jesús sobre el fundamento de los apóstoles una vez por siempre. Pero, en la acepción limitativa que ha tomado el concepto en la reflexión reciente, se siente cada vez más el disfuncionamiento, el impasse y hasta el el escándalo histórico de prácticas institucionales a todos los niveles del cuerpo visible de la Iglesia. La inquietud por la urgencia de refundar los mecanismos viciosos de la práctica eclesial a partir de un retorno a los Hechos de los Apóstoles y al Evangelio, no es solamente originalidad de los teólogos.

El llamado angustiado del Papa por una reforma del papado desde un diálogo ecuménico sobre la primacía de Pedro (2) y sus repetidos pedidos de perdón histórico van en la misma línea, aun si no se habla explícitamente de refundación. Crece, en efecto, en los más diversos ambientes, la convicción de que la actual lógica del aparato eclesiástico es perversa, antitestimonial y sin futuro. Tanto desde el punto de vista evangélico como a partir de los valores de la modernidad, dicho funcionamiento es literalmente parasitario. Una lectura de fe de la crisis eclesial actual habla de pecado y de conversión, de diálogo, de arrepentimiento y de despojo. En otras palabras, hay que replantearse todo el aparato, toda la práctica desde cero -- desde la base y la razón de ser teologal de la Iglesia.

Refundar la política

La crisis de los político -- tal como se forjó a partir de los logros democráticos salidos de las revoluciones estadinense y francesa y de los socialismos de los siglos 19 y 20 -- es un hecho patente a nivel planetario. En contexto de globalización, las nociones de estados y de naciones se vuelven incongruentes cuando las decisiones efectivas se toman en instancias planetarias de corte tecnocrático con criterio esencialmente económico.

Esta obsolescencia de las fronteras nacionales y de las soberanías políticas tiene consecuencias a todo nivel. Así, la tradicional interacción democrática entre los tres poderes de los estados se ha vuelto folclórica y parasitaria. Sólo las instancias de presión económicas y de opinión pública tanto nacional como internacional siguen teniendo alguna capacidad de inflexión de procesos políticos con todas las características de las lógicas dictatoriales (3).

Es el concepto mismo de ciudadanía que se ve así limitado a la burla de un voto no respetado. Todas las instituciones de decisión, control y fiscalización ciudadana como son los partidos, los sindicatos, los gremios, están o desaparecidos o en vía de total neutralización frente al caudillismo más elemental, apoyado por alianzas de puros intereses momentáneos, sin preocupación política en el sentido clásico de la palabra.

Frente a esta total caducidad de los mecanismos políticos clásicos, aparece un nuevo ente determinante en el manejo del acontecer político de las naciones y de los bloques. Quiero hablar de los Medios de Comunicación social. Estos, más o menos enfeudados a tal o cual sector de intereses económicos, cuando no están sometidos a mecanismos legales restrictivos, sustituyen a la responsabilidad ciudadana, reduciendo el debate político a una fabricación de imagen, a una empresa de marketing, aparentando la política al más simplista de los shows (4).

En dicha encrucijada, lo político se reduce a un carnaval siniestro, a una pantomima grotesca encargada de justificar a los ojos de los bobos las más groseras de las inmoralidades, y todos los atropellos a los más elementales derechos de una ciudadanía digna. Detrás de esta decadencia se esconde la pérdida de confianza, de conciencia y de cultura política de la mayoría de los ciudadanos contemporáneos, resignados a la manipulación más espantosa.
No son pocos los pensadores, en su mayoría originarios de las antiguas democracias europeas, quienes, frente al desastre político y a la amenaza que significan, abogan con insistencia por una refundación de la práctica, de la conciencia y de las instituciones políticas (5).

Refundar el pensamiento humanista

Detrás de todas las crisis de sociedad que estamos analizando se vislumbra otra que las contiene todas y que no por ser inédita en la historia humana es menos preocupante. Queremos hablar de la crisis de lo humano. Hace varios años, hablando del neoliberalismo y de la globalización, forjamos el concepto de humanidad sobrante (6).

Hoy en día este concepto se revela ampliamente insuficiente ante la realidad y los escenarios imaginarios que los profetas del neoliberalismo norteamericano y europeo están barajando. En efecto, ya no se trata de las clases sociales o de los continentes sobrantes en una lógica tecnoeconómica monopolística del pensamiento. Sin pestañear lo más mínimo, se llega a plantear hoy el fin probable de lo humano como experiencia social, cultural y espiritual en su generalidad, y se vuelve a planteamientos que sólo el régimen nazi y los autores de ficción se atrevieron a imaginar o a implementar, como es el eugenismo bajo nuevas modalidades más sofisticadas y más 'limpias' (7).

Toda la larga historia del humanismo, como pensamiento, como práctica y como opción ética, parece estar puesta en jaque por la era que vivimos. Que se trate de la democracia o de los problemas bioéticos, de la libertad de opinión, de la creación artística o de la experiencia religiosa, todo lo que a lo largo de la historia humana constituyó una conquista gloriosa y onerosa, parece hoy estar en peligro mortal. Hasta la ciencia, la última conquista del humanismo occidental, parece haber perdido sus raíces y desligado totalmente del destino humano para enfeudarse exclusivamente a las lógicas económicas globalizadas o a sus propias lógicas como en el caso de la clonación. En este contexto, refundar lo humano, volver a comprenderlo desde su raíz, viene a ser una urgente tarea de sobrevivencia.

Refundar la cultura

Al interior de lo que llamamos la refundación de lo humano, la creación cultural se revela un terreno específico en plena crisis. La planetización, por una parte, nos lleva hacia un hibridismo cada vez mayor de los comportamientos culturales y de la creación, pero sin lograr un verdadero y fecundo mestizaje cultural. Pero, por otra parte, lo que podríamos llamar la gran desilusión del siglo 20 que se acaba, carga con una mortal sospecha toda pretensión de elaborar grandes relatos.

Hoy en día el pensamiento y la inspiración artística, resfriados por el fracaso intelectual moderno, se refugian en los pequeños relatos, en lo infinitamente anecdótico, en la repetición refinada, en la exploración delicada de las impresiones, sin atreverse a ir más allá, por lo menos en las viejas sociedade occidentales - trátese de literatura, de filosofía, de pintura o de cualquier creación cultural.

El ombliguismo aristocrático es hoy la manera como los creadores se dispensan de pensar futuro, con la excepción de cierta literatura épica latinoamericana (García Márquez, Vargas Llosa) que, sin embargo, no deja de perder rumbo y de volverse un ejercicio trágico de desesperación.

Lo efímero, lo incierto, lo plural de la postmodernidad provocan una duda fundamental sobre la creación, reduciéndola cada vez más a un juego ameno y precioso de una aristocracia mundial sin razón metafísica de vivir. Refundar la cultura significa volver a explorar la cuestión del sentido y de sus expresiones.

La refundación de la Vida Religiosa dentro del contexto socioeclesial actual

Refundación de la Vida religiosa e Iglesia

El carisma profético de la Vida Religiosa, como lo hemos evocado a menudo, se comprende a la vez de cara a la frontera y de cara al centro de la Iglesia. Desde su origen, la intuición de los fundadores apuntaba a las llagas que aquejaban a la Iglesia de su tiempo y buscaban en la misión y en el testimonio formas alternativas de vida evangélica que pudieran cuestionar la institución de la Iglesia, a la vez que la hacían presente más allá de sí misma.

La decisión de fundar participaba así a la vez de un amor apasionado e incondicional por la Iglesia y de una conciencia evangélicamente crítica desde la perspectiva de la frontera como lo replantearemos más adelante.

La pregunta hoy es: ¿Cómo plantear la refundación de la Vida Religiosa a partir del diagnóstico eclesial que presentamos más arriba? En particular, ¿cómo puede nuestra refundación contrarrestar el parasitismo institucional actual y el escándalo del contratestimonio? En efecto, si nuestra refundación no agarra la realidad histórica de la Iglesia, seremos rápidamente catalogados como sectas iluministas sin relevancia. Y si nos conformamos con el actual escándalo institucional, seremos arrastrados en su inevitable debacle.

Refundación de la Vida Religiosa y política

Del mismo modo que nuestro afán de refundación tiene que ver con la crisis global de la Iglesia, se articula también con la crisis de lo político que hemos señalado más arriba. En efecto, como la primera comunidad postpascual de Jerusalén que sirvió de modelo a las primeras fundaciones constituía a la vez un cuestionamiento y una alternativa radical a los modos comunes de practicar las relaciones sociales y políticas, así también la fraternidad religiosa propone una organización de la 'polis' humana en contraposición evidente con las organizaciones políticas vigentes.

Hablar de refundación en este sentido supone revisar nuestros modos y prácticas de organización, nuestros mecanismos y estructuras de decisión, de poder y de participación, tanto al interior de nuestras comunidades como en las estructuras sociales en las que estamos implicados como religiosos y religiosas: educación, salud, etc. Debemos reconocer que muchas de estas prácticas y estructuras no sólo se han alejado vertiginosamente del ideal igualitario y fraterno de las comunidades postpascuales, sino que también carecen en muchos de sus aspectos del respeto elemental a las reglas democráticas modernas. Hay que revisar nuestra vivencia tanto a la luz del Evangelio como del ideal democrático en crisis.

Refundación de la Vida Religiosa como búsqueda de un nuevo humanismo

Al emprender la gran tarea de la refundación es necesario plantearnos la pregunta de nuestra antropología implícita. Frente a un mundo que llega a cuestionar la pertinencia de lo humano y de su historia social, espiritual y cultural, tenemos que aclarar a nuestros propios ojos y a los ojos del mundo y de la Iglesia quiénes son el hombre y la mujer para nosotros.

Esta revisión antropológica pasa por una relectura de nuestra comprensión y vivencia de la reciprocidad de género, de la afectividad y de la sexualidad. Supone releer juntos cómo entendemos la convivencia de diversas generaciones, de diversas culturas y de diversas razas. ¿Cómo entendemos la significación del sufrimiento, de la herida psicológica, moral y cultural? ¿En qué medida nuestro testimonio de vida comunitaria, relacional y personal propone una antropología adecuada para la crisis del humanismo que señalábamos? Esta revisión debe a su vez desembocar en opciones éticas claramente inspiradoras de nuestra acción y de nuestra identidad.

Refundación de la Vida Religiosa y nueva cultura

Tradicionalmente, en la historia de Occidente, la Vida Religiosa ha sido vista como foco y como inspiradora privilegiada de cultura, tanto científica como artística. Refundar, una vez más, supone preguntarnos de qué cultura somos o a qué cultura nos referimos espontáneamente.

Se suele decir por ejemplo que desde el siglo 19 la mayoría de los religiosos y religiosas nos identificamos con los criterios de la clase media occidental. Pero podríamos perfilar más en función de la complejidad cultural con la que el mundo postmoderno nos confronta. Por ejemplo, ¿qué hay de lo juvenil en nuestras comunidades? ¿Cuáles son las jerarquías culturales inconcientes que manejamos en comunidades pluriculturales?

Más allá de la cultura vigente entre nosotros, nos convendría revisar el estatuto real de valores modernos como la democracia, la libertad, el individuo, el cuerpo y el afecto, la pluralidad de género, el espíritu científico, etc., en nuestra vivencia diaria.

Al mirar más de cerca nuestra práctica nos daremos cuenta de incongruencias culturales entre los valores proclamados en el discurso ideológico religioso y moral, y actitudes concretas que revelan la profunda impregnación de los a priori modernos y postmodernos hasta hacernos entrar en flagrante delito de contradicción con el Evangelio.

La credibilidad de nuestra vida depende a la vez de nuestra coherencia con el ideal de Jesús y de una verdadera legilibilidad con el contexto de nuestro mundo. Articular las dos dimensiones es precisamente lo difícil, el resultado frágil de una libertad creativa y de una fidelidad vigilante.

Caminar juntos hacia la refundación

En nuestra introducción señalábamos que la reflexión sobre refundación debía entrar a una nueva etapa más allá de las definiciones y comenzar a implementar caminos concretos por donde andar juntos.

Esta última parte intenta centrar más el enfoque, después de haber situado la problemática en un contexto contemporáneo más amplio y de haberla referido a la tradición de la Vida Religiosa. Nuestra materia prima aquí brota esencialmente del seminario de diálogo entre la Vida Religiosa y los nuevos estilos de vida comunitaria, realizado por la CLAR en México en el mes de abril del 2000.

Identidad, especificidad y exclusividad

A la hora de plantearnos los caminos de refundación surge inevitablemente la cuestión de nuestra identidad fundante, más allá de lo anecdótico acumulado sobre nuestro rostro por el tiempo y la historia. Esta pregunta de la identidad es delicada y esencial a la vez. En efecto, al buscar un reencuentro con ella, no raras veces caemos en la tentación de absolutizar la identidad propia, hasta el punto de ser excluyente. Todo se presenta como si la identidad implicara sólo representar una manera de ser.

Más bien, en nuestra cultura plural y articulada, ya no se puede hablar de identidad exclusiva y aislada sin correr el tremendo riesgo de asfixiarse, achicarse y finalmente morir. Toda identidad, hoy más que nunca, tiene que referirse al misterio trinitario de Dios, donde el Padre no se puede definir sin el Hijo y el Espíritu recíprocamente. Sin que las tres personas se confundan en su identidad y especificidad respectivas, ninguna puede existir sin la identidad de la otra.

Así mismo, hoy para la Vida Religiosa pensar su identidad sin relación con el laicado bajo sus diversas formas es una actitud suicida. De igual modo, lo femenino sin lo masculino, lo adulto sin lo joven, lo creyente sin lo no creyente, etc. Nuestra identidad es una realidad viva y dinámica que surge constantemente del diálogo mutuamente fecundante entre diversas formas de pensar, vivir y actuar.

Por otra parte, nuestra identidad no nos viene de arriba, como las tablas de la ley de Moisés, sino que se va conformando incesantemente por contraste con las demás identidades, muy especialmente en el seno de la polifonía eclesial. Por lo tanto, la refundación es un asunto común a todos los cristianos.

De esta forja constante y dinámica de nuestra identidad se irá precisando cada vez mejor nuestra especificidad. En efecto, a pesar de que muchos rasgos de nuestra identidad puedan ser compartidos con otras formas de vida, nuestra especificidad se aclara poco a poco en las opciones concretas que vamos reconociendo como nuestras en la misión, el estilo de vida y el testimonio. Dicha opción implica, en un segundo tiempo, renunciar a todas aquellas opciones que no son específicas e impiden descifrar claramente lo nuestro. Esta especificidad incluye la vida carismática de cada comunidad, su modo de enfocar tal o cual aspecto de una vocación (identidad) que puede muy bien compartir con otros y otras, sean religiosos/sas o no.

Finalmente, el afán de exclusividad que tantas veces inspira nuestras actitudes, no tiene absolutamente nada que ver con la identidad y la especificidad. Más bien las empobrece. Así, encontrar su identidad y su especificidad en la colaboración y la solidaridad con los diferentes, las hace más ricas, más fecundas y más legibles por nuestros contemporáneos.

La confrontación con el otro

Lo que acabamos de plantear implica empezar a caminar por la senda exigente de la confrontación con el otro para ir descubriendo nuestra identidad y nuestra especificidad. La refundación de la Vida Religiosa supone en primera instancia confrontarse con las demás formas de vida comunitaria. Esta confrontación consiste en escuchar al otro para volver a contemplar nuestro propio rostro desde su espejo y recíprocamente. En este sentido, la primera tarea del 'refundador' es reflejar y reflejarse en el que es diferente.

Los fundamentos evangélicos

En el diálogo con las diversas formas de vida comunitaria, en particular con las más recientes, descubrimos una identidad evangélica común que podríamos sintetizar en el cristocentrismo. En efecto, toda la vida comunitaria cristiana pretende realizar la vida de Cristo, aun si se privilegia tal o cual aspecto.

Tanto en la Tradición de la Vida religiosa como en los nuevos estilos de vida comunitaria, descubrimos el privilegio de la imagen de Belén a través de la opción por la fragilidad bajo todas sus formas. Entre nosotros, latinoamericanos, el misterio de Belén se experimenta especialmente desde la opción por los pobres y su cercanía.

El misterio de Nazaret recobra nueva vigencia también a través del movimiento de migración simbólica de nuestras comuniddes del centro a la periferia y la opción por la banalidad.

Se constata asimismo de manera bastante unánime un reencuentro con el misterio eucarístico en sus dimensiones más contemplativas desde la inserción en la historia del pueblo. Es lo que llamamos en adelante la 'dimensión contemplativa envolvente'. El Cenáculo tiene que ver así con nuestra opción por la solidaridad desde los pequeños relatos de la vida cotidiana.

En un continente de muerte como el nuestro, el dar la vida por sus amigos recobra una vigencia particular. El misterio del Gólgota se reconoce así en nuestra opción común por la caridad en el sentido teológico e histórico más fuerte.
Finalmente, siempre en relación con la muerte en nuestros países y en nuestro mundo, apostamos todos por la esperanza, lo cual nos hace, en utopía, hijos e hijas de la resurrección.

Tal es nuestra identidad evangélica común, que descubrimos en la experiencia y en el rostro del otro, y donde, por contraste, tratamos cada uno de reconocer nuestra especificidad en el servcio del Reino. Volveremos a esta cuestión más tarde.

La inspiración profética

Es bastante común en la jerga de la Vida religiosa hablar de nuestra identidad profética. En otra oportunidad señalamos cómo este discurso pretendidamente profético peca a menudo de ligereza (8). La confrontación con los nuevos estilos de vida comunitaria nos permite cuestionar y replantear este a priori. El punto de partida de este replanteamiento del profetismo comunitario está en el discurso inaugural de Jesús en la sinagoga de Nazaret en Lucas 4. Todos nos sentimos apremiados por la urgencia del Reino en el hoy de la historia. Nuestro profetismo compartido es, de alguna manera, una apuesta por el hoy, un acto de fe activo y comprometido en la capacidad de cambio radical de nuestra historia haciendo de nuestra presencia en ella un signo patente aunque débil de este hoy del Reino.

Pero esta identidad o vocación de hacer presente el Reino en el hoy, la comprendemos dentro de la espiritualidad profética del pequeño resto. Lo nuestro es la minoría de los pequeños, la espiritualidad del fermento escondido en la masa. Volveremos también más adelante a esta identidad de minoría simbólica, especialmente en el caso propio de la Vida Religiosa.

Finalmente, nuestra confrontación plural revela una raíz común en el misterio profético de Pentescostés. En efecto, muchas de nuestras experiencias, implícita o explicitamente se refieren a un acontecimiento de conversión personal, de vuelco interior que va descubriendo en su propia vida y en la vida de la Iglesia la reivindicación modesta de la libertad del espíritu como elemento esencial de nuestra identidad. Este profetismo de la libertad del espíritu explica la importancia de lo que llamamos más arriba 'la dimensión contemplativa envolvente' de nuestras vocaciones.

Además nuestra identidad pentecostal orienta radicalmente nuestro testimonio hacia el Kerigma como necesidad imperiosa a la manera de Pablo (9).

Las fuentes carismáticas

Del diálogo con el otro surge una visión nueva, refrescante, de nuestros fundamentos carismáticos. Reconocemos gozosos la diversidad, pero también la complementariedad de dichas fuentes inspiradoras. Por una parte, todos seguimos refiriéndonos claramente a las grandes intuiciones de la tradición de la Iglesia. Benito, Francisco y Domingo, Ignacio de Loyola, Don Bosco o Carlos de Foucauld son siempre nuevos y capaces de inspirar novedades. Es más: el modo refrescante como las nuevas comunidades van saboreando nuestras tradiciones respectivas, permite a las comunidades religiosas más antiguas redescubrir como nuevos sus dones demasiado conocidos y aparentemente integrados en la banalidad cotidiana de las instituciones.

Pero la confrontación nos remite también a tradiciones no cristianas como Gandhi y diversas corrientes orientales o salidas de la sabiduría indígena y africana de nuestro continente. Estas ventanas abiertas hacia afuera son también ocasión de creatividad nueva y de descubrir nuevas armonías de nuestra vivencia carismática.

Por otra parte, a pesar de la crisis y de la confusión teológica que marcan la coyuntura eclesial contemporánea, el Concilio Vaticano II y su relectura latinoamericana en Medellín, Puebla y Santo Domingo, constituyen los pilares modernos específicos y los poderosos guías de nuestras opciones de manera bien unánime.

En la diámica conciliar, y particularmente desde su apertura a la iniciativa del laicado, dos corrientes paralelas han marcado la espiritualidad de nuestras comunidades desde hace treinta años. Se trata, por una parte, de la Renovación Carismática, y por otra parte, de la Teología de la Liberación. Si bien es cierto que estas dos corrientes suelen oponerse en la mente de la gente, sin embargo manifiestan reivindicaciones y aspiraciones comunes bajos formas diversas.

Expresan, primero, el surgimiento del protagonismo laical comunitario en la Iglesia, y en segundo lugar, la atención a lo irracional, lo popular, lo afectivo. A pesar de desbordes y de polarizaciones preocupantes en ambos casos, no se puede negar que estas dos fuentes han marcado profundamente el movimiento comuntario cristiano moderno en América Latina. Los criterios discernimiento espiritual de estas manifestaciones pasan, en lo que toca el movimiento carismático, por la prueba de opción preferencial por los pobres, mientras que la validez de la corriente liberacionista supone, más allá del solo compromiso social, un clara experiencia contemplativa.

Falta todavía señalar dos líneas importantísimas de inspiración carismática del movimiento comunitario en el cual nos insertamos. Quiero hablar de la inculturación, esta búsqueda de integrar en nuestras vivencias la interpelación de las diversas culturas que conforman el abanico de nuestro continente en modernidad, y la reflexión en clave de género. En el caso de la vida comunitaria célibe, este último cuestionamiento radical, que brota desde el laicado y muy especialmente desde el movimiento femenino y feminista, nos hace tomar conciencia de la necesidad de comprender nuestra identidad y especificidad a partir del protagonismo interactivo del hombre y de la mujer.

Conclusión

Tareas urgentes para enfrentar

Al concluir esta propuesta de caminos de refundación queremos esbozar sin más tres tareas prioritarias para entrar en el proceso. Se trata precisamente de tres dimensiones de nuestra vida donde sentimos con más crueldad la confusión y la crisis que nos atraviesa.

Volver a aprender a ser minoría

Especialmente en nuestro continente, sociológicamente católico, es de suma urgencia, previamente a cualquier cambio estructural de nuestras instituciones, trabajar la cuestión de la minoría. No se trata de planteársela como si fuéramos una casta especial de perfectos más heroicos y ascéticos que los demás, lo cual, además, se puede cuestionar a la luz de la santidad de nuestro pueblo pobre.

Se trata más bien de repensar toda nuestra vida desde la debilidad de Dios. Hay que volver a optar por la debilidad como signo fuerte de la pura gratuidad e incondicionalidad del amor divino. Este reencontrarnos con nuestra vocación de minoría implica mucha valentía para abandonar todo lo que la contradice.

Cambiar la imagen sociológica de la Vida Religiosa

En la misma línea de recuperar nuestra identidad simbólica de minoría, es urgente denunciar y destruir eficazmente nuestra imagen sociológica, particularmente en nuestro continente.

Se trata de pasar de la imagen de seguridad a la imagen de la inseguridad; de una Vida Religiosa percibida como separada, a una Vida Religiosa integrada y signo de comunión; de denunciar nuestra fama elitista para dar testimonio de la kenosis del aniquilamiento de Jesucristo.

La cuestión de la formación

En función de lo anterior, y para hacer posible la refundación, tenemos que replantearnos seriamente la formación. Aquí proponemos una distinción entre dos fases en la formación. La primera sería una formación previa que consista en un aprendizaje de la libertad, un camino de humanización para hombres y mujeres destrozados en su humanidad por la sociedad global.

La segunda etapa, más específicamente orientada hacia la Vida Religiosa, consistiría en una iniciación específica a lo nuestro en las categorías que hemos expuesto más arriba. Pero esta doble formación implica que ya no imaginemos el ingreso a nuestras familias respectivas como una vía de un solo carril y con una sola estación final.

En la perspectiva plural y polifónica que defendemos desde el comienzo de estas páginas, ¿no será tiempo de pensar una inicación de varias entradas a la espiritualidad nuestra, donde se pueda pasar de una opción de laico a otra de consagrado, viviendo sin embargo una comín experiencia compartida de familia? Muchas congregaciones hoy en día exploran estas vías armónicas y complementarias.

El desafío en dicha búsqueda es la conformación de una verdadera familia de iguales, solidarios en la diversidad de sus especificidades con una misma identidad. No habría que caer en la trampa de religiosos o religiosas de segunda categoría, o de terceras órdenes, 'mendigos de las migajas' de la congregación. Se trata de crear un verdadero pueblo de Dios con rasgo carismáticos, dignidad y tareas comunes al interior de formas de compromiso diverso.

Como lo señalamos antes, estas páginas no tienen otro objetivo que incitar a una reflexión sobre nuestra refundación más allá de nuestras estrechas y agobiantes fronteras congregacionales, clericales y eclesiales.

El debate queda abierto.

Página Inicial