HERMANAS de la PROVIDENCIA

Los Comienzos

La primera obra espiritual es enseñar a los ignorantes. Esta será la función principal de ustedes. La ejercerán no solamente con los niños, también con quienes sepan que no son instruidos.

- Juan Martín Moye

 

Contenido

La Educación Femenina en el siglo de Moye
La Fundación
La Comunidad de Destino

Hna. Marie Agnès Kernel
Saint-Jean-de-Bassel, Francia

 

La Educación Femenina en el siglo de Moye

En el siglo 18, 'el siglo de las luces', las jóvenes seguían siendo las desfavorecidas en el campo cultural. Se mantenían aparte, confinadas a la familia: en los medios pobres y necesitados se dedicaban a las labores domésticas, y en las clases acomodadas con frecuencia eran pensionistas en un monasterio, a menudo desde edad temprana. Estas últimas salían del convento para casarse, pero por lo común las 'sobrinas' de las religiosas permanecían allí definitivamente.

La pedagogía más elaborada necesariamente no las conducía a otros conocimientos que la lectura y a veces la escritura. En esos pensionados se aplicaba siempre el mismo 'tema': formar cristianas, mujeres que supieran educar a sus hijos, mantener su casa, y practicar la cortesía y los cumplidos que convenían a su condición.

Se hace una escuela con la idea que se tiene de la mujer: no ha evolucionado nada de Molière a Fenelon. Y Crisalia, en Las Mujeres Sabias, tiene entonces razón: "Debe ser de estudio, y su filosofía formar en las buenas costumbres el espíritu de sus hijos. Llevar bien su hogar, vigilar su gente. Organizar la despensa con economía."

Había habido un cierto progreso en ese sentido: la joven confinada a la casa adquiría en otro tiempo su saber-hacer mediante un ver-hacer; la misma mentalidad operaba, en grados diversos, en todas las clases sociales. En adelante, para un número todavía pequeño de jovencitas, los conocimientos se transmitirán dentro de una relación pedagógica nueva.

La ruptura será más sentida para la jovencita pobre salida de su familia para convertirse en escolar que para la 'señorita' confinada en la clausura del internado. Y aunque la educación tiende a no ser ya doméstica, permanece conservadora.

Ese rudimentario programa educativo no es muy diferente para la joven noble que para la escolar de la 'escuela de caridad', a excepción de que para la primera los trabajos manuales son más refinados y elegantes, y que la 'escolaridad' es más larga y más regular. En las dos escuelas el aprendizaje de la lectura se hará a menudo en un libro de misa en latín o en un libro de salmos, pero la pensionista cantará el breviario! Sin embargo, no comprenderá por eso el latín. Porque para ella no hay lugar en el mundo de los clérigos, y ese estudio le sería inútil, incluso perjudicial.

La misma querella del latín, del cual se rechazaba el aprendizaje para las jóvenes, va a surgir más tarde a propósito de las ciencias y de las lenguas vivas. La mujer no se debe igualar al hombre; si es sabia se ve ridícula. De hecho, ella no tiene un trabajo que ejercer, cargos políticos o civiles que llenar, en los cuales el saber adquirido en el colegio o en la universidad encontraría su justificación y su aplicación.

Las mujeres son menores hasta los veinticinco años e incapaces de actos jurídicos o notariales cuando estén casadas. No accederán sino excepcionalmente a actividades en las cuales les sería útil disponer de técnicas aprendidas en la escuela. En esas condiciones los padres no tienen motivos para enviar sus hijas a la escuela, y con ello privarse de sus servicios.

Al menos tres condiciones humanas implican una inferioridad de alfabetización bajo el Antiguo Régimen: ser campesino, ser pobre y ser mujer.

Juan Martín Moye, al confiarse a la Providencia y fundar las pequeñas escuelas campesinas que dieron lugar a la congregación de Hermanas de la Providencia, quería luchar contra ese triple ostracismo.


La Fundación

Sucedía en Metz, el 8 de septiembre de 1762, en la iglesia de S. Victor. Las confesiones terminaban. En la penumbra, los últimos penitentes concluyen su oración cerca del confesionario del padre Juan Martín Moye.

El joven vicario se detiene ante una de las jóvenes de humilde condición que constituyen su clientela habitual. Esta es la primera vez que ella acude a su ministerio. La interroga. Ella no es de la parroquia, pues habita en la calle de los Claveros. No sabe si en adelante se dirigirá a él regularmente. Si lo hizo aquella tarde fue porque siguió los consejos de sus compañeras de taller, para evitar el inconveniente que tuvo el día de la Asunción, en su propia iglesia, a su regreso del trabajo, y no encontró a su confesor.

Extraño coloquio: Juan Martín se entrega a este interrogatorio para asegurar que no está en plan de perder su tiempo y de satisfacer el capricho de una joven movida por el prurito de la curiosidad o por la atracción de la novedad. Él no es un hombre para animar engolosinamientos pasajeros, ni para dilapidar horas preciosas.
¿No sería más bien que su alma sacerdotal había discernido una rara calidad espiritual en su penitente de aquella tarde?

De todas maneras, Marguerite Lecomte, este era su nombre, tuvo ocasión de ver nuevamente al padre Moye. Ella lo explica: "Las prácticas aconsejadas por el padre Moye me estimularon, me sentía atraída hacia él, y regresé. Esta vez el piadoso confesor me demostró mucho interés, informándose de mis prácticas de piedad y de mis ocupaciones, incluso en los menores detalles. Le dije que estaba encargada de la vigilancia de ocho telares, que rezaba el rosario y hacía algunas oraciones con mis compañeras durante el día. Me preguntó cómo empleaba el tiempo que me quedaba después de la comida. Le hice saber que le enseñaba a leer a una joven obrera. Me dijo entonces: 'Ah, usted sabe leer! ¿Le gustaría organizar una escuela?' "

Margarita se sorprende con esta pregunta hecha tan de repente, y replica: "Me gustaría mucho, pero no tengo ni el conocimiento ni nada de lo que se necesita para ser maestra de escuela. Sólo soy una pobre mujer."

Esta respuesta debió complacer al padre Moye y servirle para vencer sus últimas vacilaciones, para realizar un designio largamente madurado: "El Señor me enviaba una joven según mi corazón."

La ocasión es favorable, la sede episcopal de Metz está vacante, y Margarita partirá, de primera en un grupo, para una aventura cuya audacia suscitó la sorpresa y despertó tanta cólera como admiración en el lugar.

El relato de esta marcha inicial lo hace el fundador mismo en 1785, cuando proponía, a título ejemplarizante, la meditación sobre las jóvenes que siguieron a la pionera:

"Estando en Metz, de vicario en la parroquia de S. Victor, comencé a formar el proyecto de enviar mujeres jóvenes al campo y sobre todo a los caseríos más abandonados para instruir a los niños y a las otras personas que tenían necesidad de instrucción. Como este pensamiento no me abandonaba, tenía derecho a creer que venía de Dios. Sin embargo, para actuar según las reglas de la prudencia, quise consultar a mis superiores, y ocho años después le expuse mi idea al padre Bertin, entonces vicario general de la diócesis de Metz. El rechazó el proyecto como impracticable, pero luego, reflexionando, me dijo estas palabras: 'Las grandes cosas tienen pequeños comienzos. Comience con poco'."

Tan pronto obtuvo su consentimiento, Juan Martín envió tres o cuatro jóvenes a Vigy y a Befey, situados a tres o cuatro leguas de Metz. "Las envié sin darles ningún dinero, como Nuestro Señor envió a los Apóstoles, exhortándolas a depositar su confianza en Dios y a abandonarse por entero en la divina Providencia."

Una primera versión del acontecimiento fue consignada antes de la partida de Moye para China. La encontramos en los Anuncios Espirituales: "Las primeras Hermanas, un grupo de cuatro, partieron de Metz para comenzar la nueva escuela en Befey, un pobre caserío donde la gente vivía sin instrucción, muy lejos de la parroquia, pudriéndose en la ignorancia, sobre todo los niños. Llegaron sin pan, sin provisiones, sin saber cómo se iban a alimentar, a alojar ..."

Al final de su larga vida, Marguerite también evoca esos días heroicos del "pequeño comienzo", y lo hace en términos sencillos que le restituyen su juvenil novedad :

"El P. Moye me hizo llamar y me dijo: 'Hija mía, voy a conducirte a tu destino, te puedo dar una pequeña ayuda, pero si te quieres abandonar en la Providencia, tendrás más mérito.' Yo estaba entonces en mi primer fervor, nada me era imposible, y respondí: 'Sí Padre, me abandonaré en la Providencia.' Los preparativos fueron hechos pronto: una canasta con unas pocas viandas para el día, y héme ahí en camino para Vigy."

Su entusiasmo resistió la prueba. La comunidad aldeana se reunió, pero no pudieron encontrar un lugar para alojar a Margarita, y se disponían a enviarla de regreso cuando una pobre mujer ofreció sus servicios. Nueva decepción: un solo cuarto alojaba a toda la familia y la noche fue extremadamene penosa: "No pude dormir, pero no me desanimé; no quería mirar atrás. Me apoyaba en la Providencia y me animaba con el pensamiento de que nuestro buen Padre nos había dicho muchas veces que las grandes cosas tienen pequeños comienzos."

Al día siguiente Margarita pidió y obtuvo la autorización para ocupar una porqueriza abandonada. "Yo estaba en mi reducto, feliz y contenta. Me sentía verdaderamente como un grano de mostaza." Y comenzó de inmediato a instruir tres niños en el miserable refugio que le servía de escuela y de alojamiento. Y agrega: "El espacio donde los tenía era tan pequeño que teníamos que movernos en fila."

La situación no duró. Moye vino con el padre Jobal para encontrar una solución, según da parte en su 'Historia': "Se construyó enseguida una pequeña casa en Befey. Yo compré el terreno y la comunidad se aprestó, unos arrancaron las piedras, otros trajeron la madera ..." El abrigo fue precario pues en 1785, "cae ya en ruinas".

Tal fue la génesis. ¿Se trata de una historia edificante, o se revela un designio más profundo cuya historia desarrollará sus potencialidades? ¿Alberga este 'grano de mostaza' el misterio de un 'gran árbol'?


La Comunidad de Destino

Un documento oficial de 1774 da testimonio de la originalidad de la obra de Moye. Jean-Baptiste Méthains, en respuesta a un cuestionario del arzobispo de Reims, describe el joven instituto. Jean-Baptiste sabe de qué habla pues no sólo fue vicario de Dieuze hasta 1773, sino que era hermano de Rose, quien llegaría a ser la segunda Superiora General de las Hermanas de la Providencia :

En el siglo que vio destruir las instituciones antiguas, hay una que tuvo su humilde nacimiento en Lorena, sobre todo en la diócesis de Metz: se trata de un grupo de jóvenes llamadas Hermanas de la Providencia, que sin dejar el vestido de costumbre pues sólo llevan uno muy modesto, y sin tener ninguna de las pretensiones ordinarias de las jóvenes en las órdenes o congregaciones, se dedican con el beneplácito del obispo de Metz a la instrucción gratuita de las mujeres, a quienes además forman en trabajos propios de las jóvenes, visitando los enfermos, cuidándolos en los casos comunes, manteniendo limpias las prendas de la iglesia, haciendo y reparando los ornamentos, etc., conformándose por todo ello con la caridad de los fieles y con un cuarto bastante amplio para albergar un lecho el más humilde, una mesa, los bancos de los niños.

En la aldea, la hija de Moye se llamará pues "hermana", y lo será por una presencia tan eficaz como discreta. A una hermana se le puede pedir todo sin que se le adeude nada a cambio.

Presente por doquier, la Hermana no se impondrá en ninguna parte. Al vestir como las campesinas, pasará desapercibida, tanto que adoptará el modo de vida de los aldeanos.

Reunirá a las niñitas en un local mediocre para enseñarles los rudimentos de la instrucción. No tendrá temor de hacer de "soldado raso" y no se distraerá de sus ocupaciones materiales en beneficio de la "ciencia". ¿Qué más podrá hacer? La Hermana no se aislará, su saber es modesto y se sentará en los mismos bancos que los aldeanos para seguir las lecciones de catecismo del párroco.

Además, ella será capaz de sacar a la gente de apuros y descifrar manuscritos que contengan sus derechos legales, así como de leer algunas páginas de almanaques y aprender recetas en casos de enfermedad.

Se prestará para todos los servicios. Cuidará los niños de las campesinas, recibirá al huérfano que sea un sobrecarga para otro hogar; sabrá atender al pequeño de un rico sin familia, o al de la viuda cargada de hijos. Administrará remedios a los enfermos y velará a los moribundos. Fuera de las horas de clase, estará disponible para todas las obras de asistencia mutua.

No enseñará solamente los principios de la religión a las niñitas, también rezará con ellas, tanto en la escuela como en la iglesia. Allí se encontrará para el rosario de la tarde con los adultos, a los cuales les leerá la Sagrada Escritura o la Imitación de Cristo. El domingo en la mañana, a primera hora, dirigirá la misa parroquial.

La tarde del domingo agrupará a las niñas y a las madres de familia en su modesto alojamiento. No les dará conferencias doctas, sino que conversará con ellas amigablemente y las conducirá a la discusión espontánea. En ocasiones prestará libros a quienes se puedan beneficiar con su lectura.

Pero trabajará igual que las demás en el pequeño terreno que le permitirá vivir. El jueves se prestará para la jornada común, trabajando en el campo con las demás mujeres. No rechazará la cría de aves ni el manejo de las vacas. La Hermana realizará al máximo su asimilación a la aldea, aunque proceda de la ciudad. Ella será entonces una campesina entre las campesinas: participará de su condición.

Practicando bien esta fraternidad, ella será el vínculo entre los padres y los niños, entre los ricos y los necesitados, entre el pastor y sus ovejas. Se informará de los vicios y de las supersticiones que reinan en la parroquia, sin dar por ello lugar a las malas lenguas. Mezclada con la población, se alejará a menudo, recogiéndose en su pobre casita.

La Hermana aceptará limosna con el reconocimiento del pobre, pero atenderá habitualmente a sus propias necesidades, que serán pocas. Sin querer estar a cargo de nadie, considerándose la última de las aldeanas, asumirá como una deuda las ingratitudes y las calumnias de quienes ella se apura para servir. Será la hermana que aporta tanto como soporta.

Viviendo en simbiosis profunda con la aldea, acogerá sus alegrías, dificultades y miserias. Se ligará a ella de corazón, sin haber contraído lazo jurídico alguno. Su camino será el compartir y el dar sin condición. No ahorrará ni su tiempo, ni su penalidad, ni su afecto: su único objetivo será siempre la promoción del prójimo. Comprometerá más y más, no sólo lo que pueda tener, lo que sabe, lo que hace, sino lo que ella es. No podrá definirse fuera del medio rural donde vive: realizará en él una comunidad de destino.

Marguerite Lecomte da un testimonio conmovedor cuando en el atardecer de sus días trata de regresar a su aldea: sus fuerzas desfallecientes le impedirán para siempre realizar ese último proyecto que resumía su vida de Providencia.

Destaquemos una última paradoja: la Hermana que vivirá en armonía completa con la aldea desheredada nunca se radicará allí, siempre estará lista a dejarla si las circunstancias lo exigen. Su fidelidad a la urgencia sobrepasará al establecimiento.

 

Colofón

La osadía de aquella fundación, en el contexto sociocultural del siglo 18, fue casi temeraria.

El riesgo del compromiso es pues inherente a quien cree en la Providencia, y el compromiso integral es un acto sin condición en el que el alma lo apuesta todo a la fe, y paga con su persona.

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