HERMANAS de la PROVIDENCIA

Las Cuatro Virtudes

 

Las Virtudes Esenciales para las Hermanas
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Juan Martín Moye

Las principales virtudes que ustedes deben practicar son: el Abandono en la divina Providencia, la Pobreza, la Sencillez y la Caridad. Estas son las virtudes fundamentales de nuestro establecimiento.



El Abandono en la Providencia

Es fácil ver cuán necesario es abandonarse sin reserva en la divina Providencia y no apoyarse sino en ella, puesto que ustedes no tienen ninguna renta asegurada por parte de los seres humanos.

Esperarán pues todo de Dios, el alimento y el vestido, la salud y la fuerza, los talentos; todo en una palabra. Cuando personas caritativas les den ayuda, bendigan a la Providencia, persuadidas de que es ella la que las envía para ayudarles. Cuando les falte lo necesario, lejos de murmurar contra la divina Providencia, la adorarán, pensando que ella conoce todas las miras y los designios de ustedes. Dirán como Job: "Si hemos recibido los bienes de manos del Señor, ¿por qué no recibir de ella los males?" (Job 11:10), con la misma disposición de conformidad a su voluntad.

Es para hacerlas depender totalmente de esta amable Providencia por lo que no he querido, mis pobres Hermanas, que tengan pagos ni rentas, sino que vivan confiadas en la Providencia. Estarán más seguras y más sólidamente establecidas si depositan en ella su confianza que si tuvieran todos los fondos y todos los bienes del mundo. Pero si una sola vez dejan de confiar en Dios y buscan el apoyo y la protección de los seres humanos, Dios las abandonará, y caerán en el momento mismo en que se crean más seguras.

Mientras actúen con la rectitud y con la sencillez del Evangelio, teniendo presente sólo a Dios, contando sólo con Dios, El las sostendrá contra todos los ataques humanos. Pero si se apoyan en medios humanos, El permitirá que esta actitud de prudencia material sea la causa que las arruine.

Si se abandonan en la Providencia con confianza, con una confianza entera y sin reserva, estén persuadidas de que ella no les faltará; ella proveerá con abundancia a las necesidades de ustedes y tendrán aun más de lo necesario. Si para probarlas permite que estén en la indigencia, no es que ella no vele por ustedes con tanto cuidado y atención como en cualquier otro tiempo. Adoren sus designios sin conocerlos.

Recuerden a menudo estas palabras del Señor: "No se inquieten diciendo: '¿Qué comeremos?' El Padre celestial sabe que ustedes necesitan todas estas cosas." (Mateo 6/31-32) Estas pocas palabras bastarán para desterrar toda inquietud y recordarles los motivos de confianza más capaces de tranquilizarlas acerca del porvenir.

Dios conoce todas las necesidades de ustedes, puesto que lo sabe todo; puede proveer a todas ellas, pues es todopoderoso; lo quiere, pues es nuestro Padre y nos ama como a sus hijos. ¿De qué pueden inquietarse entonces? Mis pobres Hermanas, si tuviéramos fe y confianza en Dios, veríamos hoy como en otros tiempos los prodigios y las maravillas de su omnipotencia; pero si no nos los revela, es porque nuestra poca fe se lo impide. Creamos pues, y pidamos al Señor que aumente nuestra fe.

Todas las personas que tienen una firme confianza en la Providencia notan a cada instante sus efectos sensibles; ven claramente que la Providencia gobierna todo, ven que dispone de todo, y que nada sucede sin su participación. No cae un solo cabello de nuestra cabeza sin una orden de la Providencia (Lucas 21:18). Ella alimenta los pájaros del cielo, viste los lirios del campo, ella alimentará también a mis pobres Hermanas. Entréguenle todo, confíenle sin reserva el cuidado del cuerpo, del alma, de la salud, de la reputación, de la vida, sobre todo de la salvación de ustedes y de los niños que les sean confiados.

Digan como David: "Señor, mi cuerpo está en tus manos " (Salmo 30:16), o como San Pablo: "Sé en quien me he confiado y descanso enteramente en él" (2 Timoteo 1:12).

Santa Teresa cuenta en la historia de sus fundaciones la manera admirable como se establecieron, no solamente sin ningún socorro humano sino, a menudo, a pesar de toda clase de oposiciones de parte de los seres humanos.

En todas las penas y dificultades que se les presentaban, se notaba que poco a poco, y algunas veces en un solo momento, todos los obstáculos se desvanecían y el establecimiento se hacía en el tiempo que menos se esperaba. A menudo, cuando la situación era más desesperada, la Providencia hacía surgir recursos con los cuales nadie hubiera podido contar. Siempre ha sucedido lo mismo con las obras de Dios, quien sabe hacerlas triunfar y las juzga convenientemente, las sostiene por medios del todo contrarios a los de la prudencia de los tiempos, mientras que los establecimientos que son fundados sólo con medios humanos, fallan a menudo por donde parecían más firmes.

Vean la orden que fundó San Francisco de Asís sin tener fondos! Vean cómo se ha sostenido esta orden por un puro efecto de la Providencia! Lo mismo será para el establecimiento de ustedes. Si es según las miras y los designios de Dios, lo hará triunfar; no lo dudemos. En cuanto a mí, espero todo de la Providencia; no tengo confianza sino en ella; no tengo recurso alguno asegurado de parte de los seres humanos.

Una persona a quien hablaba de mi proyecto, viendo las empresas que yo proyectaba, estaba persuadida de que tenía que comenzarlas todas; aunque no podía quitarse del espíritu que no hubiera temeridad al atreverme a pensar en ellas. Hay incluso quienes me acusan de imprudencia y de locura. Pero esto no me preocupa en absoluto porque toda mi esperanza está en Dios, y tengo la firme confianza de que El sabrá conducir esta obra, si es suya.

O este proyecto está de acuerdo con la voluntad de Dios, o no; si es conforme a su santa voluntad, El es todopoderoso, tiene mil medios, mil recursos para realizarlo. Si no es según el beneplácito de Dios, renuncio a él desde este momento, y cuando sepa que Dios no quiere que trabaje en su ejecución, con gusto lo abandonaré.

Así es como debemos actuar en todas las cosas en las cuales la voluntad de Dios no nos es manifiestamente declarada. No debemos obstinarnos en nada, sino mantenernos en una santa indiferencia, sin querer una cosa o la otra, sino cuando haya lugar para creer que es para beneplácito de Dios.

No olviden esta advertencia, mis pobres Hermanas, que ella les servirá en muchas ocasiones, y con esa santa indiferencia, con esa perfecta conformidad a la voluntad de Dios, conservarán siempre la paz del corazón.

Es también muy necesario hacerles notar que para vivir en esa completa dependencia de la Providencia, no se debe tratar de detenerla ni de adelantársele por precipitación; por el contrario, hay que esperar con paciencia sus órdenes. Ordenes que se conocen cuando se tiene un poco de experiencia con esta vida de providencia, por acontecimientos que nos manifiestan la voluntad de Dios.

Debemos permanecer tranquilos, o a lo sumo hacer alguna tentativa para ver si la voluntad de Dios dispone todo, no solamente las cosas sino las horas y los momentos en que deben suceder, según estas palabras del Salvador: "Nadie sabe el lugar y los momentos que mi Padre tiene en su poder". Mientras que la hora de la muerte de nuestro Señor no había llegado, sus enemigos lo buscaban para hacerle morir, pero todos sus esfuerzos eran vanos; y cuando llegó su hora, El mismo se presentó ante los que venían a apresarlo.

Dios mío, cuántas cosas hacemos por imaginación, por apresuramiento! Traten pues de reprimir y calmar la imaginación. Cuando alguna idea las inquiete, desconfíen de ella, renuncien a ella, y entren en la calma y en la paz. No tomen nunca decisiones en la turbación.

El Salvador nos dice también en el Evangelio que a cada día le basta su mal, y que no debemos pensar en el mañana (Mateo 6:34). Esto no impide que se hagan las provisiones a tiempo. Está dentro del orden de la Providencia recoger el trigo en el tiempo de la cosecha. Esto tampoco impide que cuando les falte lo necesario, puedan buscarlo en alguna parte. Expongan primero su necesidad a los señores curas y a otras personas caritativas. Es seguir la Providencia recibir los recursos que ella nos presenta.

Mientras sigan estos principios, que son los del Evangelio, estarán seguras, y estén persuadidas de que nunca les faltará lo necesario; pero si les llegare a faltar, la Providencia sabrá muy bien suplir por otros medios. Dios mismo las sostendrá con su gracia. El las consolará en sus necesidades, y estarán más contentas en la pobreza que los ricos en medio de la abundancia. Santa Teresa asegura, con la mayor consolación, que sus hijas nunca estaban tan contentas como cuando les faltaba todo. Es así como las promesas de Dios se cumplen de una manera o de otra.

Dios nos promete cuidar de nosotros. El asegura mil veces en la Escritura que a quien deposite en El su confianza, no le faltará nada. Esto no quiere decir, absolutamente, que se tendrá siempre lo temporal en abundancia, puesto que los santos, que tenían la mayor confianza, estuvieron a menudo desprovistos de todo. Pero Dios suplirá por otros medios, sosteniéndonos por sí mismo o bendiciendo lo poco que tenemos, de modo que pueda bastarnos. El actuará en esto según su beneplácito; pero lo hará, pues lo ha prometido.

Cuán poca fe tienen los seres humanos! Se aseguran con un contrato hecho ante notario, y dudan de la palabra de Dios, escrita en los Libros Santos, cuya autenticidad es indudable. Yo, que soy sólo un pobre pecador, tengo sin embargo una gran confianza en Dios; he visto ya tantos efectos de su divina Providencia que sería un ingrato si no me abandonara en ella sin reserva.

En este mismo asunto [el Proyecto] he reconocido muchos signos de la Providencia que me dan un presentimiento interior de que está de acuerdo con la voluntad de Dios y que tendrá éxito; pero no es tiempo aún de manifestarlos.

Sea lo que fuere, uno de mi principios es que cuando se presente una buena obra por hacer, y se está moralmente seguro de que es la voluntad de Dios hacerla, podemos atrevernos a emprenderla, aunque no se vean, en el presente, los medios de los cuales uno podrá servirse para llevarla a término.

Uno debe ser siempre puesto a prueba.


La Pobreza

Ruego a Dios, mis pobres Hermanas, que quiera inspirarnos un santo afecto por la pobreza evangélica. Recuerden que el Señor hizo de ella una bienaventuranza cuando dijo en el Evangelio: "Bienaventurados los pobres en espíritu." (Mateo 5:3)

Jesucristo mismo fue pobre, pues no tenía dónde descansar su cabeza (Mateo 8:20). Los apóstoles, al seguirlo, también sufrieron algunas veces de hambre, y el Evangelio cuenta que para saciarla se vieron obligados un día a comer granos de trigo que tomaban de las espigas de los campos por donde pasaban (Mateo 12:1). Y cuántas veces a nuestro Salvador le faltó lo necesario, en la extrema escasez de todo en que estaba!

Es fácil concluir, de la pobreza de Jesús, cuál fue la pobreza de su santa Madre. Recuerden también el ejemplo de San Juan en el desierto, donde se alimentaba sólo de saltamontes y de miel silvestre; y de tántos solitarios que no vivían sino de raíces.

Así, mis pobres Hermanas, estén contentas cuando no tengan sino pan y agua. Amen la pobreza del Salvador; hónrenla imitándola. Para ésto, conténtense con una alimentación sencilla y ordinaria, tal como la de la gente del campo.

No comerán otra carne que tocino y no tomarán vino sino en caso de enfermedad o de alguna dolencia. Igualmente, no tendrán ningún adorno en el cuarto; colocarán en él solamente un crucifijo o una cruz de madera, e imágenes propias para inspirar devoción, sobre todo imágenes donde estén representados los misterios del nacimiento, la vida y la pasión de Jesucristo, para hacerlos comprender más fácilmente a los niños. Explicándoles los misterios de la redención sobre todo, tendrán cuidado de hacerles considerar el crucifijo y de mostrarles en detalle todo lo que sufrió el divino Salvador.

El vestido de ustedes también será pobre, de paño grueso, y la ropa blanca lo más sencilla posible. No tendrán hebillas en los zapatos sino solamente cordones de cuero; llevarán los vestidos viejos y remendados tanto como la conveniencia lo permita. Todo esto para honrar la pobreza de Jesucristo y de la Santísima Virgen.

Esto no impedirá sin embargo que tengan algunos animales, como una vaca, cerdos, gallinas, para encontrar en la casa las cosas necesarias para la vida, y no estar a cargo de otros sino lo menos posible. Pero no tendrán sino lo que sea necesario para subsistir pobremente.


La Sencillez

La Sencillez es una virtud que nos hace ir a Dios sinceramente, sin rodeos, sin disfraz, con una intención recta, sin otra intención que la de agradarle, y que nos hace obrar y hablar con el prójimo con rectitud, sin fraude y sin malicia.

Esta virtud de la sencillez es tan estimable a los ojos de Dios que cuando la Escritura quiere hacernos el retrato de un justo de corazón, nos hace notar que era 'sencillo y recto'. En estos términos habla del santo Job y de los otros grandes santos del Antiguo Testamento.

Hay dos clases de sencillez: la una interior y la otra exterior. La sencillez interior consiste, como acabo de decirlo, en esa rectitud de intención que busca agradar a Dios, sin preocupación por lo que pensarán los seres humanos, y sin ningún interés por sí mismo; y la sencillez exterior consiste en actitudes y palabras sensatas, sin artificio y sin afectación ni vanidad. San Pedro habla de la sencillez cuando dice que debemos ser "como niños, razonables, pero sin malicia" (1 Pedro 2:2).

No apegarán su corazón a nada para comprometerse más eficazmente con esta virtud, que debe serles tanto más querida cuanto que es menos conocida del mundo, y puesto que se la teme y se huye de ella sólo en apariencia.

El defecto que se opone esencialmente a la sencillez cristiana es la Duplicidad. Cuando no se busca a Dios en todas partes, cuando se tienen miras y designios ocultos, cuando se busca uno a sí mismo más que a Dios; cuando se está muy ocupado con los seres humanos, cuando se trata de atraer su estima, se teme ser despreciado, y se inquieta por la manera como se comportará para agradarles y para no desagradarles. Cuando se tienen tales sentimientos, el espíritu está embarazado con ideas extrañas a la salvación, que lo oscurecen y lo llenan de miras humanas y mundanas, que quitan la sencillez, porque la sencillez no tiene sino un objeto, un motivo, una intención, que es agradar a Dios, y santificarse.

Los que buscan a Dios sinceramente, lo encuentran, dice la Escritura, para hacernos entender que los que tienen un corazón falso y doble no tendrán la felicidad de encontrarlo. La 'Imitación' anota también que muchas almas parecen querer darse a Dios y dedicarse a su servicio, no sinceramente, sino por curiosidad o por envanecimiento.

Un segundo defecto esencialmente opuesto a la sencillez del Evangelio es el Espíritu del Mundo: la manera de pensar y obrar de la gente de mundo. Se tiene el espíritu del mundo cuando se piensa como el mundo piensa, cuando se habla como el mundo habla, cuando se ama lo que el mundo ama, se estima lo que el mundo estima, es decir, los honores, las riquezas y los placeres. Se tiene el espíritu del mundo cuando se está prendado de sus vanidades y se aparentan sus modales y sus maneras.

Para confirmarlas en la práctica de esta virtud de sencillez y para preservarlas de los defectos que le son contrarios, he aquí las reglas que observarán :

Al abrazar el estado que se proponen, y al cumplir sus deberes, no tendrán otra intención que la mayor gloria de Dios y la salvación del alma.

Tendrán a menudo en la boca y siempre en el corazón estas palabras del Apóstol: "Todo por la gloria de Dios" (1 Corintios 10:31), "Todo en nombre de Jesucristo" (Colosenses 3:17). Y por consiguiente, nada por el mundo, nada para agradar a los seres humanos, nada para satisfacción de sí mismas.

Esta es la lección que el Salvador nos da: "Que nuestras palabras sean sencillas", lo cual consiste en "decir 'sí' o 'nó', porque todo lo que se añade viene de un mal principio" (Mateo 5:37). Es decir, que no se debe hablar sino cuando es necesario, y al hablar decir sólo lo que es indispensable, según la necesidad del encuentro, sin derramarse en un flujo de palabras que el sabio condena pues casi nunca está exento de faltas.


La Caridad

Como ustedes no tendrán ningún interés material, puesto que harán todo gratuitamente y sin retribución alguna, sólo la caridad las hará actuar en todo y en todas partes. Ejercerán las obras de misericordia con todo el mundo, tanto las obras espirituales como las corporales.

La primera obra Espiritual de misericordia es Enseñar a los ignorantes. Esa será la función principal de ustedes. La ejercitarán no solamente con los niños, sino con todos los que no estén suficientemente instruidos. Cuando tengan razones para creer que una persona ignora los principales misterios de la fe o las otras cosas necesarias para la salvación, se los enseñarán a manera de conversación.

El segundo deber de la caridad espiritual es Corregir a los pecadores. Ustedes lo ejercitarán con los niños que tengan a su cargo. Y se informarán sobre los vicios que reinan en el lugar donde estén y los combatirán con la palabra y con el ejemplo.

El tercer deber de la caridad espiritual es Dar consejos a los que los necesitan. Para esto hay que conocer bien a la persona a quien se aconseja, porque si no se conocen perfectamente sus disposiciones, vale más callar que exponerse a decir cosas que harían más mal que bien.

El cuarto deber de la caridad espiritual es Consolar a los afligidos. Cuando sepan que una persona tiene una pena, vayan a consolarla; exhórtenla a sufrir con paciencia y resignación, y aprovechen la ocasión para hacerle algunas advertencias saludables.

La quinta obra de caridad espiritual es Sufrir las injurias y perdonarlas, y soportar los defectos del prójimo. Acuérdense de este deber cuando los padres y las madres y los niños no les paguen las penas que ustedes se toman por su educación sino con ingratitudes, reproches, críticas y murmuraciones. Sufran todo eso y ofrézcanlo a Dios por la salvación de sus almas. Esto les servirá más que los bellos discursos que ustedes puedan hacerles.

El sexto deber de la caridad espiritual es Orar por los vivos y por los muertos, particularmente por los enemigos. Sin la oración, todo lo que ustedes digan será inútil. Es de fe que no podemos obtener nada para nosotros ni para los otros sin el socorro de la gracia, y el medio de alcanzarla es la oración. Oren pues sin cesar.

En cuanto a las obras Corporales de misericordia, harán en los campos más o menos lo que nuestras Hermanas de la Caridad hacen en las ciudades, mientras sea compatible con la instrucción de los niños que es el deber esencial de ustedes, excepto cuando una necesidad urgente las obligue a interrumpir la escuela para prestar algún pronto socorro.

Como ustedes mismas son pobres, sé que no podrán ayudar a los desposeídos con recursos propios; sin embargo, si comparten con ellos lo poco que tengan, la caridad se hará más agradable a Dios que la de los ricos que dan de su abundancia.

El medio de que ustedes se servirán para ayudar a los pobres será presentar sus necesidades a quienes puedan socorrerlas y solicitar a los ricos con qué aliviarlas. Pedirán por ejemplo tela para vestir a los huérfanos. Podrán también tomar una pobre huérfana en casa de ustedes, para instruirla y educarla, rogando a alguna persona caritativa que les dé con qué alimentarla.

Cuántas buenas obras se pueden hacer cuando se tiene caridad!

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