HERMANAS de la PROVIDENCIA y de la INMACULADA CONCEPCIÓN |
| Entrevista con la Historia |
Con un exterior tranquilo proveniente de su buen corazón en su dialecto lorenés Moyë significa 'el corazón tierno de la roca' el Padre Moye aceptó salir un poco de su reserva, y responder al presente reportaje virtual, que está lleno de sentido y de orientación. Y sobre todo de esperanza.
De mucho espíritu, elevada estatura, porte y figura que enmarcan la grandeza, el padre Juan Martín respondió así a la primera parte de este encuentro hipotético.
Primera Parte
En esta parte de la entrevista, Juan Martín Moye traduce su fe en la Providencia con cuatro valores fundamentales: Caridad, Sencillez, Pobreza y Confianza ('Abandono') en el Padre providente. Estas virtudes hay que vivirlas con todos, en especial con los jóvenes y con los más pobres.
Padre, en primer lugar quisiera decirle cuán original es este nombre de Hermanas de la Providencia que usted creó para su congregación.
Usted se equivoca, joven amigo. Fueron los pobres del campo quienes le dieron este nombre al primer grupo de Hermanas. Veían mujeres jóvenes que venían a vivir con ellos. Las veían trabajar sin descanso por el mejorestar de todos. Y sólo con los mínimos medios de que disponían, que eran los medios de Dios.
¿Qué son los medios de Dios?
Muy sencillo: los recursos que la Providencia le da a uno cuando confía en ella. Me gusta la exhortación de Jesús: "Miren los pájaros del cielo; nuestro Padre celestial los alimenta, los viste. Miren también los lirios del campo ..."
Pero mi hijo me repite a menudo esta frase para justificar su pereza.
Los pájaros pasan mucho tiempo construyendo su nido, buscando su alimento. Y los lirios hunden sus raíces de continuo en lo más profundo de la tierra. Pregúntele a Margarita Lecomte y a las otras Hermanas pioneras. Para poder enseñar gratuitamente se ofrecían al día para realizar pequeños trabajos pagados en la aldea, y además cultivaban su propia parcela, iban al bosque a recoger la leña para cocinar y para la calefacción. Hacían todo esto, y mucho más, pero sin que llegara a ser su ocupación principal; su 'pre-ocupación'. Abandonaban sus necesidades en las manos de Dios. Dios era su seguridad interior. Y así conservaban el corazón abierto y tranquilo; desembarazado de las cosas del mundo, tan opresivas.
Hoy, la publicidad comercial pregona que el consumo material, el lujo incluso, son una necesidad. ¿Usted qué piensa de esto?
Pienso que para satisfacer todos sus deseos mundanos, uno debe correr mucho; consumirse. Creo entonces que uno debe poner en otra parte, en una parte espiritual, es decir Universal, con mayúscula, sus energías primeras, sus inclinaciones naturales, que son las inclinaciones auténticamente puras. Y afirmo esta prioridad de Jesús: "Busquen primero el Reino de Dios y su justicia, y todo lo demás se les dará por añadidura."
Vivir sin inquietud. ¿Es esto lo que usted recomienda? ¿No es un poco fácil?
El mundo no se construye con inquietudes, mi estimado amigo. Le voy a contar una pequeña historia: en 1985 las Hermanas de la Providencia de Champion, Bélgica, tuvieron un 'bombillazo' como se dice hoy, una idea luminosa: organizar asociaciones de laicos que vivieran esa fuerza de la Providencia que las anima a ellas; su Carisma. Su forma de pensar. Y de ser, por supuesto. Se preguntan, oran, pero como de costumbre no quieren forzar los acontecimientos. Querer 'acelerar el tiempo', o 'las cosas', por así decir, es una tentación humana muy común. Pero ellas esperan un 'signo' de Providencia -- una señal, un anuncio oportuno -- para proseguir con su idea. Para dirigirse a esa luz que las atrae.
Sin embargo, aún parece que usted enseñara la pasividad.
No. Sólo que estemos atentos a los recursos ocultos. Muy lejos de Bélgica, en Cali, Colombia, algunas Hermanas hacen una pequeña invitación a fin de divulgar su carisma, y para su sorpresa, 35 personas asisten, hacen un montón de preguntas, y deciden seguir encontrándose cada mes. Vivir la confianza en este mundo lleno de incertidumbres no es una actitud natural. Hay que entender su sentido, compartir la palabra de Dios, animarse unos a otros. Y un día, en 1987, llega un mensaje a Champion: ha nacido la primera fraternidad colombiana. Algunos laicos se comprometen a vivir el Espíritu de Providencia. Trabajarán con los pobres en su oficio y donde están. Numerosos grupos más los seguirán en algunos años. La idea belga se ha vuelto realidad.
Con esto usted desarrolló un buen método antiestrés.
Gracias. La confianza en Dios no le impide a uno reaccionar visceralmente. No olvido el día cuando el obispo me prohibió seguir abriendo escuelitas en los caseríos. Caí en una especie de agonía. Le decía al Señor que él era el dueño de mi proyecto, pero la medida me parecía absurda. Me sentía anonadado.
¿Y usted no luchó contra la decisión?
¿A riesgo de echarlo todo a perder? ¿De disgustar aún más al obispo? Cuando uno está turbado, desconcertado y molesto, hace todo a contratiempo y fuera de lugar. Entonces luché, sí, pero sólo dentro de mí. Al cabo de unos días se fue calmando la desazón que me acosaba. Y sentí entonces despuntar una esperanza desconocida. Me sentí renacer. Las escuelitas eran "adarajas", piedras salientes para continuar una edificación, como me había dicho mi querido amigo, el padre Jobal. No mucho después el obispo revocaría su prohibición. Más aún, él terminaría recomendando esta clase de miniescuelas populares en las asambleas de obispos.
Pero las cosas pudieron haber sucedido de otro modo.
Cierto. Por eso afirmo que es imposible creer en la Providencia sin vivirla uno mismo, sin experimentarla en carne propia. Para creer en la Providencia no se necesitan estudios universitarios sino más bien un largo estudio de sí mismo, un trabajo permanente sobre uno mismo, y una convicción profunda. Pues, como lo expresó Pablo a los romanos: "Todo contribuye al bien de los que aman a Dios."
El P. Moye siempre estuvo persuadido de la necesidad de vitalizar la iglesia con personal independiente de la autoridad eclesiástica.
La colaboración entre religiosos y laicos es una gran suerte para la Iglesia. En particular hoy cuando, como sentenció Paulo Freire, el gran educador brasileño, "no estamos en una época de cambios, sino en un cambio de época".
Segunda Parte
En la segunda parte de esta entrevista virtual, el P. Moye concedió las siguientes declaraciones sobre este asunto fundamental. Pero, como uno de sus lemas siempre fue sic sermo durus et brevis: 'que tu palabra sea fuerte y breve', advirtió que aquí sólo respondería a "seis preguntas más".
Padre, ¿no le preocupa el número de Hermanas en constante descenso?
En absoluto. Las vocaciones son como las olas, vienen y van. En el siglo 19 y en la mitad del 20, o sea en el apogeo y en la declinación de la época romántica, nuestra congregación fue muy floreciente. Y entonces las comunidades religiosas llegaron a creer que ellas solas podían resolver los problemas del mundo. Esta crisis de ahora es útil para cambiar aquel ilusorio espíritu de suficiencia.
¿Cambiar en qué sentido?
Muy sencillo. Pienso en esta apasionante colaboración entre nuestra congregación religiosa y los laicos, que se ve crecer desde hace algunos años. Las Hermanas de Champion invitaron a las exalumnas, los profesores, a los padres de familia, a unirse a ellas. A participar en su misión de Providencia. Y cuando lo hicieron, otros laicos vinieron a interrogar a las Hermanas sobre el sentido de su compromiso. Y cuando lo conocieron, cuando supieron de las Cuatro Virtudes, también ellos se unieron a las fraternidades. Esta tendencia es totalmente nueva. Vital. Y en cuanto a la congregación, garantiza su porvenir.
Al comienzo de este aggiornamento, de esta apertura, o glasnost para usar términos más actuales, ¿estaba usted, Padre?
Aunque parezca divertido, sé que hasta se han publicado dibujos animados sobre mi vida y mi proyecto educativo. Pero creo que más allá de mi persona, con esto la gente busca una inspiración, un soplo que anime su propia existencia. Los cristianos de hoy viven en un mundo globalizado y secularizado, en un mercado de 24 horas que ha encontrado su consistencia humana en la 'competitividad' y en la 'eficiencia', sin tener que referirse constantemente a Dios. Es importante respetar esta nueva tendencia mundial, observarla atentamente, y tratar de dirigirla. Pero al mismo tiempo los cristianos y no cristianos presienten que hay una realidad invisible qué servir, fines más altos a los cuales entregarse. Y no quieren respuestas hechas; quieren oir palabras nuevas. Y cuando ven vidas gozosamente impregnadas de Evangelio, siguen su ejemplo. Tánto mejor!
Usted parece estar muy complacido con este acercamiento entre laicos y religiosos.
Claro! Yo he creído siempre en esto. Recuerdo a las primeras jóvenes que envié en 1762 a enseñar en los caseríos cerca de Metz, en mi amada Lorena natal. No tenían apoyo de comunidad alguna, no tenían renta alguna, no llevaban vestido especial, no estaban ligadas por votos. Eran laicas. Y más tarde, en China, mis mejores colaboradoras también fueron laicas. Con una pierna uno avanza penosamente, pero con dos piernas uno puede correr. ¿O no?
¿Hay una meta en la carrera?
Por supuesto. La meta inicial, el fin del principio: siempre el Otro ... los demás, quienes nos necesitan. Los mal alojados, los mal nutridos, los mal enseñados, los mal amados. Más que nunca, hoy el mundo necesita que las energías positivas se multipliquen uniéndose unas a otras. La energía de los laicos, la fuerza secular, es una gran suerte para la Iglesia de hoy y para la Iglesia de mañana.
Pero, finalmente, Padre, ¿usted no teme que así, laicos y religiosos, pierdan su identidad?
De ninguna manera. Porque no se trata de copiar al otro, sino de anclar más firmemente a cada uno en la opción de vida. Que los laicos se sigan comprometiendo positivamente en el mundo, que pongan sus fuerzas en cambiarlo para el bien de todos. Y que los religiosos sean verdaderos profetas, parábolas vivientes del Reino. Que ofrezcan alternativas de vida en la Iglesia y en la sociedad. Y que juntos formen el Pueblo de Dios. La Gente de Bien.
Con énfasis recio en las últimas palabras, con un firme apretón de manos, y una sonrisa leve, el Padre Moye se despidió.
Tenía entonces 63 años, y estaba próximo a morir de tifo, fuera de su patria, en Tréveris, mientras cuidaba soldados enfermos.
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