La Gracia

Juan Martín Moye

Le Dogme de la Grâce. Scolastique Baltazard, Nancy, 1774
Prensa Creativa, Medellín, Colombia, 1997
Traducción: Hna. Marie Louise Quinet

 

Contenido

Advertencia

I. La Gracia
Definición de la Gracia
El término 'sobrenatural'
La Gracia: principio de los sentimientos y de las operaciones sobrenaturales
Las personas que obran por principio sobrenatural
Acciones y sentimientos en los que participan la Gracia y la pasión a la vez
Acciones que empiezan por la Gracia y terminan por la naturaleza y la pasión
La Gracia, principio sobrenatural de las buenas obras y de sus méritos
La excelencia de la Gracia
La gratitud por las Gracias que Dios nos da
La necesidad de la Gracia. Lo que se puede sin la Gracia
Lo que no se puede merecer sin la Gracia
La eficacia de la Gracia
Divisiones de la Gracia

II. Las Operaciones de la Gracia
La delicadeza de la Gracia en sus operaciones
Los momentos de la Gracia y las ocasiones que aprovecha
Los progresos de la Gracia
Los comienzos de la Gracia
La lentitud de la Gracia en sus operaciones
Los efectos de la Gracia
Los tiempos nebulosos cuando la Gracia parece eclipsarse
Las almas en quienes actúa la Gracia
Las dificultades para saber si es la Gracia lo que actúa en nosotros
Medios para distinguir la inspiración de la Gracia y la ilusión de la imaginación
Medios para distinguir los móviles de la pasión y los de la Gracia
La diferencia entre los móviles de la naturaleza y los de la Gracia

III. Los Obstáculos para la Gracia
Primer obstáculo: Resistencia a la Gracia
Segundo obstáculo: El Pecado
Tercer obstáculo: Las Pasiones
Cuarto obstáculo: Afectos humanos y naturales
Quinto obstáculo: Las vanas alegrias
Sexto obstáculo: Los deseos y los pensamientos inútiles
Séptimo obstáculo: La disipación
Octavo obstáculo: El apresuramiento y la tibieza
Noveno obstáculo: El espíritu del mundo y el amor propio

IV. Los Medios para la Gracia
Primer medio: La Oración
Segundo medio: La confianza y el recurso a los méritos de Jesucristo
Tercer medio: La Santa Misa
Cuarto medio: La frecuentación de los sacramentos
Quinto medio: Un gran aprecio por la Gracia


Advertencia

Es peligroso hablar de la Gracia cuando se hace por curiosidad o por vanidad. Pero es muy útil entretenerse con ella para instruirse y para edificarse. Nada hay más propio para espiritualizar al ser humano, un ser terrestre y carnal, sumergido en la materia y ocupado únicamente de los objetos que lo rodean y que golpean sus sentidos.

Cuando se habla de la Gracia, la Fe vuelve a despertar, los pensamientos se elevan por encima de las cosas visibles, el espíritu ve la nada de todos los bienes de la tierra, el corazón se desapega de ellos para buscar bienes firmes, que son los bienes espirituales.
Si se conociera más sobre la Gracia, se le tendría más estima, se le haría más caso, se la desearía con más ardor. Si se estuviera más convencido de su necesidad, si se sintiera más la necesidad de su socorro, se la pediría más a menudo y con más fervor, y no se haría nada sin haber implorado antes su asistencia.

Pero como no se tiene una idea suficientemente elevada de la Gracia, como no se conoce bien su excelencia y no se siente mucho su necesidad, no se tiene ardor ni prisa para lograrla y se la pide con frialdad e indiferencia. A menudo ni siquiera se la pide. De allí sucede que uno obra casi siempre sin la Gracia, y por consiguiente sin mérito : porque todas las acciones que se hacen sin la Gracia carecen de valor ante de Dios, pues es de fe que no se puede merecer nada sin la Gracia.

Habría que temerlo todo, al tratar de una materia tan difícil como es la Gracia, si se siguiera el propio criterio. Pero no se corre ningún riesgo si se sigue la doctrina de la Iglesia; así se puede estar seguro de que no se encontrará nada en este escrito que no sea ortodoxo y conforme a los sentimientos de los teólogos más exactos.

Los misterios de la Gracia y de la Predestinación son incomprensibles. Después de todo lo que los doctores más ilustrados han dicho hasta aquí, y lo que podrán decir de ellos en el futuro, serán siempre misterios, misterios infinitamente por encima del alcance del espíritu humano. Pero esto no impide que se pueda hablar de ellos con humildad; no para querer entenderlos, puesto que son imponderables, sino para instruirse y edificarse. De otro modo, tampoco sería permitido hablar de los misterios de la Trinidad, de la Encarnación y de la Redención.

Se puede pues hablar también de los misterios de la Gracia y de la Predestinación, para aprender lo que la fe nos enseña. Mientras más se hable de ellos, más se pensará en ellos, más se los profundizará, más se descubrirá su elevación; más se reconocerá la sublimidad de nuestra religión; más uno se sentirá penetrado de respeto por ella.

No hay libro tan misterioso en la Escritura como el 'Apocalipsis' y no hay otro con ideas tan altas de la religión. Mientras más elevados e impenetrables sean los misterios de la fe, más venerables serán, más debemos humillarnos considerándolos, más nos toca exclamar con el Apóstol de las Naciones y el Doctor de la Gracia (Romanos 11 :33): "Qué profunda es la sabiduría de Dios! Sus juicios son incomprensibles y sus vías impenetrables."

Es cierto que los misterios de la Gracia y de la Predestinación turban a veces a ciertas personas, porque es natural preguntarse a sí mismo : '¿Estoy en estado de gracia? Es la Gracia lo que obra en mí. Tendré la suerte de estar en el número de los predestinados?' De ahí que los temores y las alarmas que nacen de esas incertidumbres sirvan para depurar y fortalecer nuestra fe y para desapegarnos del mundo.

Uno se humilla, adora los juicios del Señor, pone su suerte en sus manos. Pero mientras más siente la incertidumbre de su estado presente, más tiembla por su salvación, más se esfuerza para asegurar su vocación con las buenas obras.

Cuando una persona está bien ocupada con estos pensamientos saludables no piensa mucho en el mundo ni en todas sus vanidades; todo lo que hay en esta tierra no le parece nada al precio de su salvación, y no hay nada tan caro que no esté dispuesto a sacrificar para salvar su alma.

Pero sólo las almas piadosas sienten esta clase de preocupaciones; las mundanas están tranquilas, porque estando ocupadas únicamente en el presente, no piensan en el porvenir, el asunto de su salvación es lo que menos las preocupa. Con tal de que estén a sus anchas en esta vida, se preocupan poco por saber cuál será su suerte en la eternidad.

San Francisco de Sales fue agitado por una de estas inquietudes en su juventud; le vino a la mente que estaría entre los reprobados, y este pensamiento mortificante estaba continuamente presente en su mente, de suerte que no le dejaba descanso ni de día ni de noche. ¡Qué suplicio para un alma que tiene fe! Estas reflexiones le causaban penas interiores tan abrumadoras que su salud desmejoraba de día en día. Pero este gran santo fue librado de esos espantos por el más heroico sentimiento, por el perfecto amor : fue a postrarse al pie del altar, y allí manifestó ante Dios, sin renunciar a la esperanza de su salvación, que aunque no tuviera la felicidad de verlo en la eternidad, quería por lo menos tener el consuelo de amarlo y de servirlo en esta tierra. Y así la calma le fue devuelta y gozó en adelante de una profunda paz.

¿No vale mucho más sentir esta clase de penas en el presente, y bajar en espíritu al reino de las tinieblas durante la vida, que bajar allí en realidad después de la muerte, como sucede a los que viven tranquilamente en sus desórdenes?


Este tratado se dividió en cuatro partes :
La primera trata de la Gracia en si misma, de su definición, su excelencia, las distintas clases de Gracia. La segunda de sus operaciones y de sus progresos. La tercera de los obstáculos para sus comunicaciones y de sus efectos. Y la cuarta, de los medios para conseguirla.

Nota -
Hay que observar que cuando en el curso de esta obra se dice que uno no es nada, que uno no puede nada, ni agradar a Dios, ni hacer buenas obras, ni merecer la Gracia, eso se entiende siempre en el orden sobrenatural y en relación con la salvación.


Oración del Autor para quienes lean este libro

Dios mío, concede a los que leerán este Tratado de la Gracia, a todos quienes estén expuestos a lo que hay en él, una Gracia de Luz para comprender las verdades que encierra, y una Gracia de fuerza para practicarlas; imprímeles a los fieles una gran estima y un santo deseo de la Gracia, saca de su corazón los obstáculos que podrán impedirle a la Gracia comunicarse con ellos y obrar eficazmente en ellos; ponlos en las disposiciones más adecuadas para recibirla y cooperar con ella.
Así sea.

Virgen Santa, Madre de Dios, Madre de Gracia y de misericordia, María llena de Gracias, te ofrezco este libro, preséntalo a Jesucristo vuestro Hijo y concédeme a mí y a todos los que lo leerán, una pequeña porción de esas Gracias de las que te colmó, para que ayudados por el socorro de la Gracia, lo amemos tierna y constantemente como lo amaste, lo sirvamos fielmente como lo serviste, que le permanezcamos inviolablemente apegados, siguiéndolo por todas partes hasta el Calvario y al pie de la Cruz como hasta allá lo seguiste. En una palabra, para que vivamos en la Gracia, que obremos por la Gracia, que muramos en la Gracia y reinemos en la Gloria.
Así sea.

El Autor se recomienda a las oraciones de las personas que leerán este libro y las invita a pedir a Dios el cumplimiento de sus intenciones.

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