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Hermanas de la Providencia y de la Inmaculada Concepción
Provincia Colombia - Perú
GUÍA VOCACIONAL
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El pueblo les dio el nombre de Hermanas de la Providencia. Este es el nombre que más les conviene, pues les enseñará a depositar toda su confianza en la Divina Providencia.
- Juan Martín Moye
Contenido
Presentación
1 Nuestro Fundador
2 Las Congregaciones Providencia
3 Hermanas de la Providencia de Champion
4 Hermanas de la Providencia, Provincia Colombia-Perú
5 Nuestra Trayectoria
Presentación
La fundación de la primera Congregación de Hermanas de la Providencia en el tormentoso clima social, político y cultural del Siglo 18, fue una acción audaz, una decisión casi temeraria. El riesgo del compromiso radical por el bien común es pues inherente para quienes creen y confían en la Providencia.
Quiénes somos
Mujeres consagradas que atraídas por Jesucristo y elegidas por Él, y cimentadas en la fe en la Providencia, le han consagrado toda su vida para ser testigos de su amor benevolente hacia todos los hermanos, en especial hacia los pequeños, los pobres y los desamparados, quienes carecen de amor y esperanza.
Vivimos en la Iglesia esta espiritualidad evangélica, buscando ante todo el Reino de Dios, en sencillez, pobreza, caridad y confianza en la Providencia.
Qué hacemos
Educar, enseñar, instruir; anunciar la buena nueva, denunciar la injusticia y la violencia, ser solidarias con el dolor ajeno - tratar de cumplir al máximo las obras de misericordia del Padre.
Cuál es nuestra pedagogía evangélica
Practicar lo que predicamos. Predicar con el ejemplo. Hacer nosotras mismas lo que enseñamos a los demás.
El Espíritu, el soplo de Dios,
es un aliento para todos.
Las Hermanas de la Providencia y de la Inmaculada Concepción, Provincia Colombia-Perú, comparten su carisma con otros grupos humanos muy diversos que más allá de toda barrera social o cultural, incluso de edad o de salud ejercen la misericordia de Dios:
Consagradas de la Providencia en el Mundo Mujeres que reciben la gracia de la consagración desde su estado laical en el mundo y entregan su vida a ejercer de tiempo completo la misión Providencia.
Misioneras Laicas Providencia Jóvenes que, animadas por su afán de querer hacer el bien según la voluntad de Dios, dedican un año o dos de su vida a vivir nuestra espiritualidad.
Fraternistas Providencia - Grupos apostólicos de laicos que según su propio estado de vida viven el espíritu Providencia en numerosas actividades.
Juventud y Amiguitos Providencia Jóvenes que movidos por nuestro carisma comparten el testimonio y las intenciones de la Familia Espiritual Providencia.
Maestros Providencia Miembros del personal docente de las diferentes comunidades educativas Providencia que dedican parte de su tiempo libre a seguir manifestando en actos fuera de las aulas su fidelidad al carisma de nuestra Congregación.
Profesionales Providencia Mujeres y hombres profesionales que comparten su saber individual con los necesitados, y ayudan así a difundir nuestro carisma.
Sacerdotes Providencia Sacerdotes diocesanos que con su acción espiritual ayudan a propagar la Palabra Providencia.
Orantes Providencia Quienes por diversas razones no pueden pertenecer a un grupo, pueden vivir la experiencia Providencia haciendo parte de las fraternidades de orantes apostólicos.
Escuelitas Providencia Hermanas, profesores, alumnas, exalumnas y fraternistas Providencia dan educación personalizada a los niños de la calle y a los adultos y a los niños con limitaciones físicas y mentales, y realizan trabajos de promoción y capacitación, en especial a la mujer.
Samaritanos Providencia de la Calle Grupo de misioneros que ejercen el apostolado de la escucha, y una noche a la semana comparten un sencillo alimento con los indigentes del centro de Cali.
Te invitamos a pertenecer a la Familia Espiritual Providencia
Responde a nuestro llamado a ser providencia de la Providencia profeta de la esperanza en el mundo de hoy.
Opta por Jesús. Comprométete a vivir el Carisma Providencia.
A revelar a los necesitados la misericordia del Dios providente.
Escucha los llamados de la Nueva Evangelización nueva en su ardor, nueva en sus métodos, nueva en su expresión.
Lat. Vox: voz. Vocare: llamar
Llamado interior, inclinación natural por una actividad o por un género de vida.
Toda vocación es un llamado.
- Georges Bernanos
Hay un día cuando aparece la vocación, y si no obedecemos, viviremos en tinieblas.
- Fernando González
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Quienes deseen compartir este carisma recibido del Padre por Juan Martín Moye, fundador de las Hermanas de la Providencia, se pueden comunicar por escrito, por teléfono o personalmente con nuestra Casa Provincial en Cali.
Capítulo 1
Nuestro Fundador
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El fundador de las Hermanas de la Providencia, Jean-Martin Moyë (pronunciado Moi en español), nació en Cutting, un pequeño pueblo de Francia, el 27 de enero de 1730, en una de esas buenas granjas del entonces ducado de Lorena, en la comarca de las salinas y las lagunas. Los establos eran amplios, las cosechas diversas y las bodegas de vino bien surtidas. Desde mucho tiempo atrás sus ancestros están implantados en aquella tierra.
Sexto de trece hijos, sus padres lo hacían trabajar en el campo pero también lo hicieron estudiar. Sus profesores sucesivos previeron para él una brillante carrera. En sus estudios en la Universidad de Estrasburgo, donde ingresó en 1747, se destacó por los conocimientos en idiomas antiguos, en lógica y en historia de la Iglesia.
En 1754 recibió las órdenes sacerdotales en Metz: "Pero la vida real no me tentaba mucho. Fui ordenado a los 24 años para ser sacerdote de Jesucristo y nada más. Felizmente no estaba solo. Con otros sacerdotes jóvenes formamos un pequeño grupo. ¿Cuál era nuestra fuerza? Contar, no con las opiniones del clero mundano, sino con el dinamismo del espíritu, con la oración y con la exigencia personal."
Fiel a estos íntimos preceptos, emanados de una profunda responsabilidad social, Juan Martín va y viene por las calles y las callejuelas de sus parroquias sucesivas en Metz: S. Victor, S. Livier, S. Croix. Para ver, escuchar, palpar: la sonrisa elemental de un recién nacido que habrá de bautizar, el amor sencillo de una pareja de ancianos que sólo quieren paz, la pobreza callada de los habitantes de los tugurios que ante todo quieren dignidad. Y para sentir la honda injusticia que ronda por todas partes: conoce jóvenes apenas en la pubertad que por algunos robos menores terminaron en la horca. Conoce también la angustia despreciada de las prostitutas de Metz, ciudad que ha sido siempre un bastión de tropas militares.
JM Moye es pues testigo presencial de muchas desventuras humanas. Conoce la miseria de memoria. Y termina por comprender que la piedad popular, manifestada en las procesiones y en las aspersiones de agua bendita, es sólo exterior y formal, y por tanto inútil para corregir tantos males fundamentales. Se necesita algo más. Otra cosa muy distinta:
Crear conciencia de la realidad, tanto de la realidad individual como de la realidad colectiva. Despertar el sentido de equidad natural, de dignidad personal. Promover la libertad personal; construir autonomía. En una sola palabra: Instruir.
Los colegios existen en Francia, desde luego; pero para los burgueses, para los habitantes de las ciudades, para los hombres jóvenes. A las niñas, incluso a las niñas ricas, no se les enseña sino la piedad y cómo ser buenas y sumisas amas de casa. ¿Y la lectura y la escritura? A veces, si queda un poco de tiempo. Sin embargo, mucho antes de que Freud lo dijera, Juan Martín está convencido de que todo se hace desde la infancia. Que en la infancia comienza todo curso existencial.
Entonces, al joven y brillante intelectual se le ocurre un proyecto sin precedentes: abrir miniescuelas para la infancia en los lugares más pobres y más apartados de Alsacia-Lorena. Y para poder realizar su ambiciosa idea, esta es su primera exigencia:
"Necesitaba poder contar con jóvenes institutoras, libres y dispuestas a todo; a codearse con la miseria y con la incomprensión. Proyecto insensato el mío, ciertamente. Pero como la idea no me abandonaba, pensaba que venía de Dios."
Un día cualquiera, en 1762, Marguerite Lecomte, una joven obrera textil de Metz, llega donde Juan Martín para confesarse. El no la ha visto antes. Le hace algunas preguntas, y se da cuenta, sorprendido, de que sabe leer y que además, en sus escasos ratos libres, enseña a unas compañeras de trabajo. JM le ofrece entonces encargarse de la primera escuelita de sus sueños.
Poco después de este momento decisivo, animada por el fervor y por la convicción de su director espiritual, Margarita participará de lleno en el proyecto de Juan Martín. Y sin dinero, y casi sin provisiones, irá a vivir a Vigy-Béfey, el lugar de implantación de la primera escuelita Providencia.
Al día siguiente de su llegada Margarita pidió y obtuvo la autorización para ocupar lo que habría de ser el primer salón de clases Providencia: una porqueriza abandonada. En la cual, dice sentirse: "Me sentía en mi pequeño reducto, feliz y contenta. Me sentía verdaderamente como un grano de mostaza."
Y comenzó de imediato a instruir a tres niños en el miserable refugio que le servía de escuela y de alojamiento. Su versión de los hechos no carece de humor: "El espacio era tan pequeño que teníamos que movernos en fila."
Más adelante Margarita será seguida por muchas otras 'mujeres apóstoles', valientes y generosas, que con confiada esperanza también irán a instruir a las niñitas de los caseríos abandonados por el disoluto y distante gobierno monárquico francés de entonces.
Y con María Morel como primera Superiora, surge la Congregación de Hermanas de la Providencia.
Fueron los campesinos pobres de Lorena quienes le dieron el nombre al primer grupo de 'Hermanas de la Providencia'. Veían mujeres jóvenes que, movidas por una ética de generosidad y de íntima preocupación por los demás, venían a vivir con ellos. Las veían trabajar sin descanso por el mejorestar de todos ellos, antes despreciados. Y sólo con los mínimos recursos de que ellas disponían, que eran los medios de Dios.
Para esa gente tosca, sencilla, las primeras Hermanas eran 'providencia de la Providencia'.
Juan Martín Moye, a los 32 años de edad, respondió pues con visión y audacia a una urgencia sociológica de su tierra natal, entonces en pleno fervor pre-revolucionario. Por medios desconcertantes para la época aportó un remedio eficaz, oportuno y original, un remedio pacífico, a una grave enfermedad carencial de su tiempo: la ignorancia crasa y degradante en que se encontraba la infancia campesina.
Pero la oposición a su tarea de inmediato surge en el clero y en la alta sociedad de Metz. Y el obispo prohibe abrir nuevas escuelas en los pueblos. Esta orden fue una terrible prueba para Juan Martín. Creyendo arruinado su plan apostólico, su razón y su corazón vacilan:
"Y sin embargo yo quería confiar totalmente en Dios. En medio de esta absurda situación, mi amigo el padre Jobal llamó mi atención sobre un hecho fundamental: como me permitían mantener las escuelas ya existentes, estas serían cimientos para muchas otras. Vi en esto lo que me gusta llamar 'un signo de la Providencia'. Pudo ser un hecho microscópico, pero resucitó mi esperanza y me permitió darle un sentido nuevo a la situación."
Algún tiempo después el obispo de Metz no sólo levanta la prohibición sino que estimula en el clero a su cargo el desarrollo de las miniescuelas Providencia.
En 1765 Moye escribe el Proyecto de las Escuelas el manual de espiritualidad propio para sus Hermanas, conocido en adelante simplemente como el Proyecto y en 1766 publica Vida del Padre Jobal (un homenaje al buen amigo, muerto en plena juventud en noviembre de este año), Selección de Prácticas de Piedad, El Dogma de la Gracia, y El Espíritu del Mundo.
Pero Moye prefiere sembrar; dejar que los otros recojan la cosecha y aprovechen los frutos de su trabajo. Las misiones extranjeras lo atraen, China sobre todo.
Juan Martín obedece a este nuevo llamado de la Providencia, y a fines de 1771 parte para China. En septiembre de 1772 desembarca en Macao, y en marzo de 1773 llega a Sut-Chuen, su diócesis. Tiene entonces 42 años de edad.
A China llega un Juan Martín totalmente transformado en 'comerciante': de cabello largo y lacio, bigote y barbilla negros como los chinos. Y con un apellido que también suena a chino: Moi.
Pero el país está terminantemente prohibido para los misioneros. Va a tener que actuar con extrema astucia. Y se entrega a la Providencia: "No me prometí convertir primero muchas almas sino hacer y sufrir en China lo que Dios quisiera."
Su parroquia es tan extensa como Francia y España juntas, pero él es un caminante infatigable. Se arrastra en los campos de maíz para esconderse, atraviesa a pie altas montañas y cruza a nado o a lomo de búfalo varios ríos, pero en ocasiones los chinos lo detienen y lo golpean. A veces tenía tanto miedo que no sentía el dolor.
Dios nos conduce a veces por caminos escarpados. Durante 10 años JM Moye vivirá entre la benevolencia y la traición; estará a merced de gente extraña con intenciones equívocas. Entre dos vigías de confianza celebra la misa, instruye y exhorta a los que creen en él. Observa y escucha también, y aprende costumbres locales y nociones jurídicas cuya antigua sabiduría reconoce y admira. En el contacto con esa gente sabia y antigua perfecciona rápidamente su chino, hasta llegar a componer bellos textos de oración en este idioma, entre ellos Oraciones al Señor del Cielo, escrito en 1780.
En China, Moye desarrolla varios planes e intuiciones que tuvo en Europa. En primer lugar, él sabe que la evangelización de China necesariamente tiene que hacerse a través de un diálogo a fondo con su cultura. Y así, en una época en la que las mujeres no tienen casi derecho a la palabra, y ciertamente no en las asambleas populares, él apoya su trabajo principalmente en jóvenes chinas. Excelentes catequistas, ellas son también aguerridas voluntarias en casos de hambrunas, pestes y sequías. Y cuidan y bautizan a millares de moribundos y a muchos niños.
Además, como siempre, donde otros no ven sino falencias, debilidades, Juan Martín ve en los niños el germen de una gran fuerza espiritual, y lucha entonces para que se les reconozca el derecho al bautismo - el signo sagrado de pertenencia a la nueva iglesia.
JM también lucha contra las prácticas usureras fuertemente implantadas en China que impiden a los pobres salir del círculo infernal de las deudas, contraídas en momentos de acuciante necesidad.
Y en un pequeño seminario en la montaña JM consagra tiempo a la formación del clero local.
En 1783, después de 10 años de trabajo incesante, agotado por varias enfermedades, entre ellas el escorbuto, ocasionado por carencias nutricionales, JM Moye vuelve a embarcarse para Francia. Tiene ahora 53 años de edad, pero aparenta muchos años más.
De nuevo en Lorena revigorizado por el contacto con su tierra, con su gente y con las costumbres familiares, entre ellas desde luego la buena comida local durante 10 años más nuestro fundador vuelve a recorrer las escuelas de las Hermanas - algunas de las cuales comienzan a ser tentadas por la vida fácil y regalada. Su tarea más urgente ahora es erradicar "el espíritu del mundo" de las comunidades Providencia.
Entre 1771 y 1784 escribe Cartas a las Hermanas, y Relatos, y entre 1784 y 1786 Historia de las Hermanas, y Anuncios a las Hermanas.
En 1789, aquel año tan fácil de recordar, comienza la Revolución en Francia: explota el movimiento popular que puso fin al orden social y político llamado 'Antiguo Régimen'.
Pero en 1792, al iniciarse la Epoca del Terror aquel terrible tiempo caracterizado por el dominio de la Comuna y la puesta en vigor de numerosas leyes revolucionarias como fueron la supresión de las órdenes religiosas, la laicización del estado y la autorización del divorcio, así como por las numerosas matanzas, entre ellas la ejecución pública del rey Luis XVI y de su esposa María Antonieta Juan Martín tiene que interrumpir la paciente acumulación de éxitos logrados con su obra tan particular, y parte en exilio para Tréveris, en la vecina Alemania.
En la primavera de 1793, Tréveris, rebosante de refugiados franceses que huyen de la Revolución, huele a Tifo.
Juan Martín, que no ha dejado de prodigar cuidados a los enfermos, contrae el implacable mal. Desde el primer día de su enfermedad él sabe que su fin está próximo. Ha frecuentado los hospitales y conoce el curso normal de la afección que corrió el riesgo de contraer en su ministerio de caridad. En la cama de una humilde buhardilla espera la muerte; quiere mirarla de frente. Hace el sacrificio de su vida con gran lucidez y serenidad. Bendice a las Hermanas que lo acompañan: "Crezcan y multiplíquense si tal es la voluntad de Dios."
Y el 4 de mayo, a los 63 años de edad, asume su fin como hizo con su vida: entregando su alma sencillamente en manos del Creador.
Quienes visiten a Tréveris en busca del recuerdo inspirador de Juan Martín Moye, no encontrarán su tumba: sus despojos mortales fueron enterrados en el cementerio de la iglesia de San Lorenzo, demolida en 1803, en el caos que dejó la revolución. Pero pueden rendirle homenaje rezando en la iglesia de los jesuitas donde Juan Martín lo hacía tan a menudo, y se pueden recoger a la sombra y en el silencio del seminario mayor junto a la placa grabada en su memoria.
Pero, lo que es esencial en esta peregrinación sin símbolos exteriores es tomar conciencia de que la muerte, el último acto de vida de quien fue depositario fiel del carisma de Providencia, revive perpetuamente la autenticidad de su existencia ejemplar.
Una existencia comprometida con su tiempo mediante la reflexión y la acción, en búsqueda constante de una sociedad más justa y menos ignorante de su diversidad y de su potencialidad. Una existencia basada en el principio de que la sabiduría va a la par con la libertad.
Juan Martín Moye expiró en la humildad, fuera de su tierra natal, en una época de transición, atormentada y dolorosa. Pero la Iglesia reconoció en él al cristiano ejemplar:
En 1891 León XIII firmó el decreto de introducción de la causa en la corte de Roma para concederle oficialmente el título de Venerable.
En 1945 fue publicado el decreto de la heroicidad de sus virtudes, y en 1954 nuestro Fundador fue beatificado por Pío XII.
JM Moye Semblanzas
Tenía todo a su favor: mucho espíritu, buen tamaño, porte y figura que presentían la grandeza. A todo eso se agregaba un natural lleno de gracia proveniente de su buen corazón.
No tenía otras posesiones que su mesa de trabajo y su excelente biblioteca, de las cuales supo hacer un uso no menos excelente.
Enemigo del falso brillo, por desgracia introducido en nuestros días en la cátedra evangélica, la solidez, el orden, y sobre todo las precisas aplicaciones de los libros sagrados, tenían lugar en sus predicaciones, desprovistas de todos esos adornos frívolos que agradan un momento al espíritu pero que dejan el corazón en la frialdad, la sequedad y la inacción.
La humildad y la mortificación pintadas en su rostro interesaban tanto como sus palabras y hacían sus discursos más persuasivos.
- P. Laurent Chatrian, contemporáneo de JM Moye
El P. Moye llevaba a todo el mundo a la penitencia, y él daba el primer ejemplo.
A través de su seriedad constante y de su aparente severidad, la gracia dejaba entrever en él un buen corazón.
- P. Jacques Louyot, discípulo muy querido de Moye
Su apellido es como la definición de su ser: en el francés antiguo, conservado en su patois lorenés, Moyë significa 'el corazón tierno de la piedra'.
Sus sueños, las palabras que le eran dichas, sus atracciones profundas, las circunstancias exteriores, todo era interpretado por Juan Martín Moye a un nivel muy alto, a un nivel providencial, y fortificaba esa actitud radical de santidad que llevaba en él como un tormento.
El santo es el verdadero amo de la historia, pues es él quien cambia el corazón de quienes hacen la historia.
- H. Marie Agnès Kernel, biógrafa constante de Moye
Así tal vez eran ...

Marguerite Lecomte

El 'Chino' Moi

La primera escuelita
Capítulo 2
Las Congregaciones Providencia
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Las siete congregaciones actuales de Hermanas de la Providencia, nacidas de aquel minúsculo grano de mostaza sembrado en Lorena por Juan Martín Moye en 1762, son de obediencia romana y están divididas en provincias.
Con el impulso del Concilio Vaticano II, las congregaciones Providencia han buscado acercarse y conocerse mejor, para ayudarse y profundizar y trascender en su espiritualidad común. Es así como las superioras generales, junto con las superioras provinciales y sus consejeras, se encuentran regularmente en la 'casa madre' (casa generalicia) de cada una de las congregaciones, y allí, a través de reflexiones fraternas y de intercambio de experiencias particulares, unen su vocación común y se aprestan con decisión para encarar el incierto porvenir de un mundo globalizado y vulnerable.
A partir de su fundación, las hijas espirituales del padre Moye, como él, con entera confianza en la Providencia, no han dejado de asumir los riesgos que exije iniciar y desarrollar una obra en favor de los más necesitados.
Es cierto, la crisis actual de vocaciones religiosas es muy preocupante, especialmente en Europa, pero la vitalidad y la actualidad del Carisma Providencia se mantienen por todas partes.
Ramificándose continuamente, el Árbol Providencia se extiende por todo el mundo: hoy, cerca de 4.000 Hermanas de la Providencia se encuentran en cuatro continentes y en 28 países:
Hermanas de la Providencia de Portieux
Casa madre: Portieux, Francia
Francia. Bélgica. Suiza. Italia. Vietnam. Taiwan.
Tailandia. Filipinas. Costa de Marfil
Hermanas de la Divina Providencia de S Juan de Bassel
Casa madre: St-Jean-de-Bassel, Francia
Francia. Bélgica. Alemania. Polonia. Estados Unidos.
Ecuador. Madagascar. Comores. Mali. Ghana
Hermanas de la Providencia de Gap
Casa madre: Gap, Francia
Francia. España. Brasil. México. Bolivia. India. Bénin
Hermanas de la Divina Providencia de Ribeauvillé
Casa madre: Ribeauvillé, Francia
Francia. Alemania. Suiza. Estados Unidos. Lituania
Hermanas de la Providencia IC de Champion
Casa madre: Champion, Bélgica
Bélgica. Inglaterra. Italia. Colombia.
Ecuador. Perú. RD Congo
Hermanas de la Divina Providencia de Texas
Casa madre: Helotes, Texas, EUA
Estados Unidos. México. Brasil. Alemania
Misioneras Catequistas de la Divina Providencia
Casa madre: San Antonio, Texas, EUA
Estados Unidos. México
Las Virtudes Esenciales para las Hermanas
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Juan Martín Moye
Las principales virtudes que ustedes deben practicar son: el Abandono en la divina Providencia, la Pobreza, la Sencillez y la Caridad. Estas son las virtudes fundamentales para nuestro establecimiento.
Abandono en la Providencia
Es fácil ver cuán necesario es abandonarse sin reserva en la divina Providencia y no apoyarse sino en ella, puesto que ustedes no tienen ninguna renta asegurada por parte de los seres humanos.
Esperarán pues todo de Dios: el alimento y el vestido, la salud y la fuerza, los talentos; todo en una palabra. Cuando personas caritativas les den ayuda, bendigan a la Providencia, persuadidas de que es ella la que las envía para ayudarles. Cuando les falte lo necesario, lejos de murmurar contra la divina Providencia, la adorarán, pensando que ella conoce todas las miras y los designios de ustedes. Dirán como Job (11:10), "Si hemos recibido los bienes de manos del Señor, ¿por qué no recibir también los males?" con la misma disposición de conformidad a su voluntad.
Para hacerlas depender totalmente de la Providencia no he querido, mis pobres Hermanas, que tengan pagos ni rentas, sino que vivan confiadas en la Providencia. Estarán más seguras y más sólidamente establecidas si depositan en ella su confianza que si tuvieran todos los fondos y todos los bienes del mundo. Pero si una sola vez dejan de confiar en Dios y buscan el apoyo y la protección de los seres humanos, Dios las abandonará, y caerán en el momento mismo en que se crean más seguras.
Mientras actúen con la rectitud y con la sencillez del Evangelio, teniendo presente sólo a Dios, contando sólo con Dios, El las sostendrá contra todos los ataques humanos. Pero si se apoyan en medios humanos, El permitirá que esta actitud de prudencia material sea la causa que las arruine.
Si se abandonan en la Providencia con confianza, con una confianza entera y sin reserva, estén persuadidas de que ella no les faltará; ella proveerá con abundancia a las necesidades de ustedes y tendrán aun más de lo necesario. Y si para probarlas permite que estén en la indigencia, no es que ella no vele por ustedes con tanto cuidado y atención como en cualquier otro tiempo. Adoren sus designios sin conocerlos.
Recuerden a menudo estas palabras del Señor (Mateo 6:31-32): "No se inquieten diciendo: '¿Qué comeremos?' El Padre celestial sabe que ustedes necesitan todas estas cosas." Estas pocas palabras bastarán para desterrar toda inquietud y recordarles los motivos de confianza más capaces de tranquilizarlas acerca del porvenir.
Dios conoce todas las necesidades de ustedes, puesto que lo sabe todo; puede proveer a todas ellas, pues es todopoderoso; lo quiere, pues es nuestro Padre y nos ama como a sus hijos. ¿De qué pueden inquietarse entonces? Mis pobres Hermanas, si tuviéramos fe y confianza en Dios, veríamos hoy como en otros tiempos los prodigios y las maravillas de su omnipotencia; pero si no nos los revela, es porque nuestra poca fe se lo impide. Creamos pues, y pidamos al Señor que aumente nuestra fe.
Todas las personas que tienen una firme confianza en la Providencia notan a cada instante sus efectos sensibles; ven claramente que la Providencia gobierna todo, ven que dispone de todo, y que nada sucede sin su participación. No cae un solo cabello de nuestra cabeza sin una orden de la Providencia (Lucas 21:18). Ella alimenta los pájaros del cielo, viste los lirios del campo, ella alimentará también a mis pobres Hermanas. Entréguenle todo, confíenle sin reserva el cuidado del cuerpo, del alma, de la salud, de la reputación, de la vida, sobre todo de la salvación de ustedes y de los niños que les sean confiados. Digan como David (Salmo 30:16): "Señor, mi cuerpo está en tus manos", o como San Pablo (2 Timoteo 1:12): "Sé en quien me he confiado y descanso enteramente en él."
Pobreza
Jesucristo mismo fue pobre, pues no tenía dónde descansar su cabeza. Los apóstoles, al seguirlo, también sufrieron algunas veces de hambre, y el Evangelio cuenta que para saciarla se vieron obligados un día a comer granos de trigo que tomaban de las espigas de los campos por donde pasaban. Y cuántas veces a nuestro Salvador le faltó lo necesario, en la extrema escasez de todo en que estaba!
Es fácil concluir, de la pobreza de Jesús, cuál fue la pobreza de su santa Madre. Recuerden también el ejemplo de San Juan en el desierto, donde se alimentaba sólo de saltamontes y de miel silvestre; y de tántos solitarios que no vivían sino de raíces.
Así, mis pobres Hermanas, estén contentas cuando no tengan sino pan y agua. Amen la pobreza del Salvador; hónrenla imitándola. Para ésto, conténtense con una alimentación sencilla y ordinaria, tal como la de la gente del campo. El vestido de ustedes también será pobre, de paño grueso, y la ropa blanca lo más sencilla posible. No tendrán hebillas en los zapatos sino solamente cordones de cuero; llevarán los vestidos viejos y remendados tanto como la conveniencia lo permita. Todo esto para honrar la pobreza de Jesucristo y de la Santísima Virgen. Esto no impedirá sin embargo que tengan algunos animales, como una vaca, cerdos, gallinas, para encontrar en la casa las cosas necesarias para la vida, y no estar a cargo de otros sino lo menos posible. Pero no tendrán sino lo que sea necesario para subsistir pobremente.
Sencillez
Esta virtud de la sencillez es tan estimable a los ojos de Dios que cuando la Escritura quiere hacernos el retrato de un justo de corazón, nos hace notar que era 'sencillo y recto'. En estos términos habla del santo Job y de los otros grandes santos del Antiguo Testamento.
Hay dos clases de sencillez: la una interior y la otra exterior. La sencillez interior consiste, como acabo de decir, en esa rectitud de intención que busca agradar a Dios, sin preocupación por lo que pensarán los seres humanos, y sin ningún interés por sí mismo; y la sencillez exterior consiste en actitudes y en palabras sensatas, sin artificio y sin afectación ni vanidad. San Pedro (1 Pedro 2:2) habla de la sencillez cuando dice que debemos ser "como niños, razonables, pero sin malicia".
No apegarán su corazón a nada para comprometerse más eficazmente con esta virtud, que debe serles tanto más querida cuanto que es menos conocida del mundo, y puesto que se la teme y se huye de ella sólo en apariencia.
El defecto que se opone esencialmente a la sencillez cristiana es la Duplicidad. Cuando no se busca a Dios en todas partes, cuando se tienen miras y designios ocultos, cuando se busca uno a sí mismo más que a Dios; cuando se está muy ocupado con los seres humanos, cuando se trata de atraer su estima, se teme ser despreciado, y se inquieta por la manera como se comportará para agradarles y para no desagradarles. Cuando se tienen tales sentimientos, el espíritu está embarazado con ideas extrañas a la salvación, que lo oscurecen y lo llenan de miras humanas y mundanas, que quitan la sencillez, porque la sencillez no tiene sino un objeto, un motivo, una intención, que es agradar a Dios y santificarse.
Quienes buscan a Dios sinceramente, lo encuentran, dice la Escritura, para hacernos entender que quienes tienen un corazón falso y doble no tendrán la felicidad de encontrarlo. La 'Imitación' anota también que muchas almas parecen querer darse a Dios y dedicarse a su servicio, no sinceramente, sino por curiosidad o por envanecimiento.
Un segundo defecto, esencialmente opuesto a la sencillez del Evangelio, es el Espíritu del Mundo: la manera de pensar y obrar de la gente de mundo, los mundanos. Se tiene el espíritu del mundo cuando se piensa como el mundo piensa, cuando se habla como el mundo habla, cuando se ama lo que el mundo ama, se estima lo que el mundo estima, es decir, los honores, las riquezas y los placeres. Se tiene el espíritu del mundo cuando se está prendado de sus vanidades y se aparentan sus modales y sus maneras.
Para confirmarlas en la práctica de esta virtud de sencillez y para preservarlas de los defectos que le son contrarios, he aquí las reglas que observarán:
Al abrazar el estado que se proponen, y al cumplir sus deberes, no tendrán otra intención que la mayor gloria de Dios y la salvación del alma.
Tendrán a menudo en la boca y siempre en el corazón estas palabras del Apóstol: "Todo por la gloria de Dios" (1 Corintios 10:31), "Todo en nombre de Jesucristo" (Colosenses 3:17). Y por consiguiente, nada por el mundo, nada para agradar a los seres humanos, nada para satisfacción de sí mismas.
Y no olviden esta lección que el Salvador nos da: "Que nuestras palabras sean sencillas" (Mateo 5:37). Es decir, que no se debe hablar sino cuando es necesario, y al hacerlor decir sólo lo que es indispensable, según la necesidad del encuentro, sin derramarse en un flujo de palabras que el sabio condena pues casi nunca está exento de faltas.
Caridad
La primera obra Espiritual de misericordia es Enseñar a los ignorantes. Esa será la función principal de ustedes. La ejercitarán no solamente con los niños, sino con todos los que no estén suficientemente instruidos.
El segundo deber de la caridad espiritual es Corregir a los pecadores. Lo ejercitarán con los niños que tengan a su cargo. Y se informarán sobre los vicios que reinan en el lugar donde estén y los combatirán con la palabra y con el ejemplo.
El tercer deber de la caridad espiritual es Dar consejos a quienes los necesitan. Para esto hay que conocer bien a la persona a quien se aconseja, porque si no se conocen perfectamente sus disposiciones, vale más callar que exponerse a decir cosas que harían más mal que bien.
El cuarto deber de la caridad espiritual es Consolar a los afligidos. Cuando sepan que una persona tiene una pena, vayan a consolarla; exhórtenla a sufrir con paciencia y resignación.
La quinta obra de caridad espiritual es Sufrir las injurias y perdonarlas, y soportar los defectos del prójimo. Acuérdense de este deber cuando los padres y las madres y los niños no les paguen las penas que ustedes se toman por su educación sino con ingratitudes y reproches, críticas y murmuraciones. Sufran todo eso y ofrézcanlo a Dios por la salvación de sus almas. Esto les servirá más que los bellos discursos que ustedes puedan hacerles.
El sexto deber de la caridad espiritual es Orar por los vivos y por los muertos, particularmente por los enemigos. Sin la oración, todo lo que ustedes digan será inútil. Es de fe que no podemos obtener nada para nosotros ni para los otros sin el socorro de la gracia, y el medio de alcanzarla es la Oración.
En cuanto a las obras Corporales de misericordia, harán en los campos más o menos lo que nuestras Hermanas de la Caridad hacen en las ciudades, mientras sea compatible con la instrucción de los niños que es el deber esencial de ustedes, excepto cuando una necesidad urgente las obligue a dejar la escuela para prestar algún pronto socorro en otro lugar.
Como ustedes mismas son pobres, sé que no podrán ayudar a los desfavorecidos con recursos propios; sin embargo, si comparten con ellos lo poco que tengan, la caridad se hará más agradable a Dios que la caridad de los ricos, que dan de su abundancia.
Cuántas buenas obras se pueden hacer cuando se tiene Caridad!
Capítulo 3
Hermanas de la Providencia y de la Inmaculada Concepción
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Paso a paso, la Congregación de Hermanas de la Providencia se organiza en Bélgica
1809 - El 20 de agosto, en Mennouveau, un pueblo del Alto Marne en Francia, nace Ana Apolina Voirin. Es una niñita llena de alegría y vitalidad. Muy buena animadora, le gusta ocuparse de sus hermanos y hermanas así como de los niños del pueblo. Son juegos sin fin en los tranquilos bosques próximos. Y cuando aquella pequeña multitud queda sin aliento, ella les lee el Evangelio. Una lectura llena de picardía, amenizada por los episodios de su vida de jóvenes. Su madre se admira a menudo de su actitud.
1822 - Legado del siglo anterior, el Siglo de las Luces, un sentimiento nuevo se extiende por Europa occidental: la conciencia de justicia social. El marqués de Beaufort, residente en Francia, de visita en casa de su hija, en Namur (Bélgica), se entera de la necesidad de instrucción en los campos. Conciente de que sin educación no hay futuro, ni nacional ni individual, de inmediato se pone a la tarea y logra el envío, a los alrededores de Namur, de algunas Hermanas de la Providencia de Portieux (Francia). Gracias al buen resultado de sus empresas, las peticiones para establecer escuelas para la infancia en las parroquias belgas pronto se multiplican.
1823 - Las Hermanas francesas son maltratadas por el gobierno protestante holandés, y a petición de las superioras de Portieux, el padre Jean-Baptiste Kinet es encargado de ayudarles, por orden del obispo de Namur. Desde entonces el padre Kinet estará siempre presente al lado de la Congregación naciente. Jóvenes belgas se unen a las Hermanas. Las envían a Portieux para su formación.
1825 - Expulsadas de Bélgica por el gobierno holandés dominante, las Hermanas francesas regresan a su patria. Sólo se quedan cinco de ellas.
1829 - Ana Apolina, ahora de 20 años, es recta, llena de energía. Cree en Dios, sencilla, radicalmente, y decide entregarle su vida. Conoce a algunas Hermanas de la Providencia. Se siente muy atraida por la audacia de Juan Martín Moye. Dios la llama. Ella sale. Y es de noche cuando llega al noviciado de Portieux, en Francia, para iniciar su formación. Y llega a ser Sor María Javier.
La vida es dura entonces para las Hermanas de la Providencia. Sor María Javier es enviada con una compañera a una escuela en un lugar del norte de Francia pero son mal recibidas por los aldeanos. Piedras, injurias, actos malintencionados las esperan. Cada noche vuelven a leer las palabras de Juan Martín Moye: "Cuando los padres y las madres de los niños a quienes ustedes educan no paguen las penas de ustedes sino con ingratitud, sufran todo eso y ofrézcanlo a Dios por su salvación."
Vivir en aquel lugar es tan peligroso que se decide cerrar la escuela. Sor Javier vuelve a partir para enseñar en un pueblo, pero esta vez en Bélgica.
1830 - Bélgica se independiza de Holanda. El número de Hermanas aumenta y en breve trabajan en todas las diócesis belgas.
1833 - El primer noviciado de la Providencia en Bélgica se abre en Jodoigne, y Sor Javier colabora en la formación de las jóvenes belgas que han decidido comprometerse en la vida religiosa.
La existencia diaria es austera: duermen sobre paja en el desván, se sientan en el suelo, se alimentan casi sólo de papas cocidas, los trabajos son pesados e interminables. Pero qué ánimo para todo, cómo ríen durante los recreos, qué fervor en la oración y qué seriedad en el estudio!
1836 - El noviciado de Jodoigne es trasladado a Champion, que desde entonces será la casa generalicia o casa madre de la Congregación belga.
1837 - Los obispos de Bélgica deciden por unanimidad constituir a las Hermanas de la Providencia de Bélgica en Congregación religiosa autónoma con votos. La fundación de las escuelas prosigue. Las Hermanas trabajan también en las cárceles.
1838 - Sor María Javier pronuncia sus votos. Ese mismo año es elegida Superiora General por la Congregación.
Sor Javier, entonces de sólo 29 años de edad, cargará sola con la responsabilidad del noviciado. Resueltamente se entrega a la Providencia en pos de Juan Martín Moye: vive como él en la confianza y en la determinación audaz. Pero siempre será guiada en la organización de su grey por monseñor Kinet, quien desde la llegada de las Hermanas a Bélgica no ha dejado de asegurar su protección.
En esa época hay más de 60 Hermanas de la Providencia en el país. Tienen que arremangarse, salir del paso, continuar la misión respondiendo a todos los llamados: abrir escuelas, acompañar a las detenidas en las cárceles, acoger ancianos abandonados, formar a las Hermanas jóvenes. Pero, ante todo, se necesita una Regla nueva, insuflarle un espíritu rector a la Congregación.
1847 - El obispo de Namur aprueba las primeras Reglas. Madre María Javier les instiló toda la fe en la Providencia y toda la resolución apostólica de Juan Martín Moyë.
1858 - El Papa Pío IX agrega al nombre de la Congregación el término 'de la Inmaculada Concepción'.
1877 - La Congregación de Hermanas de la Providencia y de la Inmaculada Concepción es reconocida por Roma.
Muy pronto las Hermanas belgas son llamadas fuera de las fronteras del país para ayudar a educar, a instruir en escuelas y colegios, en hospicios y orfanatos, en las cárceles - dondequiera se necesite compasión:
1854 - A Italia
1865 - A Inglaterra
1872 - A Ecuador
1907 - A Colombia
1951 - A Zaire (hoy RD Congo)
1971 - A Perú
Los laicos se unen a este movimiento
1971 - Algunas jóvenes entregan un año o dos de su vida para compartir con las Hermanas el espíritu de Providencia, la misión al lado de los más pobres y la vida comunitaria. Son las Misioneras Laicas.
1986 - Laicos, mujeres y hombres de toda condición, se comprometen a compartir en su vida diaria el Espíritu Providencia. Forman las Fraternidades Providencia.
1989 - Mujeres y hombres sostienen con su oración la vida y la misión de la Congregación. Son los Orantes Apostólicos.
Sin la ayuda de una sociedad civil que aspire a sobrepasar su individualismo, en cuyo confort ilusorio se ha replegado defensivamente, seríamos incapaces de responder a tantas necesidades. Los laicos que nos acompañan son personas llenas de vida, de fuerza creativa, alegres y generosas. Es una gran suerte tenerlas con nosotras. Sus acciones irrigan y fertilizan las nuestras. Son una fuente inagotable de Esperanza.
¿Y mañana ...?
Mujeres y hombres, laicos y religiosos de todas las edades y de todas las culturas viven nuestra espiritualidad y dan testimonio de su fuerza y singularidad: sembrando gestos ocultos, callados y sencillos; aplicando el detalle, la atención diligente a todo su quehacer, a los problemas y necesidades de los demás.
Todo sin esperar recompensa personal alguna, excepto el placer íntimo de entregarse por entero a lo que en lo individual, en su fuero interior, creen y aspiran.
Y de esta manera, aspirando a la perfección personal, la única forma de alcanzar la perfectibilidad colectiva, nacen fraternidades nuevas que son una promesa de renovación mundial según el Espíritu Providencia.
Así los tiempos y muchos lugares de este mundo imperfecto parezcan a veces inhabitables, el espíritu inculcado por Juan Martín Moye a nuestras primeras hermanas, sigue pues vivo y pujante; con el viento a su favor. Lleno de vida, y de ganas de seguir viviendo.
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