HERMANAS de la PROVIDENCIA
y de la INMACULADA CONCEPCIÓN

H i t o s

Cuando se dirijan a su destino, recuerden que Jesucristo envió a sus queridos discípulos, no a la alegría ni a los placeres, sino al combate; no a los honores, sino al desprecio; no al descanso, sino al trabajo, para que dieran mucho fruto con mucha paciencia.

- Juan Martín Moye



Sor María Javier vive la audacia de Moye

Mennouveau, 20 de agosto de 1809. En este pueblo del Alto Marne en Francia, nace Ana Apolina Voirin. Es una niñita llena de vitalidad. Muy buena animadora, le gusta ocuparse de sus hermanos y hermanas y de los niños del pueblo. Son juegos sin fin en los bosques. Y cuando aquella pequeña multitud queda sin aliento, ella les lee el Evangelio. Una lectura llena de picardía, amenizada por los episodios de su vida de jóvenes. Su madre se admira a menudo de su actitud.

Ana Apolina es recta, llena de energía. Cree en Dios, sencilla, radicalmente. A los 20 años decide entregar su vida a Dios. Conoce a algunas Hermanas de la Providencia. Se siente muy atraida por la audacia de Juan Martín Moye. Dios la llama. Ella sale. Y es de noche cuando llega al noviciado de Portieux, en Francia, para iniciar su formación. Llega a ser Sor María Javier.

La vida es dura para una Hermana. Sobre todo cuando el pueblo a donde la envían no la quiere recibir. Sor Javier y Sor San Francisco son mal recibidas por los aldeanos de este lugar del norte de Francia. Piedras, injurias, actos malintencionados las esperan.

Cada noche vuelven a leer las palabras de Juan Martín Moye: "Cuando los padres y las madres de los niños a quienes ustedes educan no paguen las penas de ustedes sino con ingratitud, sufran todo eso y ofrézcanlo a Dios por su salvación." Pero la vida en el pueblo es tan peligrosa que se decide cerrar la escuela.

Sor Javier vuelve a partir para enseñar en un pueblo, pero esta vez en Bélgica. Se abre un noviciado en Jodoigne, y Sor Javier ayuda en la formación de las jóvenes belgas que desean comprometerse en la vida religiosa.

La vida es austera, duermen sobre paja en el desván, se sientan en el suelo, se alimentan de papas cocidas, los trabajos son pesados. Pero qué ánimo para los trabajos, cómo ríen durante los recreos, qué fervor en la oración y qué seriedad en el estudio!

Muy pronto, Sor Javier cargará sola con la responsabilidad del noviciado. Pero siempre será guiada en la organización por monseñor Jean-Baptiste Kinet. Desde la llegada de las Hermanas a Bélgica, él está encargado de asegurar su protección.

El noviciado se instala en Champion, en 1836, y un año más tarde los obispos de Bélgica deciden por unanimidad constituir a las Hermanas de la Providencia de Bélgica como Congregación autónoma. Sor Javier será elegida Superiora General a los 29 años. Qué responsabilidad!

En esa época hay más de 60 Hermanas. Hay que arremangarse, salir del paso, continuar la misión respondiendo a todos los llamados: abrir escuelas, acompañar a las detenidas en las cárceles, acoger ancianos abandonados, formar a las Hermanas jóvenes ... Pero, ante todo, organizar toda una Congregación. Se necesita una Regla nueva, insuflarle un espíritu.

Resueltamente, Madre María Javier se entrega a la Providencia en pos de Juan Martín Moye: navega como él en la confianza y en la audacia.


Paso a paso, la Congregación de las Hermanas de la Providencia se organiza en Bélgica

1822 -
El Señor de Beaufort, residente en Francia, oye decir en casa de su hija, en Namur (Bélgica, en esa época bajo el dominio de Holanda), que faltan maestras en los campos. Logra el envío, a los alrededores de Namur, de algunas Hermanas de la Providencia de Portieux (Francia). Las peticiones para establecer escuelas en las parroquias se multiplican.

1823 - Las Hermanas francesas son maltratadas por el gobierno protestante y a petición de las Superioras de Portieux, el Padre Kinet es encargado de ayudarles, por orden del Obispo de Namur. Desde ese día el Padre Kinet estará siempre presente al lado de la Congregación naciente. Jóvenes belgas se unen a las Hermanas. Las envían a Portieux para su formación.

1825 - Las Hermanas francesas regresan a su patria, expulsadas por el gobierno holandés. Solamente se quedan cinco de ellas.

1830 - Independencia de Bélgica. El número de Hermanas aumenta; trabajan en todas las diócesis belgas.

1833 - Se abre un noviciado belga en Jodoigne.

1836 - El noviciado se instala en Champion, que llegará a ser la casa generalicia (casa madre) de la Congregación belga.

1837 - Los obispos de Bélgica deciden por unanimidad constituir a las Hermanas de la Providencia de Bélgica en Congregación religiosa autónoma con votos. La fundación de las escuelas prosigue. Las Hermanas trabajan también en las cárceles.

1838 - Sor María Javier pronuncia sus votos con 32 Hermanas. Al año siguiente es elegida Superiora general por la Congregación.

1847 - El Obispo de Namur aprueba las primeras Reglas. Madre María Javier les insufló toda la fe en la Providencia y toda la audacia apostólica de Juan Martín Moyë.

1858 - El Papa Pío IX agrega al nombre de la Congregación el término 'de la Inmaculada Concepción'.


Muy pronto, las Hermanas belgas son llamadas fuera de las fronteras para ayudar a educar, a instruir en escuelas, en orfanatos, en las cárceles ...

1854 -
A Italia
1865 - A Inglaterra
1872 - A Ecuador
1907 - A Colombia
1951 - A Zaire (hoy RD Congo)
1971 - A Perú


Los laicos se unen a este movimiento

1971 -
Algunas jóvenes entregan un año o dos de su vida para compartir con las Hermanas el espíritu de Providencia, la misión al lado de los más pobres y la vida comunitaria. Son las misioneras laicas.

1986 - Laicos, hombres y mujeres, se comprometen a compartir en su vida diaria el espíritu de Providencia. Forman las Fraternidades Providencia.

1989 - Hombres y mujeres sostienen por su oración, la vida y la misión de la Congregación. Son los Orantes apostólicos.


¿Y mañana?

El espíritu de la Providencia no ha acabado de dar de qué hablar de él. Hombres, mujeres, laicos y religiosos lo viven y dan testimonio de él.

El Carisma Providencia, el espíritu inculcado por Juan Martín Moye a nuestras primeras hermanas, sigue pues vivo y pujante. Lleno de vida. Y de ganas de seguir viviendo. Así los tiempos y muchos lugares de este mundo parezcan a veces inhabitables.

Mujeres y hombres y laicos y religiosos de todas las edades viven nuestra espiritualidad y dan testimonio de ella: sembrando gestos ocultos, callados y sencillos, aplicando el detalle, la atención diligente a todo su quehacer, al problema de los demás, sin esperar recompensa personal alguna, excepto el placer de entregarse por entero a lo que en lo individual, en su fuero interior, creen y aspiran.

Y así, aspirando a la perfección personal, la única forma de alcanzar la perfectibilidad colectiva, nacen fraternidades nuevas que son una promesa de renovación mundial según el Espíritu Providencia.

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