La Providencia

Una Vida. Un Camino

Sor Marie-Philippe

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Si tenemos fe y confianza en Dios, veremos hoy como antes los prodigios y las maravillas de su omnipotencia. - Juan Martín Moye

Una vida de Providencia. Este fue el camino que siguió Juan Martín Moye toda su vida. Y también fue el camino que propuso a las jóvenes que a partir de 1762 envió a Befey, Saint-Hubert, Vigy, para estar allá al servicio de la educación humana y cristiana de las niñitas que en aquellas aldeas pobres y aisladas de Lorena languidecían en la ignorancia.

Un camino de Providencia. Tal es el camino que nosotros, laicos y religiosos, tomamos para vivir nuestro compromiso de bautizados, nuestra vida de hijos de Dios.

¿Qué es la Providencia?

El Antiguo Testamento celebra el poder creador de Dios, quien, en su Providencia, creó el mundo y todo lo que encierra con sabiduría, inteligencia, ciencia. - Salmos 104:24

El rostro de Dios que se descubre allí es el de un Padre que cuida a sus criaturas y provee sus necesidades. - Salmos 145

La solicitud vigilante del Creador se manifiesta en la historia de los seres humanos, sobre los cuales tiene un designo de amor que se realizará infaliblemente: "El plan del Señor subsiste por siempre, y los proyectos de su corazón en todos los tiempos." - Salmos 33:11

El Nuevo Testamento perfecciona, o mejor, cumple esta revelación. En Jesucristo nos fue entregada la expresión más perfecta de la Providencia del padre. En Jesucristo, la Providencia del Padre fue encarnada, tomó rostro humano. Hacerla de uno de nosotros fue el medio de revelación más maravilloso, el más loco posible.

Si queremos entrar en este misterio de la Providencia que nos engloba, en el cual vivimos, a menudo sin saberlo, miremos, escuchemos a Jesucristo!

Todos somos únicos

Jesucristo nos revela que Dios es Padre para cada uno de sus hijos, que es Padre para todos nosotros. El Padre Nuestro es la oración de los hijos de Dios que nos enseñó Jesús, el Hijo por excelencia.

La Providencia es la ternura infinita del Padre para cada uno de sus hijos. La Providencia es la expresión de la palabra de amor que el Padre le dirige de manera única a cada uno: "Eres precioso a mis ojos, eres estimado, y te amo. Nunca te olvidaré. ¿Acaso una mujer olvida a su niño? Incluso si las mujeres pueden olvidar a sus hijos, yo no te olvidaré. Mira, en las palmas de mi mano te tengo tatuado." - Isaías 43:4, 49:15

Cada uno de nosotros es único a los ojos de Dios. Para convencernos de ello, miremos a Jesús, rostro del Padre, en su encuentro con Zaqueo, con la mujer adúltera, con la Samaritana.

Mirémoslo en el Evangelio. Jesús encuentra a los diez leprosos en el camino, y los cura. Acoge al que regresa cuando se da cuenta de que está curado; se trata de un extranjero, de un samaritano despreciado.

La Providencia del Padre se preocupa por cada uno de sus hijos. Sabe todo lo que cada uno necesita, lo que le sucede, de qué está hecha su vida. Dios cuida con interés infinito a cada uno. "Dios cuidaba de mí como si yo estuviera solo en el mundo", dice Juan Martín Moye.

El Padre provee nuestras necesidades: en latín, providentia significa 'prever', anticipar, 'proveer', suministrar. La ilustración más elocuente de esta verdad es la palabra misma de Jesús. - Mateo 6:25-32

Juan Martín mismo, a su manera, basa esta confianza en la Providencia: "Dios conoce todas las necesidades de ustedes pues El lo sabe todo, puede satisfacerlas todas pues es todopoderoso, quiere hacerlo pues es nuestro Padre y nos ama como a sus hijos. ¿Por qué inquietarse entonces?"

La fe que suscita esta solicitud infinita del Padre ¿se llama despreocupación, indolencia, renunciación? Un amor que no llama al otro a ponerse de pie y construir 'algo' con otros no es amor. El Padre confía al ser humano la gran obra del Reino para construirla con otros. ¿Qué es el Reino, ese designio de amor del Padre? Que vivamos todos como hijos del Padre, y por tanto, como hermanos y hermanas, el gran mandamiento. Que de manera progresiva se realice en Jesucristo esta gran Familia de los hijos de Dios, que está invitada a la Fiesta del Reino, que jamás terminará.

Vida y muerte, luz y tinieblas, liberación y opresión, verdad y mentira, estas realidades se enfrentan a nuestro rededor, en nosotros. Y es en el centro de estas contradicciones en las cuales está presa la existencia donde el Reino está paradójicamente presente, donde construye el mundo a manera de la levadura que hace crecer la masa. - Mateo 13:33

El Reino no es para mañana, ya está aquí, hoy: una liberación que se abre el camino de la vida de cada día. El Reino de Dios está en nosotros, afirma Jesús. Los signos que este Reino nos muestra en nuestros corazones, alrededor de nosotros, en el mundo, los signos de que el Espíritu está en la obra, son "la justicia, la paz y la alegría en el Espíritu". - Romanos 14:17

Tener confianza en la Providencia y tomar a pecho el Reino de Dios en mi vida, en mi pareja, alrededor de mí, no es un llamado a la despreocupación.

"No hay Providencia para quienes permanecen sentados", señala Paul Beauchamp.

'Ayúdate y Dios te ayudará', enseña un proverbio muy conocido.

La Providencia no se impone, se propone como compañía. Es como si se dirigiera a cada uno de nosotros: 'Ocúpate de mis cosas, y ten por seguro que yo me ocuparé de las tuyas.'

Para vivir como hija del Padre, Dios me deja inventar mi respuesta en la libertad, la disponibilidad, la responsabilidad.

La Providencia interpela mi libertad, mi decisión personal, imprescriptible, del acto a realizar, caminando con humildad en la confianza a Dios.

El mal no tendrá la última palabra

Pero, ¿dónde está Dios, dónde está su Providencia cuando mi generosidad filial se aproxima al fracaso? Cuando tropezamos con acontecimientos sobre los cuales no tenemos ningún poder: muerte, enfermedad, ruptura, calumnia, traición.

¿Dónde está entonces la Providencia que nos ama? Nos encontramos ante el misterio del mal. Haciendo eco a las palabras dirigidas por san Pablo a los Romanos, Juan Martín nos responde: "No se confundan ante los diferentes acontecimientos de la vida, vean en ellos solamente el beneficio que de ellos puedan derivar, pues todo redunda en bien y contribuye al bien de quienes aman a Dios."

Las aflicciones, los fracasos por ejemplo, nos pueden suscitar el sentimiento de estar destruidos, de estar en un túnel, de 'tocar fondo', pero no pueden aniquilar, reducir a nada a quienes tienen confianza en la Providencia. En el fondo de su corazón, el hijo de Dios que se abandona en las manos del Padre sabe que el fracaso, la muerte, la aflicción, no tienen la última palabra. El horizonte nunca se cierra de manera definitiva. Si lo dudamos, miremos a Jesús en la cruz, y no olvidemos ir hasta la mañana de Pascua.

En Cristo, la Vida definitivamente venció a la muerte, Cristo definitivamente venció todo lo que es mortífero para el ser humano. Allí está el fundamento de la esperanza cristiana, como afirma san Pablo: "Si soportamos la aflicción, con El reinaremos."

No hay situación desesperada, sin salida; nada se pierde para siempre, incluso si a veces, y aun a menudo, no nos damos cuenta de ello sino a la luz de una relectura del acontecimiento. "El Señor está aquí, y yo no lo sabía", se lamenta Jacob al despertar de su sueño cuando iba en camino a Jarán. - Génesis 28:16

Dios se encargará de lo demás

Estamos lejos de una concepción simplista de la Providencia, que de manera mágica nos saca de todos los apuros. Lo que ocurre, ocurre necesariamente. El amor de Dios, su Providencia, es capaz de derivar algo bueno de la aflicción que nos llega. Pero, "hagan todo lo que dependa de ustedes, y Dios se encargará de lo demás", nos dice Juan Martín.

Correr el riesgo de arremangarnos cada día para poner todas nuestras energías al servicio del Reino contando para ello sólo con la Providencia, con la certidumbre de que ella puede hacer que redunde en bien para quienes la aman, he ahí 'algo' de la intuición carismática de Juan Martín Moye.

Providencia del Padre, enséñanos a tener confianza en Ti, a arremangarnos cada día al servicio de Reino, dondequiera que vivamos, a ser providencia para los demás.

Sor Marie-Philippe
Hermanas de la Divina Providencia de San Juan de Basel
Francia, 2003

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Traducción
S. Betancur

Medellín, Colombia

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