Análisis Prospectivo de la Situación de la Vida Religiosa
Qué significa 'Buscar la Propia Identidad'
Philippe Lécrivain, SJ
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Primera Parte
A manera de introducción, partamos de la situación en que vivimos desde hace cuarenta años, es decir, después del Concilio Vaticano II.
Para poder imaginar nuestro porvenir, se necesita al menos tener en claro nuestro pasado reciente. Algunos de nosotros, de manera a veces demasiado fácil, englobamos los últimos cuarenta años bajo la etiqueta de "Años Conciliares". Esto entusiasma, pero tal vez más de la cuenta. Ciertamente, desde el comienzo de los años 60 hasta 1970-71 vivimos lo que llamamos "los años conciliares". Aquellos fueron años de entusiasmo, de apertura; años de renovación.
Aclaremos. Nuestra manera de vivir no fue una preocupación para los padres conciliares. Sólo hubo tres textos mayores sobre la vida religiosa producidos por el Concilio Vaticano II. Perfectae caritatis, que nos llama a desempolvarnos un poco, a regresar a lo esencial como ellos dijeron. El texto sobre la tarea pastoral de los obispos concernía principalmente a los religiosos y a las religiosas de derecho diocesano, y dio lugar a textos subsecuentes: Mutuae relationes, luego a Lumen gentium, y en este documento, a su vez, a un capítulo que está consagrado a nosotros. Este capítulo, lo sabemos ahora por los historiadores del Concilio, fue separado de "la vocación de todos por la santidad" sólo a último momento. Para comprender bien este texto que nos concierne al interior de la Constitución sobre la Iglesia, hay que tratar de renovar dos capítulos: el de la vocación por la santidad de todos los cristianos, y el de los religiosos, a los cuales se refiere el segundo capítulo.
El tiempo conciliar, diez años, fue un período de entusiasmo, es cierto. Dio lugar a mucha alegría. Sin embargo, sabemos el padre de Lubac mismo, uno de los grandes actores en el Concilio, así como el padre Congar, lo dijeron por escrito que tan pronto terminó el tiempo conciliar, nos dimos cuenta con humores cambiantes de que las respuestas dadas por el Concilio fueron sin duda muy grandes, muy bellas, y aún lo son, pero que quizás no hicieron justicia a las preguntas que surgieron en los años 70 y que dejan un poco las respuestas del Concilio en la balanza. Repito, las respuestas del Concilio produjeron muy buenos textos, pero finalmente estos fueron dirigidos más hacia lo que había quedado en suspenso en la primera mitad del siglo 20. Encontramos que a partir de los años 70 se plantearon otras preguntas más llenas aun de sentido.
De ahí este segundo período, al que llamaremos "de Gran Crisis". Se trata de los años 70 y del comienzo de los 80. ¿Cuál fue la causa de esta crisis? Un poco el desencanto. Estuvimos confrontados a una situación del todo nueva en la sociedad, en la Iglesia y también en nuestros institutos. La obra que realizamos fue en extremo importante: un momento de redescubrimiento de nuestros momentos originales, de nuestras tradiciones, la escritura de nuestra Regla de vida o la reescritura de nuestras Constituciones. Hoy, lo importante es recoger lo que se hizo entonces, o sea los textos, las relecturas, las reescrituras del tiempo de crisis. Este punto es esencial.
Poco antes de morir, el padre Tillar, o.p., quien consagró parte de su vida a reflexionar sobre la vida religiosa, pensaba escribir un libro a partir de Reglas de Vida. Hizo reunir cerca de 200 de ellas de Canadá, Francia, Bélgica, Italia, Suiza y otros países, y después de recorrerlas todas cerró el dossier diciéndose que era muy bello pero no permitía tomar un nuevo impulso. Estas son palabras que él mismo decía: "Esto es muy bello y muy bueno, pero son textos escritos en tiempo de crisis".
¿Qué quiere decir esto? En el contexto de crisis, con lo que conocimos entonces: un poco de desesperanza y numerosas defecciones, en nuestras relecturas, en nuestras reescrituras, insistimos mucho en algunos puntos. En efecto, dos grandes temas aparecieron en el curso de aquellos años críticos.
El primero insistía en la dimensión profética de nuestras vidas. Saliendo de un período en el cual estábamos sumidos en instituciones un tanto encogidas, en aquel período de crisis sentimos la necesidad de una nueva manera de reinsertarnos en la sociedad, ya fuera que estuviéramos enclaustrados o extramuros. Insistimos en la dimensión profética de nuestras vidas: insistencia que se acentuó en los institutos de tipo internacional, de los cuales muchos miembros eran de América Latina, de África, de Asia. Esto subrayaba el aspecto profético de nuestras vidas en un contexto en el cual la fe sólo podía ser anunciada en una lucha por la justicia y la liberación. De ahí el primer tema sobre el cual se insistió en esta primera dimensión profética: un compromiso con fronteras abiertas.
El otro tema se relaciona quizás más con nuestros países occidentales, más confrontados con la secularización. Insistimos en una dimensión de la vida religiosa que habíamos centrado alrededor de la palabra "consagración", sobre todo en su búsqueda espiritual, en una espiritualidad muy fuerte. Buscamos, no ya nuestra manera de "hacer", como se acostumbraba decir, sino nuestra manera de "ser". Esto fue muy pronto retomado en un término que las hermanas y los hermanos, y los padres también, emplean hasta la saciedad, hasta convertirse a veces en una palabra insípida. Se trata de la palabra carisma: "el carisma de nuestro fundador", "el carisma de nuestro instituto", "nuestro carisma"
Este punto es importante pues, poco a poco, el "carisma" va a designar nuestra manera profética de actuar. Que el carisma de nuestro instituto no es el carisma del instituto vecino, es importante! Lo que es esencial es que este término pueda ser tomado, ya en sentido bíblico paulino (las bellas expresiones de 1 Corintios), y quizás también en sentido sociológico. Tal fue el caso en la época cuando se retomaba la teoría de Max Weber, sociólogo muerto en 1920, quien creó la teoría del "carisma" frente a "la institución". Teníamos que desempolvar un poco nuestras instituciones y regresar a lo esencial, es decir al carisma. De igual manera, los lectores del Evangelio decían que es menester regresar al kerigme (carisma), a las ipsissima verba (mismísimas palabras) o a los ipsissima gesta (mismísimos gestos) de Jesucristo.
A ese carisma que expresa una manera profética de actuar se le va a agregar la idea de espiritualidad: una teoría, una manera de ser. Esta espiritualidad, los institutos la van a buscar en sus tradiciones. Los institutos antiguos tuvieron menos dificultad que los institutos recientes, que se tuvieron que poner en busca de la escuela espiritual de la cual procedían.
Dos palabras surgen en este período de crisis, las cuales van a expresar la identidad de los religiosos: "carisma" y "espiritualidad" manera de actuar y manera de ser. En una reflexión más teológica, a veces se va a decir "actuar" fundido en el "ser", el "ser" fundido en el "actuar", como Marta y María en el Evangelio. Signos ciertamente, pero muy expresivos!
El tercer signo: el tiempo en el que estamos. Ya no es el tiempo de la crisis, es paradójico decirlo; sin embargo estoy persuadido de ello. Todos los encuentros que he hecho con religiosos, religiosas, monjes, monjas, mendigos y mendigas, me certifican en esta línea. Desde hace doce años estoy convencido de que salimos de ese tiempo de crisis.
¿Qué quiere decir esto? Demográficamente somos menos numerosos y estamos más viejos, es cierto. Esto no era así antes de los años 70, pues en nuestras instituciones el número de hermanas, de hermanos y de padres que en la época tenían 50 a 55 años eran muy numerosos. En aquel tiempo no teníamos que cerrar tantas casas; ellas eran mantenidas bajo la responsabilidad de hermanas, hermanos y padres. Veinte a treinta años después, estas hermanas, estos hermanos y estos padres tienen 75 a 80 años. Por lo tanto, hay que cerrar esas casas! Esto para mí no es un signo del "fin".
Hoy estamos viviendo de manera mucho más realista. Este realismo es sin duda mucho más vivo en las hermanas que en los padres. Creo que las numerosas hermanas que encuentro manifiestan en todo un verdadero deseo de tomar un nuevo impulso, un afán de volver a partir de una manera sólidamente enraizada. Así es el tiempo que nos caracteriza actualmente; los últimos diez años son muy claros en este sentido.
Esto quiere decir que hemos comprendido, de manera más reflexiva, los cambios de la sociedad. Sabemos que la sociedad occidental en la que vivimos está en plena transformación, aunque no empleamos con suficiente prontitud los nuevos términos "globalización", "mundialización", y demás. También sabemos que la Iglesia a la cual pertenecemos está en plena transformación. Y es posible que de todas las grandes instituciones, la Iglesia sea la que tiene más coraje para transformarse. Comenzamos a tomar conciencia de todo esto, y a sacar conclusiones.
En el interior de la Iglesia, los institutos religiosos de los cuales somos miembros, también están en plena transformación. En esta transformación estimamos que como religiosos en busca de porvenir no nos podemos quedar en un discurso antiguo. Aquí es donde el teólogo de la vida religiosa que soy toma conciencia de la siguiente realidad: entre las grandes disciplinas de la teología que desde hace 30 años han abandonado lo que se llamó el "discurso barroco", puesto en lugar en los siglos 17 y 18, el discurso de la teología religiosa aún no ha encarado esta cuestión. Muy a menudo continuamos hablando de nuestra vida religiosa en un estilo barroco. Pero esta no es una expresión negativa.
De ahí mi punto: si nos situamos resueltamente en el tiempo en que nos encontramos, y si situamos este tiempo resueltamente en la Iglesia de la cual todos somos miembros por ser religiosos, lo cual somos, estamos obligados a repensar en profundidad la manera como vivimos, la manera con la cual expresamos lo que vivimos.
El punto que quisiera desarrollar primero es que el imaginario en el cual nos hemos pensado largo tiempo es este: partimos de la idea de que el mundo tenía un polo únicamente. Ese polo único era Europa, y esa Europa era cristiana, sabiendo que esta Europa estaba dividida entre la parte católica, la parte reformada, y también en una parte ortodoxa: la Europa central cristiana. Después de los siglos 16 y 17, cuando nuestros institutos fueron fundados, pensamos en Roma como el centro de esa Europa central y como el corazón de ese centro; todo el porvenir estaba por volverse hacia las periferias. Roma ya no era pensada a la manera de la Roma medieval o de la Roma imperial. Nuestro imaginario era: un centro cristiano, complejo, con el papado como el centro del centro, y repartidas en el mundo, las periferias. Pensábamos también que había un mundo: el mundo citadino y las periferias, los campos, y pronto, los suburbios. Partimos con ese supuesto, en el cual fuimos hechos, en el cual nuestra teología fue pensada: un centro, periferias.
Ese centro cristiano, europeo, estaba definido por una cultura. A partir de los siglos 16 y 17 se piensa en Europa, no como un espacio sino como un medio cultural cuyas tres fuentes son Jerusalén, Atenas y Roma: el mundo judío, el mundo griego y el mundo latino. En este contexto, con esa triple fuente, se va a hablar de una cierta cultura europea que en el Renacimiento deja de ser una simple cultura oral para convertirse en una cultura escrita. A partir de ese centro nos vamos a dirigir hacia las periferias.
Partimos de la idea de que ese centro tiene la verdad sobre Dios y que tiene los medios para acceder a ella, en particular a través de los sacramentos. Esta Europa tiene la verdad de la palabra y la autenticidad de los gestos de salvación. Nuestro universo, en los tres o cuatro siglos que van a transcurrir, verá el nacimiento de numerosos institutos y la transformación de los más antiguos. Se va a pensar en cómo ir del centro a las periferias. ¿Para qué hacerlo? Para llevar a las periferias distantes o próximas lo que tenemos, a saber: la verdad de la palabra y la autenticidad de los gestos; llevar la palabra y la salvación a quienes no las tienen.
En este contexto es como va a nacer la palabra "misión". Este término, en su sentido inicial, tal como lo empleamos incluso hoy, quiere decir desplazamiento del centro para ir a las periferias, que son esos continentes lejanos, que son los campos, que son los suburbios. Llevar el Evangelio, llevar la Iglesia, llevar en la Iglesia los sacramentos de la salvación.
Al comienzo fueron hombres y mujeres quienes partieron. Poco a poco los ardores místicos se calmaron, y fueron los religiosos quienes se convirtieron en los portadores del Evangelio en las periferias. A partir de esta necesidad de ir del centro al espacio periférico para llevar allá el Evangelio o para dar los sacramentos, se comenzó a reflexionar sobre la identidad de los religiosos que les permitía estos desplazamientos. Esta identidad finalmente se concentró en los tres votos de religión que hacemos: pobreza, obediencia y castidad. Ellos nos permiten, se dice, ser más libres. Los votos nos hacen libres, disponibles, nos invitan a ser portadores cada vez más transparentes para dejar ver a Aquel que llevamos: el Señor.
Este es un punto muy importante, del cual tenemos que partir. Nuestra teología de la vida religiosa se ha desplegado en un imaginario, real en aquel tiempo: un centro, y periferias. Aquel grupo especializado de misioneros, hombres o mujeres, estaba definido por tres votos que los hacían libres. La espiritualidad desplegada entonces fue una espiritualidad del comienzo: abandonar el país, como lo hicieron Abraham, Moisés y muchos otros. Se trataba también de una espiritualidad de la transparencia: dejar translucir a Aquel que nos habita; hacer de suerte que no seamos pantallas suyas.
Otro componente de esta espiritualidad misionera, que en gran parte fue religioso, fue "el respeto del otro": aquel al cual íbamos a llevar el Evangelio. Aquí las tendencias son opuestas: algunos piensan que quien recibe no es indemne a toda la dimensión religiosa, y otros piensan que como quien recibe no tiene nada en absoluto, hay que darle de todo. Dos grandes tradiciones se van a dividir, a oponerse y a convertirse en querellas.
Estamos aquí en presencia de toda una reflexión de la vida religiosa, pensada en un imaginario social que define elementos fundamentales: llevar el Evangelio a quienes no lo tienen. La cualidad específica de quienes lo llevan finalmente se convierte en una calificación elitista. En efecto, poco a poco se forja la idea de que los misioneros son aquellos que viven según los consejos evangélicos, a diferencia de los demás, que únicamente viven los preceptos. Esto no quiere decir que quienes viven según los consejos no tienen que vivir según los preceptos.
Este es el punto que tenemos que verificar hoy: que, queramos o no, este imaginario que hemos pensado y en el cual nos encontramos hoy, ya no existe en la realidad. Ya no vivimos en un mundo con un centro único y con periferias múltiples; ya no vivimos en esas representaciones. El mundo en el cual estamos implicados por completo, ahora es un mundo "en redes". Esta quizás sea una forma simplista de decirlo, pero significa muchas cosas. Este nuevo imaginario al cual estamos confrontados no es un asunto puramente eclesial. Situémonos en los debates políticos en los cuales estamos inmersos desde hace uno o dos años. A saber: ¿estamos en un mundo unilateral, es decir con un polo único que esta vez ya no es Europa sino quizás Estados Unidos, y con una periferia plural y múltiple? ¿Estamos en un mundo plural y multicéntrico? Este es un gran debate hoy, lo sabemos bien.
Lo que es debate político también es debate eclesial. Tiene que serlo. Estamos inmersos en redes complejas, en centros múltiples. Esto nos lleva a pensar que el cristianismo debe imaginar un nuevo modo de presencia en esta nueva sociedad en redes, en encrucijadas, en cruces.
Libros que acaban de aparecer en Francia nos hablan con un poco de rudeza del fin del modelo cristiano, de esa forma matricial que era la sociedad cristiana, y que hoy ya no existe. De una parte, ellos tienen razón: el cristianismo fue matriz de un mundo que ya no existe. Hoy, ya no se puede pretender ser matriz de este mundo en redes. De todas maneras, ya no existe. Lo cual no es del todo catastrófico. El gran desafío que se nos presenta a los cristianos hoy es aprender a situarnos de otra manera en este mundo en redes. Quizás ya no nos tenemos que pensar en términos de "misión", bajo el modo de desplazamiento. El desafío que se nos presenta es otro muy distinto: aprender, como cristianos, a vivir en medio de nuestros contemporáneos, en sitios de encrucijada, en lugares de comunicación, en lugares de intercambio. Este es el punto esencial.
Aquí se origina un cambio en el cuestionamiento teológico. Durante el período de crisis e incluso ahora, vivimos con la idea de que el religioso es aquel que "actúa", es aquel que "es". Esta era una manera apropiada de hablar de "aquel que lleva". Sin renunciar a actuar y a ser, pues no podemos vivir sin esto, tenemos que descubrir que la vida religiosa no es primero "hacer", no es primero "ser", no es primero un carisma, no es primero una espiritualidad: es una manera de vivir en medio de nuestros hermanos y hermanas.
Como manera de vivir, la vida religiosa, desde luego, se va a prolongar en una manera de ser y en una manera de actuar, pero es primero una manera de vivir en medio de nuestros hermanos, de nuestras hermanas de nuestros contemporáneos.
Vivir el Evangelio en medio de seres humanos que no lo viven, que incluso lo ignoran, nos expone a escuchar preguntas. Una: "¿Ustedes por qué viven así entre nosotros?" Es importante no precipitarnos a una respuesta, tenemos que esperar a que pase un poco el tiempo y a que las relaciones se anuden, a que la amistad se cree, que el respeto se instituya, para poder decir cuando nos escuchen: "No estamos aquí viviendo por algo, estamos viviendo a nombre de Alguien."
La vida religiosa es ante todo una manera de vivir el Evangelio a nombre del Señor Jesús, con el Espíritu por guía, antes que una manera de actuar, que una manera de ser. Esta renovación de nuestro pensamiento, de nuestra presentación, procede del hecho que aceptamos vivir en otra forma social: en una sociedad en redes en la cual todo es comunicación. Encontramos problemas filosóficos importantes en la medida en que no nos podamos contentar con transmitir objetivamente un tesoro que llevaríamos. Tampoco nos podemos contentar con ser los más agradables para dejar ver lo mejor posible lo que llevamos: la dimensión objetiva y subjetiva de la verdad. Es otra cosa: es la comunicación requerida que no reniega de la objetividad ni de la subjetividad. Lo que nos hace vivir lo debemos aprender a decir hoy, a comunicarlo.
A mi manera de ver, el mayor desafío es que pasamos de una representación del mundo a otra representación del mundo, dentro de la cual se transforma nuestra manera de concebir la Iglesia y nos hace decir otra cosa. No estamos llamados a ser caballeros andantes, aventureros de élite, sino a ser hombres o mujeres que aceptan vivir humildemente, pobremente, modestamente, en medio de nuestros hermanos, habitados por el nombre del Señor y por la fuerza del Espíritu, abiertos a una comunicación posible.
Otro elemento en el desafío que tenemos que enfrentar es: tradicionalmente, cuando hablamos de nosotros como religiosos, hablamos de la diferencia con nuestros hermanos cristianos. Unos meses después de la publicación de la exhortación pontificia Vita consecrata, el cardenal prefecto de la C.I.V.C.S.V.A. se reunió con nuestros superiores generales para averiguar cómo había sido recibido este texto en los institutos. El padre Radcliffe, que es bastante hábil con la palabra, dijo, en un inglés muy suyo, con mucho humor: "Eminencia, ese texto fue menos peor de lo que se habría podido pensar." "Al menos es muy interesante", agregó, lo cual es cierto. Y continuó: "Pero, pero, hay un punto en el cual no podemos estar de acuerdo, y es la manera como ustedes nos imaginan. Ustedes continúan pensando en nosotros como si fuéramos llamados a ser una élite entre los cristianos, y esto no es admisible. No somos una élite."
Esta expresión viene de lo que hablé atrás, de una "élite" misionera fundada sobre los tres votos que nos hacen libres, etc.. Los otros superiores generales reaccionaron de igual manera, comenzando por el superior de mi Orden, quien opinó con mucha más discreción que el dominico, seguido por el franciscano, el capuchino, y muchos más. Finalmente se encontró unanimidad sobre este punto. Vivimos en la Iglesia, en el seno de la cual respiramos. En nuestros institutos, no podemos continuar pensando en nosotros como una élite, cuyo signo serían los tres votos que pronunciamos. Atención: no trato de poner en juicio los votos ni los lugares: los votos nos enraizan antropológicamente en la existencia, y los lugares nos exponen a fronteras.
Un religioso en la nueva sociedad en que nos encontramos no es ni un supermilitante ni un superbautizado. La vida religiosa no se define por los "más" que nos situarían "por encima" de los demás, que harían que nos convirtiéramos en ejemplo para nuestros hermanos. ¿Cómo pensarnos entonces? En esta nueva sociedad, en esta forma de Iglesia que se perfila, es importante comprender que nosotros, religiosos, somos ante todo cristianos. Religiosos, lo somos. Que seamos monjes o monjas, mendigos o mendigas, religiosos abiertos al mundo o miembros de institutos que comienzan a surgir, todo eso está muy bien; pero somos cristianos como los demás: por nuestro bautismo estamos llamados a vivir a la manera de los Apóstoles.
Les suplico, dejen de definirse como "hermanas apostólicas"! Ustedes son apostólicas, no por ser hermanas sino por ser cristianas; por su bautismo. Todo cristiano es llamado a vivir una vida apostólica a la manera de los Apóstoles. Por su bautismo es llamado a ponerse en marcha para seguir a Cristo en el grupo de los Apóstoles. Todo cristiano es llamado a ser un "itinerante" tomado por Dios, que no cesa de buscar a Aquel que lo ha tocado, a Aquel que lo ha tomado, que no cesa de dejarse amar por Aquel que lo amó primero. Todo cristiano es un itinerante, no un "errante" que va a cualquier parte, que sigue quizás un camino no trazado, a la manera de los Apóstoles. Itinerantes, todos lo somos como cristianos, y todos, como dice san Pablo, "somos llamados a marchar a nombre del Señor".
He tenido la oportunidad de encontrarme en uno u otro Capítulo General y de ver en ocasiones los textos, con bellos títulos, producidos por esos capítulos. Uno de ellos se titulaba Vivir. Está muy bien esa preocupación por vivir, por avanzar, pero "vivir" no es cristiano; es puramente humano. "Vivir a nombre del Señor, guiados por el espíritu" sí, pero no vivir solamente. El de otro Capítulo, más lamentoso, era Vivir Aún. Hay un poco de esperanza allí adentro, pero tampoco es cristiano; es humano, y es valiente. Yo habría preferido Vivir Siempre. Se trata de ser "itinerantes, para vivir a la manera de los Apóstoles, a nombre del Señor, guiados por el Espíritu".
Seguir a Cristo, a la manera de los Apóstoles, nos lleva a descubrir que como cristianos no podemos seguir a Cristo solos; sólo podemos seguirlo entre varios, uniéndonos al grupo de quienes lo siguen. En el centro de toda vida cristiana está el compartir. Marchando tras el Señor, con compañeros, con compañeras, recordamos su palabra, compartimos su Palabra, y compartimos nuestros bienes para autenticar, en lo concreto, esa vida de compartir. A la manera de mi maestro, el padre Certeau, yo diría que no podemos ser cristianos "sin nosotros": sin compañeros y compañeras de camino.
Seguir al Señor a la manera de los Apóstoles es también seguirlo en soledad, en esos momentos cuando El se aleja, cuando se hace a un lado para contemplar a su Padre, para orarle. Toda vida cristiana es una vida contemplativa. En toda vida cristiana hay soledad. Volviendo al padre Certeau, digamos "no sin El", una expresión que se puede trazar a Heidegger, pero más sencillamente a la oración dicha en el momento de la Comunión: "Haz que nunca me separe de Ti." Esta oración la amamos mucho en la Compañía de Jesús pues incluye una frase del Anima Christi.
Todo cristiano es llamado a la vida compartida. Todo cristiano es llamado a la soledad. Todo cristiano es llamado a la contemplación. No hay de un lado hermanas apostólicas y de otro hermanas contemplativas; hay cristianos cuya vida debe transcurrir con amigos, cuya vida debe estar con Dios. Esto no es todo, pues la vida cristiana no es un fin en sí misma; la vida cristiana se vive en medio de contemporáneos. No somos una burbuja abstracta, vivimos en medio de nuestros hermanos. Para que seamos cristianos nos debemos sentir solidarios con nuestros hermanos, con nuestros contemporáneos, lejanos o próximos, pobres o ricos. "No sin El. No sin nosotros. No sin ellos."
He ahí pues el mapa de toda vida cristiana que se encuentra en los evangelios, en san Pablo y en los otros textos del Nuevo Testamento. Para nosotros, religiosos, lo primero es que tenemos que vivir en medio de nuestros hermanos. Vivir de manera cristiana, en una coherencia muy sencilla como religiosos: sin pretender situarnos por encima ni por debajo de nadie. Tenemos que vivir así en realidad.
La cuestión de nuestra identidad es: "¿Cómo manifestar la singularidad de nuestra manera de vivir?"
San Ignacio de Loyola dijo alguna vez, "Mi pequeña Compañía, quaedam via": un cierto camino, un camino singular. Para seguir ese camino tenemos que buscar la singularidad de nuestros institutos en el "no sin El", o sea en la contemplación; en el "no sin nosotros", en la comunidad, en la participación; en el "no sin ellos", en la solidaridad. Así es como, de manera abstracta, vamos a añadir, a aportar a nuestros institutos, pues en cada uno de ellos ciertamente la participación será vivida de manera diferente. La solidaridad con nuestros hermanos será vivida también de manera diferente; cada uno de nuestros institutos va a poner un poco de color propio. Pero este no es el fundamento de nuestras singularidades en la vida cristiana.
Tomemos un ejemplo: la participación. En última instancia, la participación es la clave de nuestros votos. Mientras más anhelamos una vida compartida, más vamos a vivir de una cierta manera las tres grandes condiciones antropológicas de nuestra existencia: la propiedad, la afectividad y la responsabilidad. Esto se decide simplemente en la medida en que nos comprometamos a vivir para siempre con nuestros hermanos o con nuestras hermanas. De ahí la consecuencia: renunciaremos a tener algo como propio, renunciaremos a tener una relación afectiva, sexual o privilegiada, y renunciaremos a situarnos solos del todo, sin vínculo con un responsable. Aceptaremos pues vivir nuestra responsabilidad sólo en referencia. Esta triple dimensión fundamental de toda existencia humana es para todo cristiano. En la medida en que nos comprometamos, el día de nuestra profesión, a vivir para siempre con hermanos o con hermanas, le damos un carácter propio a nuestros tres votos, y de cierta manera a nuestra comunidad. ¿Dónde se manifiesta entonces nuestra singularidad?
La singularidad de nuestra vida cristiana, en este complejo mundo nuestro se manifiesta menos en el "no sin El", en el "no sin ellos", en el "no sin nosotros", que en nuestro itinerario. Donde se juega la singularidad y por tanto la diversidad es en el hecho de que hay maneras diferentes de caminar. Todo cristiano es llamado a ser itinerante, es decir a ponerse en marcha por los caminos no trazados siguiendo al Señor, a la manera de los Apóstoles.
¿Qué significa ponerse en marcha en seguimiento del Señor? Esto nos remite a un texto evangélico en el cual el Señor mismo plantea esta pregunta: "Quién creen ustedes que soy?" El se remite así a nosotros para decir que El es. Nuestro itinerario, nuestra peregrinación, nuestra búsqueda, va pues a ser una puesta en marcha que tiene por finalidad buscar cada vez más la identidad de Aquel que nos ha escogido. Pero, lo sabemos bien, nunca lo alcanzaremos: Deus semper maior, Dios es siempre más grande que todas nuestras representaciones. A nosotros nos toca, por nuestra puesta en marcha, tratar de manifestar a Aquel que nos hace marchar. En marcha para manifestar a Aquel que buscamos, y manifestarnos a nosotros mismos quienes somos en realidad.
Tomemos un ejemplo. En los Hechos de los Apóstoles leemos que en Antioquía, Pablo y Bernabé están marchando, peregrinando. ¿Qué manifiestan ellos? A Aquel que los escogió, a Aquel que los puso en camino: "Jesús es el Señor." Manifiestan la identidad del Señor que los hace marchar, y haciéndolo se manifiestan a sí mismos. Como precisa el autor de los Hechos de los Apóstoles (11, 26): "A partir de ese momento es cuando comienzan a llamarlos a ustedes cristianos." Manifestar la identidad de Jesús es manifestar también la identidad de quienes marchan tras El.
En el origen de todos nuestros institutos, nuestros fundadores y fundadoras también escucharon esta pregunta: "¿Quién creen ustedes que soy?" Y respondieron poniéndose en marcha: "Tú eres Aquel que jamás alcanzaré. Aquel que estará siempre más allá de todo lo que busco. Aquel que siempre tendré que buscar más. Aquel a quien no encontraré en mis debilidades, pero que vendrá a hacer que me despliegue." (Ignacio de Loyola) "Aquel que es la Sabiduría eterna del verbo encarnado." (Louis de Montfort y Madame Trichet) Podemos continuar: "Aquel que viene a mi encuentro en el pobre." "Aquel que se manifiesta en la Cruz."
En cada ocasión, nuestros fundadores y fundadoras se pusieron en marcha sobre una identidad de Jesús, y manifestándola, pues decir es hacer, dijeron algo sobre su propia identidad. Es pues en una experiencia espiritual profunda, en una experiencia que hay que inventar hoy y no simplemente repetirla, como manifestamos nuestra singularidad.
Esto no nos sitúa por encima ni por debajo de nuestros hermanos cristianos; nos sitúa en el medio. De cierta manera, para eso el Señor nos da la Iglesia: para manifestar algo sobre un nuevo comienzo evangélico, algo sobre una nueva identidad de su rostro tan rico y tan bello. Este es otro signo que no solamente manifiesta al Señor sino que nos manifiesta a nosotros mismos. Esto se puede traducir en el "no sin El", "no sin nosotros", "no sin ellos". Es aquí donde se juega nuestra identidad: en una experiencia espiritual.
Hemos superado profundamente la teoría del carisma, la teoría de la espiritualidad. Esta identidad que fue la que confesaron nuestros fundadores o fundadoras, ya haya sido la del Señor Jesús en la fuerza del Espíritu o la suya propia la que inició una manera de vivir, la tenemos que inventar hoy, actualizarla ponerla al día en esta nueva sociedad.
En conclusión, diría que nuestro carisma, si tenemos uno, no está detrás de nosotros como un tesoro que nos hubiera sido dejado, sino ante nosotros. Tenemos que inventar hoy, en medio de nuestros contemporáneos, lo que nos hace vivir y nos ayuda a vivir. Agrupamos aquí las grandes fórmulas tradicionales de la vida religiosa: una manera de vivir. A los primeros cristianos de la comunidad apostólica, Pedro les exigió una manera de vivir. Y cuando Atanasio escribe la vida de san Antonio, la intitula: Vida y Manera de Vivir.
Hoy estamos confrontados a inventar, en el sentido estricto del término, en la nueva sociedad, en el seno de la Iglesia de la cual somos miembros, una manera de vivir.
No nos maltratemos buscando maneras de actuar, maneras de ser. Regresemos a lo esencial: a una manera de vivir.
Segunda Parte
Como religiosos, primero somos cristianos. Es a partir de esto que hay que reflexionar sobre nuestra singularidad. No se trata de hacer la marcha inversa, que decía: los religiosos son ejemplares, y en último término la vida cristiana es una vida religiosa en pequeño. Esto fue lo que pensamos largo tiempo. A manera de ejemplo, miren el número (antes de la multitud de canonizaciones recientes) de religiosos canonizados: los religiosos, modelos ejemplares de la vida ordinaria. Ustedes ven adónde nos conduce esto: a tomarnos por lo que no somos.
Es necesario invertir la perspectiva en un medio general que estructuralmente es mucho menos cristiano que antes. La salvación propuesta por los cristianos en Jesucristo no puede ser considerada hoy como si estuviera en concurrencia con otras propuestas de salvación, seculares o de otras religiones. Lo cual no quiere decir que se caiga en el relativismo; el cristianismo tiene vocación universal. Es plantear el problema por completo de otra manera: invertir la problemática y utilizar otros tipos de reflexión como religiosos o religiosas. Por ser monjes o monjas, mendigos o mendigas abiertos al mundo, somos primero cristianos en este mundo; respiramos el mismo aire que todos nuestros contemporáneos. Ahora, este es el punto difícil de la teología: ¿cómo plantear, a partir de esta realidad cristiana, la singularidad religiosa sin hacer de ella un "más"? Simplemente decir "un cierto camino": quaedam via.
De ahí la gran inversión reciente de la teología de la vida religiosa. Esta había insistido (lo cual no era estúpido del todo, permaneciendo en la idea de que los religiosos se distinguen de los demás) en: "Vamos pues a hacer todo un discurso para ver cómo se distinguen los religiosos." Decirlo en término de radicalidad: ellos hacen más, se exponen más: "hacer más". Esta manera de ver no es falsa, pero hoy sabemos bien que hay muchos cristianos que están más expuestos que algunos religiosos. Mi sobrina me dijo: "Tú vives en una comunidad donde todo el mundo cree en Jesucristo, y yo vivo en un mundo que no cree en él. Esto me ha exigido ser más fuerte en mi fe." Seguir presentándonos como religiosos, como supermilitantes que "hacemos más" que los demás, es un camino sin salida hoy. La prueba: cuando insistimos en este punto, no vemos muchos novicios o novicias tocando a nuestras puertas.
La otra dimensión era la de "ser más". Que tenemos una espiritualidad más fuerte. Durante varios años dirigí una formación universitaria para monjas en la cual había benedictinas, cistercienses, carmelitas, clarisas y visitandinas. Un día escuché a una carmelita presentar con mucha fuerza y pasión a Teresa de Avila, a Juan de la Cruz y a los otros doctores de su Orden, todo para decir que ella tenía una espiritualidad más elevada que la de los otros. Sin darse cuenta, esto era lo que ella iba a explicar. Lo cual fue un fracaso. Definirse por un "más" en cuanto a la espiritualidad es lo que vamos a poner en juicio hoy. Lo cual no quiere decir que no podamos hacer algo; ello sería falso o admitir que no debemos ser lo que somos. Lo importante no es eso, esas son consecuencias. ¿De qué? De una manera de vivir.
Cuando hacemos profesión, siempre estamos llevados a creer que la profesión conduce de inmediato a los tres votos. La profesión conduce más y primero a "hago profesión de vivir para siempre con hombres o con mujeres el Evangelio en el soplo del Espíritu, a la manera de un fundador o de una fundadora, en consecuencia de lo cual haré tres votos y aceptaré, según la Constitución y la Tradición de mi instituto, ir a tales lugares". Los lugares y los votos son una consecuencia lógica de algo más importante: una manera de vivir. Me comprometo con los votos, me comprometo a ir a lugares.
Esa es la gran conmoción que nos ha causado la nueva situación en que nos encontramos. Una conmoción benéfica! Se trata de encontrar la gran tradición de la vida religiosa: una manera de vivir el Evangelio. A partir de ahí, somos conducidos a reflexionar en lo que es nuestra identidad. Estamos de repente inmersos en una cuestión de fondo que encontramos con nuestros contemporáneos. Una de las grandes cuestiones es la de nuestra identidad.
Durante el gran encuentro de las Vocaciones en Lourdes expuse este tema. Voy a retomarlo un poco. Nuestros contemporáneos, y por tanto nosotros mismos, estamos frente a nuestra identidad. Después del siglo 18, nuestra manera de definirnos se hacía a partir de grandes principios: nuestra identidad civil, los derechos humanos, los derechos de la mujer, y los deberes aferentes que valen para todos. Nos definimos civilmente por derechos y deberes con valor universal. Somos ciudadanos, ciudadanas, apoyados en criterios universales. Desde el punto de vista ético, nuestra identidad se define también según grandes principios universales. Ya no se habla de imperativos categóricos sino de valores, de principios universales. Desde el punto de vista religioso no nos definimos como cristianos a partir de algunos grandes principios, de algunas grandes referencias. En ese contexto, nuestra identidad religiosa, la manera por la cual nos situamos desde hace unos treinta años, se establece a partir de algunos grandes principios retomados de una manera sencilla: un carisma, manifestando nuestra manera profética de actuar, válida en todo continente, o nuestra manera espiritual de ser, válida también en todo continente.
En el dominio de lo que acabamos de decir, nuestra identidad religiosa se define por algunas grandes abstracciones. Tomo un ejemplo: llamado a participar en un Capítulo General de reflexión en Roma, la Madre General y su Consejo me dijeron: "Aquí tiene seis páginas que redactamos para expresar cual es el carisma de nuestro instituto." Me lo mostraron: un texto muy interesante en sí, pero lo encontré un poco abstracto. La Madre General me dijo: "Trabajamos mucho. El texto fue enviado a las Provincias. Nos lo devolvieron sin muchas críticas. Por tanto, va a ser acordado una mañana de estas." El texto fue distribuido en las 12 lenguas habladas en el Instituto: un texto pensado en Roma por un Consejo General occidental. Entonces, una pequeña hermana hindú de Madrás se levanta y dice con mucha audacia: "Madre, su texto es muy bello, pero no comprendí nada." Alentada, una pequeña hermana de Birmania se levanta luego, y dice: "Digo como la hermana"; luego una hermana de Nicaragua, una de Filipinas Todo el mundo dijo: "Es muy bello, pero no comprendemos nada!" Consecuencia: la Hermana General entra en pánico y suspende la sesión. Me dice: "¿Qué piensa usted?" Respuesta: "Usted tiene una ilustración perfecta de una vida religiosa gobernada por grandes principios, por lo cual espera que este universal abstracto sea trasladado de manera particular a las Provincias. Usted pensó que estaba acordado por la traducción en las 12 lenguas!"
He ahí una identidad pensada de manera abstracta, la cual se esperaba que fuera particularizada; en la jerga de hoy, "inculturada". Tomo esta historia como parábola de lo que se ha constituido en un problema hoy. Nuestra identidad difícilmente se recibe a partir de algunos grandes principios abstractos. Esto no quiere decir que haya que barrer con todo! Un punto crítico que los filósofos y los sociólogos de hoy subrayan es el problema de la identidad. Marcel Gaucher precisa: "La crisis de identidad por la que atravesamos es un rechazo más o menos grande de los grandes principios abstractos que nos gobiernan." Hoy no es posible mantenerse en una identidad definida de manera abstracta, sino definirse a partir de un cierto número de vinculaciones por las cuales estamos ligados. Si abrimos nuestros carteras veremos que tenemos un cierto número de tarjetas de identidad: identidad médica, electoral, política, universitaria, familiar, y otras.
De la identidad abstractamente definida surge una pluralidad de identidades definidas por vinculaciones variadas. Un día hice un ensayo en una reunión de hermanas. Como ejercicio práctico les preguntamos: "¿Cómo se presentan ustedes?" Respuesta unánime: "Depende del lugar en que nos encontremos. En unos seré Señora, en otros Julia, en otros Hermana Tal " Nuestra identidad está sometida a un juego de vinculaciones. Mi identidad es plural. Mi identidad acepta la variedad pero sin jerarquizarla. Insisto: en un momento, esta, en otro momento, aquella, en otro incluso será otra. Se trata de una pluralidad de diversidad
¿Estamos en la vida religiosa condenados a rechazar simplemente lo que hace abstracta nuestra identidad religiosa? ¿Estamos condenados a ser religiosos con caras variables y múltiples? Esto nos lleva lejos. Encontré una joven profesa, que ya no es religiosa pero que había hecho sus votos, quien me dijo: "Mis Superioras me enviaron de inmediato a 150 kilómetros de la primera comunidad de mi instituto." Ella se implantó en su trabajo profesional y vivía en un pequeño apartamento. Vino a verme para hacerme una consulta: "Soy religiosa cuando voy los fines de semana, cada quince días, adonde mis Hermanas. El resto del tiempo trabajo. Sucede que tengo un amigo." Permanezcamos en calma y reflexionemos. Ella al menos hizo sus votos. La cuestión es: "Soy religiosa cuando estoy en la comunidad, soy lo que soy cuando ejerzo mi oficio, y soy lo que soy en la noche cuando voy a distraerme." Tres tipos de identidad. Podemos juzgar desde un punto de vista ético, desde luego. La invité a dejar su instituto, a aclarar la situación con su superiora, y a verificar dónde estaba ella. Finalmente partió. El hecho es que esta joven se definía en tres lugares: tres identidades. Para ella, las grandes abstracciones no tenían orientación. ¿Estamos condenados a eso? Digo: no.
Si ser religioso es haber hecho profesión de vivir en comunidad, esta es una dimensión fundamental de nuestra identidad; es el hecho de que estamos juntos, en relación. Nuestra profesión nos lleva allá. Escogimos libremente, reflexivamente, vivir en comunidad, ¿Para qué hacerlo? Para inventar juntos lo que es ser religioso. La comunidad de vida fue lo que se nos dio para aprender de manera progresiva lo que es ser religioso. He ahí el punto esencial. El asunto es fundamental. Ahora, esto va un poco en contra de una cierta tendencia que se impone en la vida religiosa. No es dominante, pero comienza a ser importante. Muchos hermanos y hermanas, sobre todo cuando el retiro profesional los amenaza o cuando están un poco desorientados, son tentados a revocar lo que hasta aquí los definía en forma abstracta: una manera de actuar, una manera de ser, para enraizarse en una diversidad de vinculaciones, y finalmente seguir diversos caminos.
Otra manera de vivir se nos propone: el camino comunitario. Es menester comprender bien lo que esto significa. Que la comunidad sea un monasterio cisterciense, un carmelo, un convento de clarisas, una residencia de la Compañía de Jesús, o un pequeño apartamento con tres o cuatro hermanas, es el lugar donde, juntos, vamos a inventar lo que somos. Inventarlo en el sentido mayor, es decir, develar lo que ya vivimos.
- El primer nivel de la vida comunitaria es el nivel "O", el más sencillo, la vita communis, como se decía antes. Se trata de una manera de vivir juntos que se define por tres grandes unidades: unidad de techo, unidad de mesa y unidad de oratorio. Sabemos bien que esto a veces es terribilis. Sobre todo a medida que los miembros envejecen. Y lo es también porque por razones de pobreza, las hermanas implantadas en apartamentos tienen alojamientos muy pequeños: una alcoba cada una y un cuarto común. En la pieza común se encuentran la televisión, los periódicos, los computadores, el icono donde se reza, la mesa donde se come, etc.: terribilis (sobre todo si los tabiques son delgados) pero vita communis esencial. Muchos proyectos comunitarios son hechos a partir de este primer nivel. Mientras menos numerosas sean ustedes, es decir tres, más difícil es hacer que coincidan las agendas. Nunca tienen tiempo para estar juntas, o más bien lo temen: reunirse para decirse ¿qué? Este primer nivel es sin embargo esencial e inevitable. Quizás hay que precisar: la comunidad de techo no es por fuerza o sistemáticamente necesaria. Una comunidad puede vivir en dos lugares. Hay que ser elásticos. Es siempre a partir de ese nivel como se reflexiona.
¿Es esa la condición esencial sobre la cual estamos comprometidos? Es la condición requerida, esencial, pero no todo ha sido dicho. Veo muchos proyectos comunitarios, expresados muy poéticamente, con muchas citas de "nuestra Madre fundadora", con muchos pasajes evangélicos; todo está maravillosamente escrito, pero sólo dice esto: una vida común con un mismo techo, una misma mesa, un mismo oratorio. Eso no es lo que inventa la identidad. Si se puede concebir la vida comunitaria así, se puede permitir a cada hermana, a cada padre, a cada hermano, ir a implantarse en otro lugar.
- Segundo nivel: una comunidad de discernimiento. Si en verdad la vida religiosa es "un vivir juntos", esto también se puede expresar de otra manera. Es necesario tomar conciencia de que una implantación no es una misión. Este es un punto mayor. Una implantación, ya sea de una pequeña comunidad, de un convento, de una fundación carmelitana, de un priorato benedictino, premonstratense, cisterciense u otros, toda implantación en un lugar es fruto de un debate. ¿Entre quiénes y sobre qué? Entre el superior o superiora mayor, la autoridad eclesial de la Iglesia local donde se aspira a implantar, y eventualmente un debate con la autoridad civil cualquiera sea. También se puede tratar de una implantación a pedido de un grupo de cristianos, de un grupo de hombres y mujeres.
Tomo un ejemplo: en la región parisina se va a trasladar un monasterio de clarisas a una ciudad nueva, situada en la frontera, a pedido de un grupo de cristianos. Debate con el obispo, debate con la sociedad civil, etc., pues una implantación es fruto de un contrato. Una implantación no expresa la misión. ¿Quién da la misión? El superior o superiora mayor asigna una misión a sus hermanos, padres o hermanas, precisando lo que van a hacer allí juntos. ¿Qué es asignar una misión? Es precisar, según la tradición viviente del instituto, un cierto tipo de relaciones. Se dice a los hermanos, hermanas o a los padres: en ese lugar ustedes vivirán el Evangelio en relación con las personas de allá. Estarán atentos a esa categoría de personas, a ese tipo de comunidad distinta a las de ustedes, etc., lo cual está a menudo dicho en los textos de la C.I.V.C.S.V.A., en particular en el gran texto de la vida fraternal. Uno de los puntos mayores es que toda misión tiene que ser comunitaria.
Establecer una misión en una comunidad es también dar los criterios para la evaluación de esta misión. Lo cual supone, en el segundo nivel de la comunidad, que esta comunidad de 3, 4, 5, o más numerosa, acepta discernir en ciertas ocasiones. ¿Para qué hacer una comunidad de discernimiento? Para dos cosas. Primera: para preguntarse si la comunidad como tal vive según la misión recibida y para que se de una cierta visibilidad a esta misión. Segunda: para que cada uno de los miembros de esta comunidad discierna con su superior/a y con sus hermanos o hermanas cómo va a actualizar de manera personal esta misión comunitaria. Desde luego, él o ella lo va a hacer según su propia historia, sus gustos, sus capacidades, su edad, bajo la forma de un trabajo asalariado o benevolente, participación en una vida asociativa, quizás en una vida parroquial. Este discernimiento es una realidad convertida en problema hoy, sobre todo para los religiosos y religiosas que tienen mi edad o un poco más, sesenta años, y quienes finalmente sólo tienen una preocupación: su propio trabajo. Este se convierte en su propio asunto, lo cual no se discute. Este trabajo se convierte un poco en un pulpo que todo lo arregla y que al final es lo único que cuenta. Esto no quiere decir que la dedicación personal no pueda ser comprendida también como una misión personal, pero dentro de una misión comunitaria que, por sí misma, es su referencia.
Si vivir juntos es en verdad lo que nos caracteriza, nos debemos empeñar en tener una vida comprometida juntos, pero actualizada de manera personal, siguiendo la historia de cada uno y de cada una. De ahí surge un nivel importante: el discernimiento.
Un punto esencial: si en el curso del tiempo, los miembros de la comunidad se transforman, cambian, conviene que el superior o superiora mayor venga a hacer una reevaluación: ¿Es que la misión dada continúa siendo pertinente en vista del cambio de las personas? ¿Es que el paisaje se transforma? ¿Otras comunidades están implantadas allí: comunidades religiosas clásicas, asociaciones de fieles de un nuevo tipo? Hay que reevaluar todo esto con criterios precisos. Discernir se hace con la superiora local en intercambio comunitario, y es en todo caso, siempre, lo que se debe hacer durante la visita de la superiora mayor, ya sea regional, provincial o consejera.
Desde luego, no hay necesidad de discernir a cada paso, pero con la manera de proceder mencionada es como se crea una comunidad de identidad. La gran dificultad de muchas comunidades hoy, que normalmente no son comunidades de claustro, podría ser que cada una hace lo que le place: no existe tejido común. Esto es lo que hace desdichadas a la mayoría de las jóvenes profesas. Estar en comunidades donde cada quien va por su lado.
- Hay un tercer nivel, más importante aun: aceptar decir que nuestra vida no es primero un "hacer" o un "ser", que también lo es, sino ante todo aceptar decir que nuestra vida es una vida evangélica entre hermanos y hermanas. Más allá de las comunidades de hermanas y hermanos abiertos al mundo, conventuales o monásticas, encontramos que las comunidades de tercer nivel son el lugar donde me esfuerzo por vivir como hermano o hermana, para llegar a serlo. Este es el punto difícil. Aquí juego con las palabras de san Agustín, quien al hablar de la Eucaristía, decía: "He aquí el pan, he aquí el vino, ellos son el Cuerpo y la Sangre de Jesucristo. Al recibirlos, nos convertimos en lo que proclamamos." Lo que hago a propósito aquí es mostrar ese vínculo con la Eucaristía: aprender a vivir como hermano o hermano para llegar a serlo.
En concreto, ¿esto qué quiere decir? La comunidad es el lugar donde nos inventamos en relaciones nuevas; donde aceptamos que se hable de una comunidad. Es necesario que en ella se viva la participación de la palabra y de los bienes, que se viva la amistad, que se viva el perdón, y de una cierta manera también la curación. La comunidad es el lugar donde se colabora para llegar a ser hermano o hermana. Es allí donde se debe encontrar la profundidad de nuestra vida, que es una vida eucarística. La Eucaristía no es una devoción como se escucha a veces decir a hermanos o hermanas cuando vamos a su comunidad y nos piden celebrar la Eucaristía: "Padre, yo no participo en su misa, ya asistí a la misa en San Agustín", o "Ya lo hice en San Irineo." Ya cumplí con mi devoción.
Ser una comunidad eucarística es encontrar el sentido profundo de esta articulación entre la institución y el lavado de los pies, como lo expresa, entre otros, el muy bello icono de Novgorod del siglo 15, en el cual se ve la Santa Cena y el lavado de los pies. Los dos hablan del mandamiento nuevo, del Novum Testamentum que el Señor nos dejó para aprender a convertirnos en lo que proclamamos: en hermanos y hermanas. No se trata de vivir siempre por representación. Ejemplo: yo vivo en casa de amigos.
A este tercer nivel también hay un punto esencial: la comunidad es el lugar donde aprendo de mis hermanos o de mis hermanas a hacerme creyente. Creer no es simplemente adherir a una doctrina, no es simplemente atenerse a los textos. Creer es recibirse de otro. Los filósofos, como Ricoeur y otros, nos dicen que esta actitud profunda hace que sea del otro de quien yo me reciba a mí mismo/a. Esta actitud, "creer es recibirse de otro", en el sentido profundo del término es una actitud humana fundamental. El "creer" aquí no se opone al "razonar" o al "comprender". Para ser lo que soy, tengo que remitirme a otro. Para saber que soy blanco tengo que considerar que hay otros que son negros o amarillos; para descubrir que soy hombre tengo que saberme confortar en la idea de que hay mujeres. Me convierto en mí mismo cuando me recibo de otro.
En comunidad religiosa tenemos que evangelizar ese "creer" fundamental: recibirse del otro como camino que nos puede conducir a recibirnos de Dios. Según decimos en la espiritualidad ignaciana, no podemos ir al encuentro de Dios sino acogiéndolo, a El que viene a caminar por nuestros caminos de humanidad. Sabemos que en este camino lo tendremos que encontrar en el misterio de su divinidad. Creer es encontrar en nuestros caminos de humanidad seres humanos que nos ayuden a convertirnos en lo que somos. En nuestros caminos tenemos que aceptar que sea vivida una ruptura que nos conduzca al otro que es Dios, y contemplar el misterio del Rey eterno.
Para esto se requieren dos condiciones, que encontramos en todas las tradiciones religiosas: la pobreza y la humildad. Así es como se experimenta y se vive en compañía ese pasaje difícil, esa ruptura instauradora que nos conduce al encuentro del otro a nivel de lo humano, hacia el encuentro del Otro a nivel de lo divino. La comunidad es el lugar donde nos entreayudamos a creer, donde evangelizamos juntos ese difícil "creer". Aquí es donde se vive a cualquier edad.
- Finalmente, existe un cuarto nivel de la vida comunitaria. Todos los niveles son necesarios. El primero, el más sencillo, el más elemental, y quizás el más difícil: la vida común compartida. El segundo, la comunidad de discernimiento. El tercero: la comunidad donde aprendo a convertirme en hermano o hermana; donde aprendo a volverme creyente. Y el cuarto nivel, que no se puede vivir sin los otros, es aquel donde, juntos, nos ayudamos a hacernos religiosos en nuestro instituto. Esto es lo que se llama: inventar juntos nuestra identidad. Aquí es donde adquiere fuerza lo que dije: el carisma no está detrás de nosotros; está adelante, siempre por descubrir. Somos llamados a ser fundadores, fundadoras. A decir, a contar, a vivir lo que hace que hoy hagamos parte de la Compañía de Jesús o de otra.
En nuestras comunidades, ya sean de claustro o abiertas, los acontecimientos nos marcan. Somos tocados por tal encuentro, por tal gesto, por tal silencio, por tal violencia, somos conmovidos por tal realidad. Compartimos esto con nuestros hermanos y hermanas. Aquí hay que hacer un primer trabajo: pasar de ese hecho que marca, a un acontecimiento que se pueda convertir en otro que construya a nuestra comunidad. Que lo que fue un hecho de vida de un hermano o de una hermana, pueda ser recibido por la comunidad para convertirse en una página nuestra. Que estos acontecimientos que marcan se conviertan en elementos de una historia de hombres o de mujeres.
Desde luego, es un trabajo de la comunidad, de nuestros encuentros, el que poco a poco se construya nuestra historia comunitaria. A menudo se cuenta la historia de la comunidad; tenemos el anuario de la comunidad. Cuando lo podemos leer, vemos cómo los acontecimientos que marcaron a tal persona se convierten en circunstancias que fabrican a la comunidad: se convierten en la historia del grupo.
También sabemos que lo que vivimos juntos, lo que compartimos, lo que se convirtió en nuestra historia común, lo podemos engrandecer. Esto es cierto cuando, juntos, vamos al cine, al teatro, cuando juntos hablamos de una novela o de otra ficción cualquiera. De repente, tal escena, ya sea escrita, visual o acústica, le da profundidad a lo que compartimos; lo agranda: "Vaya, esto me hace comprender mejor lo que dijimos ayer." Para nosotros, cristianos, no son solamente las ficciones las que engrandecen nuestra visión; es el Evangelio. Somos los hombres y las mujeres del Evangelio. Decidimos vivir juntos el Evangelio.
La lectura del Evangelio engrandece nuestra historia de hombres, nuestra historia de mujeres. Entonces, como dice el padre Schillebeeckx, el gran teólogo dominico, "nuestra historia de hombres, nuestra historia de mujeres, se vuelve relato de Dios". No se trata simplemente de la revisión de una vida; no. Le damos forma a nuestra historia. De repente, del pequeño acontecimiento que marca, entramos en el relato de Dios. Dios nos habla y nosotros hablamos de Dios. Sí, pero hay más todavía.
Somos religiosos de tal instituto. Sabemos que nuestro fundador, nuestra fundadora y los que los siguieron, a su vez fueron fundadores, vivieron de cierta manera el relato evangélico. Y entonces descubrimos, le damos forma al relato de la fundación de nuestro instituto. Aquel ya no es simplemente un pequeño pasaje evangélico que fue dicho por el fundador o la fundadora, sino que llegamos a ser capaces de contar lo que vivimos en las palabras del Evangelio. Nuestro instituto fue construido en las palabras singulares del Evangelio. No partimos de un texto del instituto, vamos a él.
El carisma no está detrás, está delante, y lo encontramos a través de todo: la historia de una mujer, la historia de una comunidad, el relato evangélico que nos hace descubrir lo que nos permite estar juntos, ser hermanos y hermanas de nuestro fundador o de nuestra fundadora. La comunidad es el lugar donde se inventa una identidad. Esta identidad no se manifiesta con principios abstractos, no se expresa con las diversas pertenencias o vinculaciones. No es malo tener algunos grandes principios de referencia. No es malo tener una raigambre según nuestros vínculos, incluso la debemos anhelar, pero el fundamento de nuestra vida fundadora es lo que nos reúne, a nombre del Señor Jesús, con el impulso del Espíritu. Manifestamos lo que somos.
Aquí se encuentra un nivel en extremo importante para nuestros institutos: el nivel capitular. A este nivel es como nuestras historias vividas, convertidas en relatos evangélicos, se convierten en el relato de nuestra identidad. El papel del responsable, presente en la Regla, de visitar a cada una de las comunidades durante el tiempo de su generalato, es recoger las expresiones de identidad, a fin de transmitirlas a todo el instituto, para que poco a poco, página tras página, capítulo tras capítulo, se manifieste de manera inventiva lo que somos; quiénes somos.
Esta imagen para mí es muy elocuente: un libro, una página a la cual se da vuelta; una página que se escribe. Cuando se da vuelta a una página, no se desgarra; así no habría libro. Escribir una nueva página no es un fin en sí: lo que inventamos hoy es lo que habla, lo que hace vivir. Para poder volver una página y escribir otra, se necesita una bisagra: la relectura. Esta relectura fue la primera experiencia, original, de nuestro fundador, de nuestra fundadora, y del primer grupo que los siguió.
Es esencial recordar que la comunidad es el lugar de la fundación del instituto en tanto ella, la comunidad, esté abierta a todo el instituto. Y la comunidad no puede estar abierta a todo el instituto si no está verdaderamente enraizada en la sociedad. Sin esto, nadie es inventor o inventora.
Bruselas, mayo 2003
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Traducción :
S. Betancur
Medellín, Colombia
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