La Divina Providencia
Reflexión Teológica
J. B. Libaino, SJ
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Introducción
El mundo antiguo era regido por el determinismo. Las tragedias griegas son ejemplares en este sentido. La suerte, o destino, se comportaba como una fuerza ciega que ejercía su influencia incluso sobre los dioses del Olimpo. Nada había en la Antigüedad que se le pudiese escapar.
El lenguaje popular aún conserva mucho del determinismo antiguo. Por ejemplo, cuando alguien muere, surge automáticamente la frase: 'Le llegó su hora.' Ningún otro tipo de causalidad es tenido en consideración.
La problemática de la Providencia surge ante la posibilidad del azar, de algo que parece contrariar un proyecto ya establecido.
En la Edad Media, santo Tomás (Summa Theologicae) rehabilita el azar en oposición al determinismo. Sólo Dios existe y actúa necesariamente. Nada existe en relación con Dios que sea por acaso, por casualidad, sin relación a las otras cosas. El azar sólo existe en los seres inferiores, contingentes y materiales, pero raramente. Un efecto puede escapar del orden de una causa particular, pero no de su relación con una causa universal. El azar existe en nuestro mundo, pero no para Dios. La Providencia es un atributo esencial de Dios. En relación con el mundo de afuera, Dios gobierna mediante su Providencia. La Providencia está en el plano o nivel (ratio) del gobierno del mundo. Dios no está sujeto a las necesidades del mundo, pero las crea.
Para Laplace, el azar disminuye, tiende a desaparecer con el conocimiento de las leyes de la naturaleza. Kant considera a la naturaleza como el reino de la necesidad.
La ciencia moderna vuelve a valorizar el azar. El Azar y la Necesidad, el libro de Jacques Monod [premio Nobel de Química 1965], se hizo clásico. Su tesis: lo aleatorio preside el proceso evolutivo y se basa en leyes deterministas.
Se distinguen el azar mecánico, técnico, puntual, como el juego de ruleta, basado en el desconocimiento de las leyes de su movimiento. Este no es un acaso esencial. No sirve para explicar las mutaciones evolucionistas.
Y hay un azar esencial que es remitido a las causas reales y a la cadena de causas intrínsecas de las cosas. Consiste en una coincidencia absoluta de causas muy diversas, en un primer momento independientes entre sí. En él, nada permite que las causas interactúen como necesidad, nada de antemano dice que estas causas se encuentren, pero una termina por encontrarse con la otra. El azar que dio lugar a los primeros seres vivos se considera como un caso de total indeterminación. Para la ciencia, el surgimiento de la vida y de los seres humanos se debe a 'un juego ciego de selección' en la evolución molecular. La vida surgió, pero no debería haber surgido. El azar pasa a ser necesidad.
El recurso del mito
Las culturas y las religiones antiguas recurrieron al mito para darle sentido a la realidad que las circundaba. Los fenómenos de la naturaleza y las experiencias fundamentales como la vida, la muerte, el sufrimiento, el odio, las luchas siempre han desafiado a los pueblos para encontrarles un significado. Así se crearon los relatos míticos en forma de leyendas, historias, sagas.
La tradición bíblico-cristiana se debatió desde sus comienzos con tales mitos, procurando darles un sentido coherente con la fe monoteísta. Pero conservó mucho de su estructura mágica.
Si hacemos a un lado la naturaleza mítica de tales narraciones, fácilmente cometemos un doble equívoco. Ya tornamos históricos esos personajes o esos hechos, en vez de captarles el carácter simbólico-real. O dogmatizamos, haciendo de ellos verdades reveladas, cuando son expresión de otra realidad. Así, lo que en el paganismo era considerado falso, en la Revelación bíblico-cristiana se tornó hecho verdadero ya que ambos se referían a un universo simbólico. Esto significa no entender bien la psicología ni la experiencia humana, sus necesidades básicas, sus representaciones, sueños, deseos y restos míticos. No se interpretan bien la capacidad y la necesidad humana de crear mitos, y estos se historizan o se demonizan, en lugar de buscarles un sentido profundo.
"El material del inconciente es externalizado de modo proyectivo en Dios como verdad revelada. El ser humano, al hablar de Dios, en el fondo no habla de si le es o no permitido saberlo." (E. Drewermann)
Los milagros de Jesús hablan más de un significado simbólico que de una realidad física. Por ejemplo, el milagro de la multiplicación de los panes tiene más que ver con una alusión a Elías, quien socorre a la viuda de Sarepta, que con una realidad física.
Ante el lenguaje mítico, de 'leyenda', hay que preguntarse entonces, no qué acontece, sino qué significación real tiene en nuestra vida tal mito o tal leyenda. Así se llega al fondo de la lectura en lugar de permanecer en una simple interpretación literal.
La Providencia: visión tradicional
La Divina Providencia se convierte en pregunta de la vida diaria, ya sea ante hechos positivos o negativos. Se funda en la omnisciencia, en la omnipotencia y en el cuidado de Dios en relación con todas las cosas.
El Concilio Vaticano I (1870) resumió muy bien esa doctrina: "Dios, por medio de su Providencia, conserva y gobierna todo lo que creó", "la cual se extiende con vigor de una extremidad a otra, y gobierna todo benéficamente". "Y no hay cosa creada que quede oculta a su presencia", "inclusive la libre acción futura de sus criaturas".
Santo Tomás dice que la Divina Providencia es un acto simultáneo del entendimiento y de la voluntad de Dios. Pertenece a las acciones divinas inmanentes. El acto ad extra, por fuera de Dios, corresponde a la Providencia, es el gobierno del mundo que Dios ejerce por medio de ella (Summa Theologicae). El gobierno del mundo es la ejecución de la Providencia que está en su plano (ratio). La Providencia es, por lo tanto, la segunda razón por las cual las cosas están ordenadas hacia un fin, en el cual preexiste una mente divina.
En términos semejantes decimos que todo fue creado ad majorem Dei gloriam y que existe una historia de salvación. En el fondo hablamos del mismo problema.
Otras grandes narraciones seculares
No sólo la fe y la religión trazaron grandes narrativas que explicasen la totalidad de la existencia humana y los fenómenos que la rodean. La filosofía tuvo y tiene la misma pretensión. Basta recordar el proyecto hegeliano del saber absoluto, el proyecto del marxismo como clave interpretativa de toda la historia humana en el pasado, presente y futuro, el proyecto de las ciencias que pretenden develar todos los enigmas de la realidad, y el proyecto del actual neoliberalismo como "fin de la historia" (F. Fukuyama).
Postmodernidad: crisis de las grandes narraciones
"Simplificando al máximo, la postmodernidad consiste en la incredulidad en los meta-relatos." (J. F. Lyotard: La Condición Postmoderna, p. 10)
En la cultura postmoderna surge una desconfianza radical hacia las ciencias y la filosofía. Se anuncia el fin de las 'meta-narraciones', de los grandes relatos, distinguidos por la presencia de un gran narrador omnisciente que detenta lo sagrado de la historia. Y la incredulidad en las grandes teorías y en los discursos totalizantes, explícitos e implícitos, que explican la totalidad de lo real: Dios, razón, ciencia. Surge el tiempo de la pequeña narración: étnica, cultural, religiosa, ética, estética.
"Esto no quiere decir que no haya relatos que no puedan ser creíbles. Por 'meta-relato' o 'gran relato' entiendo precisamente esas narraciones que tienen función legitimante o legitimadora. Su decadencia no impide que existan millares de historias, pequeñas o no tan pequeñas, que continúan tramando el tejido de la vida cotidiana." (J. F. Lyotard: La Postmodernidad explicada a los niños, p. 31)
La consecuencia mayor del fin de la 'gran narración' es el colapso del modelo cultural tradicional, relativamente unitario, para dar lugar a una pluralidad de perspectivas culturalmente interpretadas, a otras formas y modelos de vida, de pensamiento. En fin, estamos en un mundo de pluralismo de las culturas, de las lógicas y de los discursos. Se buscan consensos locales, temporales, en oposición a proyectos unitarios y a consensos generales. Se facilita el acceso al individuo y a la escuela frente a esa pluralidad. En términos pomposos se habla, como se dijo antes, del Fin de la Historia.
Cabe afirmar aquí la relevancia del papel de los medios de comunicación masiva en este cuadro. Los medios de masa impiden recuperar los acontecimientos, aceleran las informaciones hasta el punto de romper la órbita referencial de las cosas. Producen degradación existencial, reducen la capacidad de maravillarse, de entusiasmarse, de distinguir lo importante de lo que no lo es, de gozar intensamente, de realizar experiencias que revelen sentidos nuevos:
Vivo en el número siete, calle Melancolía / Quiero mudarme hace años al barrio de la alegría / Pero siempre que lo intento, ha salido ya el tranvía / Y en la escalera me siento, a silbar mi melodía. - J. Sabina
Objeciones con respecto a la Divina Providencia
El gran libelo contra la comprensión tradicional de la Divina Providencia es la existencia del mal. Desde el dilema de Epicuro hasta las posiciones de Camus y de los cientistas (cientifistas) modernos, los males físicos y morales parecen contradecir a un Dios omnipotente y bueno.
El dilema de Epicuro expresó claramente tal cuestionamiento: "Existe el mal. Dios puede evitarlo y no lo hace, luego no es bueno. Dios no puede evitarlo, luego no es omnipotente."
Alfred Kastler [premio Nobel de Física 1966], al referirse al proceso evolutivo, en el cual las vidas se nutren a costa de otras vidas, afirmaba perentoriamente: "Estoy profundamente perturbado porque no puedo aceptar la fe de mi infancia. En particular la idea, tan bella como falsa según mi modo de ver, expresada por Cristo, de que Dios es Amor. De ningún modo puedo aceptar eso. Si admito que existe un universo, que un Dios omnipotente y omnisciente lo gobierna, pues bien: Dios no es amor! La observación del mundo me obliga a constatar que la vida está basada en la muerte, de arriba a abajo en la escala de los seres. (Ch. Chabanis: Dieu existe-t-il? Non répondent. Paris, Fayard, 1973, p. 27.)
Y Albert Camus [premio Nobel de Literatura 1957], en su novela La Peste retoma la misma problemática. El médico Rieux, ante la muerte de un niño inocente, objeta la respuesta del jesuita Paneloux, quien le sugiere "amar lo que no podemos comprender". "No, padre", le dice, "lo que pienso del amor es muy diferente. Y me negaré hasta la muerte a amar esa creación en que los niños son torturados."
Sumando entonces la crisis de las 'grandes narrativas' y las objeciones del mal, ¿cómo pensar la Divina Providencia?
Nueva lectura de la Teología de la Creación
La Creación y la acción de Dios en el mundo son frecuentemente, en la lectura común, entendidas dentro de la relación causa-efecto. Dios actuaría a semejanza de nuestras acciones eficientes, pero con la ventaja de ser omnipotente. Intervendría en el mundo produciendo efectos determinados, sustituyendo la acción de la criatura. Esto aparece de modo especial en el Milagro que es el componente fundamental de la comprensión común de la Providencia y que atraviesa nuestra cotidianidad.
La Creación es la relación por la cual Dios pone el mundo en su existencia por la superabundancia de su vida divina, de amor, de don, de gratuidad. Establece con lo creado una relación metafísica de dependencia ontológica y no de causalidad física. No produce algo a partir del estado físico preexistente, sino que lo hace surgir en el mundo, en el espacio-tiempo-materia, sin fundarse sobre ninguna realidad preexistente. Así el mundo tiene autonomía real, aunque relativa; es aquello que puede o no ser. La Creación es entonces una forma de kenosis de Dios, al aceptar no ser el único amo, lo único todopoderoso.
Se evita así el panteísmo, que entiende a Dios identificado con el mundo. Se supera también el deísmo, que ve a Dios al margen del mundo después del acto creativo. Presencia, Dios mantiene con el mundo una relación trascendente que puede no ser. Distancia, Dios respeta la autonomía de las causas actuantes en el mundo, ya que su relación con el mundo no es a ese nivel, pero no establece origen ni finalidad, en cuanto de donde el mundo viene y hacia donde va. Así, los fenómenos naturales no precisan de explicación directa e inmediatamente trascendente. El ser humano es convidado a ser co-creador. Dios no es una causa entre las otras, sino 'causa de las causas': aquella en que todo subsiste. "Dios como causa hace que las cosas se hagan como ellas se hacen." (A. Gesché: Dieu pour penser. IV partie, Le Cosmos. París, Cerf, 1994, p. 71)
La acción de Dios debe pues ser entendida como aquello que desencadena la serie de causas, cuyas posibilidades están inscritas en el cosmos. Respeta las leyes autónomas. Ese aquello de Dios está unido a la existencia, consiste en la realización de las condiciones iniciales compatibles con su proyecto. La acción de Dios en el Universo es plural: innova la Creación, y suscita en las profundidades del pensamiento humano ideas que orientan sus escuelas.
El milagro adquiere así otro sentido. Visto en la perspectiva de la física clásica, el milagro es la superación, la suspensión de una ley universal. Y en la perspectiva de la física cuántica, el milagro es un hecho cuya posibilidad es próxima a cero, pero que no necesariamente supera toda posibilidad de lo creado. (M. Chalub: Milagres: A abordagem da psicologia y da teologia. PUC-Río, Centro Loyola de Fé e Cultura, Magis. Cadernos de fe y cultura, no. 40, fevrero 2002, p. 15-26)
Para interpretar a Dios se recurre al pan-enteísmo. "Panenteísmo: un punto de vista filosófico que acepta la presencia de Dios en la naturaleza y al mismo tiempo la trascendencia de Dios en relación con el mundo." (Mons. J. Zycinski: Three cultures: science, humanities and religious value. Tucson, Pachart Publishing House, 1990, p. 53, citado por D. Lambert: Ciências y Teologia. Figuras de um diálogo, Sâo Paulo, Loyola, 2002, p. 51)
Base científica de la nueva lectura de la Creación: Teoría del Caos
Hoy se intenta superar un sistema dinámico y preestablecido por otro que ya no está determinado por relaciones causales lineares, sucesivas, sino por medio de relaciones que se tornan caóticas. El sistema pierde, en parte o totalmente, el camino tranquilo y ordenado de las causas que actúan linearmente, para seguir los impulsos de diferentes interacciones y retroacoplamientos. El observador ya no puede prever su comportamiento a largo plazo y con exactitud, pues el caos introduce en dicho sistema condiciones totalmente nuevas desde el inicio. Al comienzo aparecen cambios ligeros, pero con el tiempo acontecen grandes trastornos. De esta manera el sistema se renueva por dentro; se reordena gracias al caos.
El caos disuelve y desorganiza no sólo las estructuras y los mecanismos actuantes en el presente, también descubre y ensaya en la fase crítica posibilidades de orden hasta entonces inexistentes. Una de tales posibilidades es eventualmente seleccionada y realizada. (A. Ganoczy: Unendliche Weiten. Freiburg, Herder, 1998, p. 96)
En consecuencia, la teoría del caos le quita la base a la concepción tradicional del milagro en que se fundaba para muchos el significado de la Providencia.
Relectura teológica de la Providencia
En relación con el mundo material
Las ciencias nos descubren la lógica creativa de Dios inscrita en las criaturas; establecen el doble principio biótico y antrópico. Biótico: todo tiene hacia la vida. Antrópico: la vida tiende hacia el ser humano. En este proceso evolutivo hay imperfecciones, propias del ser creado. Las leyes mantienen su finalidad mayor, pero sujetas a fallas por coincidencias contradictorias o por interferencias inevitables en la lógica de la creación. Allí adentro se sitúa el límite de Dios, por él mismo querido y por él mismo impuesto.
La Divina Providencia, que expresa la voluntad de Dios, no se identifica ni con lo que resulta bien en el proceso creativo, ni con lo que parece fallar. Lo primero responde directamente a la finalidad creativa; lo segundo responde a la imposibilidad de que lo creado sea perfecto. Por tanto, no procede ni de la ignorancia ni de la impotencia de Dios, quien, al optar por el resultado general del juego creativo, considera que vale la pena jugarlo, a pesar de tantas derrotas parciales.
En relación con la libertad y la gracia
Los proyectos biótico y antrópico desembocan en la Encarnación y en la Resurrección de Jesús. El proyecto creativo adquiere aquí su mayor claridad. El mundo material existe para ser asumido en la glorificación del cuerpo de Cristo, pasando por la kenosis de la Encarnación y la muerte en la cruz, para terminar en la Resurrección. La Divina Providencia encuentra aquí su mayor nitidez.
La Divina Providencia da el último sentido a todas las acciones, a pesar de que Dios no actúa cambiando las causas naturales, mudando las acciones humanas. Aceptar la Providencia es estar en comunión con Dios y creer que toda nuestra vida está marcada por la fidelidad de Dios creador y salvador. La Providencia divina, especial en relación con el ser humano, se fundamenta en el hecho de una acción específica de Dios en el surgimiento del ser humano. El alma humana no emerge de la inercia de la materia en el proceso evolutivo, porque la libertad humana es participación con gracia de subjetividad y de libertad esenciales de Dios ante el mundo. (Pesch, op. cit., p. 115) Emerge, sí, de una comunicación de Dios con el espíritu humano, llamándolo a la existencia. Dios lo vincula a si mismo en cuanto único fin satisfactorio. Le garantiza la libertad ante todos los bienes particulares. (Pesch, op. cit., p. 118)
"El acto creador específico que hace el ser humano como tal no debe ser concebido como un acto por el cual Dios creó 'primero' el espíritu, para entrar 'después', mediante un nuevo acto específico, en comunicación con él, sino como el mismo acto de entrar en comunicación, en el estadio evolutivo en el cual el antropoide estaba maduro para tal fin, fuese cual fuese la fecha de tal maduración." (O. H. Pesch: Reflexiones teológicas sobre la Providencia a la luz de las ciencias de la naturaleza y del espíritu. Fe Cristiana y Sociedad Moderna, vol. IV. Madrid, Ediciones SM, 1984, p. 117)
La permanente entrada en comunicación de Dios constituye el espíritu humano, su conservación como una creación continua en dirección hacia un fin último. "Dios, al constituir el espíritu como espíritu para la comunicación con el Espíritu divino, lo constituye con miras al fin (último) de su libertad en la medida en que el ser humano no se sustraiga voluntariamente a este acontecimiento." (Pesch, p. 120)
En la armonía de la libertad de Dios como en la del hombre se desenvuelve la Providencia general con la cual Dios dirige todas las cosas para su fin y gobierna el mundo. El mundo está subordinado al ser humano por el uso de las cosas necesarias para el sustento de su vida, por la disposición responsable de los bienes disponibles, y por la contemplación de las realidades que escapan a su dominio. Por medio del ser humano Dios gobierna todo el mundo. Ante la libertad humana, Dios acepta un doble límite. Se retira, por así decir, dos veces: una para que exista la criatura, y otra para que ella sea libre y autónoma.
Toda vez que ha sucedido la vida humana, el proyecto de Dios se hace cierto. Dios se felicita a si mismo y nosotros nos sentimos felices. Por tanto, tiene sentido atribuir los actos humanos libres y buenos al proyecto providente de Dios. Sin embargo, cuando la libertad humana falla, haciendo mal o incluso cuando sin culpa humana la libertad fracasa, no hay contradicción en relación a la Providencia divina. Se participa del misterio de la Encarnación y de la Pasión de Jesús. Tal realidad sucede también en la resurrección de Jesús, anticipándola sacramentalmente.
Solamente la solidaridad del Creador con el Inocente crucificado permite un poco de comprensión de tales fracasos. Dios mismo se identifica con quien sufre, contradiciendo su incapacidad para sufrir, su 'apatía' (Ganoczy, p. 157). Dios sufre el fracaso de su proyecto. El y nosotros sufrimos porque el proyecto de vida no se concretiza. Estos son los 'límites' de la libertad humana y divina: aquella para hacer el mal y esta para sufrirlo. A pesar de los fracasos de las libertades humanas, Dios se arriesgó y juzgó bien crearlas.
Dios creó a la humanidad libre, cuyo grado supremo de perfección se alcanzó al ser asumida por el Verbo Encarnado. Todas las libertades, incluso en sus fallas, continúan con una tendencia ontológica trascendental hacia una comunión con la Trinidad. Reciben siempre la oferta del perdón de Dios.
Conclusión
En dos momentos aparece clara para nosotros la acción de la Divina Providencia. Al practicar una acción buena, el ser humano realiza esa gracia de Dios. Y al pecar, la realiza por la vía de la perdición.
La reinterpretación de la Divina Providencia a la luz de una nueva teología de la Creación y de la Revelación evita tanto un secularismo que desconoce la acción de Dios, como un intervencionismo de Dios que no respeta la autonomía de lo creado y de la libertad humana.
Sâo Paulo, julio 2002
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Traducción
S. Betancur
Medellín, Colombia