HERMANAS de la PROVIDENCIA

Marguerite Lecomte

Jesús empezó a actuar y luego a instruir. Empezó a practicar él mismo lo que enseñaba a los otros. Así deben vivir las personas que empiezan a instruir a los jóvenes, ser coherentes con lo que enseñan a los otros.

- Juan Martín Moye

La primera Hija de Moye

Hacia 1760, en Metz, al noreste de Francia,
después de muchas horas de trabajo ininterrumpido en un taller de tejidos, la cabeza zumba, no se sienten más los dedos y la vista se nubla. Y sin embargo, en el descanso del medio día, Marguerite Lecomte, una joven obrera, se instala en un rincón con algunas de sus compañeras: les enseña a leer.

El padre Juan Martín Moye, que confiesa a Margarita, conoce este hecho. Indignado por la falta de escuelas en los campos (es que los pobres no interesan a mucha gente), esperaba enviar allí a algunas jóvenes voluntarias. Sin un centavo, como Jesús enviaba a sus apóstoles.

Juan Martín maduró su loco proyecto durante ocho años. Con la reflexión. Con la oración. Y luego, un día de 1762, pregunta a Margarita si le gustaría enseñar a los hijos de los campesinos pobres. Ella de inmediato dice que sí. Y Juan Martín se llena de gozo con su respuesta. Pero ella dice también que no tiene la ciencia ni nada de lo que se necesita para ser una maestra de escuela. Ella es sólo una pobre mujer! Sería necesario entonces abandonarse en la Providencia.

Convertida en la primera hija espiritual de Moye, parte entonces para un pequeño caserío, cerca de Metz, apenas con el alimento para el día. Pero al llegar encuentra que la gente desconfía de ella. Sin embargo, al terminar la tarde una pobre mujer le ofrece que vaya a dormir a su casa. En aquella promiscuidad, Margarita no cierra los ojos en toda la noche. Pero no retrocede. Confía, y repite como Juan Martín: 'Las grandes cosas tienen pequeños comienzos.'

Al día siguiente descubre una porqueriza abandonada, y allá se dirige con tres niñitas que le han confiado. Feliz, se siente entonces como aquel pequeño grano de mostaza del Evangelio.

Y el granito crece: ayudada por la gente del pueblo, no mucho después construye su propia escuela, mínima pero acogedora. Y muchas otras jóvenes van a seguir su ejemplo.


Las Hermanas son ratificadas por la Providencia

El nombre que las Hermanas van a llevar en adelante será como una confirmación solemne de la experiencia que ha hecho Juan Martín.

En 1785, Juan Martín escribe en 'Historia de las Hermanas': "Yo no sabía al principio qué nombre darles a ustedes. Yo las llamaba 'pobres Hermanas', 'las Hijas del Niño Jesús', porque ustedes están especialmente destinadas a enseñar a los niños pobres. Pero el público les dio y les conserva el nombre de 'Hermanas de la Providencia'. Ese es el nombre que más les conviene: les enseña a abandonarse en la divina Providencia, a no apoyarse sino en ella, sin buscar ningún sostén humano. Sin embargo, ya he visto Hermanas orgullosas a quienes ese bello nombre no les complace; ellas habrían querido títulos pomposos, como las reinas y las princesas de hoy. Esas Hermanas que no tienen estimación por el nombre de Providencia, no merecen llevarlo."

Moye no les impuso pues el nombre a las Hermanas. Él tuvo la intención de 'bautizarlas', es cierto, pues le daba gran importancia a la manera como fueran denominadas: "Cuando les dirijan la palabra, quiero que las llamen, no 'mi querida Hermana', ni 'mi Hermana', sino 'pobre Hermana', a fin de que este apelativo de pobreza y de humildad les inspire un vivo sentimiento de nuestra pobreza."

Tampoco fueron las Hermanas quienes escogieron o desearon ese nombre. Ellas viven de tal manera que el nombre viene espontáneamente a los labios de quienes las ven actuar. Son los pobres, los humildes, quienes experimentan lo esencial de la conducta de ellas. Ellas son la 'Providencia' de la aldea, están al servicio de todos y de cada uno. Es por medio de los menesterosos que la Providencia se nombra, que la voluntad del Padre se exterioriza. 'Vox populi, vox Dei.'

Esta designación es una confirmación, una respuesta de la Providencia por vías insospechadas; Juan Martín está conciente de ello y satisfecho. A partir de entonces, ese nombre será un programa. Además, así era como él había soñado que fuera: el apelativo de las Hermanas debía ser una evocación constante de su condición. Él está satisfecho más allá de toda esperanza!

El nombre es también una especie de contraprueba para las Hermanas: el testimonio de sus actos ha sido percibido, el acontecimiento en que el fundador venció se ha confirmado en ellas: "Es el nombre que más les conviene: les enseñará a abandonarse en la divina Providencia, a no apoyarse sino en ella, y a no buscar ningún apoyo humano."


Pero será necesario ser dignas de ese nombre

"El abandono en la Providencia es esa virtud que hizo que las llamaran 'Hermanas de la Providencia', porque ustedes están basadas sólo en la Providencia. Cuando uno se apoya en medios humanos, poco a poco comienza a perder la confianza en Dios, y dice como el rico del Evangelio: 'Nada me faltará; tengo suficiente para el resto de mi vida' (Lucas 13:19). Las Hermanas que no tengan esa confianza en Dios, y que no se abandonen por entero en la Providencia, no merecen llevar el nombre de Hermanas de la Providencia."

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