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Agosto 19, 1809. Mennouveaux, Francia
Mayo 21, 1853. Champion, Bélgica
Primera Superiora General de las Hermanas de la Providencia y de la Inmaculada Concepción
Han transcurrido 240 años desde la fundación por Juan Martín Moye de la primera escuela de la Providencia en Béfey, Lorena.
Han pasado 150 años desde que Madre María Javier entró a la eternidad de Dios, legando a sus Hermanas la misión recibida del Fundador: enseñar, educar, para despertar a la fe, con una predilección por los pobres, reconocidos siempre en su dignidad inalterable.
Una Mujer Delicada y Fuerte
El domingo 20 de agosto de 1809, en la iglesia del pueblo francés de Mennovaux, departamento del Alto Marne, fue bautizada Anne-Appoline Voirin, nacida el día anterior, el 19 de agosto.
Ana Apolina viviría en su pueblo natal solamente cuatro años: a fines de 1813, la familia Voirin se instala en una localidad próxima, Buxières, en la granja de Arcémont.
La vida campesina es ruda, y Ana Apolina tiene que ejercer numerosos oficios. Además, se ocupa de la educación de sus hermanas y hermanos, más jóvenes que ella. Pero ella es sencilla y franca, jovial y piadosa. Es una hermana mayor formidable: puede ser a la vez mamá, institutora y catequista.
Fue con su mamá como, desde su más tierna edad, Ana Apolina aprendió a encontrar a Dios en la oración y a conversar con él como con un amigo.
Sor Anastasia, su hermana, cuenta: "Muchas veces la escuché orar al pie del lecho con fervor, y cerca de las dos de la mañana, transida de frío, se iba a acostar."
En ocasiones, con el permiso de su madre, antes del cierre de la iglesia Ana Apolina entra furtivamente allí y pasa la noche cerca de Jesús. Gracias a sus largos encuentros con él, ella se siente atraída a imitarlo y a compartir su alegría con los demás. Los domingos, ella reúne a las jóvenes del pueblo para leerles y explicarles el Evangelio.
Su corazón de apóstol la urge a pasar a la acción. Pero para ello deberá dejar a quienes ama y seguir el camino al cual Dios la ha invitado.
Proclamar que Dios es el mejor de los padres: he ahí el secreto de la fuerza que anima toda su vida.
Acompañada por su padre, Ana Apolina deja entonces la granja de Arcémont para dirigirse al convento de Portieux. Es allí donde ella da sus primeros pasos en la vida religiosa, y donde, confiada a dos Hermanas, poco a poco va a vivir según el espíritu de Juan Martín Moye:
Se necesitan jóvenes que sólo busquen la gloria de Dios, jóvenes devotas que tengan en el corazón la salvación de los niños que les son confiados.
Una vida pobre hecha de privaciones, una formación corta pero sólida, trabajos difíciles e incontables horas consagradas a la oración la preparan para su futura misión.
En el otoño de 1829, a los 20 años de edad, Ana Apolina recibe el hábito de las Hermanas de la Providencia de Portieux y la pequeña cruz de madera. En adelante se llamará sor Javier.
Su primera misión, con otra religiosa, fue en Braux, en las Ardenas francesas. Es un rudo aprendizaje para aquellas hijas de Juan Martín Moye.
La iglesia del pequeño pueblo se encuentra en un estado lamentable; con la pala y la escoba ellas deciden primero hacer habitable la casa del Señor. Luego abren una escuela: los padres envían pronto a sus hijos, pues no les cuesta nada.
Las Hermanas viven en una gran pobreza: a menudo, para cenar sólo tienen los restos de pan de sus alumnos. Pero sobre todo la indiferencia, e incluso la hostilidad de la población, hacen su apostolado muy penoso. Son insultadas, perseguidas.
Portieux, alertado, decide suprimir la escuela y llama de vuelta a la Hermanas. La primera misión de sor Javier termina en fracaso: pero Nuestra Señora vigila.
A partir de 1822, Hermanas asumen la educación cristiana en varias parroquias de Bélgica, entre ellas Namur y Jambes.
Pero Bélgica se encuentra entonces bajo el dominio holandés. En 1825, las religiosas extranjeras son expulsadas del país. Pero cinco de ellas continúan su trabajo en el anonimato.
En 1830, Bélgica conquista su independencia. Libre ahora, la enseñanza católica retoma su auge.
En 1832, Portieux envía a Flémalle, cerca de Lieja a sor Javier y a sor Monique. Al principio la población es más bien indiferente, pero las Hermanas verán muy pronto crearse a su alrededor un clima de simpatía, que se afirma con valiosos colaboradores en los obispados de Lieja y de Namur.
Sor Javier cumple su humilde oficio de institutora de aldea, pero en el verano de 1833 cae enferma de gravedad. Se impone un cambio de clima, y es enviada a la casa de Jodoigne donde pronto recupera sus fuerzas.
En octubre de ese año, el padre Víctor Kinet, párroco de Jambes, escoge a sor Javier para encargarse de la formación de las jóvenes aspirantes a la vida religiosa. El primer noviciado en Bélgica se abre entonces en Jodoigne, con 10 jóvenes de la localidad.
El entusiasmo por la vida religiosa es tal que los hombres jóvenes del lugar se lamentan amargamente por la presencia del noviciado y por la falta de mujeres jóvenes para desposar, amargura que los lleva incluso a apedrear las ventanas del noviciado y amenazar físicamente a las Hermanas.
Se traslada entonces el noviciado de Jodoigne, en octubre de 1835, al castillo de Harlue, situado a 20 kilómetros de Namur. Allí, la soledad favorece el recogimiento y la oración.
El castillo sin embargo se encuentra en una situación deplorable; el patio mismo es un lodazal, pero pronto es adoquinado por las novicias, con sor Javier su valiente maestra al frente, quien se encarga siempre de los trabajos más pesados.
El noviciado era entonces un cuadro auténtico de la vida de los primeros cristianos: "Amar a Dios y hacer todo para complacerlo era nuestro único tesoro. Lo demás no se tenía en cuenta."
A pesar del dinamismo de cada una y de su coraje en el trabajo, el castillo arruinado es un peligro permanente. Es necesario buscar otro alojamiento.
En julio de 1836 el padre Kinet compra el castillo de Champion, deshabitado desde hacía tres años. El 17 de agosto las Hermanas se establecen allí. Sin tardar se ponen al trabajo: los muros son blanqueados, el jardín es cultivado y una pequeña granja es explotada.
Se abre una escuela primaria; dos Hermanas se encargan de las clases.
La instalación es rudimentaria, la alimentación es pobre, pero sor Javier sabe discernir los valores esenciales. Las preocupaciones materiales no menguan su entusiasmo para formar las novicias. Sabe llegar a los corazones y posee un don de educadora muy pronunciado. También sabe humillarse, renunciar a su punto de vista en las cosas pequeñas, imponerse silencio, recogimiento, orden. Sobre todo sabe derivar de la oración un abandono inalterable en la Providencia.
Aunque sor Javier encuentra la fuerza de "una mano de hierro en un guante de terciopelo", una actitud que auna la delicadeza con la firmeza para gloria de Dios y bienestar de los seres humanos, administra con excelencia la Congregación naciente en gran parte con el apoyo del padre Kinet.
La fuerte personalidad de este entusiasta sacerdote belga, su discernimiento respetuoso de la gracia propia de sor Javier, hacen de él un valioso soporte para la joven formadora, así como un eximio padre espiritual para el grupo de Hermanas de la Providencia que aún buscan su camino.
El itinerario interior del padre Kinet lo preparó para acoger el Carisma Providencia. Su fervor apostólico, la importancia que le dio a la educación cristiana de la juventud, su audacia a veces heroica en situaciones de guerra y de persecución, las "desgracias" durante su vida sacerdotal y su reacción de confianza sobrenatural, todo ello recuerda la vida de Juan Martín Moye, a quien él admiraba mucho.
Madre María Javier registrará más tarde en sus escritos cuánto quiso el padre Kinet que las Hermanas siguieran siendo "auténticas Hermanas de la Providencia, sin practicar lo que conviene a cualquiera otra orden religiosa".
El 31 de julio de 1837 los obispos de Bélgica constituyen el grupo belga de Hermanas de la Providencia en congregación religiosa autónoma, que en adelante estará bajo la jurisdicción del obispo de Namur, monseñor Dehesselle.
Este llega a Champion el 14 de septiembre para anunciar la decisión episcopal y designar como primera Superiora General a sor Javier Voirin. La elección, dos años después, por las religiosas mismas, confirmará este nombramiento.
Desde hacía largo tiempo, sor Javier deseaba vivir el espíritu del proyecto del padre Moye por medio de la emisión de votos religiosos, impregnados de las cuatro virtudes fundadoras: el abandono en la Providencia, la sencillez, la pobreza y la caridad apostólicas. El 8 de septiembre de 1838 su deseo se realiza: con otras 32 Hermanas ella hace profesión de castidad, de pobreza y de obediencia. En adelante se llamará Madre María Javier.
Habitada por los pensamientos de Juan Martín Moye contenidos en un pequeño libro titulado Las Cartas del Santo Fundador y madurada por la experiencia de una profunda vida espiritual, Madre María Javier registra lo que ella juzga indispensable para una verdadera vida de Hermana de la Providencia. Estas notas, comunicadas por obediencia al padre Kinet, servirán para la elaboración progresiva de las Constituciones, las cuales serán aprobadas por monseñor Dehesselle en 1847.
Aunque la alegría es grande para la Fundadora al ver la rápida expansión y el fervor de su joven familia religiosa, los sufrimientos en todas sus formas no la abandonan: la enfermedad, la angustia y las vacilaciones terminan con su salud. Agotada, en 1845 pide y obtiene autorización para renunciar a sus responsabilidad de Superiora General.
Pero su disponibilidad hacia sus superioras y a las Hermanas sigue siendo total. Solicitada para diversas misiones, a veces delicadas, en las comunidades, Madre María Javier acepta también escribir la historia del establecimiento de las Hermanas de la Providencia en Bélgica. Y lo hace, en un valioso documento aún inédito, llamado sencillamente Recuerdos.
El 21 de mayo de 1853, víspera de la fiesta de la Santa Trinidad, Madre María Javier fallece en Champion, en un acto de abandono total en el Creador. Solamente tiene 44 años de edad.
Luz de Vida el Vitral
La vida de Madre María Javier se revela hoy, al cabo de los días, como un vitral.
En días plenos de sol y en días grises, a veces lluviosos, la luz cambia de intensidad, juega entre fuerza y delicadeza, para reflejar los colores de la vida y volverse reflejo de eternidad.
Vitral con una cara exterior para recibir del mundo esta luz, fuente de toda vida.
Vitral al interior para hacer bien visible el diseño del Creador y embellecerlo con fulgor.
Y en la transparencia puede nacer entonces un fuego ardiente, sagrado, con el cual uno se llena los ojos y del cual se ve duraderamente la flama cuando la estrella se apaga.
Fuego ardiente que purifica las ideas.
Vitral translúcido, diáfano, donde se adivina la indecible felicidad del ser humano ante Dios.
Tal fue el camino de luz de Madre María Javier, bañada por la claridad transmitida por Juan Martín Moye para restituir, hoy para mañana, los colores del amor en la ruta de los encuentros Providencia.
Educación en Todas sus Formas
Hoy, igual que sus antecesoras, las Hermanas de la Providencia quieren ser educadoras, donde quiera sean enviadas, allá donde el don de Dios pasa por su manos, sus oraciones y su corazón:
A las escuelas de todo nivel, donde ellas dedican una atención muy particular a aquellos a quienes Juan Martín Moye llamaba "genios lentos".
En los lugares de escucha y de acompañamiento, de acopio vital, donde ellas encuentran a jóvenes y a adultos en su soledad o en su búsqueda social, cultural, religiosa.
En los hogares sociales, donde la mujer, poco o nada escolarizada, se forma para asumir su justo lugar en la familia, en la etnia, en la sociedad.
En la calle, donde niños y jóvenes vagan sin meta, sin alimento, sin guía. sin recursos, en busca sobre todo de amistad.
En los centros nutricionales, donde niños y madres aprenden de solidaridad y cómo manejar lo poco que reciben.
En los dispensarios y en los centros de salud, donde se enseña cómo aliviar y cómo prevenir la enfermedad.
En la lucha para que sea reconocido, en lo concreto, el derecho a la diferencia, en particular de las minorías, de las personas discapacitadas.
En la pastoral eclesial: catequesis para niños, jóvenes y adultos; pastoral de los aislados, de los enfermos, de los dolientes, una tarea siempre diferente de un continente al otro.
En los grupos de promoción de la dignidad femenina y en las cooperativas donde se descubre la fuerza de la acción concertada, el poder del esfuerzo compartido.
En las huellas de Madre María Javier, para nuestra Congregación es un placer y un honor unirse a los grupos existentes despertadores de humanidad.
La Expansión
La Congregación belga de Hermanas de la Providencia aplicará a la letra el mensaje de Juan Martín Moye:
Las envié como Nuestro Señor envió a sus Apóstoles, exhortándolas a depositar su confianza en Dios y a abandonarse por entero en la divina Providencia.
En Bélgica encontramos Hermanas de la Providencia a cargo de centros educativos muy diversos. Además, durante numerosos años se comprometen en el sistema carcelario como guardianas de prisión en establecimientos femeninos, donde alivian el vivir diario de las reclusas y les llevan esperanza de una vida mejor bajo la mirada de Dios. Los orfanatos son otro fértil terreno de misión.
Pero el dinamismo de la Congregación se extiende rápidamente a varios países.
En 1854, las Hermanas son llamadas a Italia para la reorganización de las prisiones de los Estados Pontificios. Poco después abren una escuela en una de las zonas más pobres de Roma.
En 1865 viajan a Inglaterra para comenzar un orfanato en Londres.
Es igualmente para educar huérfanas como en 1871 viajan Hermanas belgas a Ecuador, pioneras de una obra educacional muy activa.
Seducidas por la educación dada por las Hermanas de la Providencia en Ecuador, familias de Colombia dirigen peticiones a Champion, y en 1907 religiosas belgas y ecuatorianas abren un colegio en Cali. Los centros de educación se multiplican, aspirando siempre a una formación integral y solidaria.
En 1951 parte para el Congo un grupo de pioneras belgas: una respuesta a la iglesia misionera ad gentes para la educación de los niños y de los jóvenes, la pastoral, la salud y la promoción de la mujer.
En 1971 la provincia de Colombia envía dos Hermanas a Perú para crear una implantación Providencia en una zona periférica de Arequipa, y estar al lado de la gente más necesitada. Los niños son numerosos, y "como nada es más importante que la educación de la juventud", pronto comienzan a asistir a las escuelas primarias Providencia.
Así, las Hermanas de la Providencia, mujeres apóstoles, vivirán en esos países, atentas a los llamados del medio, para hacer frente a problemas concretos y cruciales de la población, siempre con prioridad hacia los pobres.
La perennidad de la obra está asegurada por el nacimiento del noviciado en cada país de misión.
¿Cuántas Hermanas belgas partirán a formar las Hermanas de mañana?
Cuatro Virtudes para una Vida
Las principales virtudes que ustedes deben practicar son: el Abandono en la divina Providencia, la Pobreza, la Sencillez y la Caridad. Estas son las virtudes fundamentales para nuestro establecimiento. - Juan Martín Moye
Abandono en la divina Providencia
"Cuando escucho o pienso en 'abandono', de inmediato asocio abandono con la Providencia, pero prefiero la palabra 'confianza', que es contar con El, apostar a Dios que es ternura, Padre.
"En esta mirada de amor que El me dirige, que le dirige a todo ser humano, que le dirige a toda la humanidad, puedo vivir una convicción más profunda: Él está ahí, está con las luces y las sombras, pero desde luego no lo veo.
"Dios no es luminoso todos los días, lejos de eso, pero esta convicción me ayuda también a verlo: poder mirar, desde luego, todo lo que es bello, acoger todo lo que es bello a mi alrededor; pero mi convicción también a veces es sacudida por todo lo que es dureza e injusticia, violencia y sed de guerra en el mundo.
"También es estremecida, pero no aniquilada, pues me parece que veo allá a Dios, infinitamente paciente, que pese a todo cree en el ser humano, y espera que un día u otro le llegará al corazón, a fin de que sea más y más vívida la cara de ternura del Padre para el mundo.
"Es en esta perspectiva también como puedo recibir la misión, el envío por mi Congregación en respuesta a los llamados y a los signos percibidos alrededor de mí."
Pobreza
"Hoy, para mí, la pobreza es mucho más interior, aunque desde luego ella se debe traducir a lo exterior. Es más interior porque la confronto más al cabo de los días, y porque la palabra de Dios me alimenta y reconforta cuando la fatiga se desliza en mi vida.
"Creo que la pobreza es exterior, pero está basada verdaderamente en afirmaciones bíblicas que me fortalecen la mayor parte del tiempo; por ejemplo las palabras de Jesús en las obras de misericordia: Sean pobres en espíritu.
"Y me atengo también a la palabra del Deuteronomio, después de que Dios propuso su alianza con todas sus exigencias, cuando nos dijo, me dijo, Escoge la vida.
Sencillez
"Podría decir que lo que más me conmovió cuando entré a la Congregación de las Hermanas de la Providencia fue su sencillez. Y como el Fundador sabía que esta era una virtud importante para nuestra Congregación, me dije: 'Vamos, ¿también es para mí esta sencillez?'
"Primero pensé que sencillez era una exigencia de transparencia y de claridad. Ciertamente, sencillez es ir con rectitud a Dios en la vida y en la oración, pero también es ser franca y natural con las Hermanas. La sencillez es una cualidad, una virtud, y diría incluso que es una manera de ser que favorece la vida fraterna y que la hace más bella.
"También, para mí, la sencillez es una coherencia entre lo que digo y lo que hago, o sea que es una rectitud de intención.
"Quizás un último aspecto de lo que es la sencillez es ir a la esencial, simplificarse, vivir en libertad interior.
"He ahí pues lo que es para mí la sencillez hoy."
Caridad
Con una admirable economía de palabras, san Pablo escribió a los corintios (1 Co 13:16): "Si no tengo caridad, no soy nada."
Y también por escrito, Juan Martín Moye les habló así a las primeras Hermanas de la Providencia: "Como ustedes no tendrán interés material alguno, puesto que harán todo gratuitamente y sin retribución temporal alguna, sólo la caridad las hará actuar en todo y en todas partes. Ejercerán las Obras de Misericordia con todo el mundo, tanto las obras espirituales como las corporales.
"Como ustedes mismas son pobres, sé que no podrán ayudar a los desfavorecidos con recursos propios; sin embargo, si comparten con ellos lo poco que tengan, la caridad se hará más agradable a Dios que la de los ricos que dan de su abundancia.
"Cuántas buenas obras se pueden hacer cuando se tiene caridad!"
La Gran Familia Providencia
La Intercongregación
Un Fundador: Juan Martín Moye
Siete Congregaciones: Portieux, San Juan de Bassel, Gap, Champion, Texas (2), Ribeauvillé.
Más que estructuras nuevas, es una comunión nueva y dinamizadora lo que nos ofrece la intercongregación la cual no ha terminado de interpelarnos, de sorprendernos, de encantarnos.
La intercongregación: una gracia.
La intercongregación: una tarea.
Testimonios
"Mi primer contacto con la Providencia fue durante un mercado artesanal en Jambes, y allá, de manera muy natural, las hermanas me invitaron a participar en las Fraternidades Providencia, donde me vinculé de una manera regular y más profunda en lo caritativo.
"Lo que he sacado de ello es una manera de vivir mi fe mucho más concreta y objetivamente, con una progresión continua de conversión y de reconversión, incluso de acercamiento hacia los más necesitados, en la oración y la Eucaristía, en lo cotidiano. Actualmente sigo una formación con las Hermanas de la Providencia para vivir mi servicio a Dios de una manera más comprometida y mucho más radical, con la perspectiva de llegar a ser Asociado de la Providencia en el Mundo."
"Nuestras tres hijas acostumbran participar en la gran Fiesta de la Providencia, y en esta ocasión nos invitaron a ir con ellas. Fuimos, y allá descubrimos este ejemplar espíritu de familia. Como nos gustó mucho, participamos primero en una reunión y luego en un proyecto. Se puede decir entonces que entramos en la Familia Providencia gracias a nuestras hijas.
"Esta participación nos ha aportado mucho en diversos aspectos. Primero, como todo el mundo, cuando uno mira la miseria humana, es interpelado, se siente mal, se siente pequeño, y quiere hacer algo. La Fraternidad Providencia es un medio de ayudar en forma concreta a nuestro prójimo. Seguimos entonces el camino de Jesucristo, cuando dijo: Lo que le hagas al más pequeño de los míos, es a mí a quien lo harás. También hemos evolucionado en nuestra fe, pues compartimos diferentes temas con personas de calidad, comprometidas en un mismo propósito. La oración es importante, pues es el soporte que permite encontrar la energía para actuar. Otro aspecto muy importante en la Providencia es que se ve cómo en conjunto se pueden realizar cosas; colaborando, las personas con las cuales se trabaja se vuelven amigas, y uno se ayuda, se sostiene con ellas.
"Quizás lo que para mí es más valioso es que la peregrinación comienza en el bautismo y la vida es un peregrinación que continúa todos los dís, y en la Providencia tenemos el medio para evolucionar juntos en el camino, donde nadie debería ser dejado de lado. La Providencia es un medio de tender una mano al otro y avanzar juntos en la vida. Entonces diría que, aunque somos independientes, que tenemos una familia y como todo el mundo no tenemos mucho tiempo libre, la Providencia nos permite recordar de continuo lo esencial que es el otro."
Expansión
Desde 1971 las Hermanas de la Providencia han querido asociar laicos a su tarea, para que donde sea que estén, el Evangelio que nos salva sea anunciado "en los caminos del mundo", como lo desea Juan Pablo II.
Desde hace pues más de 30 años la Congregación acoge Misioneras Laicas de la Providencia, a las cuales forma y envía en misión. Se trata de mujeres jóvenes que de manera voluntaria se comprometen por uno o dos años al servicio de la evangelización, con opción preferencial por los pobres. Su presencia joven y alegre se vuelve fuente de esperanza para las comunidades que las acogen.
Desde 1994, los Misioneros Laicos Providencia aspiran a convertirse en Sacerdotes Providencia: sacerdotes diocesanos, misioneros de la Providencia. Joselito ya fue ordenado sacerdote y Julio recibió la orden diaconal: ambos ejercerán su ministerio en los lugares más pobres y necesitados.
En 1995 ocurre una nueva interpelación para una joven maestra del Congo: "La Congregación ¿no piensa aceptar consagradas que vivan el carisma de la Providencia encarnándolo en el mundo tal como es?" La fórmula se busca, flexible y exigente a la vez: célibes, viudos, viudas, parejas, se pueden comprometer a una vida de Providencia en espiritualidad y en misión, una vida impregnada de "las cuatro virtudes". Ellos son los Consagrados de la Providencia en el Mundo.
El carisma Providencia es también ampliamente compartido por grupos apostÃ3licos de laicos adultos, jóvenes y niños que, según su estado particular de vida, fundan su vida sobre la roca de la Providencia y se comprometen, bajo diversas formas, con prioridad junto a los más pobres: estas son las Fraternidades Providencia.
He ahí pues a millares de laicos que, en el mundo, viven hoy el espíritu de una Misión de Providencia.
El Porvenir
¿Y qué será el mañana? Dónde podríamos leer nuestro porvenir?
Ciertamente no en los astros del cielo, sino en la mano de Dios.
No en rigurosas proyecciones demográficas, sino en el Libro de la Vida.
Es necesario esperar un despliegue sobre nuestras vidas y sobre las de muchos otros: el despliegue de una gracia inagotable oculta en este humilde pero poderoso Carisma Providencia, henchido del sentido del Evangelio, del sentido de las realidades.
¿Es que la gracia del Carisma no cesará de crear sorpresas?
Lo hará, ciertamente. Más que nunca:
Si escogemos y reescogemos a Dios. Nada menos!
Si nos convertimos más y más en Exploradores del Camino de Dios, intrépidos como Juan Martín Moye, que no vaciló en ir hasta la exótica China. Como Madre María Javier que no rehusó el exilio.
Si tenemos la seguridad de que Dios acompaña la historia de la humanidad, de que es menester apresurar el paso hacia los lugares donde la humanidad se hunde en la injusticia y en la violencia, la indiferencia y el olvido de Dios.
Sorpresa habrá:
Si avanzamos con la seguridad de que Jesús es el Salvador. Él nos contrata para salvar con él a la humanidad. Y sin que sepamos cómo, él hará de nosotros "despertadores de humanidad", "despertadores de fe en Dios y en el ser humano".
Sorpresa habrá:
Si nos empeñamos con energía para que lo inacabado de la creación, lo inacabado de la redención, encuentre su realización en nuestras vidas, en nuestras comunidades, en nuestros compromisos.
Sorpresa habrá:
Si nuestro amor a los otros y de los otros es locura de gratuidad, voluntad de romper cadenas, voluntad de construir pasarelas.
¿Cómo construir entonces este porvenir?
Primero, esperar. Esperar lo desconocido. Con tres certidumbres:
Certidumbre de que Dios se mezcla en nuestro verano, que "los frutos sobrepasarán las promesas de las flores", y que siempre es posible nacer en otoño.
Certidumbre de que la vida sin cesar nutre, allá donde las responsabilidades se comparten, como el pan.
Certidumbre de que mañana habrá sol naciente, asalto de una aurora, lluvia de alegría, vino nuevo.
Luego, marchar con Dios Providencia, como compañeros.
Marchar con Dios Providencia; si los riesgos incurridos hacen agujeros en el tejido de nuestra vida, la Providencia los enmendará con su amor, a condición sin embargo de ser compañeros en los buenos y en los malos momentos del camino.
Marchar por caminos a menudo prosaicos y desprovistos de facilidades, y dejarnos llevar por la esperanza de poder crear de nuevo.
Finalmente, avanzar juntos, todas las generaciones aliadas.
En complicidad con nuestros mayores, expertos en confianza incondicional, en sabiduría.
En connivencia con nuestros menores, en el entusiasmo comunicativo de sus proyectos locos.
Avanzar juntos en internacionalidad, en intercongregación, en familia Providencia, en comunión con los constructores de la ciudad terrestre, con los constructores de la Ciudad de Dios.
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Champion, 2003
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