La Experiencia Espiritual de JM Moye

J. Orgebin, SJ

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Como saben, los problemas de salud del Padre Shalück no le permitieron participar en esta reunión intercongregacional. A petición de las organizadoras acepté reemplazarlo, no obstante el poco tiempo disponible para preparar mis intervenciones.

En sus exposiciones, el Padre Shalück se proponía responder al siguiente interrogante:

En nuestro mundo plural, ávido de seguridad, distinguido por la angustia, ¿qué respuesta original puede dar una vida religiosa, fiel a su carisma de Providencia?

Partiendo de esta pregunta, digamos para comenzar que la vida religiosa, cualquiera sea su forma, nace siempre de una iniciativa de la Providencia de Dios. Pero esta iniciativa, procedente de una fuerza única, toma formas diferentes según las congregaciones. Los dones del Señor son múltiples, pero cada institución religiosa tiene vocación de hacer fructificar la gracia recibida de Dios por intermedio de un fundador o de una fundadora.
Ustedes todas, aquí presentes, son las herederas de la experiencia espiritual transmitida por un sacerdote lorenés del siglo 18, llamado Juan Martín Moye.

Quisiera pues, en una primera fase, tratar los elementos que constituyen la experiencia espiritual legada por vuestro fundador, al menos como yo los percibo, y que esto quede claro, sin pretender dar una interpretación del todo exacta y mucho menos exhaustiva.

En una segunda fase veremos cómo la experiencia espiritual de JM Moye, cuyos escritos y sus iniciativas se hacen eco, puede incluso hoy responder a las expectativas de nuestro mundo, "un mundo plural", dice el Padre Schalück, "ávido de seguridad y distinguido por la angustia".


Dios es Providencia para el Mundo

La primera pregunta que nos haríamos en relación con la experiencia espiritual de JM Moye se podría formular así:
¿En qué Dios puso su fe vuestro fundador?

La respuesta a este interrogante es muy clara y ustedes la conocen. El Dios hacia el cual se dirigió JM Moye es Providencia para el mundo. He ahí la intuición fundamental a partir de la cual se van a desplegar los elementos de su experiencia espiritual.
Esta Providencia de Dios, vuestro fundador la entiende en varios sentidos, y esta mañana trataré de retomar dos de ellos, basándome en dos textos extraidos del proyecto que él redactó para vuestras primeras Hermanas:

En un primer sentido, Dios es Providencia porque "él secunda todas nuestras acciones".
En un segundo sentido, Dios es Providencia porque "él tiene sobre este mundo designios de bondad y misericordia".

Dios secunda todas nuestras acciones

Lo anterior quiere decir que Dios no se manifiesta sólo en los momentos cuando afrontamos situaciones difíciles, más allá de nuestras capacidades ordinarias. Pensar así sería hacer del Señor el pequeño proveedor de servicios que viene en ayuda de su criatura, a la hora precisa cuando ella no es capaz de bastarse sola, y sólo en esos momentos.
Para ilustrar estas palabras, permítanme una imagen. Existe en Canadá, y sin duda en otros países, una cadena de almacenes, cada uno conocido como 'El Pequeño Proveedor de Servicios. Abierto 24 horas al día'. Gracias a este sistema de distribución, las personas que se encuentran ante un refrigerador vacío al mediodía o a medianoche, se pueden dirigir al pequeño proveedor para comprar lo que necesiten. En las demás ocasiones tienen su proveedor habitual con el cual pueden contar.

Y bien, el Dios de JM Moye no es el pequeño proveedor al cual uno llega a pedirle ayuda para salir de un mal paso. Dios no es el reemplazo de nuestras impotencias de momento. "El secunda todas nuestras acciones." Dios viaja con nosotros por todos los caminos que emprendemos. Hay, a este respecto, en la Escritura, un fragmento del Salmo 126 que JM Moye cita muy a menudo:
"Si el Señor no construye la casa, los constructores trabajan en vano. Si el Señor no cuida la ciudad, en vano vigilan los guardias."
Estas palabras de la Escritura, que reaparecen como un tema básico en los escritos de vuestro fundador, dan a todas nuestras iniciativas humanas su justo lugar. Dios no interviene intermitentemente para darnos el pequeño impulso del cual tenemos necesidad en los momentos difíciles, y sólo en esas circuntancias. Todo lo que hacemos bien lleva la firma conjunta de Dios y de nosotros mismos. Dios es la energía de nuestras energías, la iniciativa de nuestras iniciativas, el poder de nuestros poderes creadores e inventivos.
Ninguna de nuestras actividades escapa al actuar de Dios, excepto aquellas que lo ponen fuera de lugar porque son fruto de nuestro pecado.

No hay pues ocasión para gloriarnos de nuestras buenas acciones, pues a través de todas nuestras buenas obras es siempre la Providencia de Dios la que actúa. Ella "secunda todas nuestras acciones".

Dios tiene sobre este mundo designios de bondad y misericordia

Llego ahora al segundo sentido que JM Moye le da a la palabra Providencia. Ella tiene sobre el mundo, dice él, "designios de bondad y misericordia". En otras palabras, Dios quiere el bien de su criatura; su omnipotencia es la omnipotencia de su amor.
Cito aquí un fragmento extraído de su Proyecto de fundación:
"Dios conoce todas las necesidades de ustedes; él las puede proveer porque él es todopoderoso; él lo quiere pues es nuestro Padre y nos ama como un Padre."

Se dice a menudo que Dios lo puede todo. No, Dios no lo puede todo. El no puede sino lo que puede el amor y nada más. Contentarse diciendo que Dios todo lo puede, sería también admitir que él puede no importa qué. Así, él sería una especie de divinidad ya benefactora ya amenazadora, una especie de Júpiter que desde lo alto del cielo mira el teatro del mundo y mueve las cuerdas a la manera de un titiritero.
Dios no puede sino lo que puede su amor. El es un Padre todopoderoso para amar y nada más.

Estamos ahí en el centro del pensamiento y de la fe de JM Moye, en la fuente de su inalterable confianza en Dios. Vuestro fundador hizo para él mismo la experiencia de la inmensidad de la misericordia y de la bondad de Dios. Ese es uno de los grandes mensajes que él quiso dejar a vuestras antecesoras. Ese mensaje, al cual volveré más tarde, no ha perdido nada de su actualidad.
Cuántos hombres, cuántas mujeres, cuántos jóvenes hoy piensan que Dios está contra nosotros, a imagen de las divinidades antiguas de las cuales los antiguos buscaban protegerse para evitar su cólera, incluso sus caprichos.
Ese no fue el Dios que JM Moye encontró. Ese no fue el Dios al cual él quiso servir.


Entrar en los Designios de la Providencia:
Querer lo que Dios Quiere

Llego aquí al segundo punto de esta exposición, al cual titulé: Entrar en los designios de la Providencia.

Ante ese Dios que quiere por amor el bien de su criatura, no hay para JM Moye sino una sola respuesta creyente posible. Se trata de entrar él mismo en los designios de la Providencia de Dios, es decir, conformarse a su voluntad; hacerla.
Esta expresión, "hacer la voluntad de Dios", muy bíblica además, puede dar lugar a falsas interpretaciones. Algunas frases de JM Moye a menudo se prestan a falsas interpretaciones si se olvida resituarlas en todo el desarrollo de su pensamiento. En un texto titulado 'Acto de conformidad a la voluntad de Dios', él escribe dejándose llevar por la pluma: "Señor, consiento que mi voluntad muera".

¿Cómo comprender una oración tal? ¿Se trata de aceptar la aniquilación, la destrucción de nuestra voluntad? Si así fuera, sólo seríamos robots programados, sometidos a un plan impuesto que tiene que ser soportado.

Pero en muchos pasajes de sus escritos JM Moye dice además que fuimos creados a semejanza de Dios. Un ser así ¿cómo podría ser imagen de un Dios libre si soporta la esclavitud de un robot? Para salir de este falso dilema es necesario comprender lo que JM Moye quiere decir en su oración con la expresión "que mi voluntad muera". Su verdadero deseo no es que su voluntad sea destruida sino que mueran los desvíos de esta voluntad, los extravíos de su libertad. Por esto, después de haber escrito en aquel Acto de Conformidad, "Señor, consiento que mi voluntad muera", agrega: "Consiento que sea cambiada y transformada en la tuya."

Esta frase es mucho más conforme con el verdadero pensamiento de JM Moye. Ella anuncia el bello final de su oración, con el cual nos podemos encontrar en perfecta consonancia: "Y así pues, Señor, estoy en tus manos. Quiero todo lo que quieres, mientras lo quieras y porque lo quieres; sólo pido una cosa: la gracia de conocer y de hacer en todo tu voluntad."
En este lenguaje nada deja lugar a un voluntarismo frío, como si se tratara de forzar nuestro talento para estar a la altura de un ideal impuesto desde el exterior. Nada nos deja suponer que la sumisión a Dios exige la aceptación pasiva y alienante de una voluntad exterior que se impondría a la nuestra como una coyunda o como un peso insoportable. JM Moye no pide someterse a la voluntad de Dios en una suerte de actitud estoica y endurecida; él no desea vivir su vida apostólica por deber y por coerción. En una de sus cartas escritas en China para sus Hermanas de Europa él dirá: "Estoy contento en el estado en que vivo; estoy contento con mi vida, con la vida."

JM Moye no soportó su vida. El supo decir "quiero", siendo conciente de que esta capacidad de decir "quiero" nos pone de continuo en el cruce de dos caminos: o se hace lo que se quiere y lo que Dios no quiere, o se cumple lo que uno desea de todo corazón, con toda su fuerza, con toda su libertad, y lo que Dios desea con nosotros. Aquí se sitúa la elección que hay que hacer, el discernimiento que debe operar entre las diversas aspiraciones que nos animan.

Esto me conduce al tercer punto de esta exposición, al cual he titulado:


El Desprendimiento que Libera

Hay figuras de bien que son desfiguraciones. Hay deseos de vivir que esconden en realidad seducciones mortíferas. Entonces, para dejar surgir desde lo más profundo de uno mismo esa energía que hace vivir, es necesario dejarse despojar de todo lo que sutilmente nos atrae hacia lo que destruye, hacia lo que deconstruye.

Sin esta purificación del corazón, sin este desprendimiento recreador de todos nuestros falsos apoyos, como lo dirá JM Moye, es grande el riesgo de dejarse fascinar por la apariencia de bien, en lugar de ser movidos por la búsqueda de nuestro verdadero bien, de lo que es conforme a la bondad y a los designios de la misericordia de Dios.

JM Moye regresa de continuo a este necesario desprendimiento, sin el cual nuestro propio querer jamás podrá unirse al querer de Dios. Pero en ningún momento él predica el desprendimiento por el desprendimiento, la renuncia por la renuncia, la ascesis por la ascesis, y si él exhorta a menudo a vuestras antecesoras a vivir "desprendidas de todo", según esta expresión que vemos continuamente en sus escritos, es porque él no tiene otro camino para acceder a la verdadera voluntad, para llegar a conjugar nuestro propio deseo, nuestro propio placer, con el deseo y con el placer de Dios.

Cito aquí algunos textos de JM Moye en los cuales habla precisamente de ese desprendimiento que libera. En 1773 escribe desde China: "No tengan apegos a nada. Dios mío, cómo es de necesario este desprendimiento, cómo se está libre y tranquilo cuando se hace a Dios el sacrificio de todo, cuando no se tiene sino lo que Dios quiere. He ahí la libertad de los niños de Dios." Otro fragmento, en una carta de 1774: "El desprendimiento de todo nos conduce a la perfecta libertad del corazón." Y en una carta de 1775: "Tengan el alma libre y desprendida de la tierra, llena de santos deseos."

Ustedes lo comprenden todo de inmediato: ese desprendimiento de la tierra no quiere decir en absoluto que haya que huir de los seres y de las cosas para refugiarse en una especie de aislamiento temeroso y paralizante. Ese desprendimiento del que habla JM Moye significa solamente que el santo deseo de la libertad no puede habitar sino en un alma desembarazada de sí misma, liberada de sus angustias, de sus temores, de sus certidumbres rígidas, de sus falsas seguridades, de sus vanas nostalgias, de todas las formas larvadas de lo que se podría llamar apego a lo inesencial - a lo inncesario, a lo inútil.


Libres con Cristo en Espíritu

Llego al cuarto punto de este encuentro. En este camino de desapego liberador, JM Moye sabe que él no va solo: va con Cristo.

Como ustedes saben, vuestro fundador quiso llamar a vuestras antecesoras "Hermanas del Niño Jesús", pero finalmente fueron designadas por la gente a la cual servían, "Hermanas de la Providencia". Ciertamente, estos dos títulos se unen perfectamente, pues para JM Moye la expresión más perfecta de la paternidad amorosa de Dios, la manifestación más pura de su providencia en el mundo, tiene un nombre, tiene un rostro: Jesús, el Verbo hecho carne.

Entrar en los designios de la Providencia, querer lo que el Padre quiere, es finalmente unirse a Cristo.

La espiritualidad de vuestro fundador comporta indiscutiblemente una dimensión crística.
En la biografía del Padre Jobal, JM Moye anota que su amigo rezaba devotamente la Consagración a Jesús encarnado, y agrega: "Lo que el Padre Jobal decía con mayor fervor, eran las palabras de una frase que hicimos imprimir: 'Toma posesión de mí, de la manera más total y perfecta, que tú conoces y que yo no conozco'."

Esta ofrenda total de sí mismo a Cristo, que conduce a la intimidad con El, reaparece como un tema básico en muchos de los escritos de JM Moye. Les cito aquí un fragmento, quizás uno de los más significativos, en 'Instrucción para Actuar Bien': "Es necesario unirnos siempre a Jesucristo en todo lo que hacemos; es necesario hacerlo todo en El, por El y con El; es necesario unir nuestras intenciones a las intenciones de Jesucristo, nuestras acciones a las acciones de Jesucristo, nuestros afectos a los afectos de Jesucristo, nuestras oraciones a las oraciones de Jesucristo."

Esta unión con Cristo, Providencia del Padre, es un aspecto fundamental de la experiencia espiritual de JM Moye. Para caracterizar más esta unión con Cristo, en el mismo escrito:
"El Salvador nos dice en el Evangelio: 'Habiten en mí y yo en ustedes. Yo soy la vid, ustedes las ramas'." El es nuestra Cabeza y nosotros somos sus miembros, cada miembro, unido al Cuerpo, vive del Espíritu que anima a todo el Cuerpo.

Así, agrega JM Moye: "Un creyente sólo puede vivir y actuar por el espíritu de Jesucristo, y sólo puede participar de su espíritu, en tanto permanezca unido a Cristo."

Tenemos ahí la más bella definición que existe de la vida espiritual. ¿Qué es la vida espiritual para JM Moye? No es otra cosa que la vida, pero una vida vivida en un cierto espíritu, que es el espíritu de Jesucristo.

Imposible entonces dividir la vida en dos partes, como si hubiera, de un lado, actos especialmente religiosos que nos unirían a Dios por la Misa, la oración, la lectura del Evangelio, y de otro lado, actos completamente profanos que nos unirían a nosotros mismos, que nos unirían a los otros, pero en los cuales Dios no tendría nada para decir y en los cuales no tendría nada que ver.

Nuestra existencia, en el sentido como la entiende JM Moye, es llamada a volverse cristiana en su totalidad, es decir, animada de un cierto espíritu que es el Espíritu de Cristo.
Vivir bajo el impulso del Espíritu de Jesús, es darle la posibilidad de desplegar su presencia en todas las dimensiones de nuestro ser, en todos los componentes de nuestra vida.

La presencia del Espíritu de Cristo, para decirlo aun en otros términos, no es sectorial, ella tiene por efecto nuestra acción en todos los lugares, en todos los dominios en los que ella se despliega. Es, creo, en esta perspectiva como hay que comprender las palabras de JM Moye cuando habla de las cuatro virtudes fundamentales que deberían inspirar y orientar la conducta de las primeras Hermanas de la Providencia.

Las Virtudes Fundamentales:
Cuatro dinamismos del Espíritu

¿Cómo comprender la palabra virtud?

Muy a menudo la práctica de la virtud ha sido interpretada como la observancia de un código de buena conducta, dirigido a un cierto ideal moral. Se conocen bien los discursos de la mamá que le dice a su hijo pequeño: 'Hay que ser cortés, hay que ser amable, hay que ser servicial; tienes que prestar tus juguetes; no puedes tirarle el pelo a tu hermanita ...'
De la misma manera se podría imaginar el discurso de la maestra de novicias diciendo: 'Hay que ser sencillas, hay que ser pobres, hay que ser caritativas, hay que abandonarse en la Providencia'. Y las novicias responderían: 'Sí, madre, eso haremos'.

Ese lenguaje es respetable, pero creo que permanece aún en el plan de la sola moralidad, es decir, que puede ser interpretado como la aplicación de un código que hará del chico 'un buen chico' y de la Hermana de la Providencia 'una buena Hermana de la Providencia'.
Pero para JM Moye la virtud es una virtus, es decir, una fuerza, una energía, un poder. La 'virtus', la virtud, es el dinamismo del Espíritu Santo que actúa en la vida de sus fieles.
Retomo aquí y lo completo el fragmento ya citado de la 'Instrucción para Actuar Bien':
"El Salvador dice en el Evangelio: 'Habiten en mí y yo en ustedes, yo soy la vid y ustedes las ramas'. Así como el sarmiento extrae la savia de la vid, nosotros extraemos nuestra fuerza, todo nuestro vigor sobrenatural de Jesucristo, y el creyente no puede vivir ni actuar sino por su espíritu."

Extraemos todo nuestro vigor sobrenatural, nuestra fuerza, de Jesucristo y de su Espíritu.
Así, para vuestro fundador, la virtud es el vigor, la fuerza sobrenatural del Espíritu que se une a nuestro espíritu, para decidir y actuar. Esa presencia dinámica del Espíritu se revela de múltiples maneras en el corazón de los discípulos de Jesús. Pero en la experiencia espiritual de JM Moye ese dinamismo produce un cuádruple fruto que él llama: Abandono en la Providencia, Sencillez, Pobreza y Caridad. Estos son los cuatro componentes de vuestro carisma, y para decirlo en otros términos, esas son las cuatro figuras de la libertad en Espíritu.

Para vuestro fundador, uno no se hace libre sino haciendo lo que Dios quiere, pero no se puede hacer lo que Dios quiere sino acogiendo el Espíritu de Cristo, que es: abandono en las manos del Padre, sencillez, pobreza y caridad.

La primera figura de la libertad, para JM Moye, es la Confianza en Dios, el Abandono en su Providencia.

Una actitud así no es espontánea, pues ella supone dejarse liberar de la fijación inflexible en lo que JM Moye llama "los medios, los apoyos humanos". El no dice que haya que despreciar esos medios, esos apoyos o seguridades, sino que exhorta a no depositar en ellos nuestras últimas esperanzas, hasta el punto de perder la calma y la paz cuando lleguen a faltar. Para sustentar mis palabras cito aquí un fragmento de vuestro 'Directorio' relacionado con la aceptación de una postulante. Se le citarán, dice JM Moye, las palabras de Jesús en el Evangelio: "No se inquieten diciendo '¿Qué comeremos, con qué nos vestiremos?' Esas son inquietudes de paganos. Vuestro Padre celestial sabe que ustedes tienen necesidad de todas esas cosas. Busquen primero el Reino de Dios y su Justicia, y el resto se les dará por añadidura." Y después agrega: "Se le preguntará si ella confía más en un contrato hecho ante notario que en la palabra del Evangelio firmada con la sangre de Cristo."

Lo anterior quiere decir que la confianza en Dios, la liberación del temor al porvenir, no se apoya en un contrato. La confianza es abandono total de uno mismo en la Providencia con la certidumbre de que "ella no faltará", como lo dice a menudo JM Moye. Para expresarlo de otra manera, la confianza en Dios pasa por la liberación de la cautividad a nuestras seguridades; ella supone liberarse del temor paralizante por los mañanas inciertos.

La segunda figura de la libertad espiritual, para vuestro fundador, es la Sencillez.

La sencillez consiste en no tener sino un solo deseo para guiar nuestras intenciones, nuestras palabras, nuestros actos; es decir, el deseo de complacer a Dios. "La sencillez nos hace ir a Dios sin desvíos ni disfraces, sin ninguna otra intención que complacerlo." Y en otro lugar: "Para ejercer la sencillez ustedes no desearán sus propios placeres sino el placer de Dios."

Esta sencillez identifica nuestro deseo, nuestro placer, con el deseo y el placer de Dios. La sencillez exige deshacerse de lo que sería búsqueda de la seducción de otro, afán de aparentar, preocupación por la estima de los demás, participación en lo que JM Moye llama a menudo "espíritu de mundo", es decir, una manera mundana de juzgar, un forma mundana de hablar y de actuar, en la cual Dios no tendría ningún lugar.

Como lo dice él en otro texto: "Se pierde la sencillez cuando no se busca a Dios sino en apariencia, cuando uno se busca a sí mismo; cuando uno se ocupa mucho de los demás, cuando teme ser despreciado, cuando se preocupa por la manera de comportarse para complacer o para no importunar, cuando uno está poseído por las vanidades del mundo y cuando acepta sus apariencias y sus maneras."

En todas estas citas, tomadas de muchos otros textos, habría que concluir, no que JM Moye exhorta a sus Hermanas a evitar el riesgo de exponerse, de atreverse, de multiplicar las iniciativas. El mismo a menudo inicia empresas, a lo largo de su vida tanto en Francia como en China o incluso en Alemania, donde la Revolución Francesa lo exilió en los últimos años de su vida.

Tampoco creo que la "sencillez" de la cual él habla exija huir de la estima de los demás cuando ha sido dada. Pero la verdadera sencillez acogida como una gracia del Espíritu Santo no se acomoda jamás a la búsqueda alienante del honor por el honor. La sencillez ignora la búsqueda de su propia gloria. Sólo cuenta la gloria de Dios, lo que JM Moye llama también "los intereses de Dios".

La tercera figura de la libertad espiritual de la cual habla vuestro fundador es la Pobreza.

"Mis pobres Hermanas, pido a Dios que les inspire bien un santo afecto por la pobreza evangélica. Recuerden que el Salvador hizo de ella una bienaventuranza cuando dijo: 'Bienaventurados los pobres en espíritu'. El mismo fue pobre, pues no tenía ni una piedra en la cual descansar la cabeza."

Este desprendimiento, esta libertad de Jesús en relación con las riquezas, en relación con los bienes de este mundo, JM Moye quiso que fuera una característica de vuestras antecesoras: "Para practicar la pobreza, ustedes no tendrán sino vestidos, muebles y alimentos pobres; alimentándose como los pobres del campo, vivirán así en un gran desprendimiento de los bienes de este mundo."

En otro lugar, él agrega esta frase que me parece magnífica: "Ustedes estarán más contentas en la pobreza que los ricos en medio de la abundancia."

Esta gozosa libertad de los que no tienen nada para perder porque no tienen nada para atesorar, JM Moye la deseó para las primeras Hermanas de la Providencia. Era una manera para ellas de compartir la suerte de Cristo libre en relación con las riquezas desde su nacimiento en Belén hasta su muerte en el Gólgota.

Llego ahora a la cuarta figura de esta libertad en Espíritu que JM Moye llama Caridad.

"Las Hermanas recordarán siempre estas palabras de San Pablo: 'La caridad de Jesucristo nos apremia'."

En la lista de las virtudes fundamentales, la Caridad casi siempre se menciona de última, y en mi sentir no sin razón. Hay en efecto grandes generosidades, grandes devociones que esconden sutiles búsquedas de uno mismo. Bajo la cubierta de los demás, uno arriesga servirse a sí mismo, con el único fin de alimentar un egoísmo un tanto posesivo.

Antes pues de creernos movidos por la Caridad de Cristo, es necesario verificar primero lo que anima nuestro deseo: ¿es la búsqueda sutil de nuestra propia gloria, de nuestro propio interés, o al contrario, el espíritu del amor y de libertad que está en el corazón de Cristo?
Ninguna obra, grande o pequeña, puede escapar a este discernimiento. Mientras más vivos y más ardientes sean los deseos y la voluntad de poner la obra en práctica, deseos y voluntad que deben estar en una Congregación de vida apostólica, más hay que verificar cuál es la fuente de esta fuerza para actuar y amar.

Sólo un alma abandonada en la Providencia, es decir, liberada de la búsqueda obsesiva de las seguridades humanas, sólo un alma sencilla, es decir liberada del afán de reconocimiento social, sólo un alma pobre, es decir liberada del apego a las riquezas, a los bienes de este mundo, cualquiera sea su naturaleza, sólo esta alma puede vivir bajo los movimientos del Espíritu de Cristo.

El amor que habita el corazón de Cristo no conoce ningún apego alienante, ningún encierro en sí mismo. Jesucristo no quiso sino una cosa: hacer llegar la gloria de Dios y la salvación de la humanidad. Y es así como JM Moye comprende la Caridad a la cual él exhorta a sus primeras Hermanas: "Para practicar la caridad, ustedes consagrarán sus vidas, sus fuerzas, sus talentos, su salud, todo el ser, para procurar la gloria de Dios y la salvación de las almas."

Hablando en esta forma, JM Moye no pretende sino que la criatura humana contribuya en todas sus iniciativas a la santidad, a la plenitud, a la gloria de Dios. Procurar su gloria no es aportar cosa alguna que no tuviera él mismo y por sí mismo. Dicho esto, JM Moye asigna a vuestras antecesoras una tarea única: trabajar con todas sus fuerzas para que tanto en ellas como en la porción de humanidad que les fue confiada aparezcan e irradien siempre más la presencia y la vida misma de Jesús.

La palabra francesa 'gloria' traduce la expresión hebrea que quiere decir literalmente 'tener peso, pesar mucho'. De cierta manera, JM Moye anhelaba que sus primeras Hermanas fueran animadas por el único deseo de que Dios pesara mucho, que Dios fuera el peso en la vida de los hombres y de las mujeres a los cuales ellas fueran enviadas.

La caridad que las debe animar no se confunde con la generosidad y menos aun con un activisimo ávido de recompensa. Liberada de toda búsqueda de sí misma, la verdadera caridad sólo tiene un fin: abrir a los demás el camino de la salvación ofrecida por Dios y procurar así su gloria.

Avanzar por este camino no ocurrirá, dirá además JM Moye, sin encontrar inevitablemente la contradicción. Este es el último punto que quiero abordar.


Compartir la Suerte de Cristo Humillado

"La caridad", les dijo JM Moye a vuestras antecesoras, "debe ser el alma de vuestra conducta. Si ustedes tienen celo en procurar la gloria de Dios y la salvación de las almas, no habrá nada que no hagan, nada que no sufran por un fin tan excelente". La última frase deja entender que la verdadera caridad se identifica con el amor de Cristo por el mundo, un amor que va hasta soportar lo que JM Moye llama "las humillaciones".

Sé bien que para nuestras mentalidades modernas este lenguaje puede tener algo de provocador, de irritante incluso, en la medida en que pueda ser interpretado como el síntoma de una tendencia masoquista o dolorista, que surge más de una perturbación psíquica que de la vida espiritual.

Las palabras de JM Moye no merecen tal proceso. El nunca dijo que uno debía correr tras "las humillaciones", incluso menos que uno se debía ver por doquier y constantemente como la víctima de la gente y de las circunstancias.

En realidad cuando JM Moye invita a soportar "las humillaciones" y "la cruz", él pide más pragmáticamente acoger lo cotidiano que Dios nos da con su conjunto de pruebas, a menudo pequeñas y a veces más grandes. No hay pues que soñar con sufrimientos heroicos, con sacrificios fuera de lo común. Se trata simplemente de llegar a la aceptación voluntaria, y no simplemente tolerada, de lo que JM Moye llama "las penas de la vida presente".

Extraídos del 'Directorio', les cito aquí algunos fragmentos de lo que acabo de decir:

"En los acontecimientos difíciles no se desconcierten en lugar de murmurar deriven beneficio de todo."

"Bendecirán a Dios en todos los acontecimientos y derivarán beneficio de todo. No se desconcertarán en los accidentes, sino que en sus penas y tribulaciones se acordarán de lo que Jesucristo le dijo a San Pablo: 'Mi gracia te basta'."

"En las penas, los sufrimientos, las críticas, las contradicciones, pidan a Dios que las ilumine y traten de sacar provecho de todo lo que les ocurra."

"Al abandonar China le dije a un amigo espiritual que debíamos sacar provecho de todo, que en cada pena, sufrimiento o contradicción, en lugar de molestarnos, de desconcertarnos, de lamentarnos, deberíamos tomar esa cruz y aproximarla a la de Jesús, unirla a ella, a fin de que nos santifique con esta unión."

Con todos estos escritos, a los cuales se podrían agregar muchos más, JM Moye simplemente quiere mostrar que no se puede "procurar la gloria de Dios y la salvación de las almas" huyendo de la realidad con su dolores y oscuridades.
Lo importante, dice él, es sacarle provecho a todo.

 

Conclusión

Reconciliar la Obediencia y la Libertad

He ahí pues brevemente resumidos los elementos, en mi sentir, característicos de la experiencia espiritual de JM Moye. El legó a vuestras antecesoras ese tesoro; después de 200 años les pertenece a ustedes en propiedad.

Si hubiera que resumir en una palabra lo que hay en el centro de la experiencia espiritual de Jean-Martin Moye, yo diría que él fue animado por la convicción de que era menester reconciliar en uno mismo dos actitudes que nuestro mundo hoy a menudo considera contradictorias. JM Moye quiso reconciliar: la obediencia total a Dios y la libertad audaz.
Es necesario a la vez querer lo que se hace, es decir, hacerse libre, pero al mismo tiempo querer lo que Dios quiere, es decir, abandonarse en su Providencia. Para tener juntas estas dos exigencias, no hay otro medio que consentir al desapego de uno mismo; no hay otro medio que dejarse sin cesar tomar y soltar por Cristo, que vino a comunicarnos su Espíritu para procurar la Gloria del Padre y la salvación del mundo.

En una próxima conferencia veremos si esta experiencia espiritual legada por un hombre del siglo 18 aún puede, en los albores del siglo 21, iluminar el camino de los hombres y de las mujeres con los cuales ustedes comparten destinos en todos los lugares del mundo donde ustedes están hoy presentes.

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Conferencia pronunciada durante el Encuentro Intercongregacional Providencia
Champion, Bélgica
Junio 2000

Traducción :
S. Betancur

Medellín, Colombia


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