Las Expectativas del Mundo de Hoy

J. Orgebin, SJ

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En la primera conferencia traté de mostrar en qué sentido JM Moye comprendía las cuatro "virtudes fundamentales" que sus primeras Hermanas deberían transmitir. La práctica de estas "virtudes" no se limita sólo a la observancia de un código de buena conducta inspirado por una regla moral. Muy al contrario, se trata de dejarse animar por una fuerza, una energía, la 'virtus' del Espíritu Santo, comunicada por Cristo para rendir gloria al Padre.

Vuestro fundador, en numerosas ocasiones, invitaba a vuestras antecesoras a ser, según la expresión de San Pablo, "el buen olor de Cristo", a testimoniar una vida que tenga un sabor crístico. Pero para él este testimonio rendido a Cristo bajo la inspiración del Espíritu Santo toma una figura cuádruple. Se manifiesta por el abandono en la Providencia, la sencillez, la pobreza y la caridad.

La pregunta que quiero abordar ahora es la siguiente: este cuádruple testimonio ¿puede conjugar las expectativas de los hombres y de las mujeres de hoy? En otras palabras, la espiritualidad de la cual ustedes son las herederas, ¿conserva aún su actualidad en el mundo de hoy?

Un mundo marcado por el temor al porvenir, decía el Padre Shalück al anunciar las conferencias que él debía dar aquí.

Un mundo seducido por el afán de aparentar.

Un mundo ávido por encontrar sus seguridades en el tener.

Un mundo, en fin, en el cual el 'cada uno para sí' a menudo prevalece sobre la solidaridad.


Un Mundo Marcado por el Temor al Porvenir

El choque del futuro

Para describir la realidad de hoy a menudo se emplea la palabra 'mutación': mutación tecnológica, mutación económica, mutación cultural, mutación de las costumbres. Este lenguaje tiene quizás algo de excesivo, sobre todo si se refiere a su sentido original que viene de la biología. En biología, la palabra 'mutación' significa el salto de una especie a otra; evoca el umbral a partir del cual ya no se tiene relación con el mismo organismo.
Pero no es claro que la especie humana se esté transformando hoy hasta el punto de convertirse en otra.

Es cierto que en la hora actual vivimos cambios de todo orden que afectan profundamente las condiciones de la existencia. Desde el momento cuando una impresión prevalece, ella hace pensar que nos encontramos ante una especie de viraje en la historia, como si hoy hubiera que cambiar de época y avanzar hacia un porvenir del cual no se puede anticipar nada y que parece tan inmenso que, Alvin Tofler, un conocido autor estadinense, llegó a hablar del "choque del futuro".

¿Es esto una novedad?

¿Representa la situación de hoy una novedad tan radical que la humanidad no tiene experiencia de ella? Me permito citar aquí un texto antiguo que parece ser contrario a lo que acabo de decir. Se trata de un pasaje bien conocido del Eclesiastés, el libro que el Antiguo Testamento llama también el Qohélet. En el prólogo, a partir del versículo 4 se lee esto:

"Lo que fue, eso será; lo que se hizo, eso se hará. Nada nuevo hay bajo el sol. Si algo hay de que se diga: 'Mira, eso sí que es nuevo', aun eso ya sucedía en los siglos que nos precedieron. No hay recuerdo de los siglos antiguos, y tampoco de los siglos venideros quedará memoria en los que después vendrán."

De esta expresión un tanto desilusionada del autor del Eclesiastés se desprende a pesar de todo un mensaje que recuerda la experiencia cotidiana más banal. Pero hay sin embargo banalidades que recuerdan asuntos fundamentales. Sí, en cierto sentido "nada nuevo hay bajo el sol", porque el cambio mismo hace parte de los hechos permanentes de la existencia humana. Vivir, simplemente vivir, es dejar constantemente un pasado que no podemos retener para afrontar un porvenir que escapa a nuestro propio control. Tal es nuestra inevitable y frágil condición. Oscilamos sin cesar de los días de ayer a los de mañana, sin que podamos ejercer sobre ello influencia alguna. Aprisionado en este inexorable fluir del tiempo, el ser humano presiente confusamente que no es amo del juego. El movimiento que lo lleva de un pasado cumplido a un porvenir desconocido se sustrae a su control, a su poder.

De esta experiencia difícil de soportar nace la inquietud, incluso a veces el temor angustiado. Para exorcisar el temor de este paso, de esta pascua en el sentido bíblico del término, existen muchos medios que el ser humano a lo largo de los siglos no ha cesado de aplicar. Mencionaré tres.

Los falsos medios para exorcisar el temor al porvenir

Encerrar el porvenir en la figura del pasado

Se marcha hacia el mañana pero en retrocesos, con los ojos fijos en el ayer. Se quiere la novedad, pero a condición de que sea en todo aspecto semejante a la anterior. Esta fijación en los modelos probados, en las ideas recibidas, en los hábitos adquiridos, manifiesta el deseo más o menos conciente de retener en nuestras manos un pasado que ya no existe y encontrar en él las seguridades últimas. Esta obsesión por lo idéntico, por la repetición pura y simple, busca conjurar el temor de la novedad que desordena. Dicha obsesión se instala en la nostalgia estéril de los días de otrora.

Esta tentación ha ocurrido en todas las épocas, y los primeros hebreos, nuestros padres en la fe, la conocieron y sucumbieron a ella después de la travesía del Mar Rojo, cuando Dios los hizo cruzar el desierto (Números 11/4): "También los israelitas volvieron a sus llantos diciendo: '¿Quién nos dará carne para comer? Cómo nos acordamos del pescado que comíamos de balde en Egipto, y de los pepinos, melones, puerros, cebollas y ajos! En cambio ahora tenemos el alma seca. No hay nada de nada. Nuestros ojos no ven más que maná'."

He ahí pues revelado el fondo del corazón de Israel. Después de haber conocido la liberación de la esclavitud y la salvación de la muerte en las aguas del Mar Rojo, el pueblo se inmoviliza en los melones, en los puerros, en los pepinos, y llega pensar que el porvenir está definitivamente cerrado porque desaparecieron los bienes de ayer. "Ojalá hubiéramos muerto en la tierra de Egipto cuando nos sentábamos junto a las ollas de carne, cuando comíamos pan hasta hartarnos." (Exodo 16/2-3)

Aferrado a su pasado desaparecido, Israel se deja ganar por una desesperación mortífera que paraliza su marcha confiada hacia el porvenir feliz que Dios le había prometido.

Sumergirse en el presente

Al lado de esta actitud de aferramiento a los días de ayer como a un salvavidas, existe una segunda actitud que no tiene por el pasado ninguna de las atracciones nostálgicas de que acabo de hablar. Esta otra actitud consiste muy al contrario en sumergirse en el presente para intentar ponerse al abrigo del paso del tiempo.

Se busca en vértigos diversos, en los paraísos artificiales que cada época inventa, y la nuestra propone las suyas, la posibilidad de vivir la eternidad en el instante. Nos es asunto aquí de recoger la herencia del pasado; tampoco es asunto de recoger la novedad del porvenir. Sólo cuenta la plenitud del momento presente que se querría retener siempre con la esperanza de que dará todo, de inmediato.

Esta seducción de lo inmediato está presente en la mentalidad moderna. Es además un fenómeno que un cierto número de sociólogos han analizado. Ellos muestran cómo esta polarización en el instante presente llega a ocupar el lugar de la reflexión sobre el sentido de la existencia. Poco importa el ayer, poco importa el mañana; lo esencial es dar al hoy plenitud y densidad por todos los medios.

No concluyamos con demasiada prisa que se trata de un comportamiento completamente nuevo. En el Antiguo Testamento el viejo autor del libro de la Sabiduría habló de esta actitud inmediatista, de la cual los discursos en su época ofrecían muchos ejemplos. Cito aquí un pasaje (Sabiduría 2/1>): "Porque ellos se dicen, discurriendo desacertadamente: 'Corta es y triste nuestra vida; no hay remedio en la muerte del hombre ni se sabe de nadie que haya vuelto del Hades. Por azar llegamos a la existencia, y luego seremos como si nunca hubiéramos sido. Porque humo es el aliento de nuestra nariz, y el pensamiento una chispa del latido de nuestro corazón; al apagarse, el cuerpo se volverá ceniza, y el espíritu se desvanecerá como aire ligero. Pasará nuestra vida como rastro de nube, se disipará como niebla acosada por los rayos del sol y por su calor vencida. Paso de una sombra es el tiempo que vivimos'."

Y he aquí la conclusión: " 'Venid pues y disfrutemos de los bienes presentes, gocemos de las criaturas con el ardor de la juventud. Hartémonos de vinos exquisitos y de perfumes, no se nos pase ninguna flor primaveral, coronémonos de rosas antes de que se marchiten. Que ningún prado quede libre de nuestra orgía, dejemos por doquier constancia de nuestro regocijo; que nuestra parte es ésta, ésta es nuestra herencia'."

Escrito cerca de un siglo antes de Jesucristo, este texto milenario no se ha envejecido. La huida en el regocijo ciego del instante presente conserva aún hoy su poder de seducción cuando el porvenir se vuelve lo desconocido de lo cual ya nada se quiere esperar.

Pretender conquistar el futuro

A esta segunda actitud se agrega una tercera más emprendedora, pero no menos ambigua. Se encuentra en aquellos que forzando la incertidumbre del porvenir quieren dominarlo cueste lo que cueste. Para estos conquistadores del futuro el curso del tiempo es programable. Se le pueden imponer leyes. No se trata tampoco aquí de apoyarse en los modelos del pasado, ni de huir al máximo del instante presente. Es necesario echar para adelante, depositando toda la confianza en los proyectos que se han elaborado. El mañana me pertenece porque su orientación no escapa a mi poder. Identifico mi vida con la realización de objetivos que me he fijado. Esta voluntad apasionada de construir el futuro termina por ocultar la necesidad de acoger el inasible porvenir. Pero lo sabemos bien, todos los medios de la previsión, todos los cálculos, todas las audacias de la prospectiva no impedirán jamás la irrupción de lo imprevisible. Uno no exorcisa el temor al mañana aferrándose a la realización de sus propios proyectos.

Así, ni los conquistadores del futuro, ni los obsesionados con lo idéntico, ni los prisioneros de lo inmediato abren un camino seguro para liberar al ser humano de su angustia. Se podrá repetir que mañana reproducirá el ayer, que el mañana tomará la figura de nuestros sueños, o incluso que nada cuenta fuera del instante presente, pero cada uno sabe que vive perpetuamente en tránsito entre un pasado desaparecido y un porvenir no dominable.

Entonces, ¿hay que concluir que no queda más que vivir esperando que 'ocurra lo mejor', como lo proponen tantos discursos de hoy? Contrariamente a este repliegue resignado y servil hay otra respuesta que JM Moye confió a vuestras antecesoras. Ella no ha perdido nada de su actualidad.


La confianza en Dios libera del temor al porvenir

Para vuestro fundador la confianza en Dios, el abandono sin reserva en la Providencia libera del temor al porvenir. En esta perspectiva JM Moye retoma constantemente las palabras de Jesús a sus discípulos: "No teman". Entendamos bien; estas palabras no se dirigen a seres invulnerables, se dirigen a seres que tienen temor, a veces hasta un grado trágico.
Esa no es su falta pues no hace parte de la criatura ignorar el temor. A cambio le es ofrecida la gracia de creer que ella no está sola para vencerlo. Oculto en lo desconocido del porvenir, alguien está allí que me llama a vivir. Hago parte de una humanidad con la cual Dios quiso hacer alianza. Dios es fiel. El no renunciará a su designio. No rehusará la comunión con aquel al cual le hizo promesa.

He ahí el mensaje que JM Moye entendió y que quiso entregar a vuestras antecesoras. Hay una palabra del Evangelio que se repite en sus escritos como un leitmotiv: "No se inquieten por el mañana, dijo Jesús, el mañana se inquieta de sí mismo. A cada día le basta su pena. Busquen primero el Reino y su justicia."

Esta vida que busca con prioridad el Reino no se identifica con ningún modelo del pasado, con ninguna figura del porvenir. Ella no afirma ni el conservatismo de los que quieren permanecer en los días de otra vez, ni el progresismo de quienes anhelan absolutizar sus proyectos y sus sueños. Esta vida deseada del Reino está para recibir cada día de Aquel que conoce todas nuestras necesidades.

Les recuerdo algunos textos entre muchos otros de JM Moye para sus Hermanas: "Si se abandonan en la Providencia, si se abandonan con confianza, con una confianza total y sin reserva, estén persuadidas de que El no les faltará nunca." "Siempre tengo confianza en Dios para ustedes y para mí. No, mis queridas Hermanas; Dios no nos faltará si nuestra confianza en El no nos falta. El no nos abandonará si nosotros no lo abandonamos primero." "Créanme, es siempre provechoso para el alma estar en manos de Dios, dependiendo únicamente de El, abandonados a su divina Providencia, pues entonces se tiene recurso constante a él."

Una vez más, repitámoslo, este abandono en la Providencia, esta confianza en Dios no es una virtud que se da por sí misma: para JM Moye es una fuerza que viene del Espíritu. Una fuerza para pedir y acoger sin cesar. El abandono no nos libera por nuestros propios medios del temor al porvenir. Sólo el Espíritu Santo comunicado por Cristo nos da la audacia de ponernos sin reserva en manos del Padre y de encontrar allí, y allí solamente, una paz más fuerte que todas las inseguridades originadas en las turbulencias del mundo de hoy.

Un Mundo Seducido por el Afán de Aparentar

Llego aquí al segundo fenómeno que anuncié al comenzar. Este fenómeno caracteriza a nuestras sociedades modernas, al menos en los países llamados 'desarrollados', en los cuales domina la ley de lo espectacular. En ellos, parecería, para existir hay que aparentar.

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El crecimiento económico, para citar sólo un ejemplo, juega con esta tendencia. Hay que consumir siempre más para acceder a los objetos, es decir a los cacharros que le permiten a cada uno distinguirse de los demás. En esta lógica, la desigualdad social no es simplemente un hecho, es también un imperativo económico. La diferencia crea la demanda. Los individuos situados abajo en la escala quieren acceder a los bienes reservados a la gente del nivel superior, pero para no dejarse sobrepasar, estos últimos buscan bienes nuevos que mantendrán la diferencia.
Cuando todo el mundo anda en bicicleta, uno se distinguirá viajando en automóvil. Cuando el auto se vuelve medio corriente de locomoción, se piloteará un avión. Cuando esta forma de transporte haya perdido su originalidad, se retomará la bicicleta para no hacer como todo el mundo.
El verdadero problema de nuestras sociedades es hacer crecer la demanda, es decir, asegurarse de que la demanda de objetos, signo de diferencia social, se va a renovar bien. Se trata de una especie de mecanismo en espiral: cuando un signo se vuelve el privilegio de todos, es necesario crear otros.
Todo proceso de reducción de las desigualdades, todo proceso de democratización tiene simplemente por efecto conducir al grado cero el conjunto de la gente. Pero también tiene por efecto provocar, para distinguirse, la búsqueda de un atributo nuevo, de un signo nuevo en relación con el cual el proceso va a recomenzar.

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Esta polarización en el 'parecer' también tiene otro efecto: priva de sustancia la comunicación verdadera entre la gente.
Lo importante no es decir lo que se piensa sino crear choque para seducir al interlocutor, para hacerse valer. Muchos discursos públicos, muchas 'mesas redondas' televisadas surgen de esta puesta en escena de lo espectacular.
¿Dónde están en nuestras sociedades los lugares donde la palabra es libre, auténtica, permitiendo a cada uno entregarse, revelarse tal como es, sin vigilar ansiosamente los efectos de su discurso? ¿Dónde están en nuestras sociedades los lugares donde la gente acepta exponerse, decirse lo que es, sin rodeos ni temor?

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Es en este contexto como comprendemos hoy la palabra de JM Moye exhortando a vuestras antecesoras a la sencillez, a ser almas sencillas, es decir, en el sentido etimológico del término, a ser almas sin pliegues, sin repliegues, sin falsos pliegues. Yo no soy muy hábil para planchar pero cada uno sabe que para borrar los falsos pliegues de un tejido de chifón es necesario utilizar una plancha caliente.
Y bien, para JM Moye es el fuego del Espíritu Santo el que hace borrar los falsos pliegues, los repliegues de nuestras almas; es el fuego del Espíritu el que da esta sencillez; es el fuego del Espíritu el que libera de la concentración en uno mismo.
Dice JM Moye: "Hay dos clases de sencillez. Una es interior, y busca complacer a Dios sin preocuparse por lo que pensarán los hombres, sin ningún interés por uno mismo. La otra es exterior, y consiste en maneras y palabras sin artificio ni afectación."

Prosiguiendo en la misma línea, JM Moye pone en guardia contra dos actitudes que son lo contrario de la verdadera sencillez: él llama a la una "duplicidad" y a la otra "mundanidad".
Se cede a la mundanidad, dice él, cuando "no se busca a Dios sino en apariencia, cuando uno se busca a sí mismo más que a Dios". Se cede a la mundanidad cuando "se ama lo que el mundo ama, cuando se estima lo que el mundo estima, es decir los honores, las riquezas, los placeres, cuando uno es presa de esas vanidades".

Comprendamos bien: vuestro fundador nunca dice que es necesario ignorar los efectos, las consecuencias sobre otro de nuestras palabras o de nuestros actos. Pero no hay que ser de tal forma dependientes de la estima de los otros, tan ansiosos de recibir sus elogios, sus aplausos, que se termina por hacer de ello un absoluto al cual todo debe se sacrificado.

La sencillez enseña a no dejarse embriagar por el éxito, ni a descorazonarse por los fracasos. Sólo cuenta el deseo de decir y de cumplir lo que Dios quiere, quedando libres con relación a los 'dictados' del mundo ambiente. Cada época asume los efectos de estos dictados y la nuestra no escapa a la regla. En este sentido la sencillez, tal como la entiende JM Moye, no es una virtud pasada de moda, es al contrario un don del Espíritu Santo para pedir y recibir.

 

Un Mundo Ávido de Depositar sus Seguridades en el Tener

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Llego a la tercera característica de nuestras sociedades modernas.

El Padre Shalück decía en el anuncio de estas conferencias, que nuestras sociedades son "plurales". Ellas lo son, ciertamente, en muchos aspectos. Pero esta pluralidad se manifiesta en particular en la distancia entre los ricos y los pobres. Esto se verifica también entre los países y los continentes de nuestro planeta.

Les decía hace un momento que el mundo exterior exalta de tal manera el 'aparentar' que se convierte por así decir en el objetivo de la vida. Pero para aparentar es necesario tener. La polarización en el aparentar va a la par con la polarización en el tener. Es en la posesión de bienes como se pretende encontrar los apoyos últimos y las seguridades últimas, es decir, en otros términos, la felicidad.

Pero si vivir es en última instancia entrar en el movimiento indefinido de la posesión de cosas, los que permanecen al margen de este movimiento arriesgan considerar esta exclusión como una verdadera pérdida de la identidad, una suerte de condenación a la inexistencia. En estas condiciones la revuelta agresiva con su cortejo de violencia se convierte en una especie de reacción de supervivencia, en un antídoto para las frustraciones acumuladas. Inútil insistir sobre este punto que verifican cotidianamente los títulos de los diarios. Si hoy la delincuencia pesa más que la muerte, esto no carece de razón. Para robar se corre el riesgo de matar o de ser matado, porque al fin de cuentas el valor importante no es ya la vida sino la cosa de la que se despoja a los otros para apropiársela. La identificación entre vivir y tener alcanza en este caso su perversión suprema, y nuestras sociedades hoy no están al abrigo de esta perversión.

Evoco aquí una situación límite pero ella muestra hasta donde se puede llegar cuando prevalece la idolatría de la riqueza que exacerba la frustración de ser excluido del reparto. Para ir en contravía de estas tendencias mortíferas nuestras sociedades hoy tienen necesidad de testimonios que le den a la felicidad otra imagen y a la vida otro sentido.

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Por esta razón el testimonio de los hombres y de las mujeres libres de la esclavitud del tener conserva toda su importancia, toda su pertinencia en el mundo moderno.

Al proponer a vuestras antecesoras la pobreza como una de las cuatro virtudes fundamentales para recibir y hacer fructificar, JM Moye vio una actitud espiritual que tiene valor permanente, incluso si las condiciones de vida del siglo 18 no son las mismas del presente.

El les dice a sus Hermanas: "Pido a Dios que nos quiera inspirar un santo afecto por la pobreza evangélica. Recuerden que el Salvador fue pobre pues no tenía donde descansar la cabeza. El hizo de la pobreza una bienaventuranza cuando dijo en el Evangelio 'Bienaventurados los pobres en espíritu'."

Comprendamos bien, Jesús nunca beatifica la miseria pidiendo a sus víctimas soportarla esperando días mejores. El dice que los pobres son bienaventurados porque él llama a seguirlo a discípulos que tendrán la misión de arrancar a los miserables de su miseria. Pero para que ello sea así hay que responder al llamado de hombres y de mujeres que han escogido ellos mismos ser pobres de corazón.

"Amen la pobreza del Salvador, hónrenla imitándola." "No tendrán sino lo necesario para subsistir pobremente. No apegarán su corazón a nada, a fin de comprometerse más eficazmente con esta virtud de pobreza que les debe ser tanto más cara cuanto que ella es menos conocida del mundo pues se la teme y se huye de ella por doquier."

La primera ilustración concreta de esta pobreza aceptada por vuestras antecesoras, nos fue dada, ustedes lo saben, por el ejemplo de Marguerite Lecomte, una de las primeras Hermanas de la Providencia. Llegada al pobre caserío de Vigy, desprovista de todo, no encontró para dormir sino un porqueriza abandonada. Haciendo memoria del acontecimiento muchos años después, ella decía: "Yo estaba en mi fortín, feliz y contenta. Yo era verdaderamente como un grano de mostaza".

He ahí los orígenes. Ellos son testimonio de la paradojal riqueza de la pobreza, de la sobreabundante fecundidad de la renuncia aceptada de corazón. Ustedes son, en los albores del siglo 21, las herederas de esa gracia de los comienzos.

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Me queda, para la tercera conferencia, la reflexión sobre la cuarta virtud fundamental, la Caridad, que con las otras tres virtudes mencionadas esta mañana da a vuestro carisma su figura específica, vuestra manera de recibir de Cristo la gracia del Espíritu para rendir gloria al Padre y actuar por la salvación del mundo de este tiempo y de todos los tiempos.

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Conferencia pronunciada durante el Encuentro Intercongregacional Providencia
Champion, Bélgica
Junio 2000

Traducción :
S. Betancur

Medellín, Colombia


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