La Caridad
J. Orgebin, SJ
_____
En la conferencia anterior traté
de describir, de manera sucinta, algunas de las características
de nuestras sociedades modernas, ávidas de conjurar el
temor al porvenir, a menudo tentadas a polarizarse en el 'aparentar'
y en el 'tener'.
Avanzar por este camino, lo vimos, es dejarse seducir por la
apariencia del bien, en lugar de buscar el verdadero bien, constructor
de una vida verdaderamente humana.
Al encuentro de estas actitudes, JM Moye recibió del Señor
la gracia de seguir y de proponer otro camino: el del abandono
en la Providencia, la sencillez y la pobreza. Ustedes son las
herederas de esta gracia, de este carisma que está en
ustedes por obra del Espíritu de Cristo.
En esta tercera conferencia quisiera hablar de la cuarta virtud
fundamental que orienta la misión confiada desde el origen
de las Hermanas de la Providencia. JM Moye la llama, ustedes
saben, Caridad.
Tomada en su generalidad, la caridad no es un don del Espíritu,
un don del cual algunos cristianos o algunas congregaciones tendrían
por así decir el monopolio. Pero el ejercicio de la caridad
originada en una fuente única toma diversas formas según
la diversidad de las vocaciones.
Los temas que quiero abordar ahora son los siguientes: ¿A
qué forma de caridad exhortó JM Moye a vuestras
antecesoras?, y ¿Esta misión tiene aún sentido
en el mundo de hoy?
Reconozcamos de entrada que en nuestras sociedades modernas,
bajo el efecto de una urbanización creciente, triunfa
más y más la ley de 'cada quien para sí
mismo'. El anonimato de los grandes conjuntos tiene tendencia
a replegar a la gente en pequeños islotes, en los cuales
se refugia para vivir y a veces para sobrevivir.
Como decía hace algunos años un autor estadinense,
"la multitud crece pero es solitaria". La ayuda mutua
se vuelve rara, los lazos de solidaridad se distienden. Ciertamente
JM Moye vivió en otro tiempo, pero lo que él dijo
del amor dado gratuitamente, lo que él dijo de la solidaridad
entre los seres, sin emplear esta palabra ignorada por el vocabulario
religioso de su época, sí, lo que él dijo
de la solidaridad hoy proclamada por tantas voces y esperada
por tanta gente, responde a los anhelos de nuestro tiempo.
La Solidaridad
para Juan Martín Moye
Un poco de historia: Unirse a los
pobres
Como ustedes saben, cuando JM Moye era vicario en la parroquia
de St Victor en Metz recibió del Señor la intuición
de que debía buscar mujeres jóvenes listas a dirigirse
a las aldeas perdidas de su diócesis, donde, dijo él,
"la gente vive con los animales".
En su época, él no conocía aún el
nombre que les daría a esas jóvenes. Como él
las destinaba para dedicarse a la educación de los niños,
pensó en llamarlas 'Hermanas del Niño Jesús'.
Pero los aldeanos, viendo la dedicación de aquellas enviadas
del cielo, escogieron ellos mismos el nombre que habría
de perdurar. Ellos las llamaron "Hermanas de la Providencia".
Con este nombre los pobres habitantes del campo lorenés
admitían que la Providencia de Dios no los había
abandonado a su triste suerte, sino que había venido a
ellos por intermedio de las mujeres llegadas a sus aldeas, casi
sin equipaje y sin dinero.
A través de ellas, las poblaciones ignoradas por los poderosos
de este mundo, tomaban conciencia de que la bondad de Dios no
era selectiva. Todo ser creado a su imagen es digno de ser amado
por su Creador, cualquiera sea su infortunio humano. La misión
confiada por JM Moye a sus primeras hijas espirituales no tuvo
otro fin. Se trataba de testimoniar que el amor procedente del
corazón de Dios y comunicado a las Hermanas enviadas a
las aldeas, podría regocijar el corazón de los
más pobres.
Todos fueron llamados a hacerse solidarios en el amor recibido
de la Providencia. Los primeros beneficiarios de esta buena nueva
fueron los niños, pero en muchas ocasiones JM Moye dirá
que la presencia de las Hermanas junto a los más jóvenes
debe también producir sus efectos en toda la comunidad
aldeana. Ellas tienen vocación de ser para todos las reveladoras
activas y emprendedoras de la Providencia de Dios.
La Providencia, reconocida por sus
efectos, orienta la verdadera solidaridad
Para darse cuenta de qué manera la solidaridad de la cual
hablamos hoy se inscribe en el pensamiento de JM Moye, es necesario,
creo, partir de lo que él mismo dice de la Providencia.
La Providencia se revela a partir de sus efectos concretos y
yo tomaré tres:
La Providencia tiene sobre este mundo designios de bondad y misericordia
Ella secunda todas nuestras acciones
Ella no está aprisionada en ninguna frontera
La bondad y la misericordia de la Providencia
Dice JM Moye: "la Providencia tiene designios de bondad
y misericordia". Comprendida en esta perspectiva, la promoción
de la solidaridad exige primero purificar nuestra propia vida.
Hay ojos que no ven nada, a imagen del rico del Evangelio, tan
encerrado en su suficiencia que no había visto al pobre
Lázaro tendido ante su puerta. Hay ojos que ven todo en
negro, tan fijos en lo que anda mal que nada mejor es posible.
Queda sólo el encierro estéril en el denigramiento
amargo que no construye nada.
Para JM Moye, Dios no tiene la vista nublada. El contempla a
este mundo. A todos los pueblos, a todos los individuos él
los mira. Pero su vista no es negra. Está marcada por
la bondad y la misericordia. Ver el mundo como Dios lo ve, es
el primer paso hacia la solidaridad.
Y la vista misericordiosa de Dios no tiene excepción.
Ella se extiende hasta los últimos, hasta los más
pequeños, "que son sus hermanos", dirá
el Evangelio en la escena del Juicio Final. Dios no conoce lo
que JM Moye llama "el mal espíritu del cuerpo".
Dice él: "Hay un mal espíritu del cuerpo cuando
se envidia, cuando se critica, cuando se desprecia a los que
no son de nuestro grupo. Ese es el peligro de las cofradías."
(Se podría agregar, ese es el peligro de las grandes corporaciones,
que en una sociedad ignoran el bien de todos para defender los
intereses de algunos.) Y continúa: "Cuando se tiene
una verdadera caridad se ama, se pregona el bien dondequiera
se encuentre, sin distinción de grupos ni exclusión
de ninguno."
Si es necesario hacer un paralelo evangélico con las palabras
de JM Moye, se podría citar la parábola de los
cultivadores de vid que se coaligan contra los enviados del dueño
de la viña, a quienes matan uno tras otro antes de dirigirse
al hijo del dueño, para el cual deciden solidariamente
la muerte a fin de quedarse con su herencia. Hay pues falsas
solidaridades que matan y espíritus gremiales que dividen.
La verdadera solidaridad, al contrario, se inspira en un amor
igual para todos, con miras al bien de todos. La solidaridad
no se puede promover sino teniendo por este mundo, como Dios,
"designios de bondad y de misericordia".
Bien entendida, esta mirada de ternura y de compasión
sería vana si no condujera concretamente a actuar. Por
esta razón JM Moye habla de las obras de misericordia
confiadas a la caridad ingeniosa de sus Hermanas.
Dice él: "La caridad vuela, nada la detiene, es ingeniosa.
Cuando encuentra obstáculos de un lado, se dirige al otro.
Hace todo a todos y se acomoda a todo."
Para JM Moye esta ingeniosidad del amor toma formas múltiples,
en el primer rango de las cuales él sitúa la educación
de los niños, porque de la formación humana y espiritual
recibida en la juventud, dice él, "depende toda la
vida". Esto explica la importancia que él le concede
a la Escuela en general, pero más particularmente a las
escuelas que él quiere implantar en los lugares más
abandonados, pues ninguna criatura de Dios puede ser frustrada
del derecho de crecer humana y espiritualmente, ni siquiera la
más pobre, ni siquiera la última de todas.
A este respecto se puede citar la bella recomendación
que él dirige a sus futuras institutrices: "Tendrán
un celo, una caridad igual con todos los niños, sin dejarse
llevar por el disgusto natural que algunos les podrían
inspirar. Al contrario, se dedicarán más a aquellos
que no tienen nada de atractivos, que tienen la cabeza dura,
maneras y aspecto desagraciados, o que son pobres, mal vestidos,
torpes, porque ellos son los que dan más fruto; me refiero
a frutos sobrenaturales. Pues Dios a menudo escoge a los débiles,
a los rechazados del mundo, para hacer de ellos piezas escogidas
(Corintios I 27-28)". Se encuentra ahí una constante
del pensamiento de J M Moye. Para él es imposible desinteresarse
de "los más débiles, de los menos atractivos",
pues ellos ocupan un lugar escogido en el corazón de Dios.
Dicho esto, la prioridad acordada a la juventud nunca limitó
el campo de acción confiado a las primeras Hermanas de
la Providencia. La ternura y la misericordia de Dios, de las
cuales ellas deben ser las mensajeras y las servidoras, no están
reservadas a los niños. Dice él: "Ejercerán
las obras de misericordia, tanto espirituales como corporales,
con todo el mundo." Entendamos aquí: con todas las
personas en medio de las cuales ustedes se encuentren.
Esta referencia conjunta a las obras espirituales y corporales
deja entender que no se puede llamar discípulo de Jesús,
que no se puede anunciar el Dios de Jesucristo, sin hacer todo
lo posible por aligerar el peso de las miserias, físicas
o morales, que sufre el prójimo, cualquiera este sea.
El evangelio de Mateo, en el capítulo 25 dice eso precisamente:
" 'Venid benditos de mi Padre, dirá el Hijo del hombre
el día del juicio, pues tuve hambre, tuve sed, estuve
desnudo, fui un extranjero, estuve enfermo, en prisión,
y viniste a mí'. Entonces los justos responderán:
'¿Cuándo podremos verte?', y el Rey responderá:
'Lo que hicisteis a uno de mis pequeños que son mis hermanos,
fue a mí a quien lo hicisteis'."
Así, todo gesto que aligere el sufrimiento humano, todo
gesto que lo humanice, regocija el corazón de Dios. Pero
el gesto tiene otro efecto: ayuda a descubrir que la bondad y
la misericordia de Dios hacia los desheredados, los despreciados,
los ignorados, se manifiesta siempre a través de aquellos
y aquellas que son su Providencia en este mundo.
Como dijeron los Padres de la Iglesia a las primeras comunidades
cristianas: "Nosotros somos las manos y los brazos de la
Providencia de Dios."
Aunque JM Moye no empleó en sus escritos esta bella fórmula
de los primeros Padres, pienso que ella concuerda con su pensamiento,
y para darles una imagen de ella les cito una pequeña
parábola en la que se inspiró recientemente en
un artículo una periodista de la revista 'Panorama Cristiano'
(No. 338, p. 20). He aquí lo que ella dijo: "Un hombre
vio un día en la calle a una mujer sin trabajo, sin familia,
sin pan y sin techo. Entonces entró en cólera y
le preguntó a Dios: '¿Por qué permites esto?
¿Por qué no haces nada?' Y Dios le respondió:
'Efectivamente hice algo contra la injusticia y la miseria, te
hice a ti'."
Y bien, esta pequeña parábola me hizo pensar en
las primeras Hermanas de JM Moye. Para luchar contra la injusticia
y la miseria, "Dios las hizo a ellas". El las envió
para poner en práctica su bondad y su misericordia allí
donde reina la miseria. Ellas fueron "las manos y los brazos
de la Providencia de Dios".
La Providencia secunda todas nuestras acciones
La Providencia, en el sentido como la entiende JM Moye, no es solamente "bondad y misericordia". El dice también que ella "secunda todos nuestros actos". Si sus primeras Hermanas fueron los brazos de la Providencia para los pobres de sus aldeas perdidas, no fue porque ellas hicieron todo, dejándolos beneficiar pasivamente de su sostén y de sus beneficios. A la manera de Dios, "ellas secundaron sus acciones". Ellas les ayudaron a actuar por sí mismos en lugar de actuar por ellos. Ellas les enseñaron a ponerse de pie, a convertirse en actores de su propia historia, en lugar de soportar la anestesia de una caridad condescendiente que ayuda sin hacer crecer.
Dicho en otros términos, las Hermanas que JM Moye quiso escoger no fueron patronas piadosas pues la Providencia de Dios, de la cual ellas eran las manos y los brazos, libera la libertad de los demás de las cadenas que los someten. Ella libera de la sumisión a la fatalidad de un destino sin salida para que cada ser humano aprenda a reasumir por sí mismo su vida diaria. Ella libera del temor de emprender algo para suscitar la iniciativa creadora dándole su justa orientación.
Una solidaridad de sentido único que transformaría a los pobres, a los desposeídos en receptores de ayuda pasivos, una solidaridad que se identificara por su propia acción en lugar de secundarla, no puede de manera alguna encontrar su justificación y su fundamento en el pensamiento de JM Moye. Para él la Providencia no hace todo, ella sola. Ella "secunda".
Aquellos y aquellos que son sus manos y sus brazos no hacen todo. Ellos secundan a su vez la acción de aquellos que deben reaprender a levantarse y a andar.
Agreguemos que esta manera de "secundar" en el sentido como la entiende JM Moye desarrolla necesariamente una solidaridad hecha de interdependencia. Ayudar a los demás a ponerse de pie, a volver a tomar confianza en sí mismos, es hacer nacer el bienestar de ser útiles para los demás. Es permitirles descubrir que ellos no son perpetuos receptores que no tienen nada para dar a cambio.
La verdadera solidaridad implica que todo el mundo depende de todo el mundo, en él comprendido hasta el más humilde, el último de los últimos. Hay una riqueza para recibir de quienes tienen poco, o que a veces incluso no tienen nada. Su presencia enseña a invertir todas las escalas de valor que dan prioridad al tener, al poder, y al saber, hasta el punto de hacer de ellos ídolos tan a menudo adorados. Ninguna época escapa a su influencia, ni la nuestra, ni la de JM Moye. A esta idolatría él la llama "espíritu del mundo": "Se tiene el espíritu del mundo cuando se estima lo que el mundo estima, es decir, los honores, las riquezas, los placeres; se tiene el espíritu del mundo cuando uno es animado por esas vanidades."
Para JM Moye dirigirse a las aldeas más abandonadas, como hicieron las primeras Hermanas de la Providencia, trabajar para aligerar a los pobres del peso de su miseria, de su ignorancia, del desprecio, es recibir por ellos la liberación del espíritu del mundo, es identificarse, gracias a ellos, con Cristo pobre y humillado que, dijo él, "no tenía una piedra donde descansar la cabeza".
Se podría decir que toda solidaridad se enriquece en la interdependencia. JM Moye no emplea esta palabra del vocabulario de hoy. Pero sus escritos le dan el verdadero sentido. "Secundar la acción" de los pobres para que ellos se pongan de nuevo en camino es sin duda ayudarlos a crecer, pero es también darles la oportunidad de enriquecernos con lo que ellos aportan.
La Providencia no está aprisionada en ninguna frontera
Llego aquí a la tercera característica de la Providencia, al sentido como la entiende JM Moye. Para él la Providencia de Dios no está encerrada en ninguna frontera. También para ser de ella las manos y los brazos hay que aceptar franquear todas las barreras, ya sean geográficas, sociológicas, culturales o de cualquiera otra naturaleza.
Pero unirse al otro en su diferencia, es siempre consentir a desinstalarse, a dejar la casa de uno, sus maneras habituales de ver, para partir al encuentro de lo inesperado con la convicción de que "Dios jamás faltará", como lo dice JM Moye.
El no concluye de ello sin embargo que la salida de un ambiente familiar, para aventurarse en tierras extrañas, sea cosa fácil. El lo dijo a sus primeras Hermanas: "Cuando ustedes se encuentren en una aldea pobre y desconocida como en una tierra extranjera, es de temer que en ese estado sean tentadas a dejar su puesto para regresar al lugar donde vivían antes Lo que allí amaban, lo que allí veían, se les presentará al espíritu con encantos tanto más atractivos cuanto más enojosa se les haga la soledad."
Y agrega, haciendo alusión al tentador: "El se esforzará por persuadirlas de que en la ciudad donde ustedes hacían tal o cual buena obra, vale más que las obras que hacen en la actualidad. El las persuadirá de que no hay fruto para recoger en el campo."
Al releer la historia de las Hermanas de la Providencia no se puede decir que la tentación de que habla JM Moye las haya afectado, si acaso pudo ocurrir. Una de las primeras Hermanas, Marguerite Lecomte, para citarla sólo a ella, consintió dejar la ciudad de Metz donde trabajaba, donde tenía sus costumbres, sus relaciones, para ir a perderse en el fondo de una aldea de la cual ignoraba todo, donde no tenía ni siquiera un techo bajo el cual recogerse. Ella se hizo solidaria con un pueblo que no era su pueblo, con un medio que no era su medio, una aldea que no era su aldea. Ella inauguró un camino que, al correr el tiempo, debía conducir mucho más lejos aun a las otras Hermanas de la Providencia.
De la misma manera, JM Moye, después de 14 años de ministerio en la diócesis de Metz, después de la puesta en obra de un proyecto que tenía en el corazón, dejó a Lorena y a las Hermanas que él había escogido para ofrecerse para la misión de la Iglesia en China. En una carta del 19 de junio de 1773, enviada de Sichuan, escribe a sus Hermanas de Francia:
"Ustedes se pueden imaginar que para llegar hasta aquí corrí muchos peligros y sufrí muchas penas, y que en el presente, en medio de paganos, no estoy demasiado cómodo. Sin embargo, por este abandono en la Providencia, estoy, gracias a Dios, tan tranquilo como si estuviera en medio de mi familia." Y agrega: "Pues uno es libre y está tranquilo cuando no tiene más que lo que Dios quiere."
JM Moye partió al encuentro de un mundo que no era el suyo. Se hizo solidario con una tierra que no era la suya. Pero en esta experiencia, la Providencia que no conoce divisiones ni fronteras no lo abandonó. Desprendido de todo, encontró la verdadera libertad. Estaba en otro lugar pero se sentía como en su casa.
Su ejemplo será tan luminoso que, algunos años después, jóvenes nacidas en la provincia de Sichuan se llamarán ellas también las hijas espirituales de JM Moye. Este sacerdote llegado de Europa fue el instrumento de Dios para que aquellas "Vírgenes Chinas", como se las llamaba, llegaran a ser en tierra china, "los brazos y las manos de la Providencia de Dios".
Cito aquí un fragmento de una carta que ellas dirigieron a sus Hermanas de Francia en 1783, la víspera de la fiesta de la Visitación:
"Considerando que estamos alejadas de ustedes en cuerpo, queremos estar unidas de corazón; queremos disfrutar de la posesión de Dios con ustedes; queremos estar asociadas a ustedes por siempre en el cielo para agradecer a Dios toda la eternidad."
Así, un mismo espíritu, un mismo corazón, una misma alma, unían a aquellas vírgenes chinas del siglo 18 con sus compañeras de Europa. Unas y otras testimonian que la verdadera solidaridad no se detiene en los límites de nuestros horizontes familiares. La Providencia de Dios da la audacia para franquear todas las fronteras.
En los decenios siguientes otras Hermanas de la Providencia continuaron en Asia la obra emprendida por sus antecesoras, pues en 1785 y 1786 se las encuentra en Manchuria y en los territorios antes llamados Indochina. Y al comenzar el siglo 19 esta expansión a través de las fronteras continuará hasta el siglo 20.
Hoy las herederas espirituales de JM Moye, todas las congregaciones mezcladas, se encuentran presentes en todos los continentes del planeta, atestiguando así que nuestro mundo tiene vocación para convertirse en una comunión de pueblos, enriquecida - no debilitada - con la diferencia de culturas, de civilizaciones, de modos de vida propios a cada nación.
Conclusión
La caridad de que habla JM Moye, la caridad generadora de solidaridad entre los hombres y los pueblos no es auténtica sino cuando es obra del Espíritu. Ya lo vimos: las cuatro virtudes fundamentales de que habla vuestro fundador revelan el dinamismo liberador del Espíritu Santo en nuestras vidas.
Pero para dejarnos acoger por ese dinamismo, es necesario siempre tomar y volver a tomar el camino de la oración. Dice JM Moye: "La caridad espiritual es orar." "Sin la oración, todo lo que ustedes digan, todo lo que hagan, será inútil. Es de fe que no podemos nada por nosotros y para los otros sin los auxilios de la gracia, y el medio de obtenerla es la oración."
Como lo dijo San Pablo en la primera epístola a los Corintios (3/7) "ni el que planta es algo, ni el que riega, sino Dios que hace crecer".
También para vuestro fundador las acciones para llevar algo a cabo, las iniciativas para emprender algo, no encuentran su justa orientación sino en el encuentro con el Señor a través de la oración. "Estén persuadidas de que si no son fieles a la oración, las acciones exteriores tendrán poco éxito y darán pocos frutos, a pesar de las bellas apariencias."
Para calificar esta oración JM Moye la describe como "un comercio espiritual entre Dios y el alma, mediante el cual Dios se comunica con el alma y el alma se une a Dios". El dice también, "la oración es el medio de entrar en un santo comercio con Dios".
Desde luego esta palabra 'comercio', empleada aquí, pertenece al vocabulario del siglo 18.
Ella no evoca del todo la idea de una transacción comercial en la que el vendedor y el comprador obedecen a la ley del 'dar y recibir', o sea, no dar sino con la condición de recibir algo en intercambio. Nuestra oración no nos da derecho alguno sobre Dios, sino que ella ayuda a entrar en comunión con el Señor escuchándolo, hablándole.
El "comercio", en el sentido como lo entiende JM Moye, expresa el encuentro íntimo de dos amores: el que viene de Dios y el que nos lleva a El.
La oración fue la fuente de la experiencia espiritual de JM Moye. Fue ella la que animó la fuerza de actuar y de emprender. Fue en ella donde vuestras antecesoras encontraron ese poder, esa energía de que habla Cristo antes de su Ascensión. Dijo él a sus discípulos:
"Van a recibir una energía, un poder, el del Espíritu, y ustedes serán mis testigos hasta los confines de la tierra."
"Los confines de la tierra" están representados en la asamblea reunida aquí hoy. Vuestra presencia da una figura concreta a la palabra de Jesús. Pero el testimonio rendido a Cristo siempre tiene necesidad de alimentarse en la oración. Esto es cierto en todo tiempo, pero más aún en una época en que la vida religiosa se debe exponer a la rudeza de un mundo surcado por la duda, el sufrimiento y la pobreza, un mundo en el que hay que afrontar la contradicción y la contestación, un mundo que tiene sed de esperanza y de vida, pero que no sabe siempre qué nombre darle a esta esperanza y a esta vida de búsqueda.
La oración, en ese mundo y para ese mundo, fue siempre la fuente de la misión de JM Moye y de vuestras predececesoras. Pero ¿cuál forma concreta tomó esta oración recomendada a Hermanas que no viven tras los muros de un claustro sino que son, dice vuestro fundador, "religiosas de afuera, tan débiles, tan expuestas"?
Es a esta cuestión a la que trataré de responder en nuestra próxima conferencia.
________
Conferencia pronunciada durante el Encuentro Intercongregacional Providencia
Champion, Bélgica
Junio 2000
Traducción :
S. Betancur
Medellín, Colombia