La
Oración
J. Orgebin, SJ
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Al terminar nuestra conferencia previa
yo recordaba el lugar que tuvo la oración en la experiencia
espiritual de JM Moye. El testimonio rendido a Cristo hasta en
los confines de la tierra, el testimonio que Jesús confía
a sus discípulos, siempre ha tenido necesidad de readquirir
fuerza en la oración. Ella no es un elemento entre otros
de la misión, ella le da su justa orientación.
Mi exposición sobre ese tema comprenderá dos partes.
En la primera quisiera recordar la enseñanza de JM Moye
sobre la oración, sin olvidar que lo que él dijo
es el fruto de la experiencia vivida por él mismo. En
la segunda parte veremos lo que escribió vuestro fundador
cuando hace memoria de lo que significa la oración para
él.
La Enseñanza
de JM Moye sobre la Oración
En relación con la enseñanza
de JM Moye sobre la oración, analizaré cinco puntos:
- Las condiciones de la oración
- Los apoyos de la oración
- Los frutos de la oración
- La modestia de la oración
- El sentido para darle a la llamada 'oración continua'
Las condiciones de la oración
Para JM Moye, la vida cotidiana tiene vocación de conducir
a la oración pero sin que importe cual condición.
La primera condición es el desencumbramiento del espíritu,
lo que JM Moye suele llamar la Simplificación de
uno mismo.
Les cito a este respecto algunos textos extraidos de los escritos
tardíos de vuestro fundador, pues es en los últimos
años de su vida cuando se encuentra la expresión
más acabada de su experiencia espiritual y de su enseñanza
sobre la oración.
En 'Los Signos de Vocación Eclesiástica', conferencias
que él dio en Tréveris, dice: "Conozco sacerdotes
que se simplifican a fin de estar libres de espíritu y
de corazón, desembarazados de todo lo que pudiera alejarlos
de Dios. La simplificación impide tener el corazón
compartido, dividido entre Dios y el mundo, entre la carne y
el espíritu, entre la naturaleza y la gracia."
Y en otro lugar, en la misma obra, habla de los sacerdotes, pero
esto vale para todo el mundo: "El sacerdote se debe simplificar
más y más. Simplificarse es deshacerse, desembarazarse
de pensamientos inútiles, de palabras inútiles,
de visitas inútiles, de todo lo que pueda distraernos
de la oración, y causarnos distracciones en la oración."
Así pues, hay una especie de liberación de lo inútil
en el curso de la vida ordinaria que no deja de tener efecto
sobre nuestra capacidad de adentrarnos en la oración;
ello supone liberarse de esa presión de lo cotidiano que
nos hacer vivir fuera de nosotros mismos, hasta el punto de convertirnos
en prisioneros de las tentaciones del mundo exterior. La simplificación
de que habla vuestro fundador conduce a esa especie de recogimiento
interior en la que el ser trata de reunificarse, en la vida cotidian
que lleva, para disponerse al encuentro con Dios.
La segunda disposición necesaria
para entrar en la oración es la Disponibilidad.
"Uno se debe poner como una cera blanda en las manos de
Dios, listo a recibir toda impresión que a él le
plazca. Eso es lo que se llama 'la santa indiferencia', porque
uno no se preocupa de nada, uno está listo a todo, en
un abandono total de sí mismo para Dios, se le entrega
el cuidado de todo, se quiere todo lo que él quiere."
En otros términos, para JM Moye no se puede entrar en
la oración predeterminando lo que pasará. Es necesario
abordar la oración en la indiferencia, dispuestos a acoger
como la cera blanda las impresiones a través de las cuales
Dios querrá tocarnos.
Pero esta puesta de sí mismo en manos de Dios, a la manera
de una cera blanda, lista a dejarse modificar, encuentra en la
vida de cada uno de nosotros, como en la vida de vuestras predecesoras,
muchas resistencias. Tenemos siempre tendencia a tomar las cosas
en nuestras manos, a conducir el juego nosotros mismos, con empeño,
con ardor y diligencia, dice JM Moye, en lugar de dejar que la
Providencia de Dios secunde todas nuestras acciones.
La tercera disposición para entrar
en la verdadera oración es la Pérdida de
nuestros apoyos humanos.
Tenemos siempre necesidad de hacer la experiencia de la fragilidad
de nuestros apoyos humanos, de pasar de tiempo en tiempo por
la pueba de su pérdida.
"Créanme, es del todo ventajoso para el alma estar
sin apoyos, en manos de Dios, dependiendo únicamente de
él, abandonados a su divina Providencia, pues entonces
se tienen recursos sin cesar a él, se le invoca, mientras
que cuando se tienen fondos, ingresos asegurados, se pierde de
vista a Dios, se deposita la confianza en las criaturas."
Creo que hay en la historia de cada uno, de cada uno de nosotros,
momentos cuando tenemos la sensación de que existe una
cierta adecuación entre nuestros proyectos, nuestras empresas,
lo que tenemos que hacer, y nuestras capacidades para realizarlas.
Esta impresión es respetable, pero en la vida también
hay ocasiones cuando estamos por así decir constreñidos
a vivir por encima de nuestros medios, ocasiones que nos superan
completamente. Entonces nace la evidencia de que nos es necesario
vivir por los medios de otro.
JM Moye afirma que esta experiencia concreta de nuestra debilidad,
de nuestra debilidad frente a la inmensidad de la tarea por cumplir,
esta experiencia concreta de la insuficiencia de nuestros soportes
humanos, lejos de hacer perder coraje, abre el camino de la verdadera
oración, dispuesta a dirigirse a Dios, aviva el deseo
de reencontrarlo y de depositar en él, y sólo en
él, nuestras seguridades.
En la vida ordinaria se pide a las personas no vivir por encima
de sus medios. En la experiencia espiritual se está a
veces obligado a vivir por los medios de otro, y la oración
es lo que permite franquear ese paso; ella nos da el deseo.
Para JM Moye, la cuarta condición
para entrar en la oración es el Deseo.
Les cito un bello fragmento del 'Dogma de la Gracia': "Que
la oración sea hecha con fervor, es decir, con un gran
deseo, porque ordinariamente Dios no concede sus dones sino a
quienes los desean con un santo ardor. He ahí por qué
Jesucristo, queriendo conceder algunos favores, estimulaba el
deseo de ellos en el corazón de aquellos a quienes se
los quería conceder. Y así, para estimular en el
Samaritano el deseo de la gracia que le iba a comunicar, le dijo:
'Si conoces el don dios'."
Para JM Moye pues, en el origen de la oración está
el deseo de entrar en ella. Y ocurre con la oración como
con todo lo demás: quien no desea nada, no obtiene nada.
Vuestro fundador fue toda su vida un hombre de deseo y de querer.
El supo decir: 'Quiero, no quiero sino a Dios'. De este ardor
en querer, y en querer encontrar a su Señor, él
hace una condición necesaria para entrar en la oración;
igualmente, la primera gracia para pedir es estar animados por
este deseo de ponernos en oración y de permanecer en ella.
Los apoyos de la oración
Llego al segundo aspecto de la enseñanza de JM Moye sobre
la oración, haciendo esta pregunta: ¿En qué
apoyarse para orar?
Pensando en las Hermanas de la Providencia, JM Moye responde
aquí: "He aquí lo que será el objeto
de vuestra meditación: el fondo de la religión,
el catecismo, lo que es Dios, en qué consisten sus perfecciones,
sus misterios, la vida, y sobre todo la Pasión de Nuestro
Señor. Sin embargo, como la Sagrada Escritura es la Palabra
de Dios en su origen, considerada la gran impresión que
ella hace sobre mí y sobre las almas más santas,
pienso que ellas obtendrán mucho beneficio al leerla,
sobre todo el Nuevo Testamento."
Así, para JM Moye, la Sagrada Escritura es por excelencia
el soporte de la oración, con una insistencia particular
en la vida y la Pasión de Cristo. De hecho, muchas oraciones
que él mismo compuso para ayudar a los otros a orar, se
inpiran en la contemplación del Verbo encarnado en María,
y en el sufrimiento de su Pasión para salvar la humanidad.
Pero allí no se detiene el consejo de JM Moye sobre la
manera de orar: "En vuestras meditaciones, orarán
más de corazón que de cabeza, es decir, darán
más lugar a los afectos, a los sentimientos de piedad,
de amor, de confianza, de reconocimiento, de humildad, que a
reflexiones vanas y estériles."
En otras palabras, orar, para él, es reencontrar el camino
del propio corazón. La oración no es el tiempo
de la especulación en el que la razón trata de
penetrar en los misterios de la verdad para creer; es el tiempo
en el que uno se deja tocar, afectar por la Palabra leída,
escuchada, rumiada.
Sin duda, la oración tiene por efecto purificar nuestra
sensibilidad, pero ella nunca tiene como consecuencia matar nuestra
afectividad, ahogar los anhelos de un corazón dilatado
por el amor y que tiene necesidad de manifestar su alegría,
su pena, su sufrimiento, su confianza; en suma, todo lo que da
cuenta de lo más profundo, de lo más íntimo
del ser humano.
En los escritos de JM Moye hay un cierto número de oraciones
que se inspiran precisamente en enunciados teológicos
o catequésicos sobre las perfecciones de Dios, sobre su
misterio. Pero de estos enunciados relativamente abstractos él
va a hacer una especie de vibración interior que hace
que su oración no se convierta en un frío discurso
sobre Dios, sino en un acto de fe en el que se transparenta toda
la afectividad del autor. Para JM Moye las verdades de la fe,
cuando él las transforma en sujeto de su oración,
él pone allí todo su corazón.
No creo alejarme de su pensamiento al decir: quien no es feliz
al buscar y encontrar a Dios en la oración, difícilmente
será feliz con él mismo y con los demás.
Creo que sólo la oración que desciende hasta lo
más profundo del corazón, a pesar de las inevitables
sequías o arideces, sólo esta oración de
corazón puede ayudar a encontrar un verdadero equilibrio
humano. Sólo ella permite, como lo dice JM Moye, disfrutar
la presencia de Dios, ser abrazado por su amor, siguiendo su
atracción. Si la oración no contribuye a darnos
una cierta pasión por Dios, el riesgo es grande de que
seamos dominados por otras pasiones.
Los frutos de la oración
Si la oración, en el sentido como la entiende JM Moye,
tiene por efecto reavivar la fuerza del corazón, ella
también tiene otros frutos y otros efectos.
Para decirlo de manera general, la verdadera oración es
aquella que nos introduce en la comunión con Cristo, que
introduce nuestra vida entera en el movimiento del Espíritu
de Jesús. Y este Espíritu de Jesús, acogido
en y por la oración, hace crecer en nosotros la libertad
de los niños de Dios.
Para JM Moye los frutos de la oración son esos cuatro
dinamismos del Espíritu de que yo les hablaba ayer. Por
la oración, el Espíritu comunica:
la confianza en Dios liberada del miedo al presente y del temor
al porvenir;
la sencillez liberada del afán de la estima del otro,
del ansia de aparentar;
la fuerza y la alegría de vivir la pobreza, no la resignación;
una pobreza liberada de la fijación en nuestros pequeños
bienes, sean materiales, intelectuales o de otra índole;
y finalmente, esta oración, en y por el espíritu,
difunde en nosotros el amor, pero un amor liberado de toda búsqueda
narcisista de uno mismo, de toda generosidad captativa.
He ahí los frutos de la oración para JM Moye. Por
esta cuádruple purificación, que conduce a la verdadera
libertad, el Espíritu identifica nuestros designios con
los de Dios, nuestro querer con el querer de Dios, de suerte
que Dios mismo se convierte en el actuar de nuestro actuar.
Como comentario, o más exactamente como ilustración
de lo que acabo de decir, les cito un texto sintético
que se encuentra en la carta escrita de China, el 28 de abril
de 1779, a las Hermanas de Europa: "Pidan a menudo que Nuestro
Señor las llene de su espíritu, que es un espíritu
de sencillez, de pobreza, de humildad, de caridad, de santidad,
de desprendimiento de todo y de uno mismo. Pídanle que
les dé la verdadera sabiduría, para ver la nada
de todas las cosas del mundo, y la grandeza, la excelencia de
las cosas de Dios, y que esta sabiduría sobrenatural y
divina las conduzca en todas sus acciones y empresas. Al llegar
a un lugar para establecerse allí o para iniciar allí
un escuela, o para hacer cualquiera otra buena obra, pónganse,
como un junco, como un instrumento cualquiera, en las manos de
Nuestro Señor, a fin de que él haga de ustedes
todo lo que quiera."
Este texto resume por así decir toda la experiencia espiritual
de JM Moye, experiencia legada a vuestras predecesoras como un
tesoro para hacer fructificar en y por la oración.
Insisto al menos en una frase del texto citado. En un momento
JM Moye dice, "Pidan la verdadera sabiduría".
En su pensamiento, esta sabiduría es la luz diferenciadora
del Espíritu. Ella es luz que discierne en dos sentidos:
En el primer sentido, esta luz que ayuda a ver si, en nosotros
mismos, las propias aspiraciones sentidas son aspiraciones de
Dios o ilusiones. Estamos a menudo, en nuestro interior, atravesados
por muchas fuerzas que van en todos los sentidos, con frecuencia
contradictorios. La luz diferenciadora del espíritu para
acoger en la oración ayuda a ver si las mociones que hay
en nosotros son verdaderas mociones del Espíritu Santo,
o al contrario movimientos salidos de "nuestras pasiones
desordenadas", como lo dice JM Moye.
Pero esta luz diferenciadora del espíritu, esta "sabiduría"
debe ser entendida en un segundo sentido. Ella no tiene solamente
por fin ayudarnos a clasificar lo que nos anima interiormente,
ella enseña también a descartar los acontecimientos
del mundo para verificar si nuestras mociones interiores son
confirmadas o no por lo que JM Moye llama "los hechos de
la Providencia".
Y les cito aquí un texto suyo, claro sobre este punto.
Pero se podrían citar muchos otros. Lo extraje de 'La
Vida del Padre Jobal', escrita por JM Moye, donde dice esto:
"El P. Jobal no emprendía nada que no hubiera examinado
antes si era la voluntad de Dios, y después de haber orado
y tomado para conocerla todas las medidas posibles. Cuando estaba
aún en la incertidumbre, esperaba a que ella se manifestara
más claramente por algún rasgo de la Providencia.
'Yo espero a que algún acontecimiento me decida', decía."
Y agrega: "Esas dos virtudes: conformarse a la voluntad
de Dios y abandonarse en la Providencia, es decir, ver la confirmación
de nuestro interior en el exterior, era lo que ponía en
su corazón una paz, una ecuanimidad admirables."
Así, esta luz diferenciadora del Espíritu recibida
en la oración, siempre tiene necesidad de verificar si
en verdad los designios de Dios sobre nosotros, descubiertos
en la oración, en la plegaria, son validados por la experiencia
de la vida de todos los días. Para JM Moye esta verificación
es muy importante: "Estudio los hechos de la Providencia,
hago de ellos mi estudio, eso quiere decir que tengo necesidad
de la realidad de la vida para confirmar lo que he descubierto
en mi interior como si fueran designios de Dios sobre mí."
La modestia de la oración
Llego al cuarto punto. Por grandes, por inmensos que sean los
frutos y los efectos de la oración, JM Moye nunca concluye
que la oración deba aspirar a lo sublime. El mismo se
burla de las divagaciones de la imaginación que pretendiera
llegar al séptimo cielo por medio de la oración.
La oración que él recomienda a sus Hermanas debe
mantenerse siempre sencilla y modesta, y les cito aquí
un texto que ustedes conocen bien:
"Evitarán, como una tentación de orgullo,
lo que hay de búsqueda o de sublime en la devoción
y en el misticismo. Escogerán siempre lo sencillo y lo
común, pensando en aquel pasaje de la 'Imitación':
'El que busca las gracias particulares, pierde las comunes'."
Sencilla y modesta, de otro lado esta oración no beneficia
siempre la alegría y el consuelo, e incluso puede conocer
una gran aridez y sequía, como fue el caso del Padre Jobal,
aquel gran amigo de JM Moye. Y les cito aquí además
algunos fragmentos significativos de 'La Vida del Padre Jobal'
que tratan precisamente de esta sequía y de esta aridez:
"Yo le decía a él que las molestias, los enojos,
las arideces, las sequías y un cierto estado del alma
cuando nada la sostiene, nada la afecta, siendo como insensible
a todo, en una palabra algo parecido a Nuestro Señor en
el Jardín de los Olivos; yo le decía que ese estado,
cuando uno le es fiel, era muy apropiado para purificar el alma."
Y agrega aun, en un pasaje del 'Dogma de la Gracia', hablando
siempre de esta prueba de la aridez y la sequía: "No
hablo solamente aquí de los momentos de sequía
y de aridez que todo el mundo experimenta en ocasiones; hablo
de un tiempo particular en la vida cuando, después de
la conversión más sincera, nos encontramos de repente
e insensiblemente cambiados en cuanto a nuestros sentimientos;
cuando entramos en una suerte de estado nubloso."
Así, para JM Moye el alma creyente puede conocer la prueba
del desierto en la oración. El no dice que esa alma la
conocerá necesariamente sino que la prueba le puede llegar.
Permanecer en la oración en esas circunstancias nocturnas
no es para vuestro fundador perder el tiempo. Es perderse más
en sí mismos para recibir a Aquel que primero se perdió
por nosotros en las tinieblas del Jardín de los Olivos.
La oración continua
Queda una forma particular de oración, de la cual aún
no he hablado y a la cual Cristo exhorta en el Evangelio al pedir
a sus discípulos orar sin cesar. Es una expresión
que reaparece en la pluma de vuestro fundador: "Orar sin
cesar, orar continuamente." Pero ella tiene dos significados:
En el primer sentido, orar sin cesar, quiere decir elevar concientemente
a Dios nuestro corazón y nuestro espíritu, en el
curso de nuestras ocupaciones ordinarias. Dice JM Moye: "Créanme,
es ventajoso estar en manos deDios, pues entonces se recurre
sin cesar a él, se le invoca."
Aquí la oración sin cesar se sitúa en la
corriente de las acciones, durante las cuales se habla a Dios,
se le invoca. Otros textos: "Las exhorto a orar a menudo,
o mejor continuamente, para que Nuestro Señor mismo haga
en ustedes lo que ustedes hacen." "Leí en Fénelon
que él fallaba en hacer útiles los intervalos que
hay entre nuestras ocupaciones; por ejemplo cuando se espera
a una persona, u otra cosa, y en lugar de molestarse, de murmurar,
hay que orar, y mientras más se ora, más se quiere
orar, y mientras más se ora, más se puede orar."
Todas estas citas evocan la oración corta y frecuente,
en medio mismo de las ocupaciones.
Además, en sus máximas para conducir las escuelas,
JM Moye invita a las Hermanas a enseñarles a los niños
invocaciones cortas para todos los momentos del día: al
levantarse, asearse, regar las plantas, barrer, etc. En esta
perspectiva la oración sin cesar se convierte en la oración
corta y frecuente en la cual concientemente elevamos nuestra
alma a Dios, lo invocamos, le pedimos, haciendo todo nuestro
trabajo ordinario.
Creo a pesar de todo que "la oración continua"
también tiene en JM Moye un segundo sentido, más
místico: "Cuando se tiene el espíritu de la
oración que yo he deseado y pedido ardientemente desde
mi juventud, no se puede evitar orar sin cesar, nada puede detener
o interrumpir al Espíritu Santo que ora en nosotros con
lamentos inenarrables."
Y en otro texto: "En el alma unida a Dios, el Espíritu
mismo ora de una manera inefable."
Entendida en este segundo sentido, esta oración ininterrumpida
que prosigue incluso en la noche, cuando se duerme, es la oración
del Espíritu Santo que, tanto en la vigilia como en el
sueño, anima con su presencia al alma fiel. Esta oración
sin cesar es esa certidumbre de que, en nosotros, el Espíritu
es el lamento hacia el Padre a nuestro nombre. Pero para escuchar
esta voz del Espíritu que sin cesar invoca al Padre a
nuestro nombre, necesariamente hay que ponerse, por medio de
la oración ordinaria, modesta y sencilla , en estado de
escuchar el lamento permanente del Espíritu en nuestras
vidas.
He ahí, reconstituída, a partir de muchos elementos
dispersos, lo que se podría llamar la enseñanza
de JM Moye sobre la oración, al menos como me parece a
mí.
No aspiro al monopolio de la interpretación, y aun menos
a la exhaustividad. Ustedes han notado que no he hecho la distinción
entre la oración personal y la oración comunitaria;
tampoco he tratado diferentemente las oraciones más largas
y las más cortas, de las que habla JM Moye, como el rosario
meditado, las letanías, etc.
Me parece, en efecto, que en JM Moye la palabra "oración"
cubre la diversidad de estas prácticas. Seguramente, en
su forma y en su contenido, ellas no se identifican unas con
otras, pero su palabra sobre la oración cubre todas esas
prácticas. Ellas tienen el mismo fin, que es unir el alma
a Dios y orientar la acción en un sentido conforme con
la voluntad del Señor y con su Espíritu. Esto es
lo esencial para JM Moye.
La Oración de Juan Martín Moye
Para concluir, es necesario decir aun una palabra, no ya sobre la enseñanza de JM Moye sobre la oración, sino sobre lo que él dice acerca de la suya.
Escribiendo la vida del Padre Jobal, vuestro fundador dice de su amigo: "Sólo Dios sabe lo que ocurría en él en los momentos preciosos de la Oración."
Yo diría que esta observación se aplica al autor mismo. JM Moye no ha dicho nada de lo que ocurría en su propia oración, pero con base en algunas alusiones fugitivas es posible ver en qué dirección se orienta su anhelo.
Para JM Moye, me parece, la oración es el tiempo cuando uno se renueva, cuando fortifica su confianza en Dios, y como corolario, la alegría de vivir la verdadera libertad, en un desprendimiento cada vez más intenso de uno mismo.
Y les cito, a este respecto, un texto extraído de su llegada a China, muy significativo porque es un texto en primera persona: "En un costado de la canoa, en la que apenas me atrevía a moverme para que no me amonestaran, yo estaba en mi centro, recogido y unido a Dios, más que nunca elevado por encima de todo, y en cuanto me parecía, desprendido de mí mismo. Esa era la libertad: ella nace de un desprendimiento total de uno mismo. Los pasajes de la Sagrada Escritura eran el fundamento de todos mis pensamientos y de los buenos sentimientos que Dios me inspiraba. De resto, yo depositaba todo en manos de la Providencia a la que me había confiado."
Lo que animaba aquella oración era un intenso sentimiento de confianza en Dios, una confianza en Dios generadora de la verdadera libertad.
Se encuentra la huella de esta misma experiencia en muchos otros textos a menudo ligados a la afrenta, a las pruebas, a las contradicciones, a las tribulaciones que JM Moye conoció. Eso explica el gran lugar que tuvo en su oración la devoción por la Pasión de Jesús.
JM Moye se encuentra frecuentemente ante la Cruz de Jesús, invitando a compartir su suerte, a entrar en su destino para la salvación del mundo. Quizás fue esta familiaridad con el Señor crucificado lo que lo ayudó a descubrir el lugar central de la Eucaristía en su vida.
En otro relato de uno de sus viajes en China, JM Moye escribe así: "Todos los días celebro la Santa Misa, y considero una pérdida infinita omitirla una sola vez, cuando no la puedo decir. Cuando tengo un viaje de sólo un día, no dejo nunca de celebrarla, así sea menester levantarme en medio de la noche; es mi primer viático."
Por la Eucaristía, JM Moye siempre tuvo conciencia de entrar en la Pascua de Jesús, de estar asociado al éxodo de Cristo, que va del desprendimiento total a la gloria del Padre. Pero para JM Moye el lugar donde se reactualizan la muerte y la resurrección de Cristo no es solamente la liturgia, es también la existencia de todos los días. No hay forma de entrar en la Pascua de Jesús sin compartir su suerte en lo cotidiano; no hay forma de compartir su suerte en lo cotidiano sin recurrir a la Eucaristía. "Considero una pérdida infinita omitir la Misa."
Hay otra aspiración que experimenta JM Moye en su oración, a la que se podría llamar: la viva conciencia de sus solidaridad con todos los santos elevados a la gloria del Padre por el Hijo en el Espíritu.
Para JM Moye, la fe no es una aventura solitaria; se entra con otros en este inmenso movimiento de amor que une al Padre, al Hijo y al Espíritu. La oración de JM Moye tiene esta dimensión fundamentalmente trinitaria. Ella asocia a Cristo total, es decir, al cuerpo místico de Cristo como lo dice en uno de sus libros, 'Instrucciones para Actuar Bien': "Cristo es la cabeza del Cuerpo, la cepa de la vid."
Y en este Cuerpo místico, su aspiración principal va hacia la virgen María. En ella vuestro fundador contempla la criatura humana que realiza perfectamente lo que él mismo, JM Moye, quiere llegar a ser; en María se opera, en el Espíritu, la unión perfecta, la unión sin reserva con el Verbo encarnado. Para JM Moye, la virgen es la transparencia misma del amor que une a las tres personas de la Trinidad. La Virgen es en ella la figura realizada.
En ese sentido, JM Moye está muy cerca de lo que dijo magníficamente el Cardenal Bérulle en su reflexión sobre María. "María no tiene pensamiento alguno sino por la gracia de Dios, movimiento alguno sino por su Espíritu, acción alguna sino por su amor."
Esto recuerda de otra manera las páginas de JM Moye sobre la devoción a María:
Ella es la transparencia misma, la perfección de la unión de la criatura humana con el Verbo Encarnado.
Conclusión General del Camino Recorrido
Al término de esta exposición, y más generalmente en conclusión del ciclo de conferencia que hemos recorrido juntos, quisiera formular una última reflexión.
Sin pretender haber explorado todas las riquezas de vuestro patrimonio espiritual,
tengo la convicción de que este patrimonio todavía hoy puede ayudar a las Hermanas de la Providencia a afrontar las turbulencias del mundo.
En los 30 años que precedieron a la muerte de JM Moye, el pequeño grano de mostaza sembrado por Marguerite Lecomte y por sus primeras compañeras ya había comenzado a dar frutos.
Cuando llegó la tormenta de la Revolución Francesa, la persecución religiosa obligó a algunas de vuestras predecesoras a entrar en la clandestinidad. Otras se debieron exilar en los países de Europa que querían acogerlas. Obligadas a dejar sus campos, se las encuentra en Alemania, en Suiza y en Austria, países de los cuales ellas ignoraban todo.
Pero la fe de la prueba no extinguió su coraje y su voluntad de ser y de permanecer de las Hermanas de la Providencia.
Una vez volvió la calma, a partir de 1802, su número se multiplica, las solicitaciones afluyen. Ellas se manifiestan más allá de las regiones donde nacieron.
Como consecuencia de esta dispersión geográfica, pero como resultado también de la presión de los obispos y de las autoridades civiles, el grupo inicial de vuestras primeras antecesoras dio nacimiento a múltiples congregaciones, pero ustedes son las herederas de un mismo patrimonio espiritual, de un mismo tesoro.
¿Qué hacer de esta oportunidad, a la hora cuando la vida de los pueblos se mundializa, a la hora cuando la solidaridad entre las naciones se vuelve el gran desafío para el siglo 21?
Surgido de la misma semilla, el grupo inicial de las hijas espirituales de JM Moye fue primero un arbusto. Hoy se ha convertido en un gran árbol con numerosas ramas.
¿Es necesario que entre todas estas ramas se instaure una mayor cooperación?
La respuesta a esta pregunta, ustedes comprenden, no me pertenece.
Pero cualquiera sean las iniciativas previsibles concernientes a esta cooperación, el mundo que se anuncia todavía tiene necesidad de las Hermanas de la Providencia que ustedes son.
Juan Martín Moye las llamaba a ustedes, utilizando una expresión que me parece magnífica, "las religiosas de afuera, frágiles y expuestas".
Religiosas de afuera,
ustedes lo son porque la vocación no las sitúa detrás de los muros de un claustro.
Religiosas frágiles,
lo son también, a imagen de todos aquellos y todas aquellas que no pretenden vivir la misión tomando apoyo en sus propias fuerzas sino en el poder del Espíritu comunicado por Cristo, Providencia del Padre para este mundo.
Religiosas expuestas,
ustedes lo son, finalmente, con la sola ayuda del patrimonio espiritual del cual ustedes son las herederas.
La vida religiosa apostólica enfrenta hoy un mundo difícil marcado por la indiferencia, por el descreimiento y por la pobreza. En estas circunstancias, a menudo es grande la tentación de replegarse en los islotes más calmados donde se organizaría la autodefensa ante un mundo malvado. Pero yo creo que la vida religiosa apostólica tiene más para temer lo que la protege que lo que la expone.
Ciertamente, es necesario que en nuestras sociedades perturbadas los cristianos sean ayudados a reencontrar una identidad vigorosa, una fe viva, una esperanza firme, un amor iluminado.
Pero una Iglesia que se replegara sobre sí misma, que rehusara el riesgo del diálogo y del reencuentro, no sería más la Iglesia de Jesucristo.
Vivimos en un mundo que a menudo pretende desinteresarse de Dios, pero no tenemos por ello que abandonar este mundo, porque como dijo JM Moye, seguir a Cristo es también acompañarlo hasta aquellos lugares tenebrosos "donde los hombres duermen con los animales".
Desde luego, avanzar por ese camino es participar en el combate de Jesús, pero para participar en ese combate ustedes no carecen de medios.
Como les dejó dicho el Fundador de ustedes, ustedes tiene la espada de Cristo: esa arma sencilla pero invencible a la cual estaba tan apegado Juan Martín Moye, y que se llama, la Cruz de Cristo.
_________
Conferencia pronunciada durante el
Encuentro Intercongregacional Providencia
Champion, Bélgica
Junio 2000
Traducción :
S. Betancur
Medellín, Colombia