La Solidaridad

J. Orgebin, SJ

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 El Siglo XXI debería ser el Siglo de la Solidaridad.

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Juan Pablo II

 

La conmemoración que nos reúne hoy - el aniversario de la muerte de Juan Martín Moye, ocurrida el 4 de mayo de 1793 a los 63 años de edad - se inscribe en el año Jubilar. En repetidas ocasiones Juan Pablo II ha recordado que, transcurridos 2000 años de historia del cristianismo, este año jubilar inicia un siglo que debería ser el Siglo de la Solidaridad.

Por esta razón, el equipo organizador de nuestro encuentro me ha pedido mostrar cómo este llamado del Papa al mundo entero, está en consonancia con la palabra de Juan Martín Moye.

Para comenzar, digamos que la palabra 'solidaridad' entró muy tardíamente al vocabulario cristiano. En los siglos 18 y 19, esta expresión fue prácticamente monopolizada por las corrientes filosóficas o políticas que hacían de la solidaridad una virtud laica, desprovista de toda referencia a la fe de Dios. Fue necesario esperar hasta el siglo 20 para que los textos oficiales de la Iglesia, desde Pío XII hasta Juan Pablo II, hablaran explícitamente de solidaridad y acentuaran en ella la dimensión espiritual.

Así, no sorprende que los escritos de J M Moye ignoren esta palabra, al menos en cuanto corresponde a mi conocimiento. Y es evidente que la palabra 'solidaridad', en el sentido en que los cristianos la entienden hoy, atañe a una obra por emprender, constantemente evocada en los textos fundadores de las Hermanas de la Providencia y constantemente recordada en la Biblia.

Los Fundamentos Bíblicos de la Solidaridad
En la Biblia, la unidad, la comunión entre todos los seres humanos (otros nombres de la solidaridad), no hablan de un proyecto en el cual ellos serían los únicos autores. Es Dios quien quiere la unidad del género humano, quien quiere la comunión entre los seres, quien quiere su solidaridad, porque él es el único Creador de todos nosotros. Cualquiera sea nuestra raza, nuestra nacionalidad, nuestra condición social, todos somos llamados por El a reproducir su Imagen, a convertirnos en su Semejanza.

De este dato de la fe surgen diversas consecuencias, de las cuales tomaré cuatro:

Primera consecuencia: Promover la Verdadera Libertad

Puesto que el ser humano tiene vocación de convertirse en Imagen de su Creador, participa con su absoluta libertad - manifestada a plenitud en el comportamiento de Jesús, el Verbo de Dios que se hizo carne. El ser humano no tiene pues que estar ante Dios como un esclavo ante su amo, cuyas órdenes tiene que seguir pasivamente. Pues a la vez, el ser humano no tiene vocación para tratar a sus semejantes como objetos reducidos a su merced. Creer esto promueve una sociedad en la que el poder de los unos no destruye la libertad de los otros. Pues no hay solidaridad donde hay esclavitud.

Segunda consecuencia: Suscitar la Creatividad

Puesto que el ser humano fue hecho a semejanza de su Creador, participa con su energía creadora, es decir, es invitado a hacer fructificar sus propios talentos, así como los talentos de los demás. Esto supone que en una sociedad nadie está exento de la posibilidad de crear, de inventar, de acceder a una cierta formación, así esta sea pobre en medios de cultura.

Tercera consecuencia: Proscribir la Exclusión

Puesto que la humanidad se origina en la iniciativa de un solo y único Dios, puesto que todos los seres humanos son llamados a convertirse en su Imagen, comparten el mismo destino. Es imposible sentirse por completo un ser humano sabiéndose expulsado a los márgenes de una sociedad que lo rechaza, o que lo ayuda, pero sin hacerlo participante activo de su devenir.

Lo sabemos suficientemente bien: la exclusión que una sociedad rehusa tener en cuenta, inevitablemente engendra violencia. Esta violencia, que tarde o temprano asume formas ciegas y suicidas, tiene dos efectos principales:

Conduce a la anarquía, y en este despliegue desenfrenado todo el mundo pierde, incluso quienes ignoran la exclusión.

Termina en la instauración de un poder fuerte, incluso totalitario, y en la historia se conoce bien lo que hacen los totalitarismos con su excesivo poder.

Por lo tanto, preconizar la solidaridad del conjunto social no es, como se dice demasiado a menudo, predicar una 'moral de niño de coro', reservada para las almas bellas e ingenuas. Es defender el conjunto social contra su propia asfixia.

Cuarta consecuencia: Convertirnos en Hermanos y Hermanas en la Fe

Hasta ahora he considerado los tres componentes de la humanización de la humanidad generadores de solidaridad en una sociedad: promover libertades responsables, favorecer el desarrollo entre todos de sus energías creadoras, y sacar de la exclusión a quienes en los designios de Dios comparten con sus contemporáneos el mismo destino. Queda entonces por considerar el cuarto componente de la humanización de la humanidad, aquel sin el cual la promoción de la solidaridad no puede llegar hasta el límite de su esfuerzo.

Es imposible humanizarse verdaderamente sin reservar el tiempo material y psicológico necesario para 'detener la máquina', para extraer de la presión de lo cotidiano el sentido de la vida, la orientación de la propia historia.

El séptimo día de la creación, dice el Génesis, 'Dios hizo Sabbat'. Al detenerse después de realizar su obra de creación, Dios bendijo el séptimo día y lo santificó. Esta detención no es una invitación a la pereza, sino una demostración de que no es posible convertirse en la Imagen de Dios a través de un esfuerzo ininterrumpido, que no se detiene jamás.

Para comprender este mundo, para reconocer el sentido del actuar propio, es indispensable saberse detener. Este tiempo dedicado al recogimiento sirve para el conocimiento de sí mismo y de los demás. Sirve para el encuentro de Dios, un encuentro ofrecido a todos, un encuentro al cual nadie puede ser sustraído.

La promoción de la solidaridad a la cual son llamados los cristianos llega hasta hacer de nuestro prójimo, no solamente un hermano y una hermana en humanidad, sino un hermano y una hermana en la Fe de Cristo, el Hijo del Padre.
La máxima figura de la solidaridad era para los discípulos la reunión de todas las criaturas humanas, unidas en Cristo por el Espíritu, para rendir gloria al Padre.


La Solidaridad en los Proyectos de Juan Martín Moye

Después de estas reflexiones preliminares para mostrar cómo, desde el primer capítulo del Génesis, la Biblia promueve la solidaridad, acudo ahora al testimonio y a los escritos de JM Moye.

Reconocemos que sin emplear la palabra 'solidaridad', que no pertenecía al vocabulario religioso de su época, JM Moye quiso enviar en ayuda de los pobres a mujeres que a justo título se pueden llamar 'promotoras de solidaridad', a condición de entender esta palabra en el sentido bíblico.

La Providencia reúne a los pobres

Como ustedes saben, cuando JM Moye era vicario en la parroquia de Saint Victor en Metz, recibió del Señor la intuición de que debía encontrar mujeres jóvenes, listas para presentarse en las aldeas más distantes de su diócesis, allá donde, decía él, "los seres humanos viven con los animales".

En aquella época, él aún no conocía el nombre que les sería dado a esas jóvenes. Como él las envió al campo para dedicarse a la educación de los niños, pensó en llamarlas 'Hermanas del Niño Jesús'. Pero los aldeanos, viendo trabajar a esas enviadas del cielo, ellos mismos escogieron el nombre que habría de permanecer. Las llamaron 'Hermanas de la Providencia'.

Con esta designación, aquellos pobres campesinos loreneses manifestaron que la Providencia de Dios no los había abandonado a su triste destino, sino que llegó hasta ellos por intermedio de aquellas pobres hermanas que viajaban sin dinero y casi sin equipaje.

Con ellas, las poblaciones ignoradas por los grandes de este mundo tomaron conciencia de que la bondad de Dios no es selectiva. Todo ser creado a su Imagen es digno de ser amado por su Creador, cualquiera que sea su infortunio humano.

La misión confiada por JM Moye a sus primeras hijas espirituales buscaba testimoniar que el amor venido del corazón de Dios podía regocijar el corazón de los más pobres. Todos eran llamados a hacerse solidarios en el amor recibido de la Providencia.

Los primeros beneficiarios de esta buena nueva fueron los niños, pero en numerosas ocasiones JM Moye diría que el trabajo de las hermanas con los más jovenes podía y debía producir también efectos en toda la comunidad aldeana.
Ellas tenían vocación de ser las reveladoras activas y emprendedoras de la Providencia de Dios.

La Providencia reconocida por sus efectos

Para percibir de qué manera la solidaridad, de la cual hablamos hoy, se inscribe en el pensamiento de JM Moye, creo es necesario partir de lo que él mismo dijo de la Providencia. La Providencia de Dios se manifiesta a través de sus efectos concretos, y de ellos tomaré tres:

- Tiene hacia este mundo intenciones de bondad y de misericordia.
- Apoya nuestras iniciativas.
- No está aprisionada en ninguna frontera.

La bondad y la misericordia de la Providencia

La Providencia tiene hacia este mundo, decía JM Moye, "miras de bondad y de misericordia". Comprendida en esta perspectiva, la promoción de la solidaridad exige primero purificar las propias miras. Hay ojos que no ven nada, a semejanza del rico del Evangelio, tan encerrado en su suficiencia, que no vio al pobre Lázaro tendido ante su puerta. Hay ojos que ven todo en negro, tan fijos en lo que va mal que nada mejor es posible. Queda sólo el encierro estéril en el denigramiento amargo que no construye nada.

Para JM Moye, Dios no tiene los ojos vendados. El contempla este mundo; mira a todos los pueblos, a todos los individuos. Pero su visión no es oscura, rebosa de bondad y misericordia. Ver el mundo como Dios lo ve es el primer paso hacia la solidaridad

Y hay un segundo paso, pues la mirada misericordiosa de Dios no sufre de excepción. Ella se extiende hasta los últimos, hasta los más débiles y pequeños, "que serán sus hermanos", dirá el Evangelio en la escena del Juicio Final.

Pues Dios no conoce lo que JM Moye llama "el mal espíritu de grupo": "Hay un mal espíritu de grupo cuando se envidia, cuando se tienen celos, cuando se critica, cuando se desprecia a aquellos que no hacen parte de nuestro conjunto. Este es el gran escollo para las instituciones." (JM Moye habla de "corporaciones", pero se podría agregar que el mal espíritu de grupo distingue los corporatismos que en una sociedad ignoran el bien común para defender los intereses de unos pocos.) Y JM Moye continúa: "Cuando se tiene una caridad verdadera, se ama y se alaba el bien dondequiera se encuentre, sin distinción ni exclusión de nadie."

Si hubiera que hacer un paralelo evangélico con las palabras de JM Moye se podría citar la parábola en la que los obreros se coaligan contra los enviados del dueño de la viña, a los cuales dan muerte, antes de decidir solidariamente asesinar también al hijo del dueño para aprovecharse de su herencia. Hay pues falsas solidaridades que matan y espíritus de grupo que dividen.

Por el contrario, la solidaridad verdadera se inspira en un amor igual para todos, con miras al bien de todos. Sólo es posible promover la solidaridad aceptando, como Dios, "tener hacia este mundo miras de bondad y de misericordia". Desde luego, esta mirada de ternura y de compasión sería vana si no condujera concretamente a actuar. Por esta razón, JM Moye habla de las obras de misericordia confiadas a la caridad ingeniosa de sus Hermanas: "La caridad vuela, nada la detiene, es ingeniosa. Cuando encuentra obstáculos en un lado, se dirige al otro. La caridad se hace a todos y se acomoda a todo." (D 301)

Para JM Moye, esta ingeniosidad del amor toma múltiples formas, en el primer rango de las cuales él sitúa la educación de los niños, porque de la formación humana y espiritual recibida en la juventud, insiste, "depende toda la vida".

Lo anterior explica la importancia que JM Moye le asigna a la Escuela en general, pero muy en particular a las escuelas que él quiso implantar en los lugares más abandonados, pues a ninguna criatura de Dios le puede ser negado el derecho de crecer humana y espiritualmente, ni siquiera a la más pobre, ni siquiera a la que está en el último lugar. A este respecto se puede citar la bella recomendación que él hace a sus futuras institutoras:

"Tendrán una atención, una caridad igual para todos los niños, sin dejarse llevar por el disgusto natural que algunos les puedan inspirar. Al contrario, se dedicarán más a aquellos que no tienen nada de atractivo, que son testarudos, con maneras y aspecto sin gracia, o que son pobres, están mal vestidos o son torpes, porque son ellos donde más fruto se puede recoger. Hablo de frutos sobrenaturales. Pues Dios a menudo escoge a los débiles, a los desechos del mundo, para hacer con ellos las ánforas más perfectas."

Aquí se encuentra una constante del pensamiento de JM Moye: para él es imposible desinteresarse "de los más débiles, de los menos atractivos", ya que ellos ocupan un lugar escogido en el corazón de Dios.

Dicho esto, la prioridad acordada a la juventud jamás limitó el campo de acción confiado a las primeras Hermanas de la Providencia. La ternura y la misericordia de Dios, de las cuales ellas debían ser las mensajeras y las servidoras, no estaban reservadas a los niños. JM Moye les decía: "Deben ejercer las obras de misericordia, tanto las espirituales como las corporales, hacia todo el mundo." (D 95) Entendamos aquí, hacia todas las personas con quienes ellas se encontraran.

Esta referencia conjunta a las obras espirituales y corporales deja entender que no se puede llamar discípulo de Jesús, que no se puede anunciar el Dios de Jesucristo sin hacer todo lo posible por aligerar el peso de las miserias materiales, físicas o morales que sufre el prójimo, quienquiera que este sea. El Evangelio de Mateo en el capítulo 25 lo dice: "Venid benditos de mi padre", dirá el Hijo del hombre el día del juicio, "pues tuve hambre, tuve sed, estaba desnudo, era un extraño, estaba enfermo, en prisión, y viniste a mi." Entonces los justos preguntarrán, '¿Cuándo te podremos ver?', y el Rey responderá: "Lo que hiciste a uno de aquellos pequeños que son mis hermanos, fue a mi a quien lo hiciste."

Así, todo gesto que alivie el sufrimiento de los seres humanos, todo gesto que los humanice, regocija el corazón de Dios. Pero estos gestos tienen otro efecto: ayudan a descubrir que la bondad y la misericordia de Dios hacia los indigentes, los despreciados, los ignorados, se manifiestan siempre por aquellos y aquellas que son Providencia en este mundo.

Como dijeron los Padres de la Iglesia a las primeras comunidades cristianas: "Nosotros somos las manos y los brazos de la Providencia de Dios." Aunque JM Moye no empleó en sus escritos esta bella frase de los primeros Padres, pienso que está en consonancia con su pensamiento, y para darles una imagen de ella, cito una pequeña parábola en la cual se inspiró recientemente para un artículo un periodista de la revista 'Panorama Cristiano' (No. 338, p. 20). He aquí lo que dice:

"Un día, un hombre vio en la calle a una mujer sin trabajo, sin familia, sin pan y sin techo. El hombre se encolerizó y le preguntó a Dios por qué permitía aquello, por qué no hacía nada para evitarlo. Y Dios le respondió: 'Efectivamente hice algo contra la injusticia y la miseria: te hice a Tí'."

Y bien, esta pequeña parábola me hizo pensar en las primeras Hermanas de JM Moye. Para luchar contra la injusticia y la miseria, Dios las hizo a ellas. Las envió a poner en obra su bondad y su misericordia allá donde reinaba la miseria. Ellas eran las manos y los brazos de Dios.

La Providencia apoya nuestras iniciativas

Hay que agregar que esta Providencia, en el sentido como la entiende JM Moye, no es solamente "bondad y misericordia". El dice también que ella "secunda nuestras acciones" (D 70). Aunque las primeras Hermanas fueron las manos y los brazos de la Providencia para los pobres en aquellas aldeas perdidas, no fue porque ellas hicieron todo, dejándolos que se aprovecharan pasivamente de su sostén y de sus beneficios. A la manera de Dios, ellas apoyaron las acciones de los pobres. Les ayudaron a caminar por si mismos en vez de actuar en su lugar. Les enseñaron a ponerse de pie, a convertirse en actores de su propia historia, en lugar de someterse resignadamente a la anestesia de una caridad condescendiente que ayuda al otro sin hacerlo crecer.

Para decirlo en otros términos, las Hermanas que JM Moye quiso escoger no fueron damas piadosas protectoras y maternales, pues la Providencia de Dios que ellas habrían de representar deja surgir la libertad de los otros al ayudarlos a despojarse de las cadenas que obstaculizan su libre albedrío. La Providencia libera de la sumisión a la fatalidad de un destino sin salida para que cada ser humano aprenda a reasumir por si mismo su cotidianidad. Libera del temor de actuar y suscita la iniciativa creadora mostrándole su recta orientación. Una solidaridad de sentido único que transforme a los pobres en asistidos pasivos, una solidaridad que les sustituya las iniciativas propias en lugar de secundarlas, no puede de manera alguna encontrar su justificación y su fundamento en el pensamiento de JM Moye.

Para él, la Providencia no hace todo, ella sola. La Providencia "secunda". Aquellos y aquellas que son las manos y los brazos de la Providencia no hacen todo, sino que apoyan a aquellos que deben reaprender a levantarse y a caminar.
Agreguemos incluso que esta manera de "secundar", en el sentido como la entiende JM Moye, necesariamente desarrolla una solidaridad hecha de interdependencia. Ayudar a los seres humanos a ponerse nuevamente de pie, a retomar confianza en ellos mismos, es hacer nacer en ellos el consuelo de ser útiles para los demás. Es permitirles descubrir que no son receptores perpetuos, y que sí tienen algo para dar a su vez.

La verdadera solidaridad implica que todo el mundo depende de todo el mundo, comprendidos los más débiles y pequeños, los últimos de los últimos. Hay una riqueza para recoger en aquellos que tienen poco o que incluso no tienen nada. Su presencia enseña a invertir la escala de valores que da prioridad al tener, al poder y al saber, hasta convertirlos en ídolos tan a menudo adorados. Ninguna época se escapa a su abrazo, ni la nuestra, ni la de JM Moye. A esta idolatría él la llama "el espíritu del mundo": "Se tiene el espíritu del mundo cuando se estima lo que el mundo estima, es decir los honores, las riquezas, lo placeres; se tiene el espíritu del mundo cuando uno se prenda de sus vanidades."

Para JM Moye, dirigirse a las aldeas más abandonadas, como lo hicieron las primeras Hermanas de la Providencia, trabajar para aliviar a los pobres del peso de su miseria, de su ignorancia, del desprecio que reciben, es recibir de ellos la liberación del espíritu del mundo, es identificarse, gracias a ellos, con el Cristo pobre y humillado que decía no tener ni siquiera "una piedra para descansar la cabeza".

Se podría decir en un lenguaje que no es el de JM Moye, que toda solidaridad se enriquece en la interdependencia. El no emplea esta palabra, propia del vocabulario de hoy, pero sus escritos revelan el verdadero sentido de ella. Secundar las acciones de los pobres para que se pongan de nuevo en camino, es sin duda ayudarlos a crecer, y también darles la oportunidad de enriquecernos con lo que ellos nos pueden aportar.


La Providencia no está aprisionada en ninguna frontera

Llego aquí a la tercera característica de la Providencia, en el sentido que le daba JM Moye. Para él, la Providencia de Dios no está aprisionada en ninguna frontera. Además, para ser las manos y los brazos de la Providencia, es menester franquear todas las barreras, ya sean geográficas, sociales, culturales o de cualquiera otra naturaleza. Pues unirse al otro en su diferencia es ser capaz de abandonar el apoyo y la seguridad de la propia casa, las costumbres y las maneras habituales de ver, para partir al encuentro de lo inesperado, con la convicción de que Dios "no faltará nunca", como decía JM Moye. Sin embargo, él no consideraba que la salida de un ambiente familiar, para aventurarse en tierras extrañas, fuera algo fácil. Así dijo a sus primeras Hermanas:

"Cuando se encuentren en una aldea pobre y desconocida, en una tierra extraña, es de temer que en esa situación sean tentadas a dejar el trabajo para regresar al lugar donde antes habitaban. Lo que allá amaban, lo que allá veían, se les presentará entonces ante el espíritu con encantos tan atractivos como penosa les sea la soledad." Y agrega, haciendo alusión al tentador: "El hará esfuerzos para persuadirlas de que allá en la ciudad esta o aquella buena obra que hagan valdrá mucho más que lo que hacen actualmente. El las convencerá de que no hay frutos para recoger en el campo." (D 107)

Al releer la historia de las Hermanas de la Providencia, no se puede decir que la tentación de que habla JM Moye las haya arrastrado, incluso si la llegaron a sentir alguna vez. Una de las primeras, Marguerite Lecomte, para no citarla sino a ella, aceptó dejar la ciudad de Metz, donde trabajaba, donde tenía sus propias costumbres, sus relaciones personales, para ir a perderse en la profundidad de una aldea que no conocía, y donde no tenía ni siquiera un techo que la acogiera. Ella se hizo solidaria con una gente que no era su gente, con un medio que no era su medio. Abrió un camino que con el correr del tiempo debería conducir, mucho más lejos aun, a las otras Hermanas de la Providencia.

De la misma manera, JM Moye mismo, después de 14 años de ministerio en la diócesis de Metz, después de la puesta en obra de un proyecto que llevaba en el corazón, dejó a Lorena y a las Hermanas que había escogido, para ofrecerse a la misión de la Iglesia en China. En una carta de junio de 1773 enviada de Sichuan, les dice a sus Hermanas de Francia:

"Se pueden imaginar que para llegar hasta aquí, corrí muchos peligros y sufrí muchas penas, y que hoy, en medio de los paganos, no estoy demasiado cómodo. Sin embargo, por este abandono en la Providencia, estoy, gracias a Dios, tan tranquilo como si estuviera en medio de mi familia." Y agrega: "Cómo se siente uno de libre y de tranquilo cuando hace sólo lo que Dios quiere!"

JM Moye partió hacia un mundo que no era el suyo. Se hizo solidario con una tierra que no era la suya. Pero en esta experiencia, la Providencia, que no conoce las divisiones ni las fronteras, no lo abandonó. Desprendido de todo, encontró la verdadera libertad. Estaba en otro lugar, pero se sentía en casa.

Su ejemplo sería tan luminoso que algunos años después, jóvenes nacidas en la provincia de Sichuan se llamarían también 'hijas espirituales de Juan Martín Moye'. Este sacerdote llegado de Europa fue el instrumento de Dios para que aquellas "vírgenes chinas", como se las llamaba entonces, se convirtieran a su vez, en aquella tierra, en "los brazos y las manos de la Providencia de Dios".

Cito aquí un fragmento de una carta de 1783 que aquellas jóvenes chinas dirigieron a sus hermanas de Francia, en la víspera de la fiesta de la Visitación:
"Considerando que estamos alejadas de ustedes en cuerpo, queremos estar unidas de corazón con ustedes; queremos gozar la posesión de Dios con ustedes; queremos estar junto a ustedes por siempre en el cielo para agradecer a Dios eternamente."

Así, un mismo espíritu, un mismo corazón y una misma alma, ligaban a aquellas jóvenes chinas del siglo 18 con sus compañeras europeas. Unas y otras daban testimonio de que la verdadera solidaridad no se detiene en los límites de nuestros horizontes familiares. La Providencia de Dios confiere audacia para franquear todas las fronteras.

En los decenios siguientes, otras Hermanas de la Providencia continuaron en Asia la obra emprendida por sus antecesoras, pues en 1875 y 1876 se las encuentra en Manchuria y en los territorios antes llamados Indochina.*

Pero, al comenzar el siglo 19, esta expansión a través de las fronteras continuaría hasta el siglo 20. Hoy, las herederas espirituales de Juan Martín Moye, todas las Congregaciones incluidas, se encuentran presentes en todos los rincones de este planeta, dando así testimonio de que nuestro mundo tiene vocación de convertirse en una comunión de pueblos, enriquecida, y no debilitada, por la diferencia de las culturas, de las civilizaciones, de los modos de vida propios de cada nación.


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A este respecto, sería interesante estudiar la personalidad y la obra de sor Thérèse Mourey, Superiora General de 1828 a 1871. Poco después de terminar su generalato, varias de sus Hermanas partieron para Asia, y ella seguramente participó en la preparación de esta gran aventura apostólica.

Ella también fue testigo, atrevámonos a decirlo, de la 'fragmentación' del grupo de las Hermanas de la Providencia en varias Congregaciones diferentes, hecho que tuvo lugar ante la presión de los obispos responsables de las diferentes diócesis donde se encontraban entonces las Hermanas. Animadas por un mismo espíritu recibido de su fundador, hoy ellas se encuentran dispersas.

Pero queda esta pregunta: Para las herederas espirituales de Juan Martín Moye, ¿será el siglo 21, si no el de el regreso a la unidad, al menos el de una mayor cooperación entre las diferentes ramas de un mismo árbol?

Conclusión
Como conclusión a estas reflexiones, regreso a las palabras de Juan Pablo II citadas al comienzo de este encuentro: "El siglo 21 debería ser el siglo de la solidaridad". Estas palabras las pronunció él en enero del año 2000 ante los representantes de 170 países del mundo. Situada en este contexto internacional, las palabras del Papa llamaban a promover la solidaridad, no solamente en cada nación, sino entre todos los pueblos de la tierra.

Hoy, cuando la mundialización se convierte en el acontecimiento del día, el llamado de Juan Pablo II lanza un inmenso desafío a todas nuestras sociedades: ¿Será el siglo 21 el siglo de la solidaridad, o al contrario, se verá profundizar, en cada nación y entre las naciones, la fosa que separa los fuertes de los débiles, los ricos de los pobres, los 'desarrollados' de los 'subdesarrollados'?

Esta pregunta concierne a todos los seres humanos de buena voluntad. Concierne a todos los cristianos. Concierne a todos los religiosos y religiosas de este planeta. Pero atrevámonos a decir que el mensaje dejado por Juan Martín Moye y por los 240 años de historia vivida por aquellas que fueron y aún son sus hijas espirituales, indican el camino a seguir.

Todos estamos invitados a estar en el tiempo presente y a ser "los brazos y las manos de la Providencia de Dios", de un Dios que no hace parte de la violencia del mundo y de la pobreza de los pobres, de un Dios que llama a la humanidad creada a su Imagen a convertirse en el cuerpo de Cristo - la verdadera y la última figura de la Solidaridad.

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Conferencia pronunciada durante el
Encuentro Intercongregacional Providencia
Champion, Bélgica
Junio 2000

Traducción :
S. Betancur
Medellín, Colombia


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