Ser 'Profetas de Esperanza' como Hermanas de la Providencia

Anne Roy

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Introducción

Nos encontramos reunidas esta mañana, Congregaciones-Hermanas nacidas de una misma herencia espiritual, testimoniando la realidad de la obra de Juan Martín Moye.

En cuanto a mí, por una vieja amistad con las Hnas. de la Providencia en Brasil, siento una verdadera alegría de encontrarme aquí, en la familia amplificada de la Providencia.

Saludo muy fraternalmente a cada una de ustedes, Hermanas, y por intermedio de vuestros Consejos respectivos, a todos los miembros de los diversos Institutos, dispersados en tantos puntos del globo.

Esta diversidad de la Gran Familia Providencia a través del mundo, su rostro plural, me parece corresponde bien a una de las intuiciones de Moye, tan bien captada y expresada por Sor Agnès Kernel: "La coherencia no es institucional; la cohesión es carismática: un solo corazón y una sola alma".

Vuestra Asamblea es un hermoso ejemplo de esa afirmación. Viéndola tan representativa y diversa en la unidad, me venía esta mañana a la memoria y al corazón la corta parábola de San Lucas 15:8. Se trata de la mujer que, habiendo perdido su dracma, vuelve a casa, mueve los muebles y la busca cuidadosamente hasta que la encuentra.

¿No será esa, un poco, nuestra actitud aquí? ¿Mujeres reunidas para buscar y confrontar juntas nuestro patrimonio común con los desafíos que encontramos y confrontarnos mutuamente en el don que nos ha sido confiado?

Al comenzar una reunión como esta, puede resultar inédito invitar simbólicamente a cada participante a encender su lámpara, a ponerse el delantal y coger la escoba ... para encontrar, o mejor, para volver a encontrar en nuestras propias casas: la moneda de un profetismo de Esperanza en un mundo en crisis y angustiado; la dracma de la Vida abundante en una consagración femenina vivida en una cultura de muerte; la perla preciosa de la herencia carismática, de una mística providente, en las estructuras opresoras y excluyentes de nuestra sociedad.

Ojalá que esta operación-limpieza según el evangelio, nos haga volver a la actualidad permanente y estimulante de nuestro Carisma, y aún más, a la alegría anticipada de celebrarla juntas: "Alegraos con nosotras".

Para ello necesitamos afrontar con valentía y lucidez los graves desafíos que la prensa y demás medios de comunicación orquestan cada día; necesitamos abrir las barreras que impiden el acceso al evangelio a tantos hermanos con los que nos codeamos.

Propongo tres puntos:

1 / En una Cultura de Muerte ... ¿Cómo atreverse a 'esperar' en un mundo dominado por la violencia y la muerte?

2 / Por una Cultura de Vida ... ¿Cómo liberar un profetismo femenino de vida y esperanza en un mundo que presenta tantas figuras de desesperanza?

3 / Una Respuesta: Una mística y una acción providente ... ¿Cómo forjar una conciencia y un actuar 'previsor' y 'proveedor' en un mundo que parece ignorar su dependencia original y el sentido último de la vida?

Estas reflexiones no tienen nada de exhaustivo. Son constataciones a partir de la realidad; además, están marcadas por una visión sudamericana de la que no puedo prescindir. Las propongo como preguntas abiertas; espero que las retomemos en el diálogo. Estos temas sólo tomarán consistencia y 'carne' si los enriquecemos con nuestras experiencias y convicciones, sin olvidar que tendrán que ser continuamente recreados. En esto consistirá el trabajo en grupos y lo retomaremos en la puesta en común para que no perdamos ninguna de las migas caídas de la mesa de nuestra Asamblea.

1 / En una Cultura de Muerte ... ¿Cómo atreverse a 'esperar' en un mundo
dominado por la violencia y la muerte?

Cuando se contempla un mapamundi hoy, cabe preguntarse si existen aún lugares geográficos bajo el sol, donde la vida, "toda la vida y la vida de todos", tenga todavía derecho a manifestarse, desarrollarse, crecer, abrirse, en el sentido de la plena realización del hombre según el plan del Dios de la Vida, del "Dios de la vida para todos".

¿Dónde se puede verificar la generosidad de la Providencia divina, aparentemente desmentida por tantos acontecimientos?

Ahí están los hechos trágicos que nos superan y nos llenan de consternación: catástrofes naturales, temblores de tierra, guerras, epidemias, hambre, violencia en todas sus formas entran en nuestras casas cada día, de manera implacable, por los medios de comunicación. El espectro de la muerte se presenta manipulado en las pantallas, pero aunque la información no sea exacta, estamos obligadas a verla.

Se dan a conocer centenas, millares de víctimas de uno u otro hemisferio (por razones diversas) pero sólo como estadística, sin permitirnos un contacto personal, acrecentando así el dramatismo de los hechos.

Hace unos años llamó la atención un film titulado 'Los pájaros se esconden para morir'. Hoy se niega a los hombres ese derecho que corresponde a su dignidad. La muerte ya no es 'imprevista', individualizada, respetada, rodeada. ¿Sigue viniendo como un ladrón que no avisa su llegada?

La muerte está 'prevista', organizada, planificada, es masiva y colectiva. La vida ya no llega al término de los días que le fueron confiados. La muerte se produce en cadena; la vida no se acaba, es arrebatada antes de llegar a su fin. "La muerte desencadena una conspiración contra la vida. Ya no se limita a afectar a individuos; va mucho más lejos, a nivel mundial, hasta alcanzar las relaciones entre los pueblos."

Además, la indiscreción indignante de las cámaras de televisión nos ofrece cada día espectáculos horribles: poblaciones que se extinguen bajo una carne transparente pegada a los huesos; niños-ancianos con un vientre enorme y vacío; soldados segados en los corredores de la muerte; hecatombes de refugiados en marcha hacia un más allá al que nunca llegan ...

Ese bombardeo de informaciones es tan intenso, que ya no tenemos ni tiempo para lamentarlo e indignarnos por ello; menos aún, participar en las múltiples acciones que solicitan nuestra ayuda.

Es cierto que los acontecimientos nos afligen, pero al mismo tiempo se producen a un ritmo tan acelerado, que corremos el riesgo de trivializarlos. Sería aún peor, si el mismo exceso del mal llegara a endurecer nuestra conciencia o relegarla a reacciones rutinarias o de costumbre.

¿Cómo mantener una capacidad emocional, física y espiritual ante lo trágico y abrir quizá en tal o cual caso la pequeña brecha que permite reverdecer a la caña quebrada?

Además, ¿estamos capacitados para comprender la exacta dimensión de esa muerte masiva? ¿Existen palabras en el corazón humano que permitan aproximar ese fenómeno de la muerte simultánea de tantos seres humanos?

Esta toma de conciencia exigiría una mirada lúcida, crítica y también solidaria para denunciar las causas y condenarlas. ¿Quién es el que mata? ¿Quién el que es matado? Sería un paso importante en nuestra andadura dar un nombre a los autores, a esos mecanismos destructores de humanidad, e identificar sus víctimas.

Leonardo Boff en sus perspicaces análisis recomienda una perspectiva de lealtad, es decir, cito textualmente, la perspectiva "que deja ver la realidad tal cual es, sin ocultar la de las grandes mayorías que sufren, se desesperan y mueren antes de tiempo".

Esta visión debe siempre elaborarse a partir del Sur donde se sitúan las dos terceras partes de la "humanidad crucificada", según la expresión del Padre Ellacuría, mártir en el Salvador.

En 1990 la relación del Programa de Desarrollo de las Naciones Unidas daba a conocer estas cifras sorprendentes:

1000 millones de personas , tres veces más que la población europea, vive en absoluta pobreza.

900 millones de adultos no saben escribir.

800 millones tienen hambre continuamente.

100 millones viven sin techo - una población equivalente a la de Francia, Bélgica y España juntas.

¿Cómo extrañarse que mueran cada año 150 millones de niños antes de cumplir los cinco días?. Y estos datos son de 1990, ¿cuáles serán hoy?

El lugar del pobre es el de la trágica verdad que revela el mal y el monstruo que lo devora. Pero, ¿quién es responsable de estas realidades, desgraciadamente innegables e implacablemente mortíferas? ¿Dónde reside ese nuevo Moloc que exige nuevos sacrificios humanos sobre sus altares? ¿Será simple coincidencia o humorismo negro el que su nombre comience por las mismas iniciales?

Le llaman Mercado Mundial: la palabra mágica que tiende a sustituir la de Desarrollo y que circula en boca de todos los jefes de estado de las grandes potencias: Mercado - Modernización - Modernidad, la trilogía del neoliberalismo triunfante.

La base de producción ya no es nacional, sino mundial. Esta situación genera, para los países pobres, las peores consecuencias y alimenta una cultura de muerte. El que no entra en el Mercado porque no puede entrar en competición, no existe.

'Fuera del Mercado no hay salvación!' es la lógica de la exclusión: los países del Sur, marginados y ridiculizados por los países del Primer Mundo, están condenados a una miseria sin precedentes en la historia, que les conduce a la muerte.

"Ante esta situación y este sufrimiento, la Iglesia discierne una situación de pecado social grave, tanto más cuanto que procede de países que se dicen católicos y tendrían capacidad para cambiarla." (Puebla 28)

Todo este conjunto es el constituye una cultura de muerte con su divisa 'Capital-Consumo-Beneficio', que culmina por una parte en la exclusión y por otra en la idolatría:

La exclusión: que no es un fenómeno transitorio sino el virus de una enfermedad mortal que desintegra, destruye el cuerpo social, su funcionamiento y los valores que le fundamentan. La idolatría: que, como toda actividad que reivindica ese nombre, exige víctimas y sacrificios a los intereses económicos de las grandes potencias.

Para detectar los mecanismos y las manifestaciones de esta cultura de muerte cito aquí un artículo de un sociólogo brasileño sobre los derechos humanos.

Veamos las diversas formas de muerte:


1. La muerte 'racista': la negación del otro

El otro no es solamente el individuo, mi hermano. Aquí es el otro social, el otro cultural, el otro pueblo, el otro continente.

¿Quién puede ser el otro fichado para morir? La respuesta más sencilla y clara podría ser esta:
el otro es el que no soy yo; el que no posee, quien no es propietario; un objeto del que se dispone a su gusto; aquel cuya historia es diferente de la mía y cuya originalidad me sorprende o tal vez me irrita, me molesta o me amenaza.

Ante él no puedo estar indiferente, porque suscita en mí reacciones contradictorias. La mayor parte del tiempo se le clasifica en una categoría de 'menos' e incluso en la de 'nada'. Pertenecer a una minoría cultural en relación con la mayoría ambiental, es el negro en una sociedad de blancos, el irlandés católico en una Inglaterra anglicana, el indio indígena en una América Latina de colonización extranjera ... Su nombre es múltiple y se encuentra hoy en todos los países. Como un divisor de aguas distingue universos diferentes. Su música no entra en la mía, su canto embelasado y nostálgico me irrita porque me habla de esperanza.

¿Tendremos un día capacidad para hacer juntos una sinfonía?

La muerte cultural, sinónimo de racismo, comienza siempre por el apego intransigente a la propia cultura, que se enarbola como un escudo para proteger su identidad y afirmar su suficiencia.

Sin apertura al otro, a ese otro singular o plural, uno se encierra en sí mismo, en los privilegios de clases, de nacionalismos cerrados de rígidas fronteras. Uno se queda a la defensiva.

Se termina por tomar las armas de guerra (caliente o fría) para liberarse. El otro tendrá que callarse para sobrevivir cierto tiempo y terminará por desaparecer en la masa anónima de los 'indeseables' y de los abandonados como 'mala mercancía'.

"El hombre occidental", sigue diciendo Boff, "ha tenido siempre una gran dificultad para convivir con los desemejantes."

Recientemente, en Africa y en Asia, la estrategia ha sido la misma: la Fuerza. Fue dramática la relación de los europeos con las culturas indígenas, originarias de Latinoamérica en el siglo XVI. El rechazo del otro ha provocado uno de los más grandes genocidios de la historia; en un siglo han desaparecido más de cincuenta millones de personas bajo los golpes de la violencia y de la intransigencia de la conquista.

El difícil encuentro de las culturas, en el microcosmos de cada uno de nosotros, en el macrocosmos de un hemisferio o del otro, de un país o de otro, es signo demasiado frecuente de la condena a muerte del otro, del extranjero.


2. La muerte de los vientres vacíos: la desnutrición

La desnutrición afecta al pobre y al hambriento, a millones de seres. Como lo hemos dicho ya, son todos los que están privados del acceso posible a los bienes que garantizan su subsistencia. Las relaciones sociales de producción deben estar estructuradas de tal manera que cada hombre, cada familia, a partir de su trabajo, pueda hacer frente a las necesidades básicas.

Oímos constantemente que el trabajo es un bien común, pero, ¿llegaremos a saberlo de verdad alguna vez? El derecho a la vida, y por consiguiente el de alimentarse, pertenece a todos, y se resuelve por una solidaridad que no excluye a nadie.

La parábola del pobre Lázaro no puede ser más actual, leída y releída hoy en todas las dimensiones del planeta. Una puerta separa dos mundos: por un lado se come, por no decir que se come 'a papada de rey'; por otro, se esperan las migas caídas de una mesa bien servida, que son negadas. Esa es la verdadera realidad hoy.

El Dios de la vida es también el Dios de los elementos para la vida; elementos cuya producción y repartición confiadas al hombre son también juzgados en nuestro contexto 'respetarás la vida de tu hermano en las mismas necesidades vitales que tienes tú'.

Es imposible hacer una opción por los pobres sin optar por el compartir de la producción en la justicia; sin comprometerse en la lucha por un sistema económico que ponga en juego el reparto de los bienes de consumo. Esta exigencia debe ser garantía de ello, tanto como el reconocimiento cultural.

En nombre de su fe, las comunidades cristianas desde el principio se organizaron partiendo de esa ética, que daba a cada uno según sus necesidades. "La tierra" - decía Ghandi - "es suficiente para las necesidades de todos, pero no para la voracidad de los aprovechados."

En esa misma perspectiva se sitúan las palabras del indio Scattle a las autoridades extranjeras de su tiempo: "La tierra no pertenence al hombre; es el hombre el que pertenece a la Tierra. Todas las cosas están relacionadas; todo lo que pasa en la tierra afecta paralelamente a los hijos de la tierra."

Eso se verifica cuando la tierra y sus frutos permanecen en las manos de algunos que la prostituyen como objeto de negocio e interés personal; cuando por dinero la Tierra-Madre de todos es vendida y abandonada, baldía en grandes extensiones, y no queda a los hijos sino vestirse de luto y esperar la muerte a más o menos breve plazo.

Luchar por exorcizar esas situaciones generadoras de carencia de víveres y de hambre es una labor urgente. La opción preferencial por los pobres no es solamente la de la Iglesia Latinoamericana. Como todo el mercado es mundial, también lo es esta opción y corresponde a todo cristiano donde quiera que esté.

"Transformemos la lógica de la muerte en política de vida, contra corriente, en favor de los económicamente débiles, porque el Dios de la Biblia incluye a todos sus hijos, a partir de los condenados de la tierra."

3. La muerte del desconocido

Si desde el punto de vista económico el sistema excluye al pobre, desde el punto de vista idolátrico mata a su víctima, no duda en sacrificarla. Así como el antiguo Moloc amenazaba ayer la libertad de los hijos de Israel, el Moloc moderno ataca la dignidad de todos los hijos de Dios y no duda en hacerlos desaparecer. Y en este mundo desarticulado, muchos hermanos nuestros han muerto ya en vida simbólicamente. Hoy, los muertos no están en los cementerios; aquellos descansan. Los que evoco son nuestros próximos: en las aceras, en las filas de los desempleados, en los cobertizos para los sidosos, en los aposentos para emigrados ... Todos estos habitan en su propia fosa.

Un teólogo brasileño cuenta esta parábola que trato de reconstruir: Un mendigo estaba sentado en la calzada, aparentemente bebido. ¿Su nombre, su oficio, su dirección, su historia? Nadie los sabía. Se ignora todo lo de ese hombre; lo que siente, lo que piensa, lo que come, dónde duerme y si duerme ... Es un anónimo, un desconocido. En torno a él una indiferencia total y una completa irresponsabilidad. Al día siguiente no se encontró a ese hombre porque nadie lo buscaba y no lo habían buscado jamás. La sociedad le había retirado el derecho a ser encontrado. Quizá se le había visto muerto, pero él no llamó la atención de nadie. Los transeúntes continuaron su camino... El desapareció convertido en un 'Nadie', en un 'NN'.

Esta muerte física 'congela' y confirma lo que preexistía desde hacía mucho tiempo: la muerte simbólica que vivió este hombre en la acera.

¿Dónde están los asesinos?

"¿Soy yo el guardián de mi hermano?" Sí, responde la encíclica de Juan Pablo II: "Sí, cada hombre es guarda de su hermano, porque Dios confía el hombre al hombre. Y es también, en vista de este encargo, que posee una relación de dimensión relacional esencial para ponerla al servicio de la persona y su realización. Si se abstiene de ese deber, su libertad está vacía de su contenido original." (E V-I 19)

4. La muerte, instrumento necesario

¿Cómo admitir que la muerte, un día u otro, pueda ser pedagógica? Esta es la tesis de todos los que quieren equilibrar las Fuerzas humanas en juego en el mundo: matar al inocente indeseado porque está de más, al criminal indeseable que representa una amenaza, al anciano que ya no sirve para nada.

Demos nombres concretos a ese resultado nefasto de un relativismo incontestado, donde el derecho "deja deja de ser porque no está sólidamente fundamentado en la inviolable dignidad de la persona ..." La muerte es útil para matar a los inútiles ... Recordemos la matanza de los niños de la calle de Sao Paulo para limpiar el espacio urbano, así como el extranjero que hace unas semanas fue arrojado al Sena en París ... y tantos otros.

La muerte es necesaria para los que perturban la paz: los 'agitadores', los defensores de los derechos humanos, los comprometidos en la lucha por la justicia, todos los que de una manera u otra amenazan el 'statu quo' y el orden establecido. ¿No vale más que muera un sólo hombre por la nación, que crear desorden? Esta lógica es siempre actual. La muerte es también indispensable, sancionada, decretada por la ideología de la Seguridad Nacional.

Pero los que matan para hacer sitio y 'proteger' a los ciudadanos se equivocan. La violencia sólo puede engendrar nueva violencia y la muerte no mata nunca sus causas. Jamás se ha visto que la responsabilidad de alguien crezca y se desarrolle excomulgando para siempre la decisión de suprimirla.

Y por fin la muerte ofrecida como un presente que se adeuda; la muerte presentada como un favor es la práctica de todos los faraones antiguos y modernos para resolver los problemas de la expansión demográfica en las regiones donde la vida abortada está protegida por la ley. Antes que distribuir anticonceptivos ¿no valdría más - cito de nuevo la Encíclica - "instaurar una economía de comunión y de participación en los bienes?"

En la conciencia colectiva, esas clases de muerte pierden el carácter de crimen, para asumir paradójicamente el de derecho, por estar justificadas.

Concluyo esta primera parte sobre la cultura de la muerte.

A pesar de todos los análisis pesimistas que pueden hacerse de la crisis, puede ser la primera vez que los hombres están "verdaderamente condenados a inventar un porvenir y no simplemente a rehacer un porvenir heredado del pasado. Sería una aventura nueva e inédita para la libertad."

¿No será la Providencia, siempre presente en el mundo, la que nos invita a re-inventar la vida?

2 / Por una Cultura de Vida ... La Mujer, Profeta de Esperanza

Ante tantas turbulencias y dramas, frente al dragón apocalíptico, la bestia de múltiples nombres que continúa "seduciendo a los habitantes de la Tierra" (Apocalipsis 12:9), se opone siempre al otro gran signo aparecido en el cielo, en una época que también está en crisis: la Mujer.

La mujer destinada al combate contra el monstruo-mal; la mujer encinta del 'Evangelio de la Vida'; la mujer portadora de esperanza, grávida de sueños posibles, capaces de orientar la historia en el alba de este tercer milenio.

¿Estamos dispuestas a dar razón de esa esperanza que habita en nosotras a quien nos lo pida, sin formulamos siquiera la pregunta? ¿No tenemos para ello el depósito de la Promesa, el depósito de la Vida de generaciones, incluso hasta más allá de la muerte definitivamente vencida?

Ya sabemos que la vida abre brechas en las ruinas donde la invencible esperanza ve despuntar novedades, cambios y resurrecciones. Como mujeres, tenemos que asumir hoy una particular responsabilidad, aportar una contribución activa en esta labor urgente de la reconstrucción de la Esperanza.

En un momento en el que progresivamente, a precio de lentas y perseverantes conquistas, volvemos a encontrar nuestro puesto en la escena del mundo herido, ¿no sería la misma vida la que ganaría terreno en los contextos mortíferos que hemos descrito?

¿Quién es esta que sube hoy del desierto del olvido en el que los siglos de la sociedad patriarcal la habían relegado?

¿Quién es esta que emerge de un puesto no ocupado en los espacios públicos, culturales, eclesiásticos, habitualmente dominados por hombres?

¿Quién es esta que rompe el silencio de lo femenino para dejar oir su voz y tomar decisiones, liberadas de competición y concurrencia?

¿Quién es esta que desmonta lo imaginario de las civilizaciones dominantes que la habían reducido a un estatuto secundario?

Esta, somos nosotras, Hermanas; soy yo, somos nosotras, son todas las que por su vida entregada y su profetismo vivido, han destruido las imágenes negativas que pesaban sobre lo femenino y han testimoniado una inventiva llena de esperanza.

¿No se ha dicho, por ejemplo, que las Madres de la Plaza de Mayo transformaron a Argentina por su fiel tenacidad y su perseverante contestación? Rehusando la muerte y exigiendo el derecho a la vida para todos, estas mujeres han resistido y no han permitido jamás que los responsables de la desaparición de toda una generación puedan negociar con la sangre de sus hijos.

¿De dónde le viene a la mujer esa fuerza innata, esa audacia incansable, esa pasión por la defensa de la vida que la conecta de manera particular con el Dios Vivo?

Para explicar las múltiples formas de atentados contra la vida, Juan Pablo II menciona reiteradas veces en su Encíclica, los eclipses: "Eclipses del sentido de Dios, eclipse del sentido de la vida".

En la perspectiva de nuestra búsqueda, ¿No ha habido en nuestro mundo un eclipse del sentido de la vocación de la mujer en la comunidad humana, oscureciendo "el signo prometedor del Apocalipsis y su misión liberadora?"

La existencia humana en lo femenino (como también en lo masculino) es una conquista progresiva que pasa por etapas y diversos lenguajes de interpretación.¿No se ha dicho: "Es preciso saberse mujer para llegar a serlo"?, lo que parece equivaler a que nunca se termina de serlo.

Quizás, si lo supiéramos debidamente, resultaría también más fácil el situarnos mejor para afrontar modelos sociales de opresión y de muerte e introducir una dinámica de esperanza y un gesto de vida. Este será hoy el eje de nuestra reflexión.

Propongo tres pistas de búsqueda para aclarar nuestra vocación y nuestra misión con la ayuda de aproximaciones sucesivas en lenguajes diferentes.

1. Lenguaje Analógico: Sentido de la creación de la mujer en la Escritura.

2. Lenguaje Simbólico: El cuerpo de la mujer, sacramento de vida y esperanza.

3. Lenguaje Profético: La participación de la mujer en la construcción del Reino.

1. Lenguaje Analógico: La creación de la mujer, don de Dios a la humanidad

La modernidad y la postmodernidad han hecho estallar todos los modelos de identificación. Se habla de crisis de identidad y se ha dicho: "Cada uno existe en la disolución permanente de todos sus sistemas de pertenencia". La vida religiosa no está inmune, en absoluto, de esta constatación. Si es verdad que la identidad no es un dato estático ni definitivo, sino que se construye día a día, quizá necesitemos saber, y cada vez mejor, sobre qué bases se puede desarrollar un proceso de identificación religiosa femenina.

El que nos propone la Escritura, nuestra referencia, pasa por mediaciones, un lenguaje previlegiado para traducirlo. Efectivamente, sólo el lenguaje analógico puede permitirnos decir, en todo tiempo y lugar, quiénes somos con la fuerza de las imágenes que atraviesan las fronteras del espacio, de las razas y de las culturas.

Antes de abrir la Biblia conviene que recordemos que la historia de los orígenes de la humanidad en el Génesis es un texto que resulta de una experiencia secular de vida, leída, releída e interpretada por sus autores.

A partir de la indistinción originaria de los sexos, simbolizada en Adán-humanidad global, aparece sucesivamente: el proyecto, luego la realización de la mujer.

A. El Proyecto Mujer, tal como la Biblia nos lo presenta

Dios dice: "No es bueno para el hombre permanecer solo, único". Su única posibilidad de vivir es entrar en una relación de alteridad. Siglos de historia y de experiencia vivida se cristalizaron en esa certeza, hasta el punto de producir un texto e interpretar el proyecto divino.

Voy a regalar a la humanidad, dice Dios, el don de mi amor, es decir, la relación específica de ternura, de elección, de alianza indefectible, de atención providente que vivo con mi pueblo Israel; y ese regalo le será ofrecido en una presencia encarnada en una forma humana: la Mujer.

Queda por decir que la mujer es revelada e identificada, como constituida en una relación privilegiada y particular con su Creador, que le señala y orienta su vocación. Ella es y deberá ser teofanía de Dios en este mundo, manifestación de su Amor de Alianza que traducirá en todas sus relaciones interpersonales. Ese es el carisma femenino fundamental en el que se implantan nuestros carismas específicos.

En el Plan Divino, la mujer está ontológicamente consagrada al ministerio sagrado de la relación, al tejido humano de los lazos de la vida, tanto en su propia carne como en su corazón, según su vocación. Así es el proyecto de Dios sobre la mujer.

B. Del Proyecto a la Realización: La creación de la Mujer

El poder visionario del lenguaje bíblico utiliza símbolos como aproximaciones a la realidad: el lenguaje del sueño siempre ha sido sugestivo en Oriente. Mientras la humanidad duerme, Dios realiza su proyecto; me atrevería a decir su "sueño mujer". ¿No será para dar a entender que Dios la ofrece al mundo sin la menor contribución humana, sin la mayor participación de la humanidad representada en Adán? La Mujer se levanta gratuitamente sobre la humanidad dormida. Y ese signo vale para todos los tiempos. En Génesis 2:22, Dios ha terminado de amasar la arcilla, común a los dos sexos para distinguirlos. Dios se hace arquitecto: edifica a la mujer como se construye una casa, organizando y armonizando los espacios.

La mujer se interpreta pues como morada, se define como una casa abierta para acoger la vida, toda vida; como un resguardo para protegerla y defenderla cuando se encuentra amenazada; para volver a inventarla y suscitarla cuando la muerte en derredor quisiera destruirla.

Esa disposición específica, esa ordenanza original, indica su vocación al Amor-Vida como opción fundamental, anterior a cualquier otra elección particular. A partir de su propia creación-construcción, la mujer encuentra en ella misma la exigencia de ser espacio para todos. Su propia realidad se ensancha en una tarea consecuente con su ser, la de contribuir a hacer la tierra-habitación; a construir el edificio humano sobre cimientos de relaciones, sobre espacios de encuentros y lugares de participación con una vigilancia atenta y providente.

La misma Sabiduría en Dios ¿no se nos presenta como presencia femenina, que antes de la creación presidía la organización del cosmos junto al Creador? La imagen es prefigurativa pues sugiere ese elemento de gracia, de gratuida, perteneciente a toda mujer. Por eso, el misterio de Dios y el de la mujer se revelan mutuamente en esas imágenes y se citan para iluminar la vocación femenina.

2. Lenguaje Simbólico: El cuerpo de la mujer, imagen de la Ternura de Dios

Si la mujer encuentra en la lectura de su origen el sentido de su misión en la vida, su propio cuerpo le dirige una palabra que no puede ignorar si quiere desarrollar todas sus potencialidades al servicio de la vida.

Para pensarse ella misma, para hablarse, para actuar, la mujer dispone consciente o inconscientemente de su cuerpo. Es incluso necesario que pueda expresar su modo de ser a partir de su cuerpo y a través de él "si no se quiere privar a la sociedad de un capital de humanización". Buena noticia para todos y esperanza para cada uno. El cuerpo de la mujer es una parábola cuyo significado va mucho más allá de una mera fenomenología. Corporeidad y espiritualidad están inseparablemente ligadas. Lo corporal y lo espiritual se integran y están íntimamente mezclados en las relaciones, los sentimientos, el corazón, las disposiciones y la energía con la que nos investimos en nuestras tareas y responsabilidades. Ningún comportammiento vivo puede repartirse entre el cuerpo y el corazón, nos lo afirma hoy una abundante literatura.

Subrayo únicamente dos puntos:

A. El cuerpo femenino: espacio de acogida y de fecundidad de vida

Lo decíamos hace un momento, Dios ha edificado a la mujer con una disposición ontológica para toda presencia de vida. En un cuerpo de mujer hay siempre una matriz para que la vida pueda nacer, un corazón para que pueda renacer, y brazos abiertos para el que necesita apoyo, comprensión y aliento.

Sin embargo, esa estructura somática no es una determinación fatal para dar biológicamente la vida; por el contrario, sobre todo y siempre es un condicionamiento 'providencial' para acogerla. Esto es tan cierto, que esa capacitación maternal nunca se altera en la vida matrimonial, en la consagración religiosa, ni en el celibato.

Ligada a la vida contra la muerte, por todas las fibras de su ser carnal-espiritual, útero hospitalario, corazón siempre dispuesto a recibir, la mujer, toda mujer asume ese carisma maternal que Dios le ha dado con la posibilidad de engendrar de múltiples maneras.

La esposa en su hogar da al mundo hijos para el Reino. La consagrada en la vida religiosa se ocupa, con otras, en implantar en el mundo el Reino de Vida para los Hijos de Dios.

Esa gracia particular, de la que el cuerpo es sacramento, acompaña a la mujer a lo largo de su existencia, sea cual sea su estrato social, su edad y su historia.

Corresponde a cada una en su situación descifrar ese lenguaje simbólico del cuerpo, cuya gramática es siempre difícil y exige un aprendizaje delicado y paciente, que, sin duda alguna, conduce a la vida abundante; la experiencia de la riqueza de una constitución somática vivida en el espíritu.

B. El cuerpo femenino: espacio espiritual de la Ternura de Dios

El lenguaje de la Biblia se expresa generalmente en términos concretos de la vida física para introducirnos en el misterio del Amor de nuestro Dios, Padre y Madre a la vez. Haciéndolo así, "la Escritura privilegia las imágenes femeninas más osadas que sitúan el cuerpo en lugar central".

Las palabras hebraicas tienen el poder de decir siempre más de lo que dicen: "abarcan la plenitud de lo concreto, traspasan los límites de la expresión, y aspiran continuamente a lo inexpresable". Por eso la Biblia no duda en prestar a Dios el Señor, en forma de antropomorfismos osados, la imagen de la mujer en trance de parto; un Padre que dando la vida realiza funciones propiamente maternales:

"Olvidaste al Dios que te dió a luz" (Deuteronomio 32:18). Parémonos un instante en ese verbo que no tiene ninguna ambigüedad. En el original se trata de 'parir'. El hebreo da un primer sentido, 'danzar', evocando las contorsiones de la pelvis, y en el contexto de un nacimiento, las contracciones uterinas. Sería difícil poder ser más realista para aplicar al Creador del universo términos más concretos, relativos a la vida. En ese simbolismo, el cuerpo de la mujer es elevado a la más alta dignidad, utilizado para revelar el Amor en Dios: un amor maternal de gestación, de alumbramiento y de acompañamiento del fruto de sus entrañas, "como la nodriza lleva al niño en brazos" (N B 11,12).

Esas realidades que como mujeres experimentamos en nuestro propio cuerpo, nos permiten captar un poco intuitivamente en el corazón de Dios su ternura y su misericordia, de las que debemos ser reflejo en su plan creador.

La Ternura es la más alta expresión de una solicitud atenta y vigilante, refugio absoluto, que no tiene otra aproximación simbólica posible en el lenguaje humano que el seno de una mujer que encierra al niño que lleva con una seguridad fuera de peligro: "Sólo tú Yahveh me asientas en seguro" (Salmos 4:9).

La misericordia, y más concretamente "el estremecimiento de las entrañas" que se agitan y se retuercen ante la aflicción de los niños, es el amor por añadidura, el don del corazón a la miseria. "Actuando así, diste a tus hijos la dulce esperanza de que, en el pecado, das lugar al arrepentimiento" (Sabiduría 12:19).

De ese modo, la Ternura y la Misericordia, componentes de la Providencia, constituyen el medio matricial divino, el espacio uterino espiritual en el que somos concebidos, deseados, engendrados y resucitados en el perdón.

Acogidas en la Fe, probadas en nuestro ser de mujeres, esas imágenes suscitan en nosotras una vibración interior, nos llevan más allá de nosotras mismas, y nos revelan en qué línea nuestro amor femenino debe dilatarse, ofrecerse, darse y volverse a dar hasta el fin a la medida sin medida de la vida.

También San Pablo lo comprendió: "Os tratamos con delicadeza, como una madre que cría con mimo a sus hijos; por el carino que os teníamos, os habríamos entregado con gusto no sólo la Buena Noticia de Dios, sino nuestra propia vida" (1a. Tesalonicenses 2:7-8).

Más allá de esos símbolos que nos obligan a traspasar las fronteras de nuestro inconsciente, "el Dios creador y amigo de la vida" nos llama a reencontrar en nuestro cuerpo su imagen de Santidad y de Fecundidad. Biología y Revelación se encuentran y se iluminan mutuamente.

Ese cuerpo y ese corazón de mujer, espacios de diálogo, de comunión en la convergencia de razas, de culturas y de etnias nos conducen también a una nueva analogía: Jerusalén, madre de todos los pueblos.

Como la mujer, Jerusalén ha sido construida, es acogida en apertura y armonía a donde suben las tribus; está edificada de tal manera, que en ella todo es unidad: las piedras del Templo y los Hijos peregrinos que la visitan, encuentran en ella su única fuente. Esa disposición providencial de la 'Villa-Madre', como la de la misma mujer, no es sólo puntual, es permanente, y toda mujer encuentra en esta semejanza la misión profunda que prepara la Tierra Nueva donde la vida resucitada triunfa definitivamente de la muerte. "He aquí la morada de Dios con los hombres" de la que la mujer por naturaleza y por gracia es primicia y prefiguración.

Esta perspectiva es aún más radical en la vida religiosa. Consagradas en castidad escatológica y en utópica esperanza, sabemos que nuestra vocación de mujer no se ajusta a parámetros de organización, y niega los límites institucionales sean los que sean; pero se inscribe en un misterioso designio del que no se entiende su último sentido y termina su trayectoria en el corazón de Dios.

Ese itinerario que recorre todo nuestro ser femenino, mantiene la profecía esperanzadora que debemos llevar a nuestros hermanos, a saber, la certeza de "un más allá vencedor que ya llevamos dentro".

3. Lenguaje Profético: La participación 'providente' de la mujer en la construcción del Reino

La profecía de la mujer tiene que estar en consonancia y en coherencia con su ser y con su gracia propios. Por ahora, yo la sitúo en el servicio de Esperanza, en y contra todo, portadora del anuncio de la agitadora y prometedora Buena Noticia que Boff describe en estos términos: "poder entenderla como una promesa y una realización, que existe para cada uno de nosotros, una Vida más allá de la vida; que existe una realización absoluta de la Vida que pone en juego todas las posibilidades intrínsecas de la existencia".

De buena gana añadiría poder presentir que no existe ninguna situación que sea tan desesperada y desesperante como para no ver en ella una salida; que no haya angustia en la que la vida no pueda encontrar suficiente amor y humor para resurgir a su tiempo.

Profetizar hoy, en una cultura de muerte, es optar verdaderamente por la vida, haciéndolo con gestos, con alternativas, con iniciativas más que con palabras; se trata también de manifestar que la solidaridad humana tiene un sentido si no cedemos ante los fracasos, las dificultades y la violencia.

Apoyándome una vez más en la tradición bíblica recorrida por los profetas, esa raza de hombres y mujeres, compañeros de fatigas, que supo hacer frente a las más peligrosas situaciones, propongo volver a los acentos humanos y femeninos que marcaron la profecía de Jeremías y del segundo Isaías, el primero en un servicio de Lamentación fecunda y el segundo en forma de Consolación credora.

Esos dos gigantes del profetismo supieron integrar a su misión de lo 'femenino' (que no corresponde con la particularidad intrínseca de la mujer), eso 'femenino' presente en todo ser humano capaz de tener interés, respeto, celo por la vida, cualidades que la mujer desarrolla sin que le sean exclusivas.

Así como Jeremías dirige una mirada que anuncia un cambio en Jerusalén en ruinas, así, en una Babilonia de destierro, Isaías percibe la Esperanza que apunta a construir un porvenir. Estas inserciones no son extrañas hoy. Podemos encontrar en esa doble diaconía profética, actitudes que orienten nuestras energías y nuestras fuerzas interiores y las pongan al servicio del Reino.

La Lamentación

Lo que presiento en esta profecía, con candente actualidad, no se agota en un análisis de situaciones ni con la mejor información. Esta palabra 'lamentación' puede parecernos muy arcaica, puede que suene mal a nuestros oídos ya que, como otras muchas, se ha vaciado de su potencial, perdiendo la energía vital de su sentido original.

En la Escritura nada de eso se interpreta de otro modo. Se trata de una gracia de Dios, y nada prueba que no nos la conceda aún hoy, de un toque divino que comunique su Fuerza y su Ternura para deplorar, rechazar, protestar contra todo lo que degrada al hombre, lo ilusiona y lo conduce a la muerte.

La mujer está predispuesta para ese servicio, aunque sólo sea en forma silenciosa, que transmita una resistencia firme, no violenta y fecunda, distanciándose en relación con los modelos sociales existentes e incomodando a los protagonistas de un orden social basado en la injusticia.

Para nosotras, mujeres, vivir el profetismo es dar plena audiencia al grito del pobre, hasta el punto de derramar lágrimas sobre su sufrimiento que ofende al Creador.

Está bien claro que no se trata de una emotividad superficial o de una afectividad mal entendida. La espiritualidad pasa por las lágrimas, las que, en la línea de los profetas y de los místicos, Jesús derramó sobre "una Jerusalén infiel que mataba a los profetas y los reducía al silencio". Es una gracia que se manifiesta en la fuerza obstinada por denunciar, criticar, no admitir que se siga manifestando en la audacia valiente, bastante libre y liberada para poner el dedo en la llaga, sobre su misma causa.

Esta forma de protesta contra la opresión y la discriminación alcanza "la cólera de Dios", que se manifiesta cuando su Reino de Amor es sustituido por el reino del interés privado y del provecho personal. Es un riesgo, pero la mujer que conoce al que está unido al don de la vida, sabe asumirlo. Desde las primeras generaciones cristianas hasta nuestros días muchas mujeres han atestiguado con sus vidas su talla de testigos.

Nuestra Iglesia está tejida con la fuerza de ese testimonio.

La Consolación

"Consuela, consuela a mi pueblo. Dile que se ha cumplido su servicio ..." ( Isaías 40:1). Es Dios quien habla ... Para consolar tenemos que hacernos mendicantes de sus propias palabras para que puedan inspirarnos una actitud existencial auténtica. Hay que vivir la Lamentación para entrar en la Consolación que es su prolongación efectiva. Sólo sabe consolar quien sabe 1amentar. Pienso que el servicio de consuelo profético exige un pacto definitivo con la Esperanza. ¿Qué clase de ayuda o de consuelo podríamos dar que no se arraigue en la invencible Esperanza? Para ello, ese ministerio toma forma de presencia, de acercamiento, de encuentro absolutamente gratuito y liberado de todo cálculo. Unicamente quienes se dejan conducir por el Espíritu pueden testimoniar esa confianza que nace en el corazón, y puede atreverse a su vez a "fortalecer las manos débiles, afianzar las rodillas vacilantes, y decir a los cobardes de corazón: sed fuertes, Dios viene a salvaros" (Isaías 35:3-4).

Conviene hacer notar de nuevo que, para traducir la calidad divina de la Consolación que Dios ofrece a su Pueblo, el profeta recurre a "la calurosa ternura de la madre que arropa a su bebé y lo consuela" (Isaías 66:13).

La etimología hebrea nos introduce en un significado muy preciso y llano de imágenes. 'Consolar' quiere decir 'respirar con el otro'. De ahí la necesidad de hacerse próximo, comulgando por así decirlo con el aliento del otro, sin siquiera usar la palabra antes de entrar con él en una actividad generadora de vida.

Mientras la Lamentación tiene en cuenta las situaciones y repudia el sinsentido que producen, el Consuelo se dirige a las personas víctimas de situaciones denunciadas. Es un servicio 'a la carta', adaptado a cada sufrimiento. Todas hemos experimentado la dificultad de esta diaconía, si no queremos humillar al que está sumergido en su abismo, y por eso más vulnerable a toda reacción de superioridad. Consolación supone una 'kenosis' del Consolador, un vacío, una desapropiación sólo para respetar y nunca para dominar; un rebajarse para crear una proximidad en una misma respiración y, con frecuencia, el mismo silencio.

Entonces, en el punto tangente del encuentro de dos alientos, vía estrecha entre el que consuela y el consolado, tal vez puede pasar el Espíritu Consolador, el Soplo Creador y recreador que dé sentido y fecundidad a esa profecía de vida. Esta culmina entonces en la 'compasión', en un 'padecer' juntos, con resonancia en nosotros mismos de la herida del otro que surge en el lugar preciso de la impotencia de la acción.

Basta decir que esa compasión no está nunca a la medida de nuestros razonamientos ni de nuestras sabidurías demasiado humanas. ¿Cuántas veces, además, ante la muda contestación de la muerte o del absurdo, no hemos sentido la impotencia de las palabras y aún más la de los consejos? Es un don mutuo que se recibe en una comunicación; don de presencia, de comprensión, de fortalecimiento para el que consuela, y quizá don de bienestar feliz para el consolado, encerrado en la prisión de su mal sin dar salida.

Pero ese don nunca podrá ser ofrecido si no parte de un corazón sincero, de manos vacías, de una proximidad humilde y fraterna, valores que son necesarios en todo lenguaje, pero mucho más en la "Consolación-Compasión que es una comunicación más íntima que un balbuceo de palabras".

Ese doble servicio profético de la Lamentación y la Consolación nos introduce de lleno en el Carisma de la Providencia.

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